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  • Autopromo

    Alberto me hizo estas fotos en Benicàssim, la noche de la tormenta de viento. Son increíbles:






  • Ven, Ô Paradis

    Conocí a Demian cuando viajamos a Barcelona para ver el -ya mítico- concierto de Current 93 en la sala La Paloma. Milord me lo presentó. Antes de volver a encontrarme con Alberto yo no conocía Ô Paradis, o no tenía recuerdo de conocerlo. Él quería aprovechar el viaje a Barcelona para hacerle a Demian una entrevista peculiar. Durante el trayecto en coche estuvimos escuchando sus discos, pero sobre todo La boca del infierno.
    Después del concierto, fuimos al Nocturna, en L’Hospitalet, y allí coincidimos con él y con el Comandante y Ella, de Comando Suzie. Ya de madrugada nos volvimos los cinco en su coche a Barcelona.
    Demian vestía de lino blanco. Envueltos en la oscuridad y la luz estroboscópica, entre correas de cuero, crestas y botas de metal, Demian me preguntó que debía parecerme raro verle así vestido en un sitio como aquel. Le dije que más o menos sí. Pero en realidad, lo confieso ahora, no me lo había planteado hasta que él lo dijo. A veces asumo las excepciones con una naturalidad pasmosa que a veces interpreto como falta de atención y otras como solidaridad de mi propia capacidad para parecer siempre fuera de sitio.
    No sé si fue ya por aquel entonces o en una visita posterior a Madrid, cuando el festival Madrid Le Blanc, que Demian le dijo a Alberto que quería que fuera él quien montara un concierto de Ô Paradis en Madrid. No sería la primera vez. Creo que sentía que Alberto le entendía y que no había mejor persona en esta ciudad de cuerdos para hacerlo.
    Dos años después, así sucede, tal y como Demian lo deseó:

    Alberto Monreal y Elena Cabrera presentan: Ô Paradis en concierto, acompañado de Escama Serrada como grupo invitado.
    Viernes 11 de septiembre, 21:30 (puertas y taquilla) 22:00 (concierto)
    Sala La Boite. c/ Tetuán, 27. Madrid. Metro: Gran Vía, Sol y Callao
    Entrada: 8 euros anticipada (Rara Avis, Rotor y Diskpol) · 10 euros en la taquilla

    Evento en Last.fm
    Evento en nvivo.es

  • La comisión de daños

    Atrapados en una urbanización de los años setenta, tenemos problemas que llegan a este verano de 2009 desde esa década, tales como la rotura de una cañería en el piso superior y la inundación de nuestro cuarto de baño como consecuencia. Para crear una mejor ambientación, una gorda, vieja y fea gritona a la que llaman La Pantera Rosa se niega a aceptar que tiene un problema. Tanto el suyo propio como el de las tuberías de su apartamento de 1974.
    Hemos recibido en el piso la visita de una comisión de la urbanización que no venían a darnos la bienvenida, era una comisión de daños, representada por algunos de los notables de la urbanización. La encabezaba la señora administradora, que se destacaba por su juventud rebajando la media del jubilado tipo. No ha venido en bañador, ni en chanclas, ni en pareo, lo cual le daba más autoridad que al resto. Detrás de ella, una serie informe de hombres maduros, bajitos, canosos, despeinados, sudorosos, combinando pantalones cortos azul marino y raya blanca (1973), camiseta de tirantes talla xl (1979), chanclas azules y blancas (1976). Al pasar, han dibujado un aroma de salitre y madera desgastada durante el azote del viento en los largos meses de invierno en los que esta urbanización no es nada ni nadie, sólo toldos recogidos y barandillas de polvo.

  • Caos! Viento! Fuego! Zombies!

    Nada, al final no ha pasado nada. Pero la precaución era importante:

    FIB Club desalojado

    Desalojando el Fiberfib

    Incendio

  • Twitteando desde el #fib

    En la medida en que la conexión con el móvil funciona y haya conciertos aburridos voy contando cosas que voy viendo por el FIB 2009 en Twitter.
    ¡Mi décimo quinto festival de Benicàssim!

    Aún estoy esperando algún comentario sobre mi artículo del Fiber, más allá de los que han participado en él con los que me fui encontrando ayer. Me gustaría saber qué reacción causa el que ya no exista. Ayer nos acercamos al HelpDesk para pedir unos cuadros de horarios, antes de que supiera que si no estaban en la web ni había programas de manos ni los encontrabas por ahí era porque este año la organización decidió hacer negocio con ellos y en el puesto de merchandising te daban un colgante de cuello con fichas de horarios + el programa de mano por siete euros. Así que, inocente, nos acercamos al puesto de ayuda y un chaval nos aconseja que, si no queremos pagar por ellos, sólo hay otra manera de tenerlos, y era esperar a que al día siguiente saliera el periódico del festival. ¿Qué periódico?, le pregunto. Uno que se hace desde aquí y que sale todos los días. Este año no hay, le digo. Y él me insiste. Te aseguro que no, le respondo. A lo que él, creyéndome, me contesta, pues ya sabes más que yo. Lo que siempre es paradójico en una persona que trabaja en un puesto de información. Me sentí triste, amargada y resignada.

  • La fiebre que tuvimos (sobre la cancelación del periódico Fiber)

    En el año 1999 Miguel Morán nos reunió en una sala privada de un restaurante vegetariano de Madrid. Ya no recuerdo quién había allí además de él, Cristina García, Jesús Llorente, Víctor Lenore y Aldo Linares. Éramos gente que rondábamos la revista Spiral y otras prensas musicales del momento. Spiral había participado de la fundación del Festival, por eso tenía lógica que acudiera a nosotros tras el fracaso de la negociación con El País y en concreto El País de las Tentaciones para que fueran ellos los encargados de seguir realizando el periódico que el año pasado -un año de gloria el de 1998 para la historia del Festival de Benicàssim- había realizado Cristina García, redactora del periódico castellonense Mediterráneo, con pocos medios y pocas manos.

    Fue durante esa misma comida que sacamos el nombre Fiber como cabecera. Aldo dice que fue idea suya. Yo creo que fue mía. Apuesto a que todos los comensales la recuerdan como suya. Supongo que eso es así porque debió de ser una idea colectiva que flotaba en el ambiente. Pronto nos pusimos a trabajar porque quedaba muy poco tiempo, el Festival se celebraba aquel año el 6, 7 y 8 de agosto. Tori Alimbau fue el primer diseñador. Creó una maqueta llena de cuadraditos y pastillas que costaba mucho llenar de contenido pero nos encantaba. Siempre pensamos que nos la copió, un tiempo después, un suplemento de La Voz de Galicia. El diseño de la cabecera refería a los suelos de las discotecas setenteras y de esa manera apelábamos a la semejanza de Fiber y Fever, que era algo que nos gustaba. Una de las consecuencias de llamar al periódico Fiber es que, cuando se hizo necesario encontrar un nombre para el público del Festival, tuvimos que ponerle una doble b, fibber, que era más correcto con el inglés y así nos permitía diferenciarlo. Durante un tiempo funcionó e inclusó caló en la prensa, pero como era más conocido un fibber que un Fiber, al final se popularizó llamar fiber al visitante y de esa manera perdió la b y se diluyó la identificación. Lo cual estuvo bien porque así el periódico, Fiber, ya no significaba «hacer el FIB» sino «ser parte del FIB».

    Realicé el Fiber diariamente en todos los FIBs de 1999 a 2005 junto a Cristina García. Y, además, pude hacer unos cuantos números previos, más arrevistados, antes del Festival, siendo el mejor, el más especial, el de junio de 2004. Por motivos de trabajo tuve que abandonarlo y Maraworld se lo encargó a Joako Ezpeleta, quien lo dirigió entre 2006 y 2008. Este año no. Este año 2009 no lo hará ni él ni nadie, ya que ha sido cancelado por razones presupuestarias. Podría haberse repensado, podría haber mutado, yo hubiera estado feliz de hacerlo. No creo que esta decisión la haya tomado José o Miguel Morán, ya que ellos apreciaban este periódico tanto o más que las decenas de personas que pasamos por él. Como sabéis, Maraworld vendió al empresario británico Vince Power el Festival de Benicàssim. Y el Fiber, económicamente, siempre fue deficitario. Pero si los factores económicos hubiesen pesado tanto como lo hacen en 2009, no se habría hecho ninguno de los nueve años anteriores.

