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  • La Ruta empieza en el Kea

    La Ruta empieza en el Kea

    1991. El día de mi cumpleaños mis amigos me llevan a Paladium con una tarta. En la puerta, enseño con orgullo y vergüenza mi dni. «¡Cumple 16, ya puede pasar!». Mi novio, su hermano y su prima son un avispero de alegría a mi alrededor. El portero está más que acostumbrado. Felicidades, me dice, adelante. Mi entrada es más barata (soy una chica) y además tengo una tarjeta descuento que llevo guardando semanas. Es una tarde de primavera, así que subimos a la terraza y comemos la tarta junto a la piscina, sentados en asientos que se columpian, alrededor de una mesa baja. Los graves de la música me acarician la espalda como una garra que me llama por mi nombre. Cuando se abre la puerta la caricia se vuelve bofetada. Siento ansiedad y nervios; no estoy segura de saber bailar. Mi novio, en cambio, tiene un estilo personal, es ágil y nervioso, conoce coreografías y es capaz de bailarlo todo. Cuando entra a la pista, la gente se hace a un lado poco a poco hasta que se crea un corro a su alrededor.

    Pero aún no hemos bajado. Me explican que para beber tengo que sacar un ticket de una máquina. Me acerco a ella y me emborracho al leer los nombres de los combinados escritos en los botones; como tampoco estoy segura de saber beber, elijo un peppermint con vainilla.

    Cuando más me gusta bailar es cuando nadie me mira: cuando pierdo a mis amigos al otro lado de la pista, o cuando se quedan en la terraza, en el baño, en el cine o en otra planta. Me gusta que haya un bombo muy fuerte, que se apague la luz, echen el humo y enciendan el estrobo. Solo reconozco los hits, que intercalan con música de baile suave: eurobeat y lo que por ahí llamaban cantaditas; esto es la sesión de tarde (el tardeo, que se diría ahora) y si pinchaban EBM (que en realidad era lo que a mí me gustaba, pero ni sabía nombrarlo ni identificarlo) lo hacían de manera moderada.

    Aunque Paladium estaba en Coslada y yo vivía en Canillejas, había que coger el coche. Nos metíamos dentro de las tartanas viejas y pequeñas de los mayores de mi grupo (básicamente, el novio de la prima de mi novio, y su colega) y diez minutos después ya habíamos llegado y aparcado. Para mí, esa era una de las tres cosas que yo consideraba que era «hacer la Ruta del Bakalao». Y es que encima lo llamaba así, para mis adentros.

    Aunque Paladium era la discoteca monumental (literalmente: tenía forma de templo griego), en realidad teníamos más cerca un lugar mucho mejor: Kea. Por no sé qué motivo, Kea nos parecía peligrosa, y preferíamos ir a Paladium o Titanic, las cuales nos parecían salas más elegantes y modernas que la de nuestro barrio. O quizá es que, sencillamente, estaba demasiado cerca. Considerábamos que Kea era la primera discoteca de la Ruta a Valencia, Attica la segunda, y luego seguías metiéndote en clubes por toda la carretera hasta llegar a Valencia…, si es que no tenías un accidente de coche entremedias. Pues sí, queridas amigas, en mi supina ignorancia centralista, yo pensaba que lo de la Ruta del Bakalao consistía en ir de Madrid a Valencia. Y lo que me da aún más vergüenza de reconocer, pensaba que la Nacional II acababa en Valencia.

    Yo había entrado en la adolescencia mirando de lejos el neón azul y rosa con las letras KEA, al otro lado del puente de la Avenida de América (o Carretera de Aragón, como la llamaban mis padres) y me preguntaba qué cosas fascinantes y tenebrosas pasarían allí. Me costó tanto que me llevaran como que me dejaran ir, pero cuando lo conseguí, aquello me pareció lo más.

