Autor: elenac

  • Consejos intergeneracionales

    Faris entrevista a Iggy, quien necesita una trompetilla para escuchar las preguntas que le hace el líder de los Horrors. [youtube X9etifN5ZH4] Últimamente no veo mucho el NME pero gracias al Clan, he llegado a este vídeo. Bueno, y el último vídeo, para She-s the new thing, es fantástico. [youtube yzEH_BR3CUw] [tags]The Horrors, NME, Faris Rotter, Iggy Pop[/tags]

  • Madeleine Ballard

    El caso Madeleine me recuerda a una novela de Ballard. Una que haya escrito u otra que no. Hoy he me han venido a la cabeza tres posibles finales, a mi entender tan probables como el secuestro o el filicilio: – Los hijos gemelos de Gerry y Kate McCann son los asesinos de su hermana. Los padres lo saben y los encubren. – La pequeña Maddie no soportaba la perfección católica y televisiva de sus padres y, tras un frustrado intento de suicidio presenciado por la pareja, la niña asustada y arrepentida huyó de casa y vaga por el algarve. – Gerry McCann, Kate McCann y Madeleine McCann son nombres inventados, sus historias personajes y las personas actores. Asistimos a un engaño de dimensión internacional para demostrar qué fácil es jugar con los medios de comunicación (ahora soy sospechoso, ahora no; Madeleine sí, los «otros Madeleine» no; etc.).

  • Muere, fallece, desaparece

    Escribir sobre las muertes me hace dejar de creer en ellas. Se convierten en un titular irreal, en muertes aún más ajenas. Antes, abrir el periódico y conocer que Carmen Martín Gaite había muerto era un acontecimiento devastador. A cada línea de reportaje el hígado se encogía aún más. Ahora una muerte es un urgente, un darse prisa, una ampliación, un titular. Una muerte es decidir si la foto de viejo o de joven. La muerte es la vida contada en orden cronológico con títulos de obras o películas seguidos de años entre paréntesis. Sus muertes son la llegada de reacciones, las condolencias, las valoraciones. Una muerte es quedarse sin comer y volver tarde a casa. También es despertarse a las seis de la mañana con un sms. La muerte es el tanatorio, el velatorio, el crematorio, el cementerio. La vacante y la viuda. La muerte es el día siguiente, cuando ya no importa tanto, el titular cae y cambia y el cuerpo se enfría.

  • Dentro de un cisne

    [youtube T3CC0t66gd4] Vía: El Clan. [tags]Siouxsie[/tags]

  • My kingdom

    Ya no tolero a los mediocres. Esos que visten y piensan en marrones. Deciden hacerse adultos de camino a los 30 y sólo ponen pasión -falsa, como toda la pasión que saben poner- en convencerte para que te unas a su club. En su club ya no sientes remordimientos por dejar de usar laca y eyeliner. En un entorno apacible en el que te sientes comprendido y querido podrás discernir claramente las locuras de la juventud de lo que es honesto y lo sincero (porque ser honesto y sincero es lo verdaderamente importante en la vida). En ese club están admitidos los hijos -siempre dentro del matrimonio, no seamos bastardos- porque te dan la razón (de ser). El club tiene un servicio de terapia que te ayuda a comprender a tus padres porque ellos tenían razón. El mediocre cree que gastarse 100 euros al mes en la FNAC significa seguir comprando la juventud. Debería decir alquilando, pues se ha dado cuenta de que el contrato no es para siempre.

  • Ha vuelto

    Pero lo ha hecho con ludorrea. No sabes cuánto te echábamos de menos, Nico Santos.

  • &Toma, en homenaje a lo que estás leyendo&

    IMG_0092 [tags]Francisco Umbral, Mortal y rosa[/tags]

  • Soundtrack for the blinds

    Hay unos días en agosto -y esto sucede milagrosamente cada año de igual manera- en los que el verano ya puede darse por perdido. Lo dejas morir a la desesperada, aún hace calor pero ya da igual, las calles todavía se ofrecen a la noche templada pero total para lo que queda. Y así, con esta perra idiota, desperdiciado y ninguneado, el estío se hace ajeno, la temporada añicos y las esperanzas de unas vacaciones como las de antaño se evaporan, una vez más. En la boca un sabor amargo, a adrenalina cuajada. WC de... umpfh!!

