La costumbre ayuda a que el tiempo pase más rápido. Una vez que te habituas al escenario, la función pasa volando. Por eso hoy ya no podría decir lo mismo que ayer y oscurece con la sensación de haber aprovechado menos el tiempo. Me he acercado al Camping y he recorrido los rincones que hacía diez años que no visitaba, he buscado los rastros de un escenario que era mío hace quince y veinte años y hoy ya no es de nadie, ni siquiera pertenece a otros, porque ha sido mejorado, remodelado con el paso del tiempo. Me ha costado encontrar vestigios pero los que hallaba en seguida se convertían en tesoros incalculables: el murete en el que vendíamos collares y pulseras de macarrones, los columpios que son los mismos salvo por las manos de pintura, el estrello pasillo -mi lugar secreto- tras los servicios (1), pegando a la valla, la uralita del techo de los baños (2), los rosales plantados por mi familia (3), la terrazita, ya sin las piedras, donde jugábamos a las redacciones de periódicos, la hormigonera (4); poco más.
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(4) Desde la altura alcanzada a mis casi 30 años, no mucha más de la que usaba hace veinte, alcanzo un punto de vista que arroja luz sobre territorios desconocidos. Lugares que me parecían inaccesibles y tentadores por lo prohibido y peligroso, me parecen bajitos y pequeños. Me pregunto cómo podía llorar de miedo y de vértido al ser la única de mi pandilla en no atreverse a subir
a lo alto, una terraza que se usaba para fiestas, antaño (¿o era eso lo que imaginábamos?) y que al estar cerrada, había que trepar desde un arriesgado murete, subir un pie casi a la altura de la cabeza y engancharlo al balcón para, gracias a un último empujón, llevar el cuerpo y la otra pierna a la cima del triunfo. Pero de mí tenían que tirar, mientras cerraba los ojos de mi cara colorada por la cobardía que luchaba por salírseme por la boca. Hoy he pasado por allí y pensado que la altura no era tanta como para abrirse el cráneo contra el suelo si daba un paso en falso, que era la imagen que no me podía sacar de la cabeza cuando la excursión a lo alto se imponía. Y lo que es peor: habían construido una escalera de tres peldaños de cemento. Me temo que la terraza ha vuelto a recuperar, en los veranos, sus días de gloria. He estado a punto de treparme hasta allí pero me atacó el mismo miedo al castigo -ni los padres ni los dueños nos dejaban hacer aquello- que tenía entonces. ¿Por qué nos gustaba tanto trepar? Acabo de recordar que en el parking de las visitas, donde aparqué hoy mi coche, hace años había un palo alto, de madera, al que los chicos trepaban y, si no me cruje la memoria, se ponía algo en lo alto. ¿Cómo se llama este juego? También ha desaparecido otra estructura extraña, la que giraba alrededor de un depósito. Me gustaban aquellos hierros oxidados a los que también nos subíamos, entre los que jugábamos a policías y ladrones. Muy cerca de ahí estaba
el laberinto y es la Elena más alta la que ha comprobado, con mucho horror, cómo las paredes habían desaparecido para dar espacio a una cancha de baloncesto. Tras recorrer el Camping, he entrado en el bar a tomar algo. He extrañado la vieja chimenea del centro. Pero he reconocido a alguien, una pareja amigos de mis padres, que tenían su mobilhome detrás de nuestra caseta de madera. Ha sido muy agradable encontrar un ancla, alguien que me recuerda y me devolvía la añoranza. Dos personas que me quitaban el cartelito de extraña que debía llevar puesto en el pecho, aunque el de visitante ya no me lo quitase nadie. Cholo y Alicia, sosegados por el paso del tiempo, me ponen al día de casi todo lo que me atrevo a preguntar. Por fin, les digo cómo me recuerda todo a mi padre. Y lo entienden perfectamente. Eso es lo que les puedo contar. En realidad hubiese ido más allá. Me pongo triste no sólo por eso. También me recuerda todo a una Elena pequeña que yo no soy. Les miro fijamente mientras me hablan e intento escuchar a la vez que pienso si ellos verán en mí la Elena que podían coger en sus brazos, al igual que yo veo el Camping en el que vivía aventuras mientras recorro las calles y las parcelas, en lugar del que hay actualmente. Yo también he
mejorado. Por tanto, de lo que no me puedo echarme en cara, tampoco puedo culpar al Camping.