Este blog tiene 17 años y ha visto muchas cosas. Así conté el 11-M, desde aquí, a lo largo de 24 horas de desinformación y horror.
Las imágenes y los comentarios se han perdido en alguna migración del blog. Casi todos los enlaces llevan a páginas que ya no existen, y ahí están sus URL como prueba de que internet es efímero.
La desmentida neutralidad española en la Segunda Guerra Mundial es probablemente la causa principal de la vergonzosa invisibilidad de los españoles en los campos de exterminio nazi.
Incluso la celebrada exposición sobre Auschwitz en Madrid, visitada por más de 600.000 personas y que en mayo llegará a Nueva York, no contemplaba esta parte de la historia hasta que la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) se quejó sobre ello.
Es más, estaba plagada de errores, como que murieron 3.500 españoles en Mauthausen cuando se conoce que fueron 4.816 (de los 7.532 hombres, mujeres y niños españoles encerrados allí).
Tampoco había mención alguna a la responsabilidad del ministro franquista Serrano Suñer en la deportación a Mauthausen de los miles de españoles exiliados a Francia tras la Guerra Civil y que fueron capturados por los nazis en la invasión de ese país.
El papel del ministro de Gobernación es clave para el desmontaje de la supuesta neutralidad del régimen de Franco, pues a la pregunta del III Reich sobre qué debían hacer los prisioneros españoles, la respuesta fue que “no había españoles fuera de España”. Y así es como se dio vía libre a una nueva masacre.
Cuenta la leyenda que una joven segoviana, de profesión aguadora, tuvo un encuentro nocturno con el diablo. Harta, como no se puede estar de otra manera, de acarrear el cántaro por las calles empinadas de la ciudad, escuchó la oferta del maligno personaje: si consigo que el agua llegue sola hasta tu casa, me entregarás tu alma. Qué tentador aunque desalmado trato.
Ella aceptó, no sin remordimientos. El diablo trabajó a conciencia construyendo un inmenso acueducto pero, en el momento en el que el gallo cantó al alba, faltaba todavía la última piedra por colocar. El demonio había trabajado en vano, la moza conservó su alma atormentada y Segovia se ganó un acueducto prácticamente terminado.
Si esto hubiera sucedido hoy, el diablo se habría sacado un selfie antes de irse a corromper almas a otra ciudad. Y es eso lo que representa la escultura de José Antonio Abella en la calle San Juan: un ser bien encornado, rechoncho, desnudete y hasta contento, que se toma una foto con el móvil delante de una impresionante perspectiva del acueducto romano.
Antes de que esa obra de bronce fuera instalada el pasado 23 de enero, el tejido reaccionario segoviano se puso en pie. Una petición de firmas en una plataforma online alegó que la representación bonachona del diablo ofende a los católicos porque representa una “exaltación del mal”.
El primer Directo Salvaje fue en directo y fue salvaje, ¿qué más se puede pedir? El viernes 22 de febrero arrancamos un nuevo programa en M21, la radio pública de la ciudad de Madrid. La idea de retransmitir conciertos, en directo, desde salas de Madrid para apoyar la escena emergente (nueva palabra para evitar usar independiente, que ya no significa lo que significaba) o, si quieres, underground, o incluso infraunderground, ya la traía Ángeles Oliva y Toña Medina en su proyecto para la nueva dirección de la radio. (La radio que soñé: una radio poliedro, aspersor plaza, PDF).
Yo he recogido con mucha emoción este generoso encargo y le he acabado de dar forma en lo que ahora ya tiene nombre (Directo Salvaje) y sonoridad (mi voz, barullo ambiente, muchas voces que agarran micro, aplausos, silbidos, la música en directo).
Para el primer movimiento, un concierto perfecto: la fiesta Madrid Radical que combinaba el synthpop de Auto Sacramental (en su puesta de largo) y el synthpunk de Grabba Grabba Tape (que acaban de regresar tras un parón de diez años).
Ya contaré más cosas, pero si os habéis perdido el directo, podéis escucharlo aquí. ¡180 minutos de radio en directo desde la Sala El Juglar!