    A pesar de que los ajustes presupuestarios han barrido con el periódico sobre el que vamos a hablar, el 27 de mayo la organización del festival comunicó que «FIB Heineken ha vendido todos los abonos de 4, 3 y 2 días; las entradas VIP y las entradas para días sueltos para su decimoquinta edición. Un ritmo de venta sin precedentes en nuestros quince años de historia ha concluido con todas las entradas vendidas a más de dos meses para que el Festival abra sus puertas, superando así los hitos de ‘Sold Out’ anteriores como los de las ediciones de 2002 y 2006″.

    «Será la edición más exitosa de nuestra historia y más de 45.000 personas llenaremos el recinto de conciertos de Benicàssim», añadían. 45.000 personas que no leerán el Fiber cada mañana. Eso me hace pensar si no es un error medir el éxito cuantitativamente.

    «En las primeras ediciones, todo era muy primitivo y bastante bizarro. Especialmente recuerdo como se montó un laboratorio fotográfico de blanco y negro en la primera edición del Fiber, aun no usabamos digital!! muy fuerte…» recuerda el fotógrafo Ramiro e quien en 1999 hacía fotos a la gente para la penúltima par. Lo hizo hasta el año 2003, «retrataba a mi antojo al público del festival. Era una tarea muy grata y muy divertida». A Ramiro, como a muchos otros colaboradores, les he preguntado qué les parecía lo mejor y lo peor del Fiber: «Lo mejor era la energía de hacer algo tan inmediato, ver por las mañanas tu trabajo del día anterior en manos de todos los fibers. En mi caso podía constatar las reacciones de la gente que yo había retratado. A día de hoy aun me sigo encontrando con gente que me recuerda como aquel fotógrafo-cazadador del FIB. Yo he conocido y he descubierto a mucha gente a partir de aquella experiencia. Lo peor era la poca cabida a comentarios críticos, sobre todo en las crónicas de conciertos».

    El rasgo negativo más frecuente que ha quedado en la memoria de todos estos amigos es el de la autocensura. A muchos de ellos les pedí que se sumaran al equipo llegando de los fanzines o la prensa musical y todos venían con la misma pregunta: ¿podré decir lo que quiera? La respuesta era invariable: «es el periódico del festival». José Morán siempre me decía «no nos tiremos piedras contra nuestro propio tejado». Y a veces me lo decía muy enfadado ya que en alguna ocasión relajábamos la escritura y cargábamos las tintas. Era inevitable, en la redacción pensábamos que no podíamos tratar a la gente como tonta, que seríamos más apreciados si contábamos lo que era evidente y que, sobre todo, un mal concierto de un grupo es culpa del grupo, no del Festival. Nos alejamos de la loa siempre e intentamos ser más cronistas que críticos. Job Ledesma, a quien invité a trabajar en el Fiber tras conocerle en Tenerife, no va a olvidar nunca «cuando los Morán me quisieron asesinar por la crónica de Keane, que insisto en que es un grupo que encima me gusta». Aquella reseña negativa de un cabeza de cartel me costó una buena bronca. Pero, sinceramente, esta es la única que recuerdo, en relación a la línea editorial, durante seis años.

    «Aunque el Fiber era el medio oficial del festival, algo más de libertad crítica hubiera sido deseable. No pasa nada porque una banda de un mal concierto y se reconozca: después de todo, eso es algo que el festival no puede llegar a controlar, y la capacidad de autocrítica es una virtud, no un defecto», escribe en su respuesta Vidal Romero, una pieza clave en el Fiber para poder contar bien contada la letra pequeña del cartel del Festival, cuando éste acogía propuestas arriesgadas, directos y showcases de sellos electrónicos en el Chill Out, una programación que debemos en gran medida al empeño de Cocó Ciëlo: «el hecho de escribir sobre artistas de segunda fila dentro de la programación del festival, me permitía establecer una cierta distancia crítica. Todos los días, cuando me cruzaba con Joan Vich, me recordaba que él SÍ leía todas las crónicas de los conciertos, y que el día que los Morán se decidieran a leer algo más que las crónicas de los cabezas de cartel, me pondrían de patitas en la calle. Yo prefiero pensar que sí se las leían y se echaban unas risas, aunque esto no me lo ha confirmado ni desmentido nadie nunca… ¿Elena?». Carlos Revillo también recuerda como negativo «el no poder haberme quedado realmente agusto con mi opinión sobre algún concierto, los malabares que teníamos que hacer algunos para darle palos a los grupos sin que se nos notase» y para Víctor Lenore «lo peor eran las crónicas de conciertos. Al ser el Fiber un medio corporativo los redactores no podían ser honestos en sus valoraciones, algo que notaban todos los lectores». Pero Octavi Botana, que pasó tres años, los tres últimos, como coordinador de redacción, recuerda como lo mejor «la libre opinión de sus redactores. Durante los años que he estado no ha habido ningún tipo de sugerencia de cambio de reseña, ni por supuesto censura ni nada parecido». David Hernández, periodista de Castellón que gracias a su extrema profesionalidad y responsabilidad conseguía sacar, durante bastantes años, todos los contenidos extramusicales él solito, también apunta como malo «encontrar alguna crítica favorable o aséptica de un concierto que a todas luces había sido malo de narices», pero no sólo eso, sino también «el ‘¿ya lo tienes, verdad?’ de Elena o Cristina cuando todavía iba por mitad de artículo. Los cuelgues con 35 grados a la sombra de algunos actores del Festival de Cortos. La poca comunicación entre nosotros que permitía el ritmo desenfrenado de la redacción. Ver al día siguiente que un artículo de extramusicales había caído a última hora. Ver el Fiber de días atrasados en fardos amontonados por la zona de prensa, en campings y accesos al recinto. El aire acondicionado a todo trapo en la redacción a partir de ciertas horas».

    Era complicadísimo atinar con la distribución. A veces sobraban y otras faltaban. A mí me faltan ejemplares, aunque fuera uno, de alguno de los años. Recuerdo una mañana, no sé de qué año, que al cierre me fui a la rotativa de Mediterráneo, donde se tiraba el periódico, esperar a que cargara la furgoneta y hacerme el reparto con él para saber dónde estábamos fallando. Cuando acabó el reparto en el recinto me bajé, entre en la redacción y comencé a preparar el Fiber del día siguiente. No hubo descanso entre esos dos días.

    Uno de mis fichajes estrella fue el resistente y siempre optimista Íñigo de Amescua: «Lo mejor fue el punto de locura y la libertad casi total de la que disfruté, el rollo que había entre todos los que trabajábamos y el producto en si, tan divertido. Lo peor los nervios, las prisas y el poco dormir». Lo peor era el estrés y el cansancio acumulado. Recuerdo a Araceli Segura, que formó parte de la primera redacción del Fiber maquetando junto a Tori, dejando caer su cabeza sobre el teclado, dejando escapar un «no puedo más»: «Lo peor -dice Araceli- fue que dos años no puede ver ni un grupo de los que tocaron. También me salieron canas del estrés (realmente era MUY estresante, flipo que el primer año saliera cada ejemplar a su hora… llevando los zips en taxi a Castellón y esas cosas…)». Diego Ríos, quien también trajo simpatía, fútbol y buen hacer fanzinero recuerda «Las prisas, los nervios, las risas, las entrevistas de última hora, Elena, Cristina, el concierto de Low, el ‘hoy no entregamos, no nos da tiempo’». Con la hora del cierre lamiéndonos las chancletas comenzábamos a hacer bromas delirantes en plan «bueno, pues para entregar tarde mejor pasamos, vámonos a dormir» y era una tontería pero nos partíamos de risa, con el sol pegando ya sobre la carpa de prensa en la que trabajábamos. Aldo Linares, que se quedaba siempre hasta el último misnuto, ayudando en lo que fuera aunque él hubiese cumplido con sus críticas también recuerda como lo peor «ver salir el sol faltando bastante para acabar el número correspondiente a esa fecha». Y Cristina también se acuerda de eso: «lo peor, los horarios febriles, el ‘no salimos’, la autocrítica frenada cada dia, y no poder ver conciertos enteros».

