Violencia doméstica

Lo normal es que pase todo el día escuchando música. Es algo que me apetece a todas horas. Siempre hay ganas, de unas cosas o de otras porque cualquier momento no es el adecuado para según qué cosas. En la oficina me gusta mantener alguna actitud de las que considero perversas. Por ejemplo: escuchar por los auriculares conectados al iPod algo muy industrial que lleve en él como algún disco de Einstürzende Neubauten o algo de la EBM que hace bombear el corazón con más fuerza cmo Nitzer Ebb. Y escuchar esto, decía, mientras levanto la vista para ver en el televisor un video de cualquier cosa babosa como One Day in America (la detesto) de Razorlight o Cassie o Nena Daconte y luego desviar la vita y buscar el trozo de cielo que veo entre los edificios através de la ventana y por último girar un poco la silla y ver a mis compañeros que trabajan en el departamento financiero con sus ventanas de JD Edwards abiertas tratando meticulosamente cada asunto de debes y haberes. Les veo mover la boca y ser amables entre ellos mientras lo que yo escucho me quiere hacer levantar de la silla, agarrar un monitor y estrellarlo contra el gran cristal sellado que me separa del exterior, de una patada destrozar las máquinas del aire acondicionado, de un golpe de volumen reventarme los tímpanos, de un grito histérico sacarme la tensión agarrada al estómago, volcar la fotocopiadora, cagarme en el pasillo, pintarrajear con barra de labios y laca de uñas el lavabo de los hombres y follar en la escalera. Ala. Ya me desahogué. Mañana a las nueve en pie para un nuevo día. Buenos días. Y si no nos vemos luego, buenas tardes, buenas noches, que diría Truman.

Un cuento de hadas