La cuadrilla de amigos del escritor Iban Zaldua llamaba La Cosa al “conflicto vasco”, “la violencia vasca” o el “terrorismo vasco”. No solo es más rápido y corto sino que también evita tener que escoger entre “conflicto”, “violencia” o “terrorismo”, pues la elección trae consigo un posicionamiento, así ya de entrada, sin haber conseguido arrancar, ni tan siquiera, la conversación.
En su cuento corto ‘El escondite’, un etarra que acaba de cometer un atentado busca refugio en la casa de un amigo al que no ve desde que salieron del instituto. En el extraño reencuentro les une la música: uno pone discos de Echo & The Bunnymen y Japan, mientras el terrorista huido preferiría escuchar a Oasis, The Charlatans o Radiohead.
Hay un estereotipo sobre qué música nos imaginamos que escucha un joven abertzale, pero Zaldua lo estalla siempre por los aires. Como aquel protagonista de “A89, La Transeuropéenne” que escucha “Autobahn” de Kraftwerk, forzado por su compañero de viaje, en el coche que conducen hacia la cárcel en la que cumple condena su hermano.
O la cuadrilla de amigos de Zaldua ha crecido mucho, o el término se les ha ido de las manos, porque la escritora Edurne Portela lo utiliza también en su prólogo a ‘Como si todo hubiera pasado’, el reciente libro de relatos sobre La Cosa escrito por Iban Zaldua.
Lora Haddock quería un orgasmo total. La primera vez que consiguió uno, tenía 28 años. Lora había llegado a ese punto estimulando a la vez por fuera y por dentro, es decir, el clítoris y la vagina. No es fácil: al igual que hay millones de mujeres, hay millones de cuerpos.
Si no todos los vestidos le sientan bien a un cuerpo, tampoco todos los masturbadores encajan correctamente. Por ello, el último reto de la tecnología es satisfacer la diversidad. Lora soñó con repetir ese clímax maravilloso no de manera fortuita, como había sucedido la primera vez, sino con una herramienta eficaz que le ayudara a ella —y a más mujeres y personas con vagina— que necesitaran de una doble estimulación.
Por resumir: Lora, acompañada de un equipo de ingenieras de la Universidad de Oregón, estudió, investigó, diseñó y produjo un nuevo juguete de satisfacción sexual que colmaba sus expectativas. El aparato que su compañía, Lora DiCarlo, había creado no solo provocaba el doble orgasmo clitoriano e intravaginal sino que proponía algo más innovador: conseguirlo sin tener que sujetarlo con las manos.
Tres mil cuatrocientos likes en el video de la youtuber gótica Angela Benedict apoyan el consejo de una elder goth (gótica veterana) a los llamados “jóvenes góticos elitistas de internet” para que salgan a la calle con las pintas que parecen reservar únicamente para sus fotos de Instagram. Los jóvenes góticos elitistas de internet tomaron el desafío como un insulto, y contestaron, con un chorreo de videos y stories, que un gótico no es más auténtico que otro por el hecho de maquillarse para salir a la calle o para sacarse una foto.
El viejo debate de quién reparte los carnés para apuntarse a una tribu urbana vuelve a estar de actualidad es una escena que se niega a sí misma con mucha fuerza. Y se niega a sí misma por dos motivos: primero, ningún gótico auténtico admitirá en público ser gótico (se considera de muy mal gusto), y segundo, la escena gótica lleva 20 años diciendo que está agotada y que no existe relevo generacional.
La primera generación de amantes de la música oscura y la estética siniestra son contemporáneos en su juventud de los grupos fundadores de esta corriente: Bauhaus y Christian Death en 1979, The Sisters of Mercy en 1980, Alien Sex Fiend en 1982 o Fields Of The Nephilim en 1984. Las matemáticas ponen en evidencia que se trata de un público (y de unos grupos, porque algunos siguen en activo) de más de 50 años.
