Lejana y sola.

Siempre he querido conducir. Adoraba y envidiaba a mi hermana cuando, universitaria, trabajaba en ?vila y cada d?a recorr?a, con su Seat 850, la distancia que la separaba de la Complutense, para estudiar cine en la que muchos a?os despu?s ser?a tambi?n mi Facultad. Recuerdo buscar el techo blanco de su coche desde el balc?n o la ventana de nuestra habitaci?n en la casa de mis padres en la Calle De La Raza. A ella la ve?a resuelta, independiente, sofisticada, tan de los ochenta, tan mayor…, pero no deb?a tener m?s de 21. Si alguna vez ella me involucraba en su mundo -y yo deb?a tener seis o siete a?os-, me sent?a la agraciada con el premio m?s gordo: «?bicho, te ha tocado… un ensayo general de lo que te gustar?a que fuera tu vida… de mayor!» A?os despu?s, volv?a a sentir algo parecido cuando mi hermano me montaba tras de ?l en su moto o a su lado en su antiguo Ford Escort xr3i. A Sigfredo le encanta correr y tomar las curvas sin pisar antes el freno, as? que era emocionante el tener que agarrarse a donde llegara mi brazo cada vez que gir?bamos una calle. Aunque vivieran en casa, siempre pens? que mis hermanos eran libres porque, con sus coches y sus motos pod?an correr lo que quisieran, cambiar de marchas con seguridad, repostar gasolina con vestigos de seda y tacones o mancharse de grasa las manos comprobando niveles de aceite y agua. Todo eso me parec?a fascinante. Cuando cumpl? los -creo- 16, mi hermano me regal? una moto, una moto de enduro, una Montesa. Me sent? muy especial, aunque nunca me atrev? a decirle que yo en realidad prefer?a una Vespino, como el resto de mis amigos. Pero all? estaba Elena, con tremendo bicho, dos veces m?s grande que yo y sin permiso para pasearlo por ning?n sitio. Me limitaba a dar vueltas por el camping, hasta que se me cay? demasiadas veces encima. Es posible que me gustara m?s saber y decir que ten?a una moto que el poder montarla por el campo. Saber que era m?a me otorgaba un arma secreta; cualquier d?a podr?a coger una mochila e irme muy lejos, cruzar?a la sierra, nadie me alcanzar?a… sab?a c?mo se preparaba la mezcla de gasolina que necesitaba el motor, eso era lo importante. Mi hermana sustituy? aquel 850 blanco por un Ibiza negro, y sus ambiciones cinematogr?ficas por un s?lido futuro en Telef?nica. Ellos crec?an y yo segu?a teniendo la impresi?n de ser una ni?a para siempre. De alguna manera, me perd? en un limbo extra?o: el de la enfermedad de mi padre, el de la lucha de mis hermanos por encontrarse a s? mismos, incapaces de verme como una igual durante a?os, el de las soledades, el tira y afloja con mi madre, las ansias de salir corriendo, el de los recuerdos vividos por una familia siempre «antes de nacer yo». Como si se tratara de una pel?cula demasiado larga y mi papel no arrancara hasta la segunda parte, cuando ya est? todo el mundo un poco cansado. Hoy, mi coche es ese Ibiza negro que, tras presiones familiares, consegu? heredar de mi hermana, al alcanzar ella el escalaf?n de «mujer soltera que entra en los cuarenta ganando medio kilo al mes que se compra un BMW rojo». Ese autom?vil me hace feliz. No por ?l mismo sino por lo que representa. Puedo levantarme un s?bado por la ma?ana, a la hora que yo quiera y enfilar la Nacional IV hasta C?rdoba si hay algo all? que me llama, conduciendo cinco horas bajo el sol, si es lo que quiero. No s?lo puedo pensar que podr?a hacerlo, puedo pensar en hacerlo, puedo hacerlo. Quiero coger con velocidad las curvas y sentir lo que me imaginaba que mi hermano sent?a, no quiero sentir lo que ?l sent?a, sino lo que yo cre?a que el sent?a. Quiero atrapar por fin, en mi futuro, lo que en el pasado sent?a que ser?a mi futuro. Eso es, y ahora est? claro, la tantas veces nombrada nostalgia del futuro. Inabordable, inalcanzable.