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  • España quiere un pisito en la calle Elfo

    España quiere un pisito en la calle Elfo

    En tres noches, Alcalá Norte (el grupo) metió más gente en La Riviera de la que cabe en Alcalá Norte (el centro comercial). Con este alarde se despide Madrid de la gira que ha sostenido uno de los álbumes debut más exitosos de la historia del pop español. Y no es el único: hoy, 23 de diciembre, se ponen a la venta las entradas para un concierto que no tendrá lugar hasta dentro de un año y tres meses. En el Palacio de los Deportes de la capital. No se puede picar más alto.

    Cuando salió su primer disco, Alcalá Norte ya se había metido a la mitad de sus fans en el bolsillo de sus pantalones pitillo. Ni siquiera algunos cambios en su formación les hicieron perder el norte, más bien al contrario. Con más de 80 conciertos a sus espaldas, el arrebatador carisma de sus componentes encontró un público que miraba al barrio —sea cual sea— con los ojos empañados de orgullo.

    Ese sentimiento, elevado al amor más puro, transpiraba anoche en La Riviera. Había amor en la bota de vino que el batería Barbosa lanzó a la gente, después de pegarle un trago. Había amor en las prendas de ropa que la audiencia les lanzaba. Había amor en el power ranger verde que salió al escenario a bailar breakdance con 420N. Había amor en las caras absolutamente felices de una masa negra que de golpe se bañaba en luz blanca. Había amor en la teclista Laura de Diego, dibujando con su cuerpo una equis eléctrica mientras adoraba sus propias canciones. Había amor en esas gargantas madrileñas cantando los versos en catalán de Los chavales. Había amor en los músicos arrancando con delicadeza la cinta americana de los set list pegados al suelo, para repartirlos en primera fila. Había amor en las palmas de las manos extendidas hacia el escenario después de tres palmadas y tres sílabas bien marcadas: “¡Al-ca-lá!”. Y lo había, sin duda, en la mirada tranquila y sobria de Álvaro Rivas, que ya no era ausente o desafiante, como otras veces, sino absolutamente enamorada.

    Rivas cantó La calle Elfo coronado con laureles (o similar), después de una verborrea tolkiana de Barbosa de la que no se entendió mucho pero dio lo mismo. El grupo ha puesto en el mapa una calle estrecha y oscura, una paralela a la calle Alcalá conocida si acaso por haber dado cobijo durante unos años a los estudios de Radio Carcoma, un viejo locutorio a pie de calle. En sus letras plagadas de mitología y nombres de filósofos, se cuela la vida de la que nunca nos zafamos, la de la duda, el dolor, la espera, la sed y la resaca.

    Para redondear la noche, antes de terminar con La vida cañón, una de esas canciones-manifiesto como pocas, capaz de unir a cinco generaciones en una, Barbosa hizo notar lo simbólico de tocarla este pasado lunes 22 de diciembre, día del sorteo de la Lotería de Navidad, al cumplirse 90 años de la aparición en la revista Mundo Gráfico de un reportaje en el que algunos currelas de la capital soñaban con cómo cambiaría su vida si les tocara el gordo. Se acabaría eso de ver el teatro y los toros en asientos baratos. Viajaría de verdad: a Soria y a Burgos. Se pegaría la vida cañón. 

    Ser fan de Alcalá Norte es pegarse la vida cañón sin que te toque la lotería.

    De este apoteósico concierto, el público se lleva muchas cosas. Una chica se llevó el jamón del rasca y gana. Otros, puros lanzados por Jaime Barbosa. Y otros muchos se compraron a 30 euros la nueva edición en dorado “peseta vieja” que ha sacado el grupo de su disco homónimo, que al parecer es como siempre habían querido sacarlo: más noble, mejores calidades. Merece la pena. Para el niño y para la niña, para el abuelo y la abuela. Y, lo más importante, un collage de fotos de la historia de Alcalá Norte, que aún hay quien los llama emergente o revelación y llevan ya seis años de versos y bares.

    La fiesta no acaba aquí. Los chicos de Ciudad Lineal se llevan sus historias, sus power rangers y sus vinilos peseta vieja a Barcelona dentro de un mes, el próximo 24 de enero en el Sant Jordi Club.

    Publicado en elDiario.es, el 23 de diciembre de 2025

  • El club del tomate bueno

    El club del tomate bueno

    Me toca bastante cerca la obra Los que hablan, escrita y dirigida por Pablo Rosal, que he visto hoy en el Teatro del Barrio. Malena Alterio y Luis Bermejo son dos personajes a los que les cuesta hablar. Van pillando cómo funciona la cosa y van haciendo lo que pueden. Su propia esencia como personajes les facilita la labor, de manera que usan a otros personajes para hablar por hablar.

