
Me debía un sábado tranquilo y privado. Y así está siendo, a pesar de las tentaciones que me tiran del bello de los brazos. Vamos, venga, sal, sal. Y al final se impone la cordura, el estómago maltrecho y los deberes que me quedan para casa, los cuales llevo posponiendo durante las pocas horas de luz del día. Espero ponerme a ello en cuanto termine por aquí, lo prometo. Tecleo con una mano mientras con la otra sostengo mi nueva taza de Depeche Mode, comprada en el puesto de
merchandising -de abusivos precios- tras el primero de sus conciertos en Madrid la semana pasada. El poleo no se enfría gracias a este gadget freak tan apropiado para escritores que me ha regalado mi hermana: un calienta tazas USB, podéis verlo en la foto:

El invierno azota y enfría las sopas de verdura y las infusiones tan rápido como se van las horas de luz. Tengo muchas esperanzas puestas en el buen tiempo, como todos los años, y este invierno trascurre de nuevo avanzando como puede entre mis quejas y mis bajas. Parezco un televisor viejo, uno de esos que tan bien conozco con una rueda de sintonía nada fina para el brightness. A mí el botón del brightness me va fatal, no sé a vosotros, lo mismo se fuerza a tope y desprendo una luz más cegadora que la de cierto vampiro salvando el mundo o, a la mínima que intentamos corregir, me fundo y regalo un pantallazo en negro, como aquel que sustituía a The Last Dance cuando las cosas iban tan mal. Y eso que hacía buen tiempo.

Los conciertos han estado jugueteando con mi brightness de manera descontrolada. La semana pasada fue
Depeche Mode quien me dio todo lo que puedo necesitar para alimentar mis sueños durante décadas. Y esta semana el concierto de
Bauhaus me ha empujado hacia un estado de duermevela muy sensible y vívida; es raro de explicar.

La noche negra está descagando lluvia, en estos momentos, en Madrid. Oigo las gotas caer con unas ganas tremendas a los patios interiores de mi casa, con la que últimamente me vengo reconciliando. Clarificados ciertos problemas con el alquiler, parece que no me tengo que ir del piso hasta que yo me quiera ir. Lo que me da libertad para pensar y buscar mejor el sitio en el que me gustaría vivir. Qué quiero ver através de las ventanas y cuando cierre la puerta, qué quiero dejar fuera y qué o quién quiero que se quede dentro. Vengo dándome algunos caprichos: peluquería, algunos libros y tebeos, DVDs y discos. Lo de siempre, vamos. Entre otras cosas me he comprado «Mix Tape: the art of cassette culture» en esta nueva tienda tan maravillosa, de nombre Bang!, en la calle del Pez. Espero que dure más que Shake Cobra Shake. De momento, ayer hice mi contribución y, además del libro, me llevé
«The Brown Bunny» de Vincent Gallo. Y ya la he visto y, lo siento, pero me ha gustado.

Como última novedad, tengo un nuevo compañero de piso. Se llama Angel y está sufriendo un trastorno momentáneo. Yo creo que es algo de caracter diabólico…