    La primera vez que entré me tuvo que acompañar mi hermano y su novia para ver un concierto, que nunca tuvo lugar, de Tam Tam Go! En cambio, mientras esperábamos. escuche allí a Depeche Mode por primera vez. O al menos fui consciente de lo que estaba escuchando. No puedo recordar bien si era Personal Jesus o Enjoy the silence (creo que la primera) pero sí que me acuerdo del estremecimiento total y absoluto, agarrada a mi peppermint con vainilla, apoyados junto a una columna, al lado de esa cosa tan bestial que se me metía en la sangre traspasando las capas de mi piel. En ese momento místico no solo descubrí al que sería el grupo más importante de mi vida, sino que también supe que no habría nada en el mundo que me emocionara tanto como escuchar la música a un volumen alto, en un lugar oscuro. «Te grabaré una cinta», me dijo mi cuñada.

    Cuando al fin pude ir con mis amigos, me impactó la oscuridad alrededor de la piscina, decorada al estilo ibicenco, y unas telas blancas que ondeaban con el viento de la noche. También las chicas de pelo cardado y ropa mínima y estrecha (me viene un flash de una mujer rubia de pelo rizado, sonriendo, bailando o sirviendo en una barra, con una cazadora corta de látex o cuero; parecía tan feliz, y yo lo fui también mientras la observaba).

    Que la Ruta empezaba en Kea (cosa que o bien me inventé yo o lo decíamos en el barrio, no sé), era pues la segunda cosa que yo creía saber en relación a esa marcha nocturna, demonizada y seductora, que todos queríamos emprender. Yo vivía de fantasía: a las once tenía que estar en casa, me daban poco dinero y no sabía mentir. Alguien nos dijo (o escuchamos en la tele, quién sabe) que había discotecas a las que podías ir cuando te levantabas por la mañana. Yo no sabía qué pensar de Valencia: si era el cielo o el infierno.

    El caso es que antes de conocer el pop y los grupos más básicos del abecedario musical, me había bailado todo lo que me habían echado. Y eso me avergonzaba. Me arrepentía de haber malgastado la adolescencia bailando, en lugar de haberla pasado encerrada en casa escuchando a los Smiths. Me abochornaba tanto que la primera vez que me preguntaron por mi disco favorito del grupo de Morrissey tuve que mentir porque no los había escuchado jamás. Cuando empecé a hacer amigos a los que les gustaba la música (pijos de Villaviciosa de Odón que estudiaban en el Icade y hacían fanzines, basicamente) me atreví a confesarles, en una ocasión, que lo mejor que me había pasado en mi adolescencia fue pasar horas bailando en la pista de Titanic, en Atocha. «¡Ah, Gitanic, dices!», me contestaron con sorna, queriendo dar a entender que Titanic era una discoteca a la que iban personas gitanas. Me callé.

    Ya, ya lo sé. A mí también me dan ganas de cogerme y abofetearme. Pero en fin, es imposible, no puede ser.

    Y el tercer acontecimiento que relaciono con la música de baile de la escueta cultura de clubs de mi adolescencia tuvo lugar (o no) en Attica. Uno de nuestros temas de conversación recurrentes los viernes por la tarde, sentados en un banco del parque de Canillejas, era que un día iríamos a Attica, una discoteca que sí que de verdad, decíamos, era de la Ruta del Bakalao (y no como Kea, que solo pretendíamos que lo era para sentirnos mayores). Todo el mundo hablaba de Attica sobre todo los lunes por la mañana. Y luego estaba el tema de la televisión (que tan bien se cuenta en este capítulo del podcast Valencia Destroy) y es que parecía que la música tenía la culpa de todos los accidentes mortales de tráfico que sucedían en la carretera el fin de semana. Me preocupaba ver el Telediario junto a mi madre y que, en una de esas, me prohibiera salir por la noche. Attica estaba solo un poco más allá que Kea en la Nacional II, de hecho, a la altura de Coslada, donde Paladium, pero parecía inalcanzable.

    De tanto acariciar el sueño con la yema de los dedos, al fin un día fuimos, vestidos con nuestras mejores galas (mallot de licra negra hiperajustada, pantalón vaquero blanco, zapatones… un horror, la verdad). Y lo cierto es que no puedo recordar qué pasó: si no entramos, si entramos, si nunca fuimos, no lo sé. Tengo un recuerdo del parking, de la puerta, de las paredes del exterior, y de nada más. ¿Me creí que fue verdad de tanto imaginarlo? No lo sé. Durante muchos años, cuando alguien me preguntaba si alguna vez fui a Attica, yo decía que sí, que una vez. Y en cambio, ahora, no puedo recordarlo.