No obstante, en España pegó fuerte lo que podríamos llamar una segunda generación, prácticamente seguida de la primera, aunque la eclosión primigenia les pilló viendo Los Payasos de la Tele o, con suerte, La Bola de Cristal. El gótico se reinventaba y ramificaba como un bosque de eucalipto. Nosferatu surge en 1988, Rosetta Stone y Marilyn Manson en 1989, y The Cure nunca se ha ido.
Reserva Espiritual de Occidente se ha convertido en algo grande. Siempre fue especial y hacía pequeñas cosas bonitas, como aquel disco con fundas cosidas a mano con tela negra de mortaja. Después de transitar aquellos lugares, ásperos, confusos, inaccesibles, R.E.O. ha llegado a este recodo en el camino en el que se deja ver como un gran dragón que palpita y sangra.
No conozco otra voz como la de Svali, que se asoma vibrando desde dentro de un manantial, que se eleva con ímpetu y, a veces, cuando desciende, no es al agua clara sino a una pantanosa en la que se sumerge.
Ayer algunos fuimos convocados a una escucha esotérica de su disco El Cristo de la Atlántida, que publica Humo este mes de febrero. Diseñaron un ritual con el objetivo de conducir a los oyentes a un lugar concreto y un estado preciso. Con los ojos cerrados, como antiguamente, y congregados en torno a un fuego simbólico, escuchamos las canciones y la voz de Wences Lamas, que nos iba dirigiendo.Vestimos máscaras, como siempre hacemos, pero esta vez más explícitas, y Pablo Rajenstein creó una ilusión donde crear el miedo y arrancarnos una máscara que no nos gustara; para quedarnos con una que sí. Como siembre hacemos, como antiguamente.
Mucho recordamos a Manuel Chaves Nogales y poco o nada a Ignacio Carral y Luis de Sirval. La memoria es así, olvidamos lo incómodo. Pero somos el Comité Luis de Sirval y tenemos una cita en el Ateneo de Madrid el 7 de marzo de 1935.
Han matado a uno de los nuestros. Nos han matado a todos. Subimos en grupo las escaleras del edificio de la calle Prado. Somos Agapito Marazuela, somos Emiliano Barral, somos Eugenio Torre Agero, somos Antonio Machado, somos Ignacio Carral. Pío Baroja no somos, no ha venido. Uno de los nuestros, el periodista Luis de Sirval, marchó a Asturias a cubrir la insurrección para El Mercantil Valenciano. Y no volvió. Vimos cómo el legionario búlgaro Dimitri Iván Ivanoff le sacó de su celda y lo ejecutó en un patio de luces, a sangre fría, el 27 de octubre del año pasado, 1934. Pero, ¿qué hacía el periodista en una celda, qué hacíamos allí?
Sirval había llegado tarde a Asturias, como Manuel Chaves, pero no tanto. Durante cuatro días recorrió las cuencas mineras y se puso a hacer preguntas. Llevaba ya dos crónicas enviadas desde allí a su periódico. Las había titulado «Quince días de guerra bajo la enseña roja». La siguiente estaba basada en entrevistas a tres legionarios testigos de lo sucedido cerca de la iglesia de San Pedro de los Arcos, de Oviedo, el 13 de octubre. Allí, las fuerzas legionarias, de artillería y de regulares comandadas por el general Yagüe se liaron a tiros con los civiles. La joven comunista Aída Lafuente defendía la posición con una ametralladora. Tenía 16 años. Las tropas avanzaron y Aída cayó. Su cuerpo fue encontrado en una fosa común.
Sirval tenía un tercer reportaje escrito que aún no había enviado pero cometió el error de comentar en el Café Regina, lo que sus fuentes le habían contado: que Dimitri Ivanoff estaba implicado en el asesinato de Aída Lafuente, a quien posteriormente llamaron la Rosa Roja. Dimitri se enfadó. Mucho.
Ay, Luis, pero cómo se te ocurre hablar de esto en el Café.
