Ese lugar estrecho entre el horror y la fascinación lo descubrí la primera vez que vi Terciopelo azul. Y ya no he vuelto a salir de ahí.
Yo no sabía quién era David Lynch el 14 de noviembre de 1990 pero mi hermana (que era mayor que yo y estudiaba cine) advirtió de que, al día siguiente, pondrían en televisión algo que no debía perderse, que ese día se ponía Telecinco en casa. Luego me dijo: es una serie que ha revolucionado la televisión, quizá deberías verla. Yo tenía 15 años.
Yo tenía 15 años y 35 años después recuerdo en qué lugar del sofá estaba sentada, cómo era la luz que entraba por la ventaba del salón y qué sentí en mi cuerpo durante los títulos de crédito de Twin Peaks.
Después de ese día, intenté no perderme ningún capítulo, a pesar de que sufría una gran inquietud y, con frecuencia, miedo. Miedo real. Prefería no verlo a solas.
Aquella impactante experiencia como espectadora me alejó del lugar seguro en el que había sido, hasta ese momento y salvo excepciones furtivas, la pantalla del televisor.
No sé cuánto tiempo pasó entre ese día y el descubrimiento de Terciopelo azul. Supongo que uno o dos años. El día que di play al VHS de Terciopelo azul, dejé de ser una niña.
Durante sus tres primeros minutos fui abducida a un lugar estrecho entre el horror y la fascinación del que no he vuelto a salir. Desde entonces, existe ese lugar estrecho, y luego está todo lo demás, que apenas me interesa.
El horror y la fascinación. Me pregunto si son dos fuerzas que chocan o dos ingredientes que se mezclan. Si ellos ponen el horror y yo la fascinación. O si son dos emociones que coexisten y ninguna se impone a la otra.
Esos tres minutos en los que vemos la vida apacible y feliz (pero bajo una mirada tensa), interrumpida por la molestia que pasa indiferente del hombre -el padre de Jeffrey (Kyle MacLachlan)- que sufre un ataque y cae al suelo mientras la manguera sigue regando y el perro lo toma como un juego con el chorro de agua. El encuentro sin palabras de Jeffrey con un padre que es casi un cadáver viviente. El regreso a casa y el hallazgo entre la hierba de una oreja cubierta hormigas.
Como mi adultez recién estrenada, me pregunté qué tipo de mujer sería yo: si una Laura Dern o una Isabella Rossellini. Yo no quería ser como la limpia Laura Dern, con su ropa de color pastel, sus remilgos y sus irresponsables ganas de vivir aventuras. Yo sentía que quisiera o no, yo era la cantante turbia que interpreta Isabella Rossellini, con sus labios rojos, sus ojos oscuros y su miedo; violada, testigo y objeto de la maldad de los hombres.
De todas formas, había algo fascinante en Laura Dern que me atraía. Bajo su ausencia de voluptuosidad hay una rendija morbosa, una disposición a la corrupción.
«El mundo es muy extraño».