    He estado pensando en todas estas cosas a raíz de este artículo sobre la reciente demolición de Attica, donde se entrevista a David El Niño. Y también por este tuit, por el podcast de Eugenio Viñas mencionada más arriba, por la traducción al castellano del libro de Joan Oleaque y por el magnífico libro de Luis Costa, ¡Bacalao! Leyendo esta historia oral pensaba: nací demasiado tarde y en la carretera equivocada.

    «Durante un tiempo, es innegable, salimos de fiesta», escribe Kiko Amat en el prólogo [PDF] del libro de Oleaque (el de la movida de Valencia, no el del crimen de Alcàsser). «Pero nunca salimos ‘por salir’”, dice. «No: nuestro desfase era ilustrado, y era militante, y era absoluto. salimos de fiesta para escapar de la normalidad, para apostatar de nuestras obligaciones civiles, para —sin duda— perder la razón mediante insólitas combinaciones narcóticas; pero existía un fin. Celebrábamos algo que tenía que ver con lo efímero, lo audaz y no-normal», sigue Amat. «Salimos de fiesta para, entre otras cosas, cancelar la posibilidad de ser como nuestros padres. Para protestar: contra el televisor encendido, y los padres que nunca se besaban, y los gritos en la mesa, y el miserable dique seco».

  • Vindicación

    Vindicación

    Al buscar en internet a Francisco Tello Tortajada, salvo la ficha del siempre útil diccionario biográfico de la Fundación Pablo Iglesias, el resto de resultados es una abrumadora lista de enlaces que llevan a blogs y páginas falangistas y franquistas que repican la misma historia, los mismos datos, la misma toxicidad.

    No obstante, la biografía que aporta la fundación socialista no soluciona mis dudas sobre la historia que cuentan las decenas de enlaces que hablan del asesino de Matías Montero, que es el verdadero héroe para la ultraderecha. Ilusionada, descubro que uno de los resultados lleva a un «forocomunista», donde alguien, quizá tan confundido como yo, pide que le hablen sobre quién fue Matías Montero. Para nuestra desilusión, la única respuesta la aporta un usuario con foto de Ramiro Ledesma en el perfil, que copia y pega el mismo perfil biográfico que fácilmente podemos encontrar en todas esas webs falangistas.

    Ahora (Madrid). 10/2/1934, página 13.
    Ahora (Madrid). 10/2/1934, página 13.

    Francisco Tello Torjada fue acusado y condenado de matar al estudiante de medicina Matías Montero en el año 34. Montero era falangista y había participado en la fundación del sindicato universitario de la Falange (SEU). El día que le asesinaron había salido a la calle a vender ejemplares de la revista FE, como hacían tantos cachorros joseantonianos en el Madrid anterior a la guerra. En el juicio, la defensa de la acusación particular la llevó José Antonio Primo de Rivera. El dato que más me preocupa es el que en todos estos textos se asegura que Tello pertenecía a un grupo terrorista llamado Vindicación, dirigido por Santiago Carrillo. Al parecer, este dato afloró en el juicio, según dicen.

    La primera vez que he oído hablar de Vindicación, Tello y Montero ha sido esta mañana. Estaba viendo un programa de televisión que hacen unos falangistas, dedicado especialmente a la política de memoria histórica del Gobierno de Pedro Sánchez. Ya… es que los que piensan como yo ya sé lo que piensan, por lo que conviene también saber qué piensan ellos. El programa, como todo discurso falangista, está trufado de falsedades históricas e ideas políticas que pretenden hacer pasar por hechos históricos; un clásico facha al que ya deberíamos estar acostumbrados, pero que a mí me sigue fascinando y ulcerando al mismo tiempo.

