Como si fuera una mujer cortejada aquí tenemos el mítico agosto madrileño, todo sofoco él, ¡en septiembre! Ya no le esperábamos pero prefirió llegar tarde. Marcelo: repudiarías Madrid si estuvieras, digamos, por aquí de paso hacia Venecia. Sobrevivo a mi segundo día de trabajo con la sensación de que llevo dos semanas. Para ir recuperando el ritmo metropolitano hoy he ido de acá para allá todo el día y acabo de regresar a casa molida, con la sensación de que una exprime la ciudad antes de que la ciudad la exprima a una, pues es así como se sobrevive en las ciudades. Al salir de la oficina he caminado cincuenta minutos hasta esas salas de cine que una vez fueron los Alphaville. Es definitivo: del ensueño de aquel lugar tan sólo quedan las remembranzas que evocan su nombre. Toda valiente, me he animado a sacar una entrada para la Sala 2. (¿He oído aullidos de admiración? Gracias). Sí, con los 35º a la sombra de Plaza de España yo, voluntariamente, me he metido en la sala sin climatizar de los Alphaville. Y no exagero al decir que ha sido uno de los temas de conversación del verano: «¿Has visto esta película?», «no, es que sólo la ponen en la Sala 2″… La taquillera me ha dejado entrar a comprobar la temperatura tras explicarme que, con las obras, habían suspendido la primera sesión y, por consiguiente, la sala estaba más fresca. «Entra, entra», me anima. En la puerta, el mozo que corta los tickets responde a mi cara de susto con explicaciones científicas: «la tenemos a oscuras, con las puertas cerradas y no se ha encendido aún la pantalla… no se está tan mal». «Ya puede valer la pena la película», mascullo para mis adentros. Maldita la hora en la que pongo tanta responsabilidad sobre una película elegida a ciegas. Una combinación de horario, título y nacionalidad me hizo escoger la película china “Tiempos de amor, juventud y libertad” en su pase de las 19:45. Éramos pocos y la mitad se fueron incluso antes de llegar a la mitad de los imprevisibles 120 minutos que ha durado el filme de Hou Hsiao Hsien, el director de la genial «Millenium Mambo» (gracias Marzz) cuya protagonista es también la erótica Qi Shu. Mientras en las tres historias de amor ubicadas en 1966, 1911 y 2005 no pasaba nada de interés a mí me han pasado muchas cosas: no saber qué pensar, saber qué pensar, dormir, despertar, decir qué belleza tan grande ese plano, bostezar, contemplar la oreja de un compañero de filas, reflexionar sobre la película, reflexionar sobre el cine, reflexionar sobre mi vida. Cuando me levanté de la butaca miré hacia atrás: éramos seis; he visto caras más emocionadas en la cola del pan. Decido que, tras la insatisfactoria experiencia (no he sido la única, leo con muy buena pluma en el Blog de cine), me merezco unos nachos al frijol regados con Coronita y me lo paso genial mientras ceno leyendo un artículo en El País de hoy escrito por Enric González desde la Mostra de Cine de Venecia. Me agrada compartir frustraciones y, pese a que me hace sangrar que arremeta contra directores que aprecio, probablemente tiene razón al usar la lanza (y la chanza). La verdad es que es un gusto despacharse con generosidad contra aquello que nos decepciona: “andaba el público afligido tras soportar la tediosa ‘No quiero dormir solo’, del cineasta malayo Tsai Ming-Liang, cuando ‘The Fountain’, del no menos celebrado Darren Aronofsky, cayó como un alud de memez y pedantería”, comienza. No copio el párrafo final sobre Aronofsky porque es demasiado largo y extractado no se entendería pero merece la pena leerlo. Una lástima que los directores de «Requiem por un sueño» y «Goodbye, Dragon Inn» no me vaya a regalar nada bueno en 2007. Aunque… ¿quién se fía de los críticos?
Amor, juventud, libertad
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