    Había que ir rápido, muy rápido. Y cuando un redactor escribía tan lentamente con Ferran Llauradó me desesperaba, pero luego lo hacía tan bonito y siempre hacía algo que lo compensaba: «Lo peor: y lo digo en serio, que siempre te desmayabas el domingo, se sufría mucho», me dice. Ferran y Aldo escribieron varios textos mano a mano que a mí me despertaba el peor de os temores, cuando les veía riéndose delante del mismo monitor y el mismo teclado. «Artículos bizarros con Aldo», los llama Ferran, quien también recuerda como cosas bizarras «cuando nos poníamos las sábanas, jugar a fútbol con Stuart Murdoch, verte leer las críticas de Toni con cara de susto, conocer a Sonali». Las sábanas nos las poníamos porque nos moríamos de frío cuando el aire acondicionado seguía funcionando a las cinco de la mañana y nadie sabía apagarlo. Sobre el fútbol, Joan Vich recuerda como su aportación «el soplo del partido informal que derivó en el partido oficial que desde entonces se celebra cada año».

    ¿Queréis momentos de bizarros? De esos sí que teníamos muchos. La mayoría se habrán perdido en el olvido pero la memoria del Fiber recuerda algunos. Para el ilustrador y diseñador Álvaro Valiño, que realizó las mejores portadas ilustradas del periódico, escribe: «el año que tocó Pulp hice una ilustración para la portada del Fiber de ese día. Por la noche, tras la actuación, andaba nervioso por el backstage con un par de Fibers en la mano buscando con la mirada a Jarvis Cocker. Cuando lo vi salté a su encuentro y le pedí que me autografiase la portada. Torpe de mi no llevaba boli encima, Jarvis y sus acompañantes tampoco. Me respondión: «I’ll touch it». Y la tocó con una mano corva que parecía la garra de una rapaz». A Íñigo lo más extraño le parecían los «periodistas desaparecidos en medio de la noche» y a su compañero Job «estar hasta las cejas e intentar hacer una crónica coherente del último concierto de la noche en el escenario verde, que siempre me tocaba a mí. Y cuando apareció Hedi Slimane por la Redacción que, poco cool de mí, no sabía quién era y me vacilé de él hasta que vi que Íñigo de Amescua empezaba a bizquear. Bueno, y luego está el affaire Irene Tremblay, pero eso que lo cuenten Carmona y Caballero que tienen más gracia (qué año aquel, chicos)». Breixo Harguindey, que estuvo sólo un año, conserva como su momento bizarro «el recordar a Job tarareando a mi lado: ‘words, don’t come easy to me’». Carmona y Caballero merecen un comentario. Estas dos locazas sevillanas tuvieron su momento de gloria en la escena y no me quedó más remedio que invitarlas al Fiber, después de mucha presión. Abandonaron su ático en la calle Castilla y viajaron a Benicàssim para hacer algo de crónica rosa con un estilo que desconcertaba a los que no les conocían. Aparecen una y otra vez en los recuerdos del equipo.

    «Tengo demasiados recuerdos bizarros», dice Diego. «Los fantasmas de la redacción que se nos aparecían con sus sábanas todas las noches sobre las 5, la llegada diaria de la cena, las cabezadas de todos, Carmona y Caballero bizarros ellos, la presentadora de MTV preguntándome quiénes eran Mercury Rev…». Aldo dice que para él lo bizarro era «compartir sondeos sociológicos con Ferrán Llauradó y Guillermo Z. Del Águila». Para Vidal, «posiblemente aquella vez que Thomas Morr me persiguió alrededor de la mesa de la redacción con un Fiber enrrollado en la mano, tras haber escrito en el número anterior que sus pintas eran clavadas a las del abuelito de Heidi. O cuando entrevisté al dueño de Staubgold y a sus artistas, mientras tomaban un baño en pelotas en la piscina del backstage. O aquella vez que, a cuenta de una desbandada general en la redacción, me tocó cubrir tres escenarios a la vez. Menos mal que me tropecé con Pepe Verde. Ejem. También todo lo relacionado con Carmona y Caballero, claro. Y mi charla diaria con Joan Vich». ¿Y para Tori Alimbau? Esta es buena y quizás clarifique algún episodio oscuro: «Poner laxante en la comida de ciertos periodistas».

    Óscar L. Tejeda firmó muchas de las portadas fotográficas del Fiber, ya que siempre fue él encargado de cubrir el escenario más grande. Su momento raro tiene que ver con otra fotógrafa: «Cristina García Rodero (a sus pies!!) preguntando cómo se utilizaba el flash que llevaba… Anterior a esta época: el reparto de comida… y es que las necesidades básicas pueden con cualquiera». De las cenas también se acuerdan todos. Las hacíamos en el centro de la redacción, parando sólo un ratito. La solíamos encargar a un restaurante navarro de Benicàssim y nos la regaba siempre con un fresco vino rosado… Para David las cosas extrañas sucedían siempre a altas horas de la madrugada: «los momentos delirantes en la redacción a partir de las 4.00-5.00: Cristina colocando una especie de iconos puramente decorativos en la cabecera de las páginas cuando ya era de día, llegar bolinga a la redacción para recoger mis cosas cuando el recinto estaba a punto de chapar y encontrarme a Cristina y Elena currando acurrucadas debajo de unas toallas, con su tez blanco nuclear y el pantallazo en toda la cara, personal pegando cabezadas sentado delante del ordenador, otros mirando hipnotizados la retransmisión de algún concierto o comiendo a deshoras…». Se ve que aquellas sábanas blancas se quedaron grabadas a fuego… Cristina también las recuerda: «Los fantasmas de las 5, las cenas, algunos grandes días, personalizados pero que todos recordais –sobre todo tú, Elena– en los que hacer de poli malo o poli peor, y trabajar un año, el 2007, con ‘otro’ equipo, que ni era equipo ni era nada».

    Seguimos con el bizarrismo. A Marcelo Panozzo -gran escritor, gran periodista, gran amigo- sólo le pudimos tener un año pues vive en Buenos Aires. Hizo una columna diaria y… «me dicen que en el momento en el que me encontraba en estado de altísimo autismo, escribiendo sobre Pet Shop Boys, el señor Neil Tennant espiaba la pantalla con el artículo por encima de mi hombro. No puedo decir que sea cierto; estaba de espaldas». Yo también recuerdo como momentos especiales algunas visitas de artistas. Por ejemplo, la tarde en la que Aldo trajo a Sune Rose Wagner y me lo presentó, pero yo vestía, precisamente, una camiseta de Raveonettes y me dio toda la vergüenza del mundo; para calmarme, el me dijo que le hacía ilusión. O cuando Brian Molko utilizó nuestra salida trasera y una máquina de expeler aire acondicionado caliente le revolvió el pelo y se puso todo loco a gritar. Más sobre artistas, estas de parte de Octavi: «No tengo muchos recuerdos bizarros, realmente. Quizá Doherty escribiendo algo ininteligible en la pizarra vileda gigante que tuvimos el primer año (y buscando red bulls en nuestra nevera). Quizá Amy Winehouse asustada en el set de fotografía mientras le explicábamos que su foto saldría en el editorial del día siguiente. Miró a su mánager, éste le dijo «OK», y ella me miró y dijo «Ok, wicked». Poco más, no ha habido locuras extremas, sí mucha diversión, muchos cubatas a últimas horas, algún que otro grito… lo habitual, vamos».