    Lo que no suelen contar esas hagiografías (porque a Montero lo convirtieron si no en santo al menos el mártir, haciendo del día de su muerte el homenajeado y no lectivo 9 de febrero Día del Estudiante Caído, como podemos ver en este video del NO-DO) es que un mes antes el estudiante había participado en el asalto al local de la asociación estudiantil rival, de carácter socialista, y en la que él mismo había militado anteriormente, el FUE. En ella habían agredido a varios de sus miembros, como recoge Julián Casanova. Recuerdo esto porque a los del discurso falangista les gusta fijar un marco de referencia en el que existen «dos bandos» y que «en ambos se convirtieron asesinatos», retorciendo la historia con una equidistancia irreal donde el conflicto estalla porque la derecha se tiene que defender de los ataques de la izquierda.

    (Actualización del 23/9/2018). Leyendo una noticia sobre esta causa en el Heraldo de Madrid del 19 de febrero de 1934, me impresiona mucho algo que recoge el periodista y que sucedió en la sala del juicio. El presidente del tribunal le pregunta a Tello, justo antes de la deliberación, si tiene algo más que añadir. Este dice que sí, que niega que, como se ha dicho, se guarden armas en la Casa del Pueblo. Alguien en la sala alza la voz en su apoyo. Y, entonces, Tello quiere añadir algo: «Además —dice— lo que pasa es que fuera de aquí todo está hundido…». El presidente interviene enérgicamente, dice la crónica, retirando la palabra al procesado y declarando la causa vista para sentencia. Le cayeron 21 años, seis meses y 21 días por asesinato.

    Que existiera un grupo organizado de pistoleros de la UGT llamado Vindicación (nombraco, por otro lado) a cuyo «comando Madrid» pertenecieran Tello, Francisco Mellado, Ángel Tejera, Vicente Pérez, Felipe Gómez ¡y hasta Santiago Carrillo como líder del grupúsculo! solo lo cuentan las fuentes falangistas, para quienes Vindicación es un antecedente de los GAL.

    ¿Existió realmente o es un invent falangista?

  • Periodismo anticorrupción

    Periodismo anticorrupción

    El cierre del CIE de Fuerteventura, anunciado por el ministro del Interior Grande-Marlaska durante la sesión de control al Gobierno, no es solo una pequeña victoria de los defensores de los derechos humanos contra los defensores de un sistema migratorio inhumano e ineficaz, sino también de la racionalidad contra el por si acaso, del periodismo y la transparencia contra la opacidad que todavía envuelve la contratación pública.

    Que el Gobierno seguía gastando dinero en el agua, la luz, la limpieza, la comida y el mantenimiento de un CIE cerrado en 2012 no nos enteramos hasta cinco años después, a pesar de que la información era pública: solo había que leer los pliegos de licitación…

    …sigue leyendo en eldiario.es

  • Lo que me enseñó porCausa

    Lo que me enseñó porCausa

    Nunca me había interesado, como materia periodística, la migración. Si, en cambio, me venía fijando en las historias de las personas que viajan. Los viajeros me parecen maletas que, cuando aterrizan en un país nuevo, salen por la puerta de algo que declarar. Exportan e importan relatos, unas mercancías extremadamente valiosas, en especial en el país de destino.

    Colaboraba como freelance para eldiario.es en la recién creada sección de Sociedad. Un día Juanlu Sánchez me ofrece un viaje pagado por el Parlamento Europeo para asistir, en Bruselas, a un seminario para periodistas sobre las negociaciones para la reforma del Reglamento de Dublín. Dicho así, y sin tener ni idea, esto podría ser cualquier cosa.

    Tampoco era ese mi caso. No sabía mucho pero sí lo suficiente para entender que la cosa iba del derecho al asilo. Me daba un poco igual, me habría apuntado a cualquier cosa que implicara un garbeo por las instituciones europeas, era mi primera vez.

    También fue la primera vez que me enfrenté a las entrañas políticas del sistema migratorio europeo. No todo era legaleo: también había historias personales. Una portavoz de ECRE leyó una carta desgarradora que les había enviado una mujer desesperada envuelta en mil problemas burocráticos para poder recibir asilo en Europa. Volví a Madrid sabiendo que detrás de los sentimientos de esas maletas no hay azar ni casualidad sino unas ganas muy grandes de hacer las cosas muy difíciles.

    Un tiempo después Gumersindo Lafuente me hizo otra invitación: ser la editora de historias (más maletas) de pobreza y desigualdad en América. Aquí no me iban a pillar tan fácilmente, he visto mucho los Electroduendes y yo ya sabía que cuando alguien las pasa muy putas es porque alguien se da la vida padre.

