Ayer, antes de salir de casa para ir al concierto de Kasabian, estuve viendo los videos de la preciosa caja, enfundada en un corset, «A life less lived» que me prestó Raúl para sobrellevar estos días difíciles. Ver videos antes de salir es algo que me encanta, ese ir y venir delante del televisor mientras te vistes, subir el volumen para escucharlo desde otra habitación cuando la canción te gusta mucho, bailar por el pasillo imitando una coreografía, aguantar con el abrigo ya puesto y el mando en la mano solo para ver este último hasta el final. Salir de casa con la resonancia de unas imágenes adheridas a una música. Bajar a la calle palpitando. Por ello, cuando caminé cuesta abajo el Paseo de Extremadura en dirección a La Riviera, fue instantáneo empezar a cantar «Killing Moon» admirando ese brillante punto blanco, un desagüe en mitad del cielo negro, mirar hacia los edificios solemnemente iluminados del Palacio de Oriente y la Catedral de La Almudena y ver proyectado entre las luces y las sombras el rostro de Ian McCulloch. Sentí un poco la killing time y eché de menos. Ya en casa, de madrugada, un twitteo me advierte que ayer noche hubo un eclipse lunar. No lo sabía, se ve que ya me había dado la vuelta cuando la killing moon me guiñó el ojo. Afortunadamente. Si no, quizás no estaría aquí para contarlo.
Killing Moon
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