Quería llegar rápido al coche

Quería llegar rápido al coche, meter la llave en la puerta, entrar y conducir para llegar pronto a mi destino. Mientras baja las escaleras del parking saboreaba, poniéndome en antecedentes, la conducción suave y nocturna del Madrid que pasa la medianoche. Cuando he llegado a la planta del sótano me gusta recorrer el pasillo hasta el garaje abriendo con ritmo las tres, o son cuatro, puertas mientras tarareo la canción del Superagente 86. Si estuviera Héctor aquí, pienso siempre, la cantaríamos en alta. Pero esta vez un grupo de mujeres caminaban lentamente por el pasillo, se paraban cada tres pasos para decirse alguna palabra mirándose a los ojos, se agarraban a los bolsos y a los abrigos. Me retenían. Por fin, al llegar a la última puerta se hicieron un lado y pude caminar rápido hacia el coche pero al rebasarlas una de ellas empezó a patalear, nerviosa, y a llorar, sin ningún control sobre sus gestos o el volumen de su voz. El resto de mujeres le hicieron corrillo mientras la miraban y la abrazaban. Mientras me alejaba de ellas reconstruí las palabras que había cazado al vuelo durante la penosa travesía del pasillo: «¿has avisado a…?», «no me dio tiempo aún», «igual ya lo sabe», «¿pero a qué hora fue?», «pues dijo que a la una, es que ahora mismo, hace nada». Ya no son las pistas, la actitud ni los llantos. Es ese silencio entre las palabras y entre los cuerpos el que reconoces, de manera familiar, cuando alguien se ha muerto.