Fue una despedida a lo grande. Comió como una lima (sus tres platos de rigor, mañana y noche); bebió como un chaval (cerveza de presión y el vino que viniera); se rió como un enano con la pandilla de casi siempre (Boyero, Oti, Heredero, Bonet, Hermoso, González Macho y El Morita, de mozo de espadas); habló de poesía (escribía en secreto y algún día encontraremos el escondrijo); recitó a Rimbaud y Boudelaire; disfrutó mirando de reojo a las mejores hembras del mundo. Miguel Mora en El País. Decía Carolink el otro día que, en este julio nuestro que compartimos laboralmente donando sudor, sueño y cardía a la empresa, estamos desinformados. Así es, no puedo creer que hasta ahora mismo no me haya enterado de la muerte de Fernández-Santos. Yo no pensé que este señor se fuera a morir nunca. Creía que su nombre en los carteles de las películas («un film de arrebatadora belleza» (Ángel Fernández-Santos, EL PAÍS), es un suponer). Pero tenía 70 años y un cáncer. Se fue de aquí en el hospital que hay en frente de mi casa, La Princesa. Y ocurrió el día 7 y acabo de leerlo donde Valentín. Una vez alguien se enfadó conmigo porque dí por sentado que este crítico escribía bien. Esa persona me rebatió diciendo que alguien que se cree que «escribe bien», no escribe bien. Y,e specialmente, si España entera considera que esa persona escribe bien, entonces con mayor motivo debemos pensar que no escribe bien. Que esa no es nuestra liga. El verano nos mata a todos un poco.
El verano mata
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