    Yo tengo grandes dificultades de habla. Tengo más de las que parecen porque me esfuerzo en esconderlas. Cuando parece que voy aprendiendo cómo funciona eso de hablar, es cuando más se nota que soy un personaje. Como personaje, solo voy bien engrasada cuando me escriben el guion.

    He ido a una logopeda para consultar esto. Me ha dicho que no es tan raro lo que me pasa. Me ha puesto unos ejercicios que son como abdominales de la voz. Espero tener más éxito con la palabra que con la barriga.

    Alterio y Bermejo llegan a decir bastantes cosas, pero se atascan si tienen que hablar sobre sí mismos. Es imposible, son personajes.

    Al salir del teatro (sin salir del todo, en el bar), algunos miembros del Club del Tomate Bueno descubrimos que las mentiras —las palabras con truco— están ok, cuando son disparatadas. Ok a las trolas.

    El viernes pasado, antes de la fiesta de mi periódico, conté una buena trola; estaba reciclada, en verdad, pero funcionó igual. Me hizo feliz.

    Las trolas te curan la hipertensión y vienen con colesterol del bueno. Las trolas tienen Nutri-score A.

    Me dice mi logopeda que respiro mal. Dice que cuando somos bebés lo hacemos con el diafragma y luego el estrés de la vida nos hace olvidarnos de eso, y ya solo respiramos con el cuello. Otra vez el estrés, mi palabra favorita. Yo me lo ato todo al cuello y por eso no me salen las palabras.

    Los del Club del Tomate Bueno nos conocimos en un tren, luego comimos un tomate bueno, luego hablamos (qué paradoja) de la palabra, después calentamos aceite entre las manos y al final del día ocupamos la totalidad de un palacete en Úbeda.

    Qué bonito es viajar, viajar es irse a otro lado, dice Luis Bermejo en la obra. Qué miedo da que te inviten a hablar a un sitio que no es el tuyo y vayas ahí solo para decir obviedades. Para eso, mejor no irse a otro lado. Para eso, mejor decir las obviedades en casa.

    En las mesas redondas, siempre hay varios invitados (al menos uno) que son los que hablan. Quiero decir, que son los que saben hacerlo, los profesionales de esto, los personajes que cumplen magistralmente.

    Y luego estamos los demás. Los que hablamos apenas. Los que hablamos con pena. Los que mendigamos al cerebro una palabra más, rogando para que no nos traiga una equivocada. Los que nos precipitamos a una frase sin saber cómo va a terminar, rodando despendoladas por el predicado sin asfaltar.

    Los del Club del Tomate Bueno tienen un pacto. No puedo hablar mucho sobre ello en voz alta, pero puedo decir susurrando que en Jaén invocamos palabras que frenaron silencios. La conversación ha seguido en Madrid y Ana desbordó el silencio regalándonos esta belleza escénica que se pregunta si sabemos comunicarnos o no, si nos entendemos y nos escuchamos. Y yo prosigo el compromiso del Club regalándonos un nombre y un post, en tiempos de escribir corto y olvidar los nombres.

  • David Cronenberg dice que la muerte «es un absurdo»

    David Cronenberg dice que la muerte «es un absurdo»

    Por supuesto, las entrevistas que hago a las personas que admiro son las peores de mi carrera.

    En este artículo revelo que fui yo la que le conté a David Cronenberg que el título de su película The Shrouds es en España Profanación. Su enfado provoca que unos días después, Filmin rectifique y mande una nota de prensa diciendo que ahora la película se llama oficialmente en España, Los sudarios.

    “La distribuidora habrá pensado que Profanación era un título mejor pero The Shrouds es un título muy neutral, no es un título que dé miedo, no es un título religioso, mientras que Profanación sí lo es. La película no tiene nada que ver con eso y me parece que es engañoso. No me convence ese título y no me preguntaron qué pensaba sobre ello”, me dijo.

    Lo más triste de todo es que no hemos podido ver la última película de Cronenberg en el cine, y esto sí que no me cabe en la cabeza.

    Dejo aquí la entrevista: David Cronenberg despliega en ‘Los sudarios’ su visión de la muerte: “Para los existencialistas ateos como yo, es un absurdo”.

    (Gracias, Javier Zurro).

  • Javier Piñango irreal

    Javier Piñango irreal

    Hay muertes en un abrazo. Una disolución fría y tranquila. Presente.

    Luego hay muertes ausentes, que se escurren entre los dedos.

    Muertes mal tejida, inaprensibles, escurridizas.

    Muertes mal hechas, en definitiva.

    Para mí, la muerte de Javier Piñango ha sido así, irreal (i.r.real, diría él). Una vez más, no estuve donde tendría que haber estado.

    He escrito esto.

  • La ciudad en silencio

    La ciudad en silencio

    Hoy hemos vivido un apagón eléctrico masivo. Comenzó a las 12:33. Me pilló haciendo una entrevista telefónica. Tenía el ordenador delante y noté que me había quedado sin internet. Otra vez me está fallando el router, pensé, y alargué la mano para desenchufarlo y volverlo a enchufar, mientras proseguía con la conversación.