    Siempre he dicho que nunca habría tenido seguridad sobre el Fiber que estábamos haciendo sino fuera porque contaba con Guillermo Z. del Águila en el equipo, ese con el que Aldo hacía sus sondeos. Si un año Guillermo me dejaba caer que podía causar baja a mí me salían algunas de las canas de las que hablaba Araceli. Estos son sus… «recuerdos bizarros… la primera vez que llegó una super-promocionera de una multi (siendo de provincias, las he tratado poco) con sus formas usuales: me dijo cariñín e incluso me acarició la espalda en zonas inusuales, no sabía si llevármela al sofá (erm… esa es otra historia) o regalarle una piruleta. Al final me dio la risa y se me ocurrió parodiarla sin recordar que las paredes oían. También tenía risa espiar al del NME, un pardillo que se pasaba el día comiéndose los mocos (figuradamente) pero luego cuando escribía sus «andanzas» se pintaba como el rey del mambo. Algo surreal generé yo intentando salir al paso del marrón de escribir un previo de Muse (tan indiferentes me resultaban entonces como ahora): me había topado con una fan (de ellos) con pase de prensa que me abordó camino del backstage porque quería volver a verlos. Como su historia olía a jugo, le di voz. Al final era cierto que los conocía, pero el jugo no tenía el olor a hormonas que parecía (ni para ellos ni para mí). Siguiendo con el jugo, tuvo risa cuando ya cumplida la faena en el momento de la retirada (o sea, consciencia como mínimo agotada y probablemente alterada) me dio por ofrecerle la oportunidad de retratarse a una colaboradora algo lenguaraz y provocadora que se había pasado el festival presumiendo de sexual y ya había insinuado varias veces que los fibbers eran asexuados y ese rollo. Menos mal que reculó ante mi farol «out of the blue» (por copiarle el estilo a la susodicha) y se hizo la sueca colorada porque a mí ya me esperaban… Pero para bizarro, los bizarros. Y no hace falta decir más».

    El backstage, las entrañas, la zona de prensa, el contacto con los artistas, sentirse parte de algo tan grande y que genera tanta ilusión… eso es lo que nos hacía sentirnos tan especiales. «La posibilidad de vivir el festival desde dentro y de ser parte de esa estructura, o sea, de hacer el FIB con nuestra pequeña aportación» (Job Ledesma). «Informar en el auténtico sentido de la palabra viviendo el festival desde dentro (cosa de privilegiados)» (Juan Antonio Álvarez, rediseñó la maqueta de Tori y trabajo en la zanja del FIB durante varios años). «Creo que lo mejor del FIBER era el sentido de comunión con sus lectores, incluso en la crítica a sus defectos» (Breixo Harguindey). «Lo mejor era tenerlo cada día, o ver a muchas personas leyéndolo, o consultarlo uno mismo, o preferir leerlo antes que ver el show de Franz Ferdinand, o estar, simplemente, en el cierre, cada noche» (Marcelo Panozzo). «Ver a la gente que lo llevaba doblado en el bolsillo de atrás del pantalón. Permitirme conocer el festival por dentro, el lujo de poder hablar con ídolos como William Reid o Norman Blake y de trabajar con gente que me encanta cómo escribe y fotografía» (David Hernández). «El Fiber es uno de las pocas maneras que todavía le quedaban al FIB de conectar con su pasado y con su espíritu original» (Guillermo Z.).

    Motivos por los que debería seguir existiendo Fiber

    • Duró lo que tenía que durar, todo tiene su ciclo. Fue un periodo bonito en el que se juntó gente muy válida y que luego ha acabado haciendo cosas muy interesantes. Fue algo justo en el momento adecuado y con la gente necesaria (Aldo Linares).
    • Mantiene informado al público y diferencia al FIB de otros festivales ya que crea un interesante vínculo entre la organización, el festival y los asistentes. Además de promueve el trabajo de jóvenes comunicadores y creativos (Álvaro Valiño).
    • Debería seguir existiendo para salvar el festival y ayudar a que Benicàssim no sea el nuevo Lloret de Mar, algo que me empieza a preocupar. En realidad debería seguir existiendo simplemente porque todo el mundo lo leía (Araceli Segura).
    • No se me ocurren motivos para cerrarlo a pesar del armagedon de la prensa en papel. Debería continuar, quizás en formato electrónico. Es una pérdida (Breixo Harguindey).
    • No sé de otros festivales que lo hagan. Recuerdo amigos que me sacaban de la cama del «hotel» para que les guardase números… (Carlos Revillo).
    • En ese formato, muy pocos. Creo que el papel, aunque para los periodistas de prensa es vital que siga existiendo, para este tipo de cosas tiene que ir a menos. Pero el Fiber como tal no deberia perderse, en digital, en el movil, o buscar otro medio, aunque los más románticos prefiramos guardarlo cada año, y ya irían ¿10? (Cristina García).
    • Un motivo por el que debería seguir existiendo. Uno no, tres. Por la información de servicio que ofrecía a los asistentes al festival: entrevistas, crónicas, reportajes, cambios de horarios y/o escenarios… Algo que, teniendo en cuenta que la mayoría duerme en campings y no tiene internet en el móvil, todavía no puede sustituir una web durante los días del festival. Aunque quizás en un par de ediciones sí que sería ya prescindible la edición de papel a esos efectos. También por lo que han dicho algunos compañeros: por el fetichismo y la singularidad. Y un último motivo: por no ser tan previsible de cargarse un servicio útil y económicamente asumible -en comparación con otros gastos del festival -con la puta excusa de la crisis (David Hernández).
    • Debería seguir existiendo por los fibers haciendo cola en el camping para coger el último número, por la ilusión de la gente que guarda todos los números, por los abuelos leyendo la crítica de The Cure en la playa, y porque es un elemento diferencial con otros festivales que hacía al FIB especial (Diego Ríos).
    • Porque cuando te estás comiendo la pizza al día siguiente mola leerlo, además entre conciertos etc también. Y si quieres porque es guay que haya un medio que cuente lo que sucede entre bambalinas etc… (Ferran Llauradó).
    • Porque lo echaré de menos cada mañana en el hall del hotel (Joan Vich).
    • Primero porque existía, segundo porque los fibers se están empezando a cansar de que el FIB pierda elementos de valor añadido, tercero porque era un recuerdo para todos los que acudían al festival y se llevaban sus fotos y sus crónicas, cuarto porque era un verdadero logro logístico y periodístico, quinto por vernos, sexto porque me permitía ir al FIB como un señor (egoísta que soy), séptimo porque dejar de hacer cosas bonitas que hacías es de vagos y de aburridos, octavo porque es más fácil buscar soluciones que borrar por borrar, noveno porque me permitió conocer a tanta gente graciosa y a tanto bicho raro (Job Ledesma).
    • Por la música y sus autores, los músicos (Juan Antonio Álvarez).
    • Por que es consustancial al FIB, es un rasgo personal, un valor único y por que es vital para enterarse de lo que pasa alrededor del Festival (Íñigo de Amescua).
    • Sólo algún tipo de estrechez (o varios tipos funcionando a la vez) puede determinar su cierre. Iba a decir que «no hay motivo» para cancelarlo, pero sí lo hay, cogonmimanto, siempre lo hay (Marcelo Panozzo).
    • Por mantener unido a un equipo de redacción consolidado y cachondo. No, en serio, porque los Fibers lo merecen, porque el Fiber es algo tan natural como el Hotel Orange, como dormir en la playa, como quemarse la espalda, como comerse un choripán a la salida, como brincar en primera fila del Escenario Verde. A veces ocurre que uno no sabe hasta qué punto su trabajo es válido; y luego estás por ahí y escuchas a dos chavalitas algo sobre la crítica que han leído en el Fiber (…que si tal, que si cual…) y entonces eres feliz durante unos segundos. Sólo por eso (y sé que es topicazo del periodismo) ya vale la pena. Bueno, y que te envuelvan el bocata de chopped con el diario. Eso también mola 🙂 (Octavio Botana).
    • «TODO EL MUNDO QUIERE UNO» (Óscar L. Tejeda).
    • Porque al publico de un festival de música le interesa leer las crónicas del festival, contrastar las críticas, ver las fotos… (Ramiro e).
    • Que lo queráis seguir haciendo. Con eso basta (Roger Roca).
    • Si aún existiera nadie tendría nostalgia (Tori Alimbau).
    • Me cuesta aceptar la premisa de la pregunta. Veo más sensato pensar al revés. El papel sale de un ser vivo tan bonito cómo las árboles.  Deberíamos usar otro enfoque: ¿ tan útil es este medio como para recortar un bosque? (Víctor Lenore).
    • Hace tres años que no voy por el festival (una mezcla de pereza, fechas complicadas y desinterés por el cartel), pero la última vez el público extranjero ya superaba con creces al español, así que no sé hasta qué punto tiene sentido que el Fiber siga existiendo. El Fiber pertenece a una época en la que el indie en España era (o pretendía ser) más inocente, en la que el FIB era EL festival, y en la que internet no tenía tanta potencia como ahora mismo (¿o es que alguien recuerda blogs con descarga directa en 2005?). Hoy la realidad es otra: cualquier indie de a pie va por el recinto con un iPhone, saca una foto o un vídeo del concierto que le está gustando, se informa en cualquier blog del artista desconocido que está sonando en tal o cual escenario y sube toda esta información sobre la marcha a su
      flickr, su Twitter o su Facebook. Además, el público también tiene una mayor cultura musical (sustentada sobre pies de barro, de acuerdo, pero más amplia) y tiene menos necesidad de una guía de uso y disfrute del festival. Así que, de seguir existiendo, debería de convertirse en algo más abierto y relacionado con la web: por ejemplo, un site que se actualizara con entrevistas grabadas sobre la marcha, con contenidos exclusivos, realizados durante el festival, y que dispusiera de foros para que el público expresara su opinión. El papel, por mucho que nos pese, ha dejado de tener sentido (Vidal Romero).