    Esas historias las publicaba Univision Noticias con la coordinación y la edición de la Fundación porCausa, en la que empecé pues a trabajar en octubre de 2015. Tres meses después seguí combinando ese trabajo con más tareas en el área de periodismo de la fundación, bajo la dirección de Sindo.

    Hace poco tuve la oportunidad de pensar un rato sobre quién y dónde había aprendido yo periodismo. No fue sin duda en la facultad, donde, al sexto año, abandoné enfadada con la universidad y sin título. Fui víctima de los cambios de planes (de estudios, no personales) y de mi incapacidad para aprobar Introducción a la Economía. De aquellos años recuerdo mis poco motivadores (cuando no patéticos) profesores de redacción periodística (José Luis Martínez Albertos, José Julio Perlado…), un fascinante maestro de lengua (Joaquín Garrido Medina), el mejor profesor de Estructura de la Información que se puede tener (Fernando Quirós) y unas apasionantes clases de historia a cargo de profesoras cuyos nombres no recuerdo.

    Me viene a la cabeza alguna anécdota, quizás la más potente del rollo epatante, que fue cuando Manuel Campo Vidal nos dijo cuál era el mejor libro para hacer periodismo. Y ahí todos sacando el papel para apuntar. Y Manuel Campo Vidal soltando encima de la mesa el tochazo de la guía teléfonica.

    A mí me suspendían dentro de la facultad en las cosas que yo ya hacía fuera de ella, como escribir artículos y hacer radio. (No es que me suspendieran en radio, que a fin de cuentas era solo la mitad de una asignatura durante toda la carrera, sino que no me dieron unas prácticas que pedí después de pasar una noche de prueba en una emisora cuyo nombre tampoco recuerdo, pero que estaba (también) en la Gran Vía). De aquella me aprecía muy injusto y no entendía porqué. Ahora ya lo comprendo: en la carrera no se enseña a hacer periodismo sino que se enseña periodismo. Y el periodismo que al profesor le daba la gana. Y el problema es que yo ya estaba haciendo el periodismo que a mí me daba la gana y pretendía que eso me sirviera para aprobar.

    Qué equivocada estaba.

    En lugar de haberle dado un portazo a la universidad con frustración y rabia debería haberlo hecho contenta y liberada.

    Aprendí a editar textos en aB aunque no recuerdo que fuera una editora muy feroz. Más que nada a encajar en página y, sobre todo, cazar faltas de ortografía. Lo que sí que me sirvió fue leer mucho texto malo y mucho bueno, porque en la revista se combinaban ambas cosas con naturalidad (estaban Eugenia de la Torriente, Xavi Sancho, Lucas Arraut, Silvia Terrón, Aldo Linares -por nombrar solo los cinco primeros nombres que se me han venido a la cabeza- compartiendo página con algunos otros y otras con talento, pero no en la escritura). De la directora aprendí mucho (o al menos todo lo que pude absorber): no tener miedo a experimentar, el ojo para la edición gráfica, acomodar a la gente en su sitio, detectar los talentos de cada uno, mirar a la calle.

    Siempre me sentí muy sola con mis textos. Casi nunca me han editado. A veces me han editado mal. Yo he aprendido a editar a otros de manera autodidacta, pensando en lo que hubiera querido para mí. He compartido redacción (oficina) con muy buenos escritores y escritoras pero también he visto que escribir bien no es garantía de editar bien. Es más, he visto algún buen editor con poco talento para la escritura original. O peor: editores incapaces de autoeditarse, aunque esto es bastante común.

    Algo que no aprendí nunca es a escribir o editar rápido. Cuando veo a la gente de los periódicos, lo flipo. A pesar de eso, mi mejor auto-escuela fue el periódico diario que hacíamos en el Festival de Benicàssim. Trabajaba con jornadas que se acercaban a las 20 horas y cada año había una noche en la que no dormía: me había comido las horas de sueño editando las últimas páginas y preparando las primeras del día siguiente. (O montándome en la furgoneta del repartido para asegurarme de que se hacía bien el reparto).

