Bueeeeno. No recuerdo tanto frío en los últimos cinco inviernos como en este. Y lo que es peor: ni una gota de nieve en la capital. Los granos de sal gruesa han quedado en las aceras como una lluvia de arroz a destiempo en la puerta de una iglesia: la novia canceló y como que nadie pareció advertirlo. Escribo con una calefacción pegadita a las pantorrillas y una manta a modo de toquilla, capucha incluída. No tengo duda sobre lo ridícula que debo estar pero os puedo asegurar que era mucho peor hace unos días, cuando esta imagen se repetía con las gafas de sol puestas. El frío me paraliza, me come la iniciativa. Contracturada, aterida, replegada, no saco ímpetu para limpiar/ordenar la casa, fregar, cocinar, abrir un libro de recetas o poner un disco que no sea el que esté en el lector ahora mismo. Es viernes por la noche y hoy tampoco salgo (¿comienzo a repetirme?), pero ni ganas. Tradicionalmente salgo poco en invierno, sólo cuando los conciertos me obligan a ello. Nunca me ha gustado salir de noche con el frío, cargar con el abrigo, congelarme los pies… No obstante estos días, aunque quisieram tampoco podría hacerlo ya que hay demasiadas cosas por hacer, cosas de mayores, de esas en las que nunca me imaginé participando: vigilar la albañilería, hacer planos y planos, comprar cajas de enchufe, asistir a una reunión de vecinos, citarme con un instalador de calderas, ir a ver pavimentos y azulejos. Lo que se dice living la vida loca. ¡Me encanta!
