He leído ‘El odio’

Portada del libro El odio

Se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo sobre El odio, de Luisgé Martín. Cuando parecía que los libros habían sido reducidos a su categoría de producto, con el regalo (por parte del lector) y la creación de estatus (por parte del escritor, y también un poco del lector) como sus funciones principales, aparece uno que nos revuelve y nos obliga a debatir (*).

Hay debates interesantes, como este que se dio la semana pasada en Carne Cruda, donde la orfebrería radiofónica fue capaz de componer una hora de programa con voces que opinaban diferente y pudieron exponer sus matices. Pero en el ágora de discusión por excelencia (después del bar), las redes sociales, no vi debate sino una virulenta defensa de la no publicación del libro, con el objetivo de proteger a Ruth Ortiz, la mujer a quien José Bretón quiso infligir (y lo hizo) un dolor extremo e infinito, como no se me ocurre otro más atroz, matando a sus hijos.

Que también fueran hijos de él, no pareció importarle. No había nada por encima de la venganza. En el libro de Martín, Bretón pretende ver su versión: no lo hizo por odio, sino para que los niños no se criaran con la familia de ella. El escritor, que admite que llega a sentir simpatía, y piedad, por el asesino, no le compra ese punto, se lo rebate.

Una búsqueda de la palabra Anagrama (la editorial que publica El odio) en X basta para encontrar ese tipo de mensajes a los que me refería. En general, casi todo el mundo que nombra a la editorial, propone un boicot o bien le dedica algunas palabras de desprecio. Dicen de ella que «justifica la morbosidad», que respalda «un libro que nunca debería de haberse publicado» (aunque se ha impreso, en verdad no se ha publicado, no se ha hecho público, solo los periodistas tenemos copias) y otro decía que es «increíble» que Anagrama «se ofrezca a lucrarse con tremenda desgracia». Hay un mensaje que tiene más de cinco mil me gustas que dice: «Hay que ser muy hijos de puta, para que la editorial Anagrama publique el libro del criminal José Bretón que quemó a sus dos hijos». Una cuenta que se identifica como «grupo de trabajo estatal de Podemos Feminismos» califica la decisión de Anagrama de no suspender la publicación del libro sine die de «victoria feminista» porque la novela «revictimizaba a la madre y glorificaba al asesino». «No volveré a comprar nada de Anagrama», dice Barbijaputa (mil likes). «Anagrama dice que está en su derecho a torturar a una madre dando publicidad y pasta al asesino amparándose en la libertad de expresión. Literatura de muerte y dolor hacia las víctimas». dice Zaida Cantera (89 likes). Estos son algunos de los comentarios con más reacciones.

Por otro lado, se han publicado unos cuantos artículos muy interesantes. En la línea de lo que yo pienso está Marina Perezagua con Mirar el abismo: cuando el dolor pide silencio y la libertad exige palabras (Jotdown). Los artículos son habitaciones de pensamiento algo más amplias que los tuits. No obstante, te pueden arrastrar al mismo barro social. Perezagua contó en el programa de radio que he mencionado antes, que ese artículo le ha valido insultos y pérdida de amistades.

Ninguna de las personas que escribió esos comentarios en redes han leído el libro ni lo quieren leer. No necesitan leerlo para tener una opinión al respecto. A mí me pasó lo mismo: no necesité leerlo para tener una opinión al respecto. Un derecho individual no está por encima de un derecho colectivo, al menos no mientras un juez no mueva esa línea y diga que este libro vulnera el derecho a la intimidad o al honor. (Hay otros peros jurídicos que no explicaré aquí, son complicados y nos desvían del tema, pero que también puedan ocasionar que el libro no se pueda leer). No obstante: he leído el libro.

Lo he leído con mucho interés porque quiero saber más sobre la maldad. Es parte del ser humano. ¿Qué se dicen a sí mismas las personas que cometen atrocidades? ¿Qué hacemos los demás con todo eso? ¿Miramos hacia otro lado, donde brille el sol y los cruasanes huelan a tierno? ¿O somos capaces (o soy capaz) de escuchar, reflexionar, pensar sobre el horror con cierta serenidad?

El libro me ha decepcionado. Es un libro fallido porque no responde a las preguntas que plantea. Sales de él igual que entraste, o quizá peor. Dice Luisgé Martín que desde el primer día que supo del asesinato, quiso escribir sobre ello (dice que iba a ser un libro a medias con Marta Sanz, pero luego no explica porqué ella se descuelga) y la obsesión le ha perseguido todos estos años. Dice que entiende el asesinato de una persona pero no del hijo propio. Por eso escribe el libro, para entenderlo.

Luisgé Martín es un novelista y lo que realiza aquí es una novela de no ficción. Toma sus decisiones (artísticas, que ineludiblemente son también morales) y se atiene a ellas. No crea un reportaje, un ensayo, una investigación ni mucho menos un acto de reparación. Crea su novela, en la que hay dos personajes principales: José Bretón y él mismo. Son sus decisiones artísticas.

En el pódcast de Un tema al día (en el que mis compañeros Juanlu, Marcos y Carmen fueron capaces de extraer de mí algo inteligible entre mis imprecisiones y anacolutos) ya comenté que he comparado mucho El odio con La ciudad de los vivos, de Nicola Lagioia. Esta última me parece una obra maestra. Parte también de la obsesión de un escritor con un crimen, pero sus ambiciones están muy lejos de las de Luisgé Martín. Este último (lo digo tras la lectura) me da la sensación de que se conforma con escribir un relato asequible.

Esta es quizá la máxima irresponsabilidad del autor y de Anagrama: haberse permitido ser asequible con una historia en la que hay tanto dolor vivo, que puso en shock a la sociedad entera, que es la historia de violencia vicaria más importante que hemos vivido este siglo. Una historia como esta merecía otras pretensiones para conseguir un libro mejor.

Uno de los aspectos en los que creo que el libro se queda corto es cuando Luisgé Martín sospecha que Bretón le está manipulando. Ojalá hubiera entrado a abordar ese peligro mucho más a fondo. Pero Martín lo gestiona preguntando a sus amigos.

La sensación al acabar el libro es que sí, que Bretón está «entusiasmado» con el «proyecto» de este libro porque le permite seguir utilizando las vías que encuentra para seguir construyendo su «casa»: «En la calle soy un mierda pero en la casa mando yo».

He oído decir que el limite a la libertad de expresión está en el dolor de las víctimas. Creo que eso está muy errado. Me preocupa que el dolor sea la frontera de las cosas. Que nuestro límite sea no sentir dolor. Que hagamos con el dolor como con la fiebre: paracetamol y dejar de sentirla.

Pienso mucho en Ruth Ortiz estos días. Me pregunto cómo sigue una con su vida después de esta violencia extrema. El libro no da, ni por asomo, ninguna pista sobre eso. (Tampoco lo pretendía). Siento mucho que todo esto le haga revivir el trauma. Quiero creer que había otras maneras de gestionar esta publicación. En especial una que hubiera evitado que ella se enterara por la prensa de la existencia de este libro.

(*) Aunque el debate no ha ido muy lejos. Como dice Íñigo Domínguez en El País: «Perdí pronto la esperanza de que el debate sobre el libro de Luisgé Martín siguiera siendo interesante».