    Cuando empezaron a llegarme los reportajes para Desigualdad de Univision Noticias yo ya me había hecho mi automaster de autoedición y tenía claro qué quería de un texto y cómo conseguirlo. A pesar de eso, no era sencillo tener que explicarlo a gente que te manda los textos desde Latinoamérica, con españoles diferentes, realidades diferentes y husos horarios diferentes. Cada día yo enseñaba a la par que aprendía, lo cual es la situación perfecta en cualquier trabajo.

    También he tenido la oportunidad de editar algunos textos en porCausa, en este caso seguí dando vueltas en esa rueda del aprendizaje: yo recibía conocimientos nuevos y devolvía mi destreza en las viejas herramientas periodísticas. Al respecto de esos conocimientos, de quien más he intentado aprender es de mi compañera Virginia Rodríguez, cuya exactitud, memoria e inteligencia he admirado mucho en este tiempo. Tengo un cerebro muy poco dotado para la retentiva, así que cuando tengo la oportunidad de trabajar junto a una licenciada en derecho y políticas que recuerda todo lo que ha estudiado, así como todos los informes que lee, no puedo más que arrimar mi ascua a ver si se me pega algo, o al menos algo se me queda.

    Se lo decía esta semana a un amigo y se reía (¿quizá pensó que no lo decía en serio?), siento que cerebro se ha gastado y ya no retiene más. Como una batería de móvil que ya no pilla carga, como un rollo limpiador de pelos sobre la ropa que ha perdido el pegamento.

    También se lo decía, el mismo día, a una chica 20 años menor que yo: también tengo la sensación de que todo se ha vuelto más rígido y seco, como si la vida fuera menos real y se pareciera más a una película que es proyectada delante de mí. Esto es hacerse vieja.

    «Escritura es identidad. Identidad es sociedad», escribía mi profesor Garrido(1). «Con la escritura nos constituimos como miembros con identidad en la sociedad a la que pertenecemos. La complejidad de la sociedad es posible porque podemos resumir esas señas de identidad en un documento, porque podemos recordar a los demás qué somos, qué hacemos, qué hemos hecho, en varios géneros textuales, dese el diploma hasta el currículo».

    (1) Garrido, J: «Idioma e información. La lengua española de la comunicación». Editorial Síntesis, 1994.

  • Introduce el título aquí

    Pienso mucho sobre este diario seco. Una de las cosas que pienso es que me da vergüenza escribirlo. (Alucinante: hace 15 años era tan público). No es solo que ya no me interese la publicidad, es que me avergüenza.

    A veces abro wp-admin y lo cierro rápidamente antes de que alguien lo vea, antes de que yo misma me descubra volviendo a un viejo hábito. En otros tiempos, en cambio, esta pantalla de wordpress era el sustituto más natural del diario, la contraseña hacía de candado y ese lugar entre el alivio y el picor se parecía mucho.

    En el anonimato hay ahora más espacio para mí. También en sitios donde el público no es llamado.

  • La era de Acuario

    La era de Acuario

    Cuando el Open Arms fue paralizado por la Fiscalía, el Aquarius se quedó solo. Por unas semanas, fue el único barco fletado por una oenegé, con el objeto de hacer búsqueda y rescate, que vigilaba el oleaje del Mediterráneo entre las aguas de Libia e Italia. Al poco, los buques germanos Sea-Eye y Seefuchs volvieron a navegar las aguas entre Malta y Libia.

    Si la noticia fuera que ya no hay personas migrantes que se echan a la mar en unas barcas de juguete, en ese caso la soledad del Aquarius sería agradable, se parecería a ese momento del final de la tarde en el que hay una última persona que se queda en la oficina apagando las luces antes de irse a casa.

    sigue leyendo en El País.

  • Andar sin permiso

    Andar sin permiso

    Una de las estrategias que hemos aprendido de las revoluciones sociales más recientes es la paciencia, encapsulada felizmente dentro del lema «vamos despacio porque vamos lejos». Las mujeres y hombres que estos días caminan desde León a Madrid nos recuerdan, una vez más, la potencia del paso que no se detiene, del que se da con ánimo constante y con las fuerzas que se tengan, sin necesidad de hacer alardes olímpicos…

    sigue leyendo en El País.

