Phantasma

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Desde el primer día que pisé el Dark Hole, quise escribir una novela que sucediera allí. Porque, desde ese primer día, ya lo estaba echando de menos. Estaba en él y a la vez presagiaba que iba a desaparecer, es decir, que había llegado a él demasiado tarde.

Hoy he visto las colas (eran dos) en la nueva Gavana de María de Molina y estaban formadas por adolescentes miméticas. Me asombraba el empecinamiento entre todos estos jóvenes para ser indistinguibles con ganas. Tan solo se me hacían diferentes los chicos de las chicas. Ellos vestían todos de blanco o cualquier otro color que no chillara sobre el resto. Ellas llevaban todas el pelo largo, fumaban en sus vappers, se atrevían con la moda de lencería de exterior o vestían de blanco, de negro, o de blanco y negro.

Justo hoy vi un trozo de un documental sobre la música disco y no entiendo qué pasó con todo aquello. Solo han pasado 49 años.

En mi paseo por la calle Serrano hasta mi casa, me sentía ajena escuchando mis canciones: Vale-Vocal de Bleib Modern, Depress Me de Alien Skin, Shoom de TR/ST, Polaroïd/Roman/Photo de Ruth, Love Via Computer de Techniques Berlin, Reflejos de Vacíos Cuerpos, Phantom de Sisters of Mercy, La carta de Héroes del Silencio, Only When I Lose Myself de Depeche Mode, Deceive de Trentemoller y Sune Rose Wagner e Inferno de Paradox Obscur. Este fue el tiempo que me llevó volver a caminando a casa, desde una fiesta en el hotel Villamagna.

Fue a la altura de Phantom (a la altura de la Embajada americana) que me fue revelado lo que quería escribir aquí y ahora, aunque en verdad me venía acariciando canciones atrás. Soplaba el viento y levantaba mi vestido de vuelo. Ese viento me llevaba a otros vientos de julio en Madrid. Ese viento, que levantaba mi vestido y me arrullaba por la espalda, me empujaba hacia la puerta del Dark Hole y me hacía rodar por sus escaleras. Ese viento me acompañaba por la calle San Marcos y me hacía entrar, quisiera o no, al Phobia, y después al Gris.

Es el mismo viento que me acompaña y me deposita ahora en la puerta del Shadowplay, en la del Body Electric. Es el viento que me elige y me hace diferente, de una manera radical y oscura, a todos esos niños y niñas de la cola del Gavana. No es solo mi aspecto y la música, es que elijo no ser como ellos.

Suena Biceps de TR/ST y Avoiding The Light de Buzz Kull. Son mucho más que canciones, son una criptografía.

A ver si consigo explicarme. No va a ser fácil. Es un territorio resbaladizo.

El otro día me confesaba mi amigo R. que era feliz sintiéndose diferente. En mi turno, yo le confesaba que siempre quise ser como los demás. Ojalá no sentirme tan ajena y lejana. Me gustaría ser una chica a la que dejan entrar al Gavana. Una chica que va al Gavana. Una chica que sabe dónde está el Gavana.

Suena Part Deux de Antipole y Cyberpunk 2.0.2.0 de Health y Sacred Skin.

Igual es mentira lo que le dije a R. Quizá me he convencido de esa mentira todos estos años. A lo mejor, me digo ahora, fuera tonterías, sí que me gusta sentirme diferente.

Siempre he querido escribir una novela donde la pista de baile del Dark Hole existe para siempre. Donde bailo Sisters of Mercy sin que nadie me mire, envuelta en el humo.

Otra noche más, siento que lo que quiero decir se me escapa entre los dedos, como la niebla blanca de la pista de baile.

Camino por la calle Serrano con las canciones sonando en mis oídos, siendo yo misma la pista del Dark Hole, y siento la belleza de mi diferencia radical, de la música que solo escucho yo, de la ciudad nocturna que solo se revela ante mis ojos de la manera en la que yo la veo.

El viento levanta mi vestido, y sé que lo hace porque suena The Beauty of Gemina.

No soy yo, es la canción.