La noche del 26 de octubre los guardias de Asalto fueron a detener a Luis a la pensión La Flora, donde, casualidad o no, también se alojaba un capitán de los de Asalto. En los bolsillos, llevaba la crónica inédita, su carné de identidad, el de la Asociación de la Prensa, la credencial para el Congreso de los Diputados, el carné de la Asociación de la Prensa de Madrid y el del Ateneo. El parte policial decía que Sirval había sido detenido por ir indocumentado.
De ahí se lo llevaron al cuartel de Santa Clara y luego a la Comisaría. Sin mediar acusación ni juicio, ni rápido ni lento, un teniente del Tercio lo ejecutó en el patio. Nos ejecutó.
Cinco meses después de nuestro acto en el Ateneo se procesó a Dimitri Ivanoff, que basó su defensa en que el periodista le insultó e intentó darse a la fuga. El fiscal desestimó la declaración de una testigo que afirmaba haber visto la escena desde su ventana. Según el fallo del tribunal, el arma del legionario se le escurrió de las manos y se disparó sola. El Tribunal de Urgencia condenó al soldado por un delito de homicidio por imprudencia temeraria a seis meses de cárcel, los cuales ya casi había cumplido en preventiva, y una multa de 15.000 pesetas para nuestra viuda, pago que, para colmo, eludió al declararse insolvente.
A la familia del reportero le tocó pagar las costas.
Otro de los nuestros, el periodista Javier Bueno, asistió al juicio y escribió lo siguiente: “Lo ocurrido en aquel patio fue esto: Que Luis de Sirval, grande y fuerte como un oso (…), contestó con un bofetón hercúleo y homicida a las mesuradas palabras de un oficial; se abrió paso entre una docena de tiernos servidores del orden en un corredor de un metro de anchura, e intentó huir por donde él sabía de sobra que no había puerta. Entonces, un señor oficial del Tercio, que ha estado en 250 combates, se puso tan nervioso viendo enfadado a un periodista, que se le escaparon todos los tiros de la pistola. Todos los tiros hirieron, mataron y asesinaron por su cuenta y riesgo a Luis de Sirval”.
Javier Bueno fue redactor y columnista en varios periódicos madrileños hasta que aceptó, en los albores de la revolución obrera, trasladarse a Asturias para dirigir el periódico ugetista Avance, abandonando el puesto de redactor jefe de La Voz, en la capital. La noticia estaba en las cuencas mineras. Pero Bueno no era un periodista equidistante: era un militante. Y su periódico, una herramienta revolucionaria que tiraba veinticinco mil ejemplares diarios. Pasó por el calabozo antes y después del estallido revolucionario. Durante aquellos días y con el Estado de excepción vigente, la redacción y las rotativas de Avance fueron incendiadas por la Guardia de Asalto. A Bueno le hicieron un Consejo de Guerra por inducción a la rebelión y acabó condenado a reclusión perpetua. En la cárcel sufrió torturas. Su siniestro sentido del humor asoma de nuevo cuando escribe un artículo, sobre sí mismo, titulado «La mentira de la verdad oficial». Ahí habla de las «llagas oportunamente aparecidas» en su cuerpo al salir del cuartel de Santa Clara. Cinco meses después, el periodista salió amnistiado de la cárcel.
Foto que evidencia la tortura que el periodista Javier Bueno sufrió en la cárcel.
Aquella tarde de 1935 en el Ateneo de Madrid presentamos el libro delcompañeros Ignacio Carral “¿Por qué mataron a Luis de Sirval?”. Cuando nuestro libro sale, Carral ha muerto, repentinamente, el 1 de octubre del 35, en la redacción del diario La Palabra. Pero nosotros no morimos, no lo hacemos nunca. Somos el Comité Luis de Sirval y acusamos el asesinato de Luis de Sirval.
Ignacio Carral, en la portada de La Estampa, por haber protagonizado un reportaje de periodismo gonzo.