  • La muerte de un diario achica el mundo

    La muerte de un diario achica el mundo

    Cuando estaba estudiando periodismo en la facultad, el 4 de octubre de 1993, unos periodistas del diario Ya vinieron a nuestra clase. Nos hablaron de la historia del periódico durante los anteriores 58 años y de lo que era el tema en aquel momento: el periódico estaba en suspensión de pagos. Vinieron a la clase de Redacción Periodística I (que nos daba José Luis Martínez Albertos) a tirar flotadores mientras se hundía el Titanic, o al menos así lo recuerdo.

    Allí estaban, en la tarima del profesor, el director Rogelio Rodríguez (quien años después sería director de Colpisa y dircom del Ministerio de Justicia), el exdirector Alejandro Fernández Pombo (que murió en 2013 a los 83 años tras haber dirigido también la Asociación de la Prensa de Madrid) y dos miembros del Comité de Empresa: el presidente, Miguel Revuelta, y el secretario, Fernando Ruiz. Sé tantos detalles porque hasta hoy he conservado mis notas de aquel día así como algunos recortes.

    Fernández Pombo hizo de abuelo cebolleta, ya en aquel momento, recordando que el Ya había surgido del diario católico El Debate, el cual había sido dirigido por el periodista-cardenal Herrera Oria. El Debate era «demasiado político» —nos dijeron— y de ahí surge Ya como «un periódico para todo el mundo», con especial atención a los deportes y al cine. Una disposición del Gobierno impide que se puedan hacer los dos periódicos a la vez, así que la Editorial Católica, propietaria de ambos, decide cerrar El Debate y quedarse con el periódico de la tarde —salía a las ocho—, que pronto pasaría a salir por la mañana.

    Nos habló también Fernández Pombo de cómo el Ya era un periódico, que dentro de su posición conservadora y católica, hacían cosas arriesgadas, como mandar a corresponsales durante la Segunda Guerra Mundial para cubrir la versión de los aliados, tomar partido por el Concilio Vaticano II o ser el primer periódico que dejó de llamar «Caudillo» a Franco.

    En aquel momento el Comité de Empresa estaba en pie de guerra para impedir la desaparición de este diario fundado en 1935. Y eso significaba no solo ir a la facultad a dar charlas sino, lo que me parecía subversivo, entonces y ahora, ser capaces de colar mensajes en las propias hojas del diario. «es la primera vez que un medio de comunicación pretende destruir a otro», dijo Miguel Revuelta, según recogió la noticia de aquella visita el 5 de noviembre de 1993 en el propio diario Ya. Las dagas iban contra Antonio Asensio.

    Javier de Godó, presidente de Antena 3, había comprado el periódico dos años atrás, pero en 1992 Antonio Asensio (Grupo Zeta) se convirtió en presidente del canal y le metió una reforma radical con el objeto de modernizarla, quitarle caspa (aunque él le pondría otro tipo de caspa) y rentabilizarla. Antena 3 quería un grupo multimedia y por eso había comprado, barato, el Ya. Pero Aensio lo vendió aún más barato: por una peseta a los mexicanos. Nuestros visitantes estaban muy dolidos por ello. Fue Editoriales del Sur, el grupo de méxico, el que decidió la suspensión de pagos.

    Aunque no cobraban, os trabjadores del diario seguían yendo a trabajar y sacaban el periódico cada día porque, como nos decían «lo consideraban viable». El escenario que nos describieron era de «toma del periódico». La empresa lo estaba dejando morir con la idea de desmantelarlo, de manera que la dirección y los trabajadores se ocupan de él, y por eso aparecían esas columnas en la contraportada que eran pura lucha sindical. Dijeron que querían ponerle una «querella criminal» a Asensio y que con el dinero de las ventas y la publicidad podían pagar el papel y la luz para seguir adelante. Se despidieron pidiéndonos que nos afiliaramos a un sindicato y que compráramos el Ya todos los días.

