Penitencia

No estaba muy segura de si debería o no hablar sobre ello. Pero han pasado cinco días y ninguno de esos cinco he dejado de pensar en cómo lo escribiría. Tiene un poco de striptease emocional y otro poco de exhibicionista autoflagelante pero, qué coño, si no lo hago reviento. El jueves pasado decidí, ya tarde, acercame, sola, por el Tupper a primera hora de la noche, para poder disfrutar un rato de la última sesión de Plan X sin agobios ni empujones. “Me tomo una cerveza, saludo a Adrián, le doy el Fiber y escucho unas cuantas canciones”, me dije. Pero las cervezas fueron dos y Adrián encadenaba clásico tras clásico impidiéndome largarme cuando debí haberlo hecho. No Adrián, no, no te echo la culpa. Me lo pasé muy bien, aunque me daba apuro que, por culpa de la conversación, tuvieras que correr todo el rato hacia la mesa cada vez que una canción llegaba a sus últimos segundos.? Volví para casa animada, con proyectos en mente y ganas de desarrollarlos. Me dirigía al metro de Alonso Martínez subiendo por la calle Fuencarral. Maldita sea, ¿no podría haber decidido caminar hacia otra estación? ¿No podría haber sido la casualidad la que me hiciera mirar hacia otro lado a la altura del VIPS? Y es que en el portal contiguo al VIPS hay unas escaleras que bajan hacia una sex shop y, pensé, son las once y media… Así que sin pensarlo mucho bajé las escaleras y me encontré, absoluta y sorprendente casualidad, a la grande Psicosis Gonzáles, a puntito de subir al escenario de Babilon, una pequeña sala de espectáculos dentro del sex shop. Me puse muy contenta, aún más. Regocijada por la casualidad, por las canciones que estaba a punto de escuchar, por la sensación de estar sola y de buen humor en aquel sitio, sola pero con la complicidad de la estrella, esa fulgurante estrellona techno-arrabalera, Psicosis, ¡divina! ?Antes de entrar Psico se encargó de que pudiera conseguir una copa y así cayó el primer vodka con limón; el primero de un número limitado que no recuerdo ¿tres?, ¿cuatro? Ella partió el número en dos y en su cesura entró una travesti, Nacha, que cantaba en playback y que no llegaba a nuestra colorada heroína ni a la altura de la plataforma.? De cómo acabé la noche y cómo llegué a casa no lo puedo contar porque no lo recuerdo. Sólo puedo decir que antes de salir de casa cené gazpacho y creo que éste decidió no permanecer el tiempo suficiente dentro de mi cuerpo. El resto de guarrerías me las guardo, mejor, en la intimidad de mi carpeta de jornadas bochornosas. El día siguiente fue espantoso, ni lo cuento. Creo que ha sido la peor borrachera de mi vida. Hasta el punto de que, desde el viernes hasta hoy, aún soy incapaz de oler o pensar en el alcohol sin sentir náuseas. El sábado por la mañana, parcialmente recuperada, me fui a Córdoba. Pero esa es ya otra historia, que contaré más adelante. ¿Habrá sido esta suficiente penitencia?