Lectura del post (para los ciegos, para los que no tienen tiempo para pararse a leer o prefieren escuchar mientras hacen otra cosa):
En tiempos en los que no había cámaras de televisión, la retirada de unas palabras del Diario de Sesiones del Congreso generó un bulo que se perpetuó durante años. Tras el asesinato del diputado (y ministro en la Dictadura de Primo de Rivera) de ultraderecha (por entendernos, en realidad era un monárquico que no le hacía ascos al fascismo) José Calvo Sotelo el 12 de julio de 1936, mucho recordaron las palabras de Dolores Ibárruri en el hemiciclo el 1 de julio: «¡Este será su último discurso!». Una amenaza que la señalaba como posible inductora del atentado.
Pues ni esas fueron las palabras, ni las dijo La Pasionaria ni iban dirigidas a Calvo Sotelo ni, en cualquier caso, se pronunciaron palabras semejantes el 1 de julio. En cambio, periodistas de la época lo refirieron así, como el corresponsal de Associated Press en Madrid, Edward Knoblaugh (quien, a decir verdad, mantenía amistades demasiado íntimas con las buenas gentes de derechas, que diría Umbral); e historiadores como Salvador de Madariaga y tantos otros, perpetuando el bulo. Hoy mismo, la propia Wikipedia no acaba de aclarar bien lo sucedido, al menos no tan ajustadamente como lo hizo Ian Gibson en La noche en que mataron a Calvo Sotelo (1982).
Además de las malas intenciones, la tergiversación proviene de la eliminación de la amenaza en el Diario de Sesiones de Cortes, por orden del presidente Luis Jiménez de Asua, al igual que ayer Ana Pastor ordenó que se borraran las palabras «fascista» y «golpista». Rufián le recordaba al grupo parlamentario de Ciudadanos pero metiéndolo como cuña en una pregunta al ministro Borrell, lo que ya había dicho Joan Tardá a Albert Rivera: que cuando les llamaran «golpistas», ellos les responderían «fascistas». Borrell, despistado, creyó entender que le llamaban a él «racista» y rápidamente le pidió a la Presidenta que se borrara esa palabra del Diario de Sesiones. Esto lo hemos visto ayer en directo, y en los telediarios y en YouTube pero, en aquel entonces, lo que se borraba del Diario, dejaba de existir.
La presidenta del Congreso Ana Pastor durante la sesión del 21 de noviembre de 2018.
Volviendo al mismo escenario pero en el 1936, lo que sucedió realmente (salvo la frase en cuestión) puede leerse en la transcripción del 15 de abril (y no el 1 de julio, fecha más próxima al asesinato), que puede descargarse aquí. La situación comienza en la página 33 del archivo, en el turno de palabra de José Díaz Ramos, de la bancada del Frente Popular, el cual había ganado las elecciones en febrero, con resquemor de las derechas. Díaz Ramos le echaba en cara a la oposición, la cual había gobernado los dos años anteriores, la sangrienta represión de la insurrección del movimiento obrero en octubre de 1934, pedía responsabilidades a los partidos y en especial al diputado Gil Robles, líder de la ultraderechista CEDA cuya entrada en el Gobierno encendió la llama de la revuelta antifascista del 34. Al parecer Gil Robles se había ausentado de la Cámara, porque Díaz Ramos dijo «que no está presente, porque larga el muerto y se marcha, como ocurre con todos los cobardes«. Se escuchan grandes protestas en los sectores de la derecha y el Presidente llama al orden, pidiéndole al diputado que escoja expresiones más adecuados «o un modo más soslayado de decir su pensamiento».
Gil Robles en el Congreso de los Diputados.
Díaz Ramos, un poco Rufián, la verdad, le replica al Presidente que no piensa que haya que hacer «muchas triquiñuelas» para medir las palabras precisas, que esa era la tradición y costumbre de «una Cámara de cuellos tiesos» [risas] pero que esta «es una cámara de cuellos flojos y de puños fuertes que tiene que decir al pueblo la verdad tal y como la siente». El diputado comunista prosigue su interpelación refiriéndose al octubre asturiano, soltando dardos a Gil Robles y Calvo Sotelo y apuntalando la firmeza del bloque popular, del cuál él forma parte. Prosigue advirtiendo de que le consta la existencia de elementos reaccionarios en los cuarteles, intoxicando a los soldados. Y dice:
Díaz Ramos: «El Sr. Gil Robles decía de una manera patética ante la situación que se puede crear en España era preferible morir en la calle que de no sé qué manera. Yo no sé cómo va a morir el señor Gil Robles».