    He olvidado casi todo lo que me enseñaron en la carrera (exagero, pero) pero se me quedó enganchado a la memoria algo que quedó en el aire cuando los compañeros del Ya se fueron: que la cosa estaba chunga y que lo estaría aún más para nosotros, pero que el periodismo era también, o era sobre todo, pelearse contra los propietarios y resistir cada día haciendo tu trabajo lo mejor que sepas. Las sillas no son para siempre. Ni los periódicos. Posteriormente me llegó una clase práctica de esto mismo. En la hoja me apunté un entrecomillado más: «un contrato no debe ser la mordaza de un comunicador».

  • Querido diario

    Querido diario

    Se acaba 2017 y un año más me doy cuenta que conservo este espacio por nostalgia, al igual que otras posesiones que ya no necesito, pero de las que no me puedo deshacer.

    Este año he escrito catorce entradas, y muchas de ellas no eran originales. Así que, ¿por qué te mantengo? ¿Por qué pago un dominio? ¿Por qué no te borro, The Last Dance, y te mando al olvido de todo lo que un día fue en Internet y hoy ya no existe -e incluso ya nunca existió- porque no está y porque no se encuentra?

    Por si acaso.

    Por si acaso un día como hoy necesito hablar y no hay interlocutor.

    Pero, he de admitir, ahora ya me da vergüenza escribir en un blog. Escribir personal, quiero decir. No es como antes.

    No solo he cambiado yo. También ha cambiado Internet y habéis cambiado vosotros.

    De entre todas mis nostalgias (son demasiadas), se enciende últimamente con frecuencia mi nostalgia del Internet de hace quince y también viente años. Cuando la Red era horizontal y si publicabas en ella, llegabas muy lejos. No deja de asombrarme la paradoja del crecimiento de la Red: cuánto más grande es, menor es el alcance para la mayoría y mayor (por supuesto) para una élite. En el día en el que esta paradoja se hizo cierta, Internet empezó a morir. Es decir, aquella Internet, la que era salvaje, de todos, pequeña, anárquica, simple, del IRC, de los boletines de noticias, de los foros, de los correos electrónicos, de geocities. Antes del spam, antes de Facebook, antes del imperio de Google, antes de Twitter.

    A Twitter se le puede aplicar la misma paradoja que a Internet: ahora que tengo más de 10.000 followers, tengo menos alcance que nunca. Cuando tenía 2.000 y publicaba un enlace a un artículo mío, aquello era un cohete. Cuántas veces he deseado borrar mi cuenta en estos diez años (se cumplen en febrero) y no lo he hecho porque hay un respaldo profesional ahí. Antes decíamos que para un periodista sus followers son su fuerza. Puede ser que sea así, pero solo para una élite: de 100.000 para arriba.

    PD

    Así era mi vida hace 15 años.

  • Hombres griegos les pagan por sexo

    Hombres griegos les pagan por sexo

    No sé si os acordáis pero hace años yo era una colaboradora de eldiario.es. Eran aquellos tiempos de la agonía, la precariedad, el periodismo freelance, la pelea, la visibilidad… la depresión.

    Desde mi trabajo en la Fundación porCausa como directora de periodismo (un título que no define exactamente lo que hago, pero bueno) a veces tengo la oportunidad de escribir en otros medios, como lo del otro día en Público. Y, a veces, vuelvo a casa.

    Esto que os traigo es un artículo que acompaña un video realizado en Atenas por un colaborador de la Fundación. Él entrevistó a un menor sirio que decide contar en una entrevista en video cómo es su vida como refugiado en Grecia: se acuesta con hombres que le pagan (o sea: es explotado sexualmente), compra drogas, consume drogas, vive en campos de refugiados, vive en la la calle, vive en una okupa vive donde le hacen un hueco.

    Hay quien ha dudado de la veracidad del relato de este niño. En cambio, que las plazas céntricas de Atenas hay menores sirios y afganos que hacen lo que este niño dice que hace, no se le escapa a nadie que pase por allí. Podrá haber quien no le guste que hablemos de ello. A mí tampoco me gusta tener que hablar de ello. Ojalá pudiera escribir artículos sobre lo maravillosamente bien que estamos gestionando el asilo en Europa.

    Haz clic y lee: Menores refugiados explotados sexualmente en Grecia: «No tenía otra opción»