    Para realizar este artículo he mandado un cuestionario de cuatro preguntas a los colaboradores de Fiber que he podido localizar. Merece mucho la pena leer las respuestas completas porque algunas son estupendas y muy divertidas. Para ello las he reunido todas aquí, para que puedas seguir leyendo, ¡si no has tenido suficiente!

    Pasado mañana comienza la decimoquinta edición del Festival Internacional de Benicàssim, y para allá vamos. Puedes seguir el día a día del festival en live.fiberfib.com.

  • Vótame en los Premios 20Blogs

    No me gustan mucho estos premios porque es necesario ser usuario de 20minutos.com para poder votar. Además, es difícil verlo como un esfuerzo altruista de un medio de comunicación por valorar la blogosfera. Es más evidente que fue el plan maestro de 20minutos.com para ganar páginas vistas y crecer en usuarios únicos consiguiendo, de paso, un banner de publicidad gratis en más de 5.000 blogs.

    A pesar de eso, si ya eres usuario de 20minutos.com y quieres votar, estos son los links:

    The Last Dance (Cultura y Personal): VOTA
    Martingorey (Música): VOTA
    Vida de Perras (No había categoría de cotilleos): VOTA

    ACTUALIZACIÓN 17 AGOSTO 2009

    No sólo es obligatorio ser usuario de 20minutos.com sino además tener un blog registrado en el concurso para poder votar. Ya es el colmo de la endogamia. Creo que me voy a dar de baja.

  • Cuestionarios a los que lo hicieron posible (sobre la cancelación del periódico Fiber)

    1. Lo mejor y lo peor del Fiber

    2. ¿Cuál fue tu aportación al periódico?

    3. Vuestro recuerdo más bizarro de la redacción del Fiber.

    4. Un motivo por el que debería seguir existiendo.

    Aldo Linares

    1. Lo mejor, la sensación de urgencia y la confluencia de personajes que se daban cita. Lo peor, ver salir el sol faltando bastante para acabar el número correspondiente a esa fecha. 2. Escritos y souvenirs únicos. Supongo que algo de experiencia dentro del festival y algo de humor. 3. Compartir sondeos sociológicos con Ferrán Llauradó y Guillermo Z. Del Aguila. 4. Duró lo que tenía que durar, todo tiene su ciclo. Fue un periodo bonito en el que se juntó gente muy válida y que luego ha acabado haciendo cosas muy interesantes. Fue algo justo en el momento adecuado y con la gente necesaria.

    Álvaro Valiño

    1. La increíble capacidad de reacción de un medio puntual para poner en las manos de los asistentes una publicación tan cuidada con las crónicas de la pasada jornada e interesantes avances de a jornada del día. Además hecha por gente que compartía los mismo intereses que el lector. Lo peor: A veces se pasaba de modernete 😉 2. Ilustraciones de portada y algún interior. Recuerdo con cariño la de los Manic Street Preachers. 3. El año que tocó Pulp hice una ilustración para la portada del Fiber de ese día. Por la noche, tras la actuación, andaba nervioso por el backstage con un par de Fibers en la mano buscando con la mirada a Jarvis Cocker. Cuando lo vi salté a su encuentro y le pedí que me autografiase la portada. Torpe de mi no llevaba boli encima, Jarvis y sus acompañantes tampoco. Me respondión: «I’ll touch it». Y la tocó con una mano corva que parecía la garra de una rapaz. No comment. 4. Mantiene informado al público y diferencia al FIB de otros festivales ya que crea un interesante vínculo entre la organización, el festival y los asistentes. Además de promueve el trabajo de jóvenes comunicadores y creativos.

    Araceli Segura

    1. Lo mejor fue que conocí a Víctor Lenore en el Fiber. Ahora no puedo ir a un festival sin él. También, era una publicación tan bien hecha teniendo en cuenta las condiciones en las que se hacía… Y siendo -un poco- corporativista era aun divertida y un producto de super calidad. El año aquel que encargamos todas las portadas a ilustradores… qué bonito, por favor… Y las fotos de Ramiro e, todo un visionario… y aquello que hacía Borja Bas de seguir a alguien duante un día… ¡cómo fue el del Chinarro!!! Lo peor fue que dos años no puede ver ni un grupo de los que tocaron. También me salieron canas del estrés (realmente era MUY estresante, flipo que el primer año saliera cada ejemplar a su hora… llevando los zips en taxi a Castellón y esas cosas…)

    2. Yo intenté aportar profesionalidad, no sé si me salió muy bien. La gracia es que el periódico estaba hecho por gente de fanzines… era lo guai. Había que compensarlo un poco para que se cerrara a tiempo…

    3. Las cosas llegaban en disquetes y no había internet el primer año… Tengo un no-recuerdo, según Lucas Arraut nos conocimos allí porque yo le empujé -literalmente- por la redacción. Luego pasaban cosas todo el rato tipo subidas de tensión y se fundían las pantallas… Lo más extraño que hice fue el primer año, que entre otras cosas tuve que hacer (yo!!) la lista con el material técnico necesario para montar la redacción allí.

    4. Debería seguir existiendo para salvar el festival y ayudar a que Benicàssim no sea el nuevo Lloret de Mar, algo que me empieza a preocupar. En realidad debería seguir existiendo simplemente porque todo el mundo lo leía.

    Breixo Harguindey

    1. Creo que lo mejor del FIBER era el sentido de comunión con sus lectores, incluso en la crítica a sus defectos. Sus efectos secundarios sobre el cuerpo y la mente de sus redactores y, en singular, sobre Elena y Cristina a las que seguro el sueldo no hacía justicia. Y ya que lo reconocemos todos, no dejéis de mencionarlo.

    2. Más bien escasa
    3. Recuerdo a Job tarareando a mi lado: «words, don’t come easy to me»
    4. No se me ocurren motivos para cerrarlo a pesar del armagedon de la prensa en papel. Debería continuar, quizás en formato electrónico. Es una pérdida.

    Carlos Revillo

    1.- Lo mejor: Los malabares que teníamos que hacer algunos para darle palos a los grupos sin que se nos notase. Y Carmona y Caballero, claro. Lo peor: El no poder haberme quedado realmente agusto con mi opinión sobre algún concierto.

    2.- Ilusión, sobre todo el primer año.

    3.- Un fallo de coordinación con Carmona y Caballero hizo que me tuviese que dormir dos horas en una acera cercana al «hotel». no había recepcionistas y había que llevarse la llave al recinto.

    4.- Diego lo ha dicho. No se de otros festivales que lo hagan. Recuerdo amigos que me sacaban de la cama del «hotel» para que les guardase números…

    Cristina García

    1. Lo mejor, la gente, el equipo que se fue forjando y algunas amistades que, por lo intenso de lo vivido, y por que sí, son para siempre; el papel en blanco cada dia y la inmediatez, que con los años se ha ido perdiendo, y las censa de los lunes; lo peor, los horarios febriles, el ‘no salimos’, la autocrítica frenada cada dia, y no poder ver conciertos enteros.

    2. Intentar que todo cuadrara, sobre todo los tempos de una redacción que iba y venia, entraba y salía. Y los planillos, esas cada vez más grandes cuadrículas que había que llenar con elena.

