Desde Soma?n (y 2)

Quiz?s hablo demasiado de esta casa pero es irremediable. Los que la conoc?is sab?is por qu?. Para los dem?s, intentar? explicarlo, hablando a?n m?s de ella. Antes de que fuera desplegada la autov?a Madrid-Barcelona, esta distancia se recorr?a por una carretera nacional, la N-II, que discurr?a en gran medida con un carril para cada sentido y dos carriles en los repechos si hab?a un poco de suerte. Durante muchos a?os y siempre antes de Barcelona 92, la autopista avanzaba lentamente y en direcci?n radial, salvando algunos tramos para la velocidad y el grueso del kilometraje para las traves?as a 50, las circunvalaciones y los camiones que derrapaban y volcaban en las curvas. Antes de la A-II, Soma?n era un pintoresco pueblito atravesado por la carretera. Aunque los veh?culos estaban obligados a reducir la velocidad, muchos se empi?aban contra las peligrosas curvas que dan la bienvenida al pueblo. Los que lo atravesaban con calma pod?an descubrir el Castillo semiderruido en lo alto, o quiz?s ya reconstruido, el pil?n con agua fresca siempre corriendo, el Hostal Castilla ? Camas con su propio Restaurante Castilla, el exiguo pero brioso afluente del Jal?n o quiz?s Jal?n mismo, la abandonada y otrora pudiente Villa L?pez y Pascual, o la tiendita del pueblo, pintadas las contraventanas de verde y el interior fresco, h?medo y oscuro. Nada advierte que es un establecimiento, s?lo una descolorida chapa que advierte que ah? dentro se venden helados. Suficiente para detener el coche, por qu? no, un ratito, bajo ese techado emparrado, a la sombra. La tienda es el ?nico lugar tan concurrido como el Bar Castilla o la misa de los domingos, o quiz? m?s, que este pueblo siempre ha sido republicano, pese a tener iglesia y ermita, que no cura, que por esta zona tienen a uno pluriempleado. A la derecha de la puerta y bajo la placa oxidada hay un tronco bien gordo y suave que sirve de asiento para los que no tienen nada que comprar, o ya lo han hecho, o esperan la furgoneta del pan o quiz?s al cartero. O simplemente esperan. Hacen como que se han detenido, para ver cu?nto dura el verano o qu? tal andar?n las cosechas. Tambi?n desde all? se observan y comentan las obras del castillo, que un restaurador de Madrid ha comprado por 500 pesetas. Dicen que va a ser su casa de fin de semana, que ha instalado un montacargas, que tiene una foto con el Rey. El d?a de la inauguraci?n del Castillo el nuevo se?or feudal invit? a muchos amigos y por las estrechas y terrinas calles de Soma?n subieron con dificultad brillantes Mercedes y BMVs. Los focos y las antorchas iluminaban el pueblo mientras los vecinos que no hab?an sido invitados criticaban la elecci?n de las banderas y los vecinos que s?, vest?an algo de gala, no mucho, un poco s?, no se vaya el se?or a pensar que aqu? no sabemos y no se vaya el se?or a pensar que es para tanto. Mercedes Pascual no es s?lo la due?a y dependienta de la tienda, es tambi?n el contacto del Se?or del Castillo con su comunidad. Es una especie de guardesa secundada por su cu?ada Elvira, que realiza quehaceres m?s dom?sticos all? arriba. Ambos conocen y tratan a la familia que vienen s?lo los fines de semana, y no todos. Y los hijos cada vez menos, que se hacen mayores. A veces los hijos organizan fiestas y todo el pueblo se pregunta si estar?n los padres enterados. Comienzan a llegar brillantes motos que suben sin dificultad por las callecitas del pueblo hasta el port?n del Castillo. Mercedes, hermana de Alfredo Pascual, nos ense?a una vez el jard?n del Castilllo. Ella est? detr?s de una almena y nosotros no hemos cruzado a?n el inexistente foso. Est?n mis padres, est? Pruden, est? Alfredo. Mi padrino y su hermana repiten un ritual que no por desgastado dejar? de hacerme gracia. ?l haciendo altavoz con la mano grita ??Ha del Castillo!? y ella contesta ??Abre t?, que est?s m?s cerca!? Y ?l, ??No tenemos espadas!? Y ella, ??Da igual: oros, copas, bastos!? Dormimos en la habitaci?n de invitados de Mercedes. Pruden vive en la casa desde la que escribo estas l?neas. Vive aqu? con el castellanizado Juan, Jean. Se conocieron, vivieron y se casaron en Francia pero al jubilarse decidieron