    Mientras estaba al teléfono, me llamó mi compañero Javier Zurro. Al colgar, le devolví la llamada, pero se cortaba a los pocos tonos. Al tercer intento, conseguí hablar con él. Me contó, desde Barcelona, que estábamos viviendo un apagón en toda España. Incrédula, comencé a presionar interruptores. «Pues es verdad, no tengo luz», admití.

    Al poco, dejó de funcionar la telefonía y los datos móviles. Primero disfruté unos instantes de la casa sin zumbidos de los electrodomésticos. Luego, cogí una libreta, un boli, el móvil con 33% de carga, una batería portátil y mi acreditación de prensa. Me eché a la calle.

    Me encontré a mi vecina Almudena, seria y preocupada. No tenía más información que darle, salvo que el apagón se había producido en España, Portugal y sur de Francia. Me dirigí al intercambiador de transportes de Avenida de América.

    Apagón en Madrid

    De camino, vi que el gran edificio de UGT de Avenida de América estaba siendo evacuado. Hablé con algún trabajador. “No sabíamos si era un problema de la obra que estamos haciendo. En el momento en el que nos hemos enterado, hemos pedido a todas las personas trabajadoras, entre 500 y 600, que abandonaran el edificio”, me explica Miguel Ángel Neilas, secretario de organización de UGT Madrid, en la puerta de la sede. Además, chequearon los ascensores por si acaso alguien se hubiera quedado encerrado, así como los garajes.

    Apagón en Madrid

    Seguí hacia la puerta del intercambiador. Pude entrar sin problemas. En el primer piso, los autobuses interurbanos salían y entraban. Pero en el segundo piso, un cordón cerraba el acceso al Metro. Hablé con una empleada. Me dijo que todos los trenes se habían detenido pero que no había nadie atrapado.

    Ya no había ni 5 ni 4 ni 3G. A veces llegaba alguna ráfaga, o me sonaba la notificación de un push de la app de elDiario, algún mensaje por Telegram. De vez en cuando conseguía enviar algún texto, pero era imposible mandar una foto o un audio. Hablé con alguna persona más.

    Tres trabajadores en la ciudad de Madrid pero residentes en Getafe, dos hombres y una mujer, esperan a la sombra de la puerta del intercambiador, chequeando sus móviles, a la espera de encontrar una manera de llegar a casa. Por un momento, les funcionan las aplicaciones de Uber y Cabify y están intentando acceder. “Estábamos en el metro, se ha ido la luz y nos hemos quedado en los vagones hasta que nos han evacuado y desde entonces llevamos una hora esperando”, explican. “A eso se suma que no hay internet ni llamadas y es un poco caótico. Como no va Google Maps y no somos de aquí, no sabemos la ruta que podemos tomar para llegar a casa. Enlazar autobuses está complicado para llegar al sur de Madrid sin conocer las rutas” dice uno de ellos. “Mejor estar aquí que con el tráfico, al no haber semáforos. Aunque pongan personal de tráfico no será lo mismo y al gente entra en estado de agobio y puede ser incluso más peligroso ir por la carretera”, afirma su compañero.

    Apagón en Madrid

    El cuerpo de seguridad que ha tomado el control del intercambiador es la Policía Nacional. Una patrulla municipal pasa a preguntarles si necesitan ayuda. Aún hay poca gente. En dos horas sí que la necesitarán, ya que por minutos se multiplica el número de personas que acuden para coger un transporte que les saque de la ciudad. Me cuenta una agente de policía que no pueden hacer mucho más que calmar a quien pregunta e intentar dar instrucciones sobre cómo llegar a sitios, si es que se saben la calle por la que les preguntan. «Le contesto casi como una civil», dice. No tienen más respuestas.

    Apagón en Madrid

    Vuelvo a casa momentáneamente, para ver si al alejarme de un punto en el que hay tantos móviles intentando conectar consigo pillar red. Bebo agua, me pongo crema solar y miro si puedo ponerle pilas a la radio. No funciona. Mi viejo radiocasete, mi primer equipo de música que me regalaron con quizá unos ocho años, en el que a día de hoy escuchamos la radio todos los días en la cocina, a diversas horas, diferentes emisoras, tampoco admite ya las pilas.

    Más tarde, Alberto rescatará de un cajón un walkman hecho trizas que incorpora un transistor. Todavía funciona pero hace tanto ruido que parece que estamos intentando sintonizar Radio Pirenaica en la clandestinidad.

    Apagón en Madrid

    Me enfada lo mal preparada que estoy para esta contingencia, a pesar de que hemos bromeado mil veces sobre la mochila de supervivencia. No tenemos radios a pilas. Las linternas están en el trastero, al que se accede con huella, por lo que sería imposible entrar. Apenas tenemos dinero en efectivo en casa (consigo reunir 30 euros, no está nada mal, pues lo normal es que nunca haya nada). Miro las latas: poca cosa. Congelado hay más. Me pregunto cuánto aguantará la nevera.

    Vuelvo a la calle. No para de llegar gente al intercambiador. Hablo con Hugo y con su madre. Él resulta ser socio de elDiario.es. Hugo espera el autobús de Alcalá de Henares para que lo coja su madre y vuelva a casa. El apagón les pilló en el hospital para ver a un familiar enfermo, donde se fue la luz pero inmediatamente se activó el grupo electrógeno, “un poco de revuelo entre el personal del hospital pero sin mayor sorpresa, dentro de lo que cabe, normalidad”, explica. Han esperado durante 25 minutos el autobús. Eso está muy bien, considerando lo que llegará después. Intentaron llamar a los familiares para ver si estaban bien pero, con las comunicaciones caídas, no lo habían conseguido. “Esto viene bien como recordatorio para nuestra sociedad de la dependencia que tenemos frente a la electricidad”, me explica.

    Apagón en Madrid

    Hugo es profesor de instituto y hoy está de huelga. Ya intuye que Madrid no estará como para que se pueda celebrar la manifestación convocada para la tarde. “Es una lección para los chavales que son nativos digitales y han crecido con un móvil en la mano y lo necesitan para todo. Y también nos viene bien como toque de aviso para que empecemos a centrarnos en lo valioso. Somos una sociedad muy egoísta, centrada en sí misma y ahora nos damos cuenta de que en realidad dependemos de las personas porque son las que hacen funcionar la sociedad y no internet”, reflexiona, tras despedirse de su madre al tomar el autobús con dos besos rápidos en las mejillas y dirigirse a buscar su coche para intentar llegar al Ensanche de Vallecas, atravesando un Madrid atascado.

    Paloma y Laura se han conocido en el autobús de vuelta de Zaragoza y a la hora de cargar el abono transporte se ha caído el sistema. Laura quiere llegar a casa de su hermana, que es la que vive más cerca pero no sabe cómo contactar con ella antes de llegar, “porque supongo que los telefonillos tampoco funcionarán”. Paloma (que es oyente fiel de Un tema al día, estoy también me alegra oírlo) trabaja en televisión y ya va descartando que hoy pueda hacer nada. “Estamos colgadas pero hemos hecho piña entre las dos. Vemos a gente que habla por teléfono y no sabemos de dónde cogen la red”, añade Paloma, que quiere llegar a Carabanchel. Laura quiere llegar al Barrio del Pilar y se plantea hacerlo andando, pues tiene en la cabeza el mapa mental de Madrid y sabría cómo hacerlo.

    Vicente es un vecino del barrio. Es un taxista de baja. Tiene una radio en la mano y de vez en cuando se para gente a escuchar. También aprovecha su experiencia como conductor para guiar a la gente hacia las calles sobre las que le preguntan. «No soy conspiranoico pero…», me dice.

    Apagón en Madrid

    No es lo normal que alguien sepa llegar callejeando de Prosperidad al Barrio del Pilar, salvo quizá dirigiéndose hacia el norte. La mayoría de la gente no sabe llegar a los sitios sin el GPS. Cómo se llega a tal lugar andando es la pregunta más habitual en las puertas del intercambiador, a la Policía, a los trabajadores de Metro, a otros viajeros, a alguien que pase por allí, a Vicente. Una mujer con una maleta quiere llegar a Arturo Soria. Varias personas discutimos sobre cuál es la mejor manera. Vicente propone que vaya por Corazón de María. Otra mujer opina que debería bajar por Cartagena. Yo insisto en que es mejor el camino más largo pero sencillo, por Francisco Silvela. Quiero hacerle un croquis pero no me da tiempo, opta por el camino más corto que le indica otra persona.

    Las puertas del intercambiador se han convertido en un gran embudo y se cierra el paso ya desde arriba. Solo dejan entrar a los pasajeros con billete de larga distancia. No todo el mundo tiene claro qué se considera larga distancia. Algunos dicen que Guadalajara les parece que es una distancia bastante larga. Mucha gente busca la sombra y se han sentado contra las paredes de la bocacalle que da al metro.

    Miro la hora. Eleonor debería llegar a casa dentro de poco del instituto. No quiero que llegue y no sepa dónde estoy. La espero en casa. Un buen rato después, toca con los nudillos a la puerta. Precisamente hoy se ha olvidado las llaves en casa. Estuvo un rato esperando en el portal porque no funcionaba el telefonillo (como imaginaba Paloma) y le daba vergüenza llamarme a gritos. Ni que no lo haya hecho toda su infancia. Pero ahora tiene 13 años y hay tantas cosas que le dan vergüenza.

    Espero a Alberto mientras me como un sándwich rápido. Llega después de caminar algo más de una hora desde El País a casa. Por la calle Alcalá ha visto de todo: una predicadora anticipando el Apocalipsis, una casa de empeños hasta arriba de gente, un coche con la radio encendida y las puertas abiertas, un conocido presentador de televisión andando rápido y firme en dirección a su plató.

    Apagón en Madrid

    Con ellos en casa y ya tranquila, cojo la moto y voy a la redacción de elDiario.es en la Gran Vía. Hay que conducir con mucha precaución, no funcionan los semáforos pero hay muchos agentes de movilidad. Se trata de ir con cuidado, sin correr, mirando bien en los cruces. Hay bastantes cruces y pasos de cebra en los que hay que autogestionarse. Observo que por lo general los peatones son mucho más solidarios que los coches. Me enfadan las ansias de los conductores por pasar sí o sí, por acelerar, buscar el hueco, no generar espacios de seguridad.

    Apagón en Madrid

    La policía no me deja bajar por San Bernardo. He tenido que dar varias vueltas hasta llegar allí pues muchas de las calles anchas estaban cortadas. Aparqué la moto en la glorieta y bajé cruzando Malasaña.

    Malasaña era una fiesta. En la plaza del Dos de mayo, la gente jugaba a la pelota, no solo los niños, y también con unas raquetas ligeras. Muchos habían sacado las sillas a los portales. Algunas personas leían libros (¡leían libros!). Se jugaba a las cartas. Se bebían cervezas. Se hablaba en grupos. Se escuchaba la radio.

    Apagón en Madrid

    Llego a la redacción. Allí no hay un sistema de electricidad de reserva y no hay mucho que hacer. La portada y las piezas principales se están manejando desde fuera de la península e incluso fuera de España. Se han podido subir bastantes piezas pero no sé quién las estará leyendo.

    Apagón en Madrid

    Estoy un rato largo allí pero me voy antes de que anochezca. Cuando camino de vuelta por Malasaña, mientras la luz se va recuperando progresivamente en algunas calles. Cuando conduzco de vuelta, algunos semáforos funcionan y otros no. Por ello, es incluso más peligroso que a la ida. De nuevo tranquilidad, lentitud, serenidad, policías dirigiéndome por desvíos. Menos mal que llevo el mapa de Madrid en la cabeza. Conozco muchas calles. Me molesta depender de Google Maps. Mi padre me enseñó que el mapa de Madrid había que sabérselo de memoria; me regaló un callejero y yo me lo estudiaba. Casi siempre me pierdo más cuando uso el gps que cuando me fío de mi intuición, al menos en Madrid.

    Una vez en casa, subimos a la azotea. Se veían las estrellas, una cosa rara en Madrid. Mientras estábamos allí, oímos aplausos y alborozo. La luz estaba llegando a Prosperidad.

    Apagón en Madrid
    Apagón en Madrid
    Apagón en Madrid
  • La silla vacía de The Horrors

    La silla vacía de The Horrors

    Algunos asistentes al concierto de The Horrors el 6 de abril en Madrid —tras su paso también por Santiago de Compostela y Barcelona— se sorprendían al descubrir en una rápida consulta a sus teléfonos móviles que el grupo británico tiene una carrera de 20 años.

    Muchos no los descubrieron hasta su segundo trabajo, Primary Colors (2009), un disco sobresaliente producido por el artífice del sonido de Portishead, Geoff Barrow, que les ayudó a dejar atrás el lacerante garaje rock de su primer disco para incorporar teclados y colchones electrónicos con los que construir unos temas de gran belleza y eficiencia pop.

    Los que miraban de reojo la Wikipedia, verían el notorio listado de géneros musicales que aparece en la caja de información artística. Hasta nueve géneros, algunos tan dispares como el horror-punk (sea lo que sea eso) del shoegaze (ese pop dopadísimo de efectos que obligaba a los guitarristas a mirarse los zapatos para pisar los múltiples pedales).

    En cualquier caso, ese “horror-punk” (o garaje punk oscuro) que forjó su espectacular debut Strange House (2007), está olvidadísimo, tanto en los fans como en los set list, del que no tocan ni una sola canción, pese a que tenía auténticas bombas de nitroglicerina como Gloves, Count In Fives Sheena Is A Parasite, además de una inolvidable versión de Jack The Ripper.

    Se parecen tan poco los Horrors de hoy en día a los de su primer concierto en Madrid, el 7 mayo de 2007, como el Nick Cave actual al de Birthday Party. Aquel concierto todavía se recuerda como uno de los mejores que se han visto nunca en la capital. En él, el cantante, Faris Badwan, no paraba de trepar por las redes y aparejos que por entonces decoraban la sala Moby Dick, y en un momento de éxtasis se lanzó hacia la bola disco que colgaba del techo, la cual se desenganchó, para acabar estrellada en la nariz de uno de los asistentes, que salió de allí con la cara ensangrentada, pero feliz. Hay vídeos que afortunadamente lo atestiguan, porque si no, creeríamos que lo soñamos. Al terminar la actuación, unas jóvenes fans se lanzaron a los pies de Tom Furse, uno de los miembros que ya no forman parte del grupo, para agarrarle los tobillos y así impedir que abandonara el escenario. Furse dio dos pasos atrás, asustado, mientras agitaba las manos diciendo que no.

    Los inconformistas The Horrors se han caracterizado por dibujar una carrera de seis discos en el que no hay uno igual. Cada álbum le pega a un género diferente. Decían que se aburrían y que no querían ser ‘un grupo de garage’ o ‘un grupo de dreampop’, que no querían repetirse. La nefasta consecuencia de esta vía constantemente experimental es que han acabado siendo un grupo sin sonido propio.

    Y eso se demostró en el concierto de este domingo en la sala Mon de Madrid, promovido por Primavera Tours, donde se intercalaban canciones de su nuevo disco, Night Life (2025), con el que parece ser que ahora quieren ser un grupo de rock, con los temas dreampop de Primary Colors (entre ellos, los magníficos Mirror’s Image, Scarlet Fields o Sea Within a Sea), o la poppie Something to Remember Me By de su disco V (2017).

    Las nuevas canciones no han hecho sino intensificar lo que ya se venía viendo antes de su periodo de descanso y reformación —han pasado ocho años desde su último disco, tres desde que publicaran una última canción y otros ocho desde que no tocaban en Madrid, además de la sustitución de dos de sus componentes— que sus conciertos son un caos musical. Es difícil generar una actuación compacta, con sentido y que pretenda expresar algo cuando unas canciones son tan diferentes de otras. El clima sube y baja, el público responde indiferente —con las nuevas— o se activa de repente —con las canciones que conoce y puede corear— y todo suena, en general, festivalero.

    El concierto estaba sold out y la sala se quedó pequeña. Parecía evidente que tanto el grupo como el público actuaban como si estuvieran en el escenario de un festival, sin estarlo. The Horrors han convertido su sonido en ese tipo de producción que funciona tan bien en espacios al aire libre y ante muchos miles de personas. Además, el tono rock de las nuevas canciones, lo favorece. Pero, en una sala como esta, el resultado es paradójicamente contrario: frialdad.

    Quizá pasó desapercibido, pues tampoco tuvo una especial respuesta, el importante gesto de Faris Badwan, que es británico-palestino, a la hora de presentar uno de los temas más apreciados de su carrera: Sea Within A Sea, renombrada como From The River To The Sea, en alusión a “Desde el río hasta el mar”, una expresión de apoyo al pueblo palestino cuyo uso ha traido problemas en la última Berlinale o al Museo Reina Sofía. Bowdan mantiene en sus redes sociales la constante denuncia de la masacre en Gaza y su apoyo al pueblo palestino.El libro que intenta descubrir a Family, el gran misterio del pop español

    Lo que sí continúa invariable en los conciertos de The Horrors es su pasión por la brevedad. Una hora hasta el falso adiós, hora y cuarto incluyendo el bis. Los conciertos cortos tienen sus detractores —especialmente aquellos que calculan la rentabilidad en términos euro del precio de la entrada por minuto— pero hay que admitir que deja mejor sabor de boca ser parco que ser cansino. Resta una última fecha de la gira de presentación de Night Life en España, con el concierto de este lunes 7 de abril en Valencia, en la sala Moon.

    Publicado en elDiario.es

  • El duelo aplazado: consecuencias de vivir sin el último adiós arrebatado por la COVID

    El coronavirus ha atravesado las muertes de todos, incluso de los que no han muerto por COVID. Las condiciones han ido variando a lo largo de la pandemia pero han sido muchos meses de restricciones en los que los rituales funerarios se han visto alterados y restringidos y en los que en muchos casos, en especial los de los enfermos de la COVID-19, no ha habido despedidas, tan solo vacío. Durante el pico de la pandemia, no más de tres personas podían asistir a la inhumación o cremación. En la primera fase de la desescalada, el grupo se aumentó a diez; en la fase 2, ya en verano, hasta quince personas y en la tercera, hasta 25, pero manteniendo una distancia de metro y medio entre ellos. “Esos momentos han provocado un impacto emocional tremendo en las personas dolientes”, asegura el psicólogo especializado en duelo Vicente Prieto.

    “Además del dolor por la desaparición de un ser querido al que no le tocaba [morir], el dolor se ha incrementado porque se ha roto el proceso funerario del último adiós, el funeral y el enterramiento”, explica. Por la consulta de Vicente Prieto están pasando muchas personas “en situaciones bastante extremas” que, al no poder normalizar el duelo, les ha sobrevenido “un duelo patológico”, un estado limitante en el que precisan ayuda psicológica: “son las personas que no retoman el trabajo ni la rutina normalizada, que no entienden el proceso que están llevando, que se aíslan y en las que se pueden desencadenar trastornos ansioso-depresivos e incluso, en alguno de ellos, estrés postraumático, ya que sufren también el miedo al contagio y el miedo a contagiar”. En la foto fija de los días 8 y 10 de abril de 2020 que sacó la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid con una encuesta a más de dos mil personas, encontraron un 22% de casos con un nivel elevado de síntomas por depresión, bastantes más mujeres que hombres, bastantes más jóvenes (18-34) que cualquier otro grupo de edad.

    Lo que Prieto recomendaba a sus pacientes fueron tres cosas. La primera suponía aceptar la realidad ante la pandemia, aunque sea invisible; no prolongar la situación de injusticia ni preguntarnos “¿por qué nos ha pasado a nosotros?”. La segunda fue la de usar las videoconferencias para conectar a la familia y “llorar juntos”: “aunque no hay ninguna tecnología que sustituya un abrazo, hay que adaptarse a lo que tenemos”. La tercera estrategia consistía en, cuando se les permitiera, realizar “un homenaje como se merece el ser querido, ya sea religioso o cualquier ritual laico con el mismo fin y recordar que ahora ya no está entre nosotros pero está con nosotros”. El llamado “último adiós” es un momento de despedida junto al cuerpo de la persona ya fallecida, precisamente el que más ha faltado durante las muertes en pandemia, pero Prieto no le da tanta importancia y recomienda que es mejor recordar “los cientos y cientos de horas que sí hemos podido vivir y compartir con esa persona”.

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  • Finde mutante

    Finde mutante

    El viernes 11 de octubre y el sábado 12 nos esperan dos días de celebración de la revolución tecno del Aviador Dro.

    El viernes a las 19h en la tienda de discos La Negra (c/ Eugenio Salazar, 9) vamos a presentar «Anarquía científica» con la editorial La Felguera y las autoras Patricia Godes, Sol Alonso y yo misma. Vamos a festejar que el libro que cuenta las aventuras y hazañas de los obreros especializados ha llegado a la segunda edición, y que el sello marginal La Vida es un Mus ha sacado una reedición de «Nuclear sí». Lo vamos a hacer en la tienda de discos de nuestro barrio, la muy apreciada La Negra.

    Al día siguiente va a tener lugar una versión especial de mi paseo por la memoria musical de La Prospe, dedicado a Aviador Dro y que sin duda contará con sucesos extraños.

    Aunque es gratuito, las plazas están limitadas porque no podemos ser tropecientos mil, así que hay que apuntarse escribiendo a La Felguera. Te lo cuentan aquí.

  • Maestros de armas

    El 18 de agosto escuché esta entrevista a Philippe Lançon en Hoy por Hoy. Como recordaréis, el 7 de enero de 2015, los hermanos Kouachi asesinaron a 12 personas en la redacción de la revista de humor satírico Charlie Hebdo. Además, cuatro resultaron heridas, entre ellas Lançon, que ya es capaz de enfrentarse al relato de los hechos.

    Hoy estaba echando un vistazo a una entrevista que le hice a Antonio Altarriba en mayo de 2010, después de que El arte de volar arrasara en los premios del Salón del Cómic de Barcelona:

    Para Altarriba, esta novela gráfica que se realiza ahora en España es coherente con “el origen fuertemente social del cómic a finales del XVIII y principios del XIX, un precedente del cómic arraigado a la crítica social y política muy comprometida”. Es poco conocido que “en la redacción de los periódicos satíricos franceses, existía una sala donde los periodistas caricaturistas se entrenaban con un maestro de armas para los duelos” que irremediablemente traían consigo “las denuncias de la época, que dejaban a la altura del barro a las de hoy”.

    Hace cinco años no se nos podía pasar por la cabeza que esto último que dice Altarriba dejara de ser cierto.

  • Los guionistas luchan por el valor de la palabra

    Tras muchos años de pelea en la sombra, ese profesional solitario que escribe en un papel lo que otros transformarán en imagen comienza a movilizarse por sus derechos laborales | Los guionistas españoles dicen que «hay motivo para la huelga»

    Desde que se puso el Proyecto de Ley del Cine sobre la mesa de la cámara del Congreso de los Diputados en junio de 2007, la cinematografía en España ha sido, unas veces, un tira y afloja de la cuerda y, otras, una guerra de almohadas a plumazo limpio.

    Año y medio después, el Gobierno ha querido dar carpetazo -con un Real Decreto que desarrolle la Ley del Cine- a un polémico tema que ha sido manejado por dos ministros de la misma casa. El Gobierno suponía que después de hacer retoques aquí y allá todos estarían contentos. Pero no es así. Los guionistas no lo están.

    Esa orden aprobada en el Consejo de Ministros del pasado 12 de diciembre está claramente orientada a impulsar la cinematografía, realizar coproducciones, luchar contra la piratería, fomentar las salas, crear empresas dedicadas al cine de una manera más sencilla… un «espaldarazo», como dijo María Teresa Fernández de la Vega. A la industria, pero no a los profesionales.

    «Los guionistas españoles se sienten menospreciados por la Ley del Cine», dice la Asamblea convocada por el sindicato ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales). «Somos el grupo peor tratado del sector», recalcan los guionistas. Es un problema que viene de antaño.

    Miedo a la represalia

    Es un trabajo no regularizado, con retribuciones que no sólo no asimilan las subidas del IPC sino que van para atrás, con una participación muy pequeña en los beneficios de la taquilla y absolutamente ninguna en la explotación de la película más allá de las salas oscuras.

    Jimina Sabadú, quien aunque sólo sea por su actitud algún día debería ser la Diablo Cody española, explica que además de los flagrantes agravios económicos el «trato humano» hacia los guionistas también es ofensivo, pues se trata de una profesión poco reconocida. «Es que el trabajo del guionista acaba cuando empieza el de todos los demás», dice Nacho Faerna, quien fue coordinador de guionistas de El comisario. Estos profesionales trabajan de manera solitaria y se dejan los ojos en unos sprints de jornadas inacabables. Viven en la cuerda floja, sin saber si mañana continuará o no la buena racha, por ello, en cuanto protestan, «te tachan de sindicalista» dice la Sabadú, «es un mundo muy pequeño y si das problemas te tachan y no te llaman más».

    Agustín Díaz Yañez presidió la mencionada Asamblea y es, asímismo, presidente de ALMA. Durante esta reunión de escritores celebrada el 13 de diciembre, un día después del «espaldarazo», se destacó la incapacidad legal para negociar un convenio colectivo para quienes trabajan por cuenta ajena, los bajos salarios, las condiciones laborales irregulares y los contratos abusivos, entre otros problemas que asolan a la profesión.

    Ese día se acordó realizar una carta de protesta al ministro de Cultura, César Antonio Molina, que será entregada este jueves 18 de diciembre.

    Los representantes de ALMA gustan de poner como ejemplo del problema la «paradoja del guionista español». Éstos no reciben una cuota por la explotación en DVD de obras realizadas con sus guiones. Pero sí obtienen dinero de la compensación por copia privada de los DVDs vírgenes (a través de SGAE o DAMA), así que si una película se compra en un top manta ganan algo, si se compra en un centro comercial, ni se inmutan. «Los productores se niegan sistemáticamente a dar una parte de la venta», explica Faerna, quien desde ALMA intentó negociar durante muchos años con la FAPAE (Federación de Asociaciones de Productores Audiovisuales Españoles), sin conseguir más que un rechazo implacable.

    Hay motivos para la huelga

    Las reivindicaciones laborales se centran en tres frentes: que la Ley contemple las necesidades de los guionistas, que la FAPAE se siente a negociar con ellos y que se establezca un convenio para la profesión.

    ¿Y si no se sientan? Siguiendo el ejemplo de lo ocurrido en Estados Unidos, Nacho Faerna confirma que «hay motivos para apoyar una huelga», una acción que paralice, al menos, la televisión. «Hay que apoyarla cuando es eficaz, el problema en España es que la industria asentada es la de la televisión y en el cine es má complicado, no es como en Hollywood. Tener un seguimiento de una huelga masiva es complicado, la gente tiene miedo a las represalias, a estar en la lista negra».

    Entre las reivindicaciones que se plantean para ese convenio colectivo se encuentran las 45 horas laborables a la semana, no trabajar los sábados, salarios dignos, plus de disponibilidad, plus de desgaste de herramientas -el guionista trabaja en su casa con su propio ordenador- paga del cien por cien en despidos improcedentes, regulación de las vacaciones o actualización salarial con nuevas categorías.

    Muchas cadenas de televisión con convenio propio y categoría de guionista reconocida y bien remunerada contratan a los chicos y chicas que escriben bromas ingeniosas, monólogos inteligentes o presentaciones con gancho bajo la categoría de redactores, mucho peor pagados.

    El impago es otro gran lastre de la profesión, y está a la orden del día. Una de las exigencias del sector es la de impedir que una productora que no paga a un guionista no pueda recibir subvenciones. Algo que parece lógico y que, a pesar de ello, ocurre continuamente, «aunque sea por 600 euros», indica una profesional. Por ello, solicitan que se abra un listado de productoras morosas que les impida seguir recibiendo dinero público si no pagan los guiones.

    CC. Elena Cabrera. Publicado en ADN.es