    3. Los fantasmas de las 5, las cenas, algunos grandes días, personalizados pero que todos recordais –sobre todo tú, elena– en los que hacer de poli malo o poli peor, y trabajar un año, el 2007, con ‘otro’ equipo, que ni era equipo ni era nada.

    4. En ese formato, muy pocos. Creo que el papel, aunque para los periodistas de prensa es vital que siga existiendo, para este tipo de cosas tiene que ir a menos. Pero el fiber como tal no deberia perderse, en digital, en el movil, o buscar otro medio, aunque los más románticos prefiramos guardarlo cada año, y ya irían ¿10?

    David Hernández

    1. Lo mejor… El enfoque y tono de la mayoría de artículos, el diseño, las portadas, las fotos (qué pedazo de fotos la mayoría…) y que fuera de edición diaria durante el festival: su utilidad de cara al público para ubicar a determinados grupos y actividades extramusicales, para saber quién estaba de picos pardos en la piscina del backstage. Ver a la gente que lo llevaba doblado en el bolsillo de atrás del pantalón. A nivel personal, permitirme conocer el festival por dentro, el lujo de poder hablar con ídolos como William Reid o Norman Blake y de trabajar con gente que me encanta cómo escribe y fotografía. Que Paulete (Fib Art), Rafa (Fib Actúa), algún artista, algún lector e incluso algún compañero piropease alguno de mis artículos. Y, visto lo visto, el mismo hecho de que existiera. …y lo peor del Fiber. El «¿ya lo tienes, verdad?» de Elena o Cristina cuando todavía iba por mitad de artículo. Los cuelgues con 35 grados a la sombra de algunos actores del Festival de Cortos. La poca comunicación entre nosotros que permitía el ritmo desenfrenado de la redacción. Ver al día siguiente que un artículo de extramusicales había caído a última hora. Encontrar alguna crítica favorable o aséptica de un concierto que a todas luces había sido malo de narices. Ver el Fiber de días atrasados en fardos amontonados por la zona de prensa, en campings y accesos al recinto. El aire acondicionado a todo trapo en la redacción a partir de ciertas horas.

    2.  Dedicación, ilusión y el poco oficio que tenía entonces. Darle toda la bola que podía a la programación de extramusicales. Para mí fue un privilegio trabajar en el periódico de mi festival preferido, al que había acudido a todas las ediciones desde el primer año como público. 3. En general, los momentos delirantes en la redacción a partir de las 4.00-5.00 de la madrugada: Cristina colocando una especie de iconos puramente decorativos en la cabecera de las páginas cuando ya era de día, llegar bolinga a la redacción para recoger mis cosas cuando el recinto estaba a punto de chapar y encontrarme a Cristina y Elena currando acurrucadas debajo de unas toallas, con su tez blanco nuclear y el pantallazo en toda la cara, personal pegando cabezadas sentado delante del ordenador, otros mirando hipnotizados la retransmisión de algún concierto o comiendo a deshoras…

    3. Uno no, tres. Por la información de servicio que ofrecía a los asistentes al festival: entrevistas, crónicas, reportajes, cambios de horarios y/o escenarios… Algo que, teniendo en cuenta que la mayoría duerme en campings y no tiene internet en el móvil, todavía no puede sustituir una web durante los días del festival. Aunque quizás en un par de ediciones sí que sería ya prescindible la edición de papel a esos efectos. También por lo que han dicho algunos compañeros: por el fetichismo y la singularidad. Y un último motivo: por no ser tan previsible de cargarse un servicio útil y económicamente asumible -en comparación con otros gastos del festival -con la puta excusa de la crisis.

    Diego Ríos

    1. Lo mejor: vivirlo. Compartir la experiencia y aprender de todos. Las prisas, los nervios, las risas, las entrevistas de última hora, Elena, Cristina, el concierto de Low, el «hoy no entregamos, no nos da tiempo» 🙂

    Lo peor: la mezcla de agotamiento y vacío mientras amanecía el último día, con el escenario verde a medio desmontar… Y el plantón de Morrissey, claro.

    2. Mi aportación, principalmente, ilusión y muchas horas sin dormir.

    3. Tengo demasiados recuerdos bizarros. Los «fantasmas» de la redacción que se nos aparecían con sus sábanas todas las noches sobre las 5, la llegada diaria de la cena, las cabezadas de todos, Carmona y Caballero bizarros ellos, la presentadora de MTV preguntándome quiénes eran Mercury Rev,…

    4. Debería seguir existiendo por los fibers haciendo cola en el camping para coger el último número, por la ilusión de la gente que guarda todos los números, por los abuelos leyendo la crítica de The Cure en la playa, y porque es un elemento diferencial con otros festivales que hacía al FIB especial.

    Ferran Llauradó

    1. Lo mejor: lo variado y talentoso de los colaboradores. Lo peor: y lo digo en serio, que siempre te desmayabas el domingo, se sufría mucho. 2. Críticas de grupos de tarde del Fiberfib y sobre todo artículos bizarros con Aldo. 3. Cuando nos ponñiamos las sábanas, jugar a fútbol con Stuart Murdoch, escribir con Aldo, verte leer las críticas de Toni con cara de susto, conocer a Sonali… 4. Porque cuando te estás comiendo la pizza al día siguiente mola leerlo, además entre conciertos etc también. Y si quieres porque es guay que haya un medio que cuente lo que sucede entre bambalinas etc…

    Guillermo Z. del Águila

    Realmente del Fiber recuerdo poco, porque estuve allí. No, en serio, mi memoria es frágil y a Benicàssim no solía llevarla. Siempre vi el Fiber como algo que daba más de lo que debería y a la vez menos de lo que podría. Su justificación estaba clara, al menos para mí. Se trataba de informar de los horarios de los conciertos y servir de alfombrilla. Todo lo demás era un regalo. Siempre lo imaginé más bajo culos que frente a caras, lo cual tenía presente a la hora de escribir y me despreocupaba ante posibles errores y esas críticas necesariamente apresuradas. La realidad no siempre era esa, claro, y acababa abrumado cuando la tarde siguiente más gente de la cuenta comentaba algo escrito la noche anterior y ya ni recordado. Afortunadamente, he de decir que con el tiempo ha aprendido a valorar lo que en su día me parecía bastante pobre. En una reorganización de casa acabé leyendo cosas que por supuesto no recordaba haber escrito (y ni siquiera presenciado) y me divertí mucho. Aquello era mágico. Cómo nos adaptábamos a la consigna de la benevolencia con bastante perversión escribiendo entre líneas, cómo ensayábamos nuevos métodos de escritura creativa ante una pantalla cuyos destellos en más de una ocasión reverberaban con la psicodelia, y cómo algunos se atrevían a pasárselo en grande explotando los tópicos y colando bromas. Siempre pensé que ya puestos podíamos hacer algo mejor, con más información que crítica, más contenido, con los textos hechos de antemano, más extensos y rigurosos, y me quedé con las ganas de ver cómo funcionaría una sección donde la gente pudiera participar y dejarse mensajes (hoy en día tal vez haya otros medios para eso). ¿Qué aporté? Imagino que evitar los tópicos porque casi siempre me tocaban las críticas del escenario grande. Afortunadamente, era el que mejor se veía y escuchaba desde el backstage, así que en ocasiones se podía cubrir de manera muy digna sentado en la hierba (en algunos casos era la única manera, recuerdo la aglomeración con Radiohead). Claro que había que tener luego cuidado con rectificar izquierda-derecha, pero realmente en contadas ocasiones el bajista a la izquierda del cantante se bajó los pantalones. Recuerdo (mejor dicho, he descubierto a posteriori) bastantes atrevimientos, tanto formales como descriptivos. El Fiber es uno de las pocas maneras que todavía le quedaban al FIB de conectar con su pasado y con su espíritu original. Además, aunque el último año fuera bilingüe, se trataba de un producto eminentemente hispano, en concepto y contenido. Sin él, el festival es mucho más inglés (ya digo, preparaos para el NME…) Recuerdos bizarros… la primera vez que llegó una super-promocionera de una multi (siendo de provincias, las he tratado poco) con sus formas usuales: me dijo cariñín e incluso me acarició la espalda en zonas inusuales, no sabía si llevármela al sofá (erm… esa es otra historia) o regalarle una piruleta. Al final me dio la risa y se me ocurrió parodiarla sin recordar que las paredes oían. También tenía risa espiar al del NME, un pardillo que se pasaba el día comiéndose los mocos (figuradamente) pero luego cuando escribía sus «andanzas» se pintaba como el rey del mambo. Algo surreal generé yo intentando salir al paso del marrón de escribir un previo de Muse (tan indiferentes me resultaban entonces como ahora): me había topado con una fan (de ellos) con pase de prensa que me abordó camino del backstage porque quería volver a verlos. Como su historia olía a jugo, le di voz. Al final era cierto que los conocía, pero el jugo no tenía el olor a hormonas que parecía (ni para ellos ni para mí). Siguiendo con el jugo, tuvo risa cuando ya cumplida la faena en el momento de la retirada (o sea, consciencia como mínimo agotada y probablemente alterada) me dio por ofrecerle la oportunidad de retratarse a una colaboradora algo lenguaraz y provocadora que se había pasado el festival presumiendo de sexual y ya había insinuado varias veces que los fibbers eran asexuados y ese rollo. Menos mal que reculó ante mi farol «out of the blue» (por copiarle el estilo a la susodicha) y se hizo la sueca colorada porque a mí ya me esperaban… Pero para bizarro, los bizarros. Y no hace falta decir más.