volver a Espa?a, a la casa que construyera su padre. A este retiro confortable trajeron la vida francesa de los a?os sesenta. Las costumbres, los discos, los electrodom?sticos, los avances t?cnicos. ?Qu? clase de dictadura habr?an vivido en este pueblo de cien casas (y exagero), con dos pasaportes, amigos que van y vienen y un trozo de cielo de Espa?a lenta, tranquila y soleada? Pareja culta, tierna y sin hijos, si cruzaban m?s de dos palabras entre ellos continuaban la conversaci?n en franc?s sin darse cuenta de los esfuerzos que el resto hac?amos por entender. Ped?an disculpas, se re?an y as? segu?amos a otra cosa. Excelente anfitriona, conversadora y oyente, la calidez de Pruden y de su casa, un refugio donde los ochenta se negaban a penetrar, te hac?an desear que no oscureciera nunca. Posaba una mano fresca y nudosa sobre la m?a y, envuelta en un perfume lejano y delicioso preguntaba, ?Elena, ?te gusta Antonio Machado?? Y as?, en nuestro siguiente encuentro, ella me aguardaba con una colecci?n de postales con grabados y versos sorianos del poeta Machado. Y me la regalaba. Y yo las miraba y las le?a. Y eran preciosas. Para los Juegos Ol?mpicos la autov?a estaba inaugurada el tr?fico que cruzaba Soma?n definitivamente desviado. Hostal Castilla ? Camas ? Restaurante cerr? y Mercedes aprovech? para jubilarse anticipadamente. Los camiones ya no eran noticia porque ya no descarrilaban ni esparc?an la carga en la Revuelta, que es la curva m?s curva que encuentras antes de divisar el Castillo. Ni la entrada a R?o Blanco, ni la Estaci?n de Jubera, ni la Cueva Grajera ser?an m?s objeto de curiosidad casual de los viajeros. Ahora pertenecen a nuestro mundo del secreto. Primero se fue ella y a?os despu?s, el tiempo que gast? en consumirse, se march? Juan. Aqu? se quedaron los libros de cocina en franc?s, la envasadora de conservas, los aparatos que nadie salvo ella sabe usar. Y en el sal?n perdur? el inmenso mural fotogr?fico de un bosque ocupando toda la pared. Cuando Alfredo se decidi? a echar gotel?t a la casa entera arranco el s?mbolo de los setenta que m?s adoraba yo de esta casa. Quedaron los sillones de skai, el sintasol de las paredes de la cocina y los floreros. Estando a?n Juan, los realquilados del piso de abajo abandonaron por fin y Alfredo comenz? la obra para hacer del piso bajo un lugar confortable. Ya no tendr?amos que quedarnos en la habitaci?n de invitados de su hermana. Una escalera interior comunica los tres pisos de la casa. La puerta que imped?a el paso entre el primero y los dos ?ltimos ya no tendr?a que apuntalarse con cerrojos nunca m?s. Alfredo y su prima Anuncia heredaron la casa completa cuando, tras una enfermedad larga, Juan se reuni? con Pruden. Y fue entonces cuando comenzamos a descubrir cosas, abriendo cajones. Llevamos abri?ndolos varios a?os. Esta tarde, Alfredo ha descubierto seis pelapatatas iguales. Son cosas que ocurren aqu?. Y yo, hace un rato, he abierto un caj?n del armario de la que entiendo como mi habitaci?n (da a la calle, en el piso bajo, planta que ocupo yo sola cuando vengo con Alfredo y mi madre, que duermen en las habitaciones de encima) y cuyo descubrimiento interior me ha lanzado a levantar la tapa del ordenador cuando me hab?a propuesto leer y dormir lo antes posible. Eran cuatro los cajoncitos. El primero guardaba un pa?o de ganchillo. El segundo unas puntillas, una me result? muy familiar. Y en el tercero hab?a muchas cosas, pero s?lo abr? una cajita negra con un relieve en esta?o en la tapa. Tambi?n me result? familiar sin recordarme nada, aunque algo menos que la puntilla. Mientras pensaba que la curiosidad mat? al gato, retir? la tapa y descubr? algo sorprendente, in?dito, hermoso. Decenas de imitaciones de sellos de correos con las caras en blanco y negro de unos j?venes Pruden y Juan. Much?simos ejemplares intactos de esos dos modelos. Sin pens?rmelo mucho he cogido uno de ella y otro de ?l y los he guardado en mi cartera. Desconozco su pasado, su historia, y eso me entristece. He resuelto que lo ?nico que puedo hacer es querer su presente. Adorar esas estampillas como si supiera cu?ndo, por qu? y para qu? alguien las hizo. Como esta casa.