  • Tirando al monte

    Hoy es día de romería, lejos de aquí. Pienso en ello con la nostalgia no del exilio sino del tiempo quebrado, abandonado. Aunque quisiera, no podría recuperar Santas Margaritas pasadas, y aún peor, yo jamás podré recuperarlas en el futuro. Hace no mucho aún resonaba su eco. Y hace poco volvía, llevando a gente. Forman parte de días como hoy, David, los recuerdos del recuerdo del día que dibujaste. Y sin tú quererlo hay algo en nuestros recuerdos, un cuarto de tag que pertenece a otra historia pero que te toca un poco, y también formas parte ya de aquello. Lo curioso es que cuando yo vivía el día grande de Santa Margarita era un pálido reflejo de lo que fue para nuestros padres, que se esforzaban en perpetuar la tradición, sabiendo que era una opaca imitación. Pero a nosotros, los niños, nos funcionaba. No nos dábamos cuenta de la decadencia. Por la mañana dábamos una vuelta por el monte, viendo cómo las familias buscaban sitio entre los pinos, desplegando un campamento de manteles y neveras portátiles. Hacíamos hambre con el olor de las pulpeiras. Papá y yo mirábamos jugar a la calva, hoy más disputada que nunca. Yo miraba las larguísimas mesas de panes y bollos llegados de los pueblos, en especial de Carral, esperando que me compraran algo. Me daba vergüenza pedirlo para no aparentar glotonería y, como siempre solía haber cosas en casa, no me compraban nada. Excepto, de vez en cuando, y ya mayor, un trozo de mi adorada brona. De vuelta a la casa de los abuelos, a quienes nunca conocí, los hombres salían al patio para asar las sardinas. Las mujeres en la cocina hacían tortillas y ensaladas. La tía Irene, que murió hace un par de meses, era la más sargento. Al ser la hermana mayor se veía en la obligación de dirigirlas a todas. Criticaba lo que hacía una, mandaba lo que tenía que hacer la otra, procuraba que la comida jamás fuera escasa, cantaba, se reía de sus hermanos, se metía con ellos sosteniendo un cuchillo en una mano y moviéndolo en el aire. Ella llegaba de la aldea para las fiestas y había mucho cotilleo que airear. En un gesto tan propio de mis tías, paralizan lo que estén haciendo como señal de que hay algo en la narración que va a ser extremadamente revelador. El paso se detiene, el cuchillo deja de pasar el filo por la patata, las manos que se estaban secando con el paño se quedan quietas. A veces se ponían cintas en un cassette con música gallega, las mismas cuatro cintas de siempre. Pero no era necesario y probablemente nadie se ocupara de ello: el barullo familiar tiene su propia musicalidad y lo colma todo. Unas risas se encabalgan con otras, coros femeninos dan paso a los masculinos y se arrebatan la palabra unos a otros. «¡A ver, nena!», la bomba te puede caer en cualquier momento. Los niños asistimos al espectáculo a nuestra bola, queriendo ver los dibujos en la tele, que han retirado para poder aunar tres o cuatro mesas. Algunos se aburren, yo me emociono. Soy pequeña pero ya sé lo que es la melancolía de un pasado no vivido y un futuro frágil. Así que tengo que huir al baño, al patio o al cuartito bajo la escalera para poder escuchar la fiesta desde fuera, con más atención, para disfrutarla más o que no me queme tanto. Me reconozco ahora en un gesto que se ha vuelto mío: la huida. Huir incluso en el fragor del festejo, aterrada de diluirme en él, que es, en realidad, lo que deseo. Alguna biblioteca de mi cerebro todavía conserva los aromas, que me desgarran cuando la vida cruza en mi camino olores semejantes. La humedad bajo la escalera, las sardinas en las brasas, la tierra mojada del patio, los orujos. Y las canciones. La combinación de voces familiares cantando las mismas canciones de siempre en la sobremesa. Unas corrigiendo a las que se olvidaron de la letra. Otras recriminando a mi madre sus faltas con el gallego y la eterna explicación de que estaba prohibido cuando ella estudió y otra que le dice ay, pues ya podrías haber aprendido bien después. Y mi madre, probablemente en venganza, arrancándose por rancheras. Y mi tío Toñolo, que también muriera hace ya años, siguiéndola y ahí todos pero sigo siendo el rey y yo fastidiada, por no me gustaban ni entonces ni ahora y prefería el repertorio doméstico de Fuxan Os Ventos. Que me sabía y me sé pero me avergüenza mi mal gallego, mi poco acento, mi falta de oído. Peor que fregar era ver marchar. Los coches abandonaban las aceras de la calle Río Avia y yo sentía que ahí comenzaba el otoño. Me iba a la cama pensando en los libros, en Madrid, en la lluvia. Hoy siento lo mismo, pero no tengo la fiesta. Qué injusto. Lo sabía, lo sabía.