Un diputado: «En la horca».
[Grandes protestas en el Cámara].
Díaz Ramos: «Sé cómo han muerto el sargento Vázquez, Argüelles y otros compañeros, en defensa de la República y por oden del Gobierno, del que formaba parte el Sr. Gil Robles. No puedo asegurar cómo va a morir el Sr. Gil Robles, pero sí puedo afirmar… [Las últimas palabras producen grandes protestas]».
Lo que se elimina del Diario del Diario de Sesiones estaría en esos puntos suspensivos. Prosigue el Presidente del Congreso:
Presidente: «Señor Díaz Ramos, ruego a S. S. que tenga en cuenta que todo se puede decir atendiendo al Parlamento y a la necesidad de no provocar conflictos en la Cámara. [Nuevas y enérgicas protestas y contraprotestas]. Pido a S. S. que sea prudente en las expresiones».
Calvo Sotelo: «Se acaba de hacer una incitación al asesinato».
Ceballos: «Eso es provocar al asesinato y no se puede tolerar».
Presidente (quien repetidamente llama al orden): «Esas palabras no constarán en el Diario de Sesiones«.
El diputado José Díaz en el uso de la palabra en el Congreso de los Diputados en 1936. Foto / Marina, Diario Ahora.
A partir de ahí el guirigay es considerable. Calvo Sotelo pide que la presidencia lea el párrafo cuarto del artículo 78. El Secretario da lectura: «nadie podrá ser interrumpido cuando hable sino para ser llamado al orden o a la cuestión por el Presidente», lo cual provoca grandes risas en el hemiciclo. El Presidente recuerda que se van a borrar las palabras del Diario, a lo que algunos diputados gritan que «eso no basta». Entonces, Dolores Ibárruri les contesta: «si os molesta eso, le quitaremos los zapatos y le pondremos las botas», a lo que Gil Robles dice: «os va a costar trabajo, con botas o sin ellas, porque me sé defender».
Los diputados comunistas José Díaz y Dolores Ibarruri a la salida del Congreso de los Diputados en 1936. Foto / Marina, Diario Ahora.
Estas dos últimas declaraciones no se entienden porque el borrado del insulto original nos ha dejado sin contexto. Según fuentes de la época (refiere Gibson), lo que le dijo Díaz Ramos a Gil Robles fue «su señoría morirá con los zapatos puestos», o algo muy similar.
Tras la puntilla de La Pasionaria el gallinero termina de revolotearse. De hecho, es Gil Robles quien dice «que conste que no soy asesino como vosotros». Varios periodistas se ponen en pie en la Tribuna de la Prensa y dicen palabras que no se perciben. Varios diputados se cruzan imprecaciones y frases que no es posible entender. El Presidente llama al orden a periodistas y diputados, pero uno de ellos abandona su escaño airadamente. Algunos otros aprovechan para gritar «¡Viva Asturias! ¡Sirval! ¡Sirval!».
(Me encantaría hablaros sobre Sirval, pero no es el momento; otro día). La bronca prosigue entre sus señorías, con las izquierdas alertando del creciente autoritarismo violento de la derechas. La siguiente alocución de Díaz Ramos es tan larga que cuando el Presidente cede la palabra al siguiente diputado, Alonso Ríos, le pide que sea breve, en atención al cansancio de la Cámara.
Pero aún hoy, en el Diario de Sesiones, las palabras no habían sido retiradas sino marcadas en cursiva. Algo no va a dejar de existir, ni se va a convertir en otra cosa, porque los taquígrafos del Congreso de los Diputados son plurales y numerosos, y si queremos saber qué ha pasado, lo vemos en YouTube.