    Íñigo de Amescua

    1. Lo mejor fue el punto de locura y la libertad casi total de la que disfruté, el rollo que había entre todos los que trabajábamos y el producto en si, tan divertido. Lo peor los nervios, las prisas y el poco dormir.

    2. Escribir y hacer fotos… y ocuparme de los contenidos de la web.

    3. Uf… tantos… periodistas desaparecidos en medio de la noche, conciertos que se pierden…

    4. Por que es consustancial al FIB, es un rasgo personal, un valor único y por que es vital para enterarse de lo que pasa alrededor del Festival.

    Joan Vich

    1. Lo mejor: la información puntual cada mañana. Lo peor: las prisas.

    2. Alguna crítica (¡de teatro!) y el soplo del partido informal que derivó en el partido oficial que desde entonces se celebra cada año.

    3. ¿Gente trabajando a las ocho de la mañana?

    4. Porque lo echaré de menos cada mañana en el hall del hotel

    Job Ledesma

    1) Lo mejor: la posibilidad de vivir el festival desde dentro y de ser parte de esa estructura, o sea, de hacer el FIB con nuestra pequeña aportación. Lo peor: que tardaran un par de años en tratarnos a los que lo hacíamos con un pelo de cariño, pero es algo muy común en la península eso de tratar a la gente al trancazo.

    2) Simpatía, desparpajo y algo de léxico canario en las crónicas.

    3) Estar hasta las cejas e intentar hacer una crónica coherente del último concierto de la noche en el escenario verde, que siempre me tocaba a mí. Y cuando apareció Hedi Slimane por la Redacción que, poco cool de mí, no sabía quién era y me vacilé de él hasta que vi que Íñigo de Amescua empezaba a bizquear. Bueno, y luego está el affaire Irene Tremblay, pero eso que lo cuenten Carmona y Caballero que tienen más gracia (qué año aquel, chicos). Sin contar cuando los Morán me quisieron asesinar por la crónica de Keane, que insisto en que es un grupo que encima me gusta.

    4) Primero porque existía, segundo porque los fibers se están empezando a cansar de que el FIB pierda elementos de valor añadido, tercero porque era un recuerdo para todos los que acudían al festival y se llevaban sus fotos y sus crónicas, cuarto porque era un verdadero logro logístico y periodístico, quinto por vernos, sexto porque me permitía ir al FIB como un señor (egoísta que soy), séptimo porque dejar de hacer cosas bonitas que hacías es de vagos y de aburridos, octavo porque es más fácil buscar soluciones que borrar por borrar, noveno porque me permitió conocer a tanta gente graciosa y a tanto bicho raro.

    Juan Antonio Álvarez

    1. lo mejor, informar en el auténtico sentido de la palabra viviendo el festival desde dentro (cosa de privilegiados); y lo peor… creo que nada, al fin y al cabo era lo que era, con todo lo bueno y malo que tenía, te gustase o no. era el fiber.

    2. la de intentar meter toda esa información en unas pocas páginas, contrareloj y… contranatura.

    3. ¿acaso hay recuerdos que no lo sean?

    4. por la música y sus autores, los músicos.

    Juan Manuel Freire

    1. Lo mejor, el entusiasmo de todos los involucrados; ni un solo redactor, creo, usó la expresión «poner toda la carne en el asador». Lo peor, que siendo del Fiber tampoco se ligaba tanto.

    2. Textillos, fotazas y, si no recuerdo mal, algo parecido a un blog sobre los días previos al festival. No se llamaba blog, por eso; se llamaba diario, así que no lo leyó nadie.

    3. Cualquier recuerdo del Fiber tiene algo de bizarro.

    4. Porque desayunar sin Fiber estando en el FIB es un poco fiasco, digo yo. Además, luego sirve para no mancharse el pantalón si uno se sienta en la hierba o en la tierra.

    Marcelo Panozzo

    1. Lo conocí poco, a ese Fiber; poco al menos en el terreno donde mejor juega, que es el campo de batalla propiamente dicho, el cada día del festival. Fui al FIB sólo un año, y ese año me tocó Fiber, lo que se dice suerte de principiante. O sea que el panorama para juzgar mejor/peor se reduce notablemente. Nevertheless, la idea de «lo mejor» se ramifica: lo mejor era tenerlo cada día, o ver a muchas personas leyéndolo, o consultarlo uno mismo, o preferir leerlo antes que ver el show de Franz Ferdinand, o estar, simplemente, en el cierre, cada noche. Lo peor, y diré esto con cuidado, casi con vergüenza, que no soy quién: el modelo de crítico musical (o como se llame eso) que no entiende del todo bien de qué se trata el periódico de un festival.

    2. Una columna de opinión, en la edición 2004. Escasa aportación.

    3. Me dicen que en el momento en el que me encontraba en estado de altísimo autismo, escribiendo sobre Pet Shop Boys, el señor Neil Tennant espiaba la pantalla con el artículo por encima de mi hombro. No puedo decir que sea cierto; estaba de espaldas.

    4. Sólo algún tipo de estrechez (o varios tipos funcionando a la vez) puede determinar su cierre. Iba a decir que «no hay motivo» para cancelarlo, pero sí lo hay, cogonmimanto, siempre lo hay.

    Octavio Botana

    1. Lo mejor: la libre opinión de sus redactores. Durante los años que he estado no ha habido ningún tipo de sugerencia de cambio de reseña, ni por supuesto censura ni nada parecido. Lo peor: quizá la falta de reconocimiento por parte de la organización y medios. El curro es importante y parece que sea «el periodicucho ese del festi».

    2. Entré como coordinador de redacción y allí he estado 3 años. Creo que intentamos aportar un puntito simpático con los editoriales, el falso blog y las páginas de fotos de Fibers «en plan Glastonbury».

    3. No tengo muchos, realmente. Quizá Doherty escribiendo algo ininteligible en la pizarra vileda gigante que tuvimos el primer año (y buscando red bulls en nuestra nevera). Quizá Amy Winehouse asustada en el set de fotografía mientras le explicábamos que su foto saldría en el editorial del día siguiente. Miró a su mánager, éste le dijo «OK», y ella me miró y dijo «Ok, wicked». Poco más, no ha habido locuras extremas, sí mucha diversión, muchos cubatas a últimas horas, algún que otro grito…lo habitual, vamos.

    4. Por mantener unido a un equipo de redacción consolidado y cachondo. No, en serio, porque los Fibers lo merecen, porque el Fiber es algo tan natural como el Hotel Orange, como dormir en la playa, como quemarse la espalda, como comerse un choripán a la salida, como brincar en primera fila del Escenario Verde. A veces ocurre que uno no sabe hasta qué punto su trabajo es válido; y luego estás por ahí y escuchas a dos chavalitas algo sobre la crítica que han leído en el Fiber (…que si tal, que si cual…) y entonces eres feliz durante unos segundos. Sólo por eso (y sé que es topicazo del periodismo) ya vale la pena. Bueno, y que te envuelvan el bocata de chopped con el diario. Eso también mola 🙂

    Óscar L. Tejeda

    1. Lo mejor: que existiera algo así, tan «único». – Lo peor: trabajar en unas condiciones no tan ventajosas respecto a otros medios cuando debería ser desde una posición de «privilegio».  Ver las fotos de uno y las ajenas hechas un desastre por culpa de las tintas y el papel…

    2. Caminar y caminar, dolores de espalda y algunas imágenes.

    3.  Cristina García Rodero (a sus pies!!) preguntando cómo se utilizaba el flash que llevaba… Anterior a esta época: el reparto de comida… y es que las necesidades básicas pueden con cualquiera.

    4. TODO EL MUNDO QUIERE UNO.

    Pablo Vinuesa

    1. Lo peor del Fiber fue el harón de horas que echamos allí, y lo mejor, el equipo: las dos hefas, los sufridos diseñatas y ese equipo plumilla donde se congregaban antológicos freaks de la talla de Aldo, Diego, el Astur Enrremoniao, Sr. Don Iñigo o el gran fans de Keane… ¡Qué decir, qué!
    Ramiro e

    1. Lo mejor era la energía de hacer algo tan inmediato, ver por las mañanas tu trabajo del día anterior en manos de todos los fibers. En mi caso podía constatar las reacciones de la gente que yo había retratado. A día de hoy aun me sigo encontrando con gente que me recuerda como aquel fotógrafo-cazadador del FIB. Yo he conocido y he descubierto a mucha gente a partir de aquella experiencia. Lo peor era la poca cabida a comentarios críticos, sobre todo en las crónicas de conciertos.

    2. Durante varios años, desde el nacimiento del periódico hasta el año 2003, me encargaba de la sección «gente», en la que retrataba a mi antojo al público del festival. Era una tarea muy grata y muy divertida.

    3. En las primeras ediciones, todo era muy primitivo y bastante bizarro. Especialmente recuerdo como se montó un laboratorio fotográfico de blanco y negro en la primera edición del Fiber, aun no usabamos digital!! muy fuerte…

    4. Porque al publico de un festival de música le interesa leer las crónicas del festival, contrastar las críticas, ver las fotos…

    Roger Roca

    1. Lo mejor: veros a todos tan entregados, tan entusiasmados con el diario. Conocer en persona a algunos de los colaboradores, salir del círculo de la prensa de mi ciudad y ver que en este trabajo no todo el mundo es tan estirado. Lo peor: ¿no entregarme lo suficiente?

    2. Poca. Algunas crónicas de conciertos y diría que bastantes más de sesiones de DJs, en la época en la que aún se creía que los DJs tenían tanta talla artística como cualquier banda. Yo lo creía.

    3. Los fotógrafos que hacían fotos a gente guai que corría por el festival. Nunca entendí cuál era el criterio y siempre me hicieron sentir inadecuado. A todo eso, nunca hablé con ninguno de ellos. (O no: ¿Paco y Manolo estaban en el Fiber? Porque entonces sí que hablé con alguno).

    4. Que lo queráis seguir haciendo. Con eso basta.

    Tori Alimbau

    1. Lo peor, lo malo y barato que era el papel, no era de periódico, era de marketing directo. Lo mejor, conocer a Lucas Arraut en la estación de Benicàssim, negándose a subir a ningún tren que no tuviera primera clase, entonces supe que siempre estaría en el centro de mi vida.

    2. Cerrarlo cada amanecer.

    3. Poner laxante en la comida de ciertos periodistas.

    4. Si aún existiera nadie tendría nostalgia.

    Víctor Lenore

    1. Lo mejor esa sección que hizo Borja Bas llamada «Do you remember the first time?», donde los artistas recordaban su primer paso por el festival. Las respuestas de Antonio Luque son de lo más divertido que he leído nunca. Lo peor eran las crónicas de conciertos. Al ser el «Fiber» un medio corporativo los redactores no podían ser honestos en sus valoraciones, algo que notaban todos los lectore

    2. Escasa y frustrante. Enseguida me di cuenta  de que no era el tipo de proyecto donde encajo bien. Tenía que haberme ido el segundo día en vez de al segundo año.

    3. Un día llevé bombones  (no recuerdo bien por qué). Mientras estaba repartiendo, entró Miguel Morán (director del festival) con otra persona a hacer algo. Una de las jefas, Cristina, me regañó por no haberle ofrecid

    4. Me cuesta aceptar la premisa de la pregunta. Veo más sensato pensar al revés. El papel sale de un ser vivo tan bonito cómo las árboles.  Deberíamos usar otro enfoque: ¿ tan útil es este medio como para recortar un bosque?

    Vidal Romero

    1. Lo mejor. Que constituía por un lado un recuerdo para los asistentes al festival (sobre todo en la época previa a la fotografía digital), y por otro una guía acerca de lo que se podía ver cada día. Lo peor. Aunque el Fiber era el medio oficial del festival, algo más de libertad crítica hubiera sido deseable. No pasa nada porque una banda de un mal concierto y se reconozca: después de todo, eso es algo que el festival no puede llegar a controlar, y la capacidad de autocrítica es una virtud, no un defecto.

    2. Mi aportación más importante consistió en dar visibilidad a las propuestas más experimentales y minoritarias del festival. En los años que participé todavía existía la carpa Chil Out (esa que Tomás Fernando Flores abría todos los años con especiales de Björk, sí) y por allí pasaron muchos artistas y sellos que era muy difícil (o directamente imposible) ver en directo en España. Creo que tener la posibilidad de convencer a alguien del público de que fuera a ver a aquel músico cuyo nombre le sonaba a chino, o de que se interesara por sus discos a posteriori, ya justifica la existencia del Fiber. Además (y a pesar de lo que he dicho más arriba), el hecho de escribir sobre artistas de segunda fila dentro de la programación del festival, me permitía establecer una cierta distancia crítica. Todos los días, cuando me cruzaba con Joan Vich, me recordaba que él SÍ leía todas las crónicas de los conciertos, y que el día que los Morán se decidieran a leer algo más que las crónicas de los cabezas de cartel, me pondrían de patitas en la calle. Yo prefiero pensar que sí se las leían y se echaban unas risas, aunque esto no me lo ha confirmado ni desmentido nadie nunca… ¿Elena?

    3. Posiblemente aquella vez que Thomas Morr me persiguió alrededor de la mesa de la redacción con un Fiber enrrollado en la mano, tras haber escrito en el número anterior que sus pintas eran clavadas a las del abuelito de Heidi. O cuando entrevisté al dueño de Staubgold y a sus artistas, mientras tomaban un baño en pelotas en la piscina del backstage. O aquella vez que, a cuenta de una desbandada general en la redacción, me tocó cubrir tres escenarios a la vez. Menos mal que me tropecé con Pepe Verde. Ejem. También todo lo relacionado con Carmona y Caballero, claro. Y mi charla diaria con Joan Vich.

    4. Hace tres años que no voy por el festival (una mezcla de pereza, fechas complicadas y desinterés por el cartel), pero la última vez el público extranjero ya superaba con creces al español, así que no sé hasta qué punto tiene sentido que el Fiber siga existiendo. El Fiber pertenece a una época en la que el indie en España era (o pretendía ser) más inocente, en la que el FIB era EL festival, y en la que internet no tenía tanta potencia como ahora mismo (¿o es que alguien recuerda blogs con descarga directa en 2005?). Hoy la realidad es otra: cualquier indie de a pie va por el recinto con un iPhone, saca una foto o un vídeo del concierto que le está gustando, se informa en cualquier blog del artista desconocido que está sonando en tal o cual escenario y sube toda esta información sobre la marcha a su flickr, su Twitter o su Facebook. Además, el público también tiene una mayor cultura musical (sustentada sobre pies de barro, de acuerdo, pero más amplia) y tiene menos necesidad de una guía de uso y disfrute del festival. Así que, de seguir existiendo, debería de convertirse en algo más abierto y relacionado con la web: por ejemplo, un site que se actualizara con entrevistas grabadas sobre la marcha, con contenidos exclusivos, realizados durante el festival, y que dispusiera de foros para que el público expresara su opinión. El papel, por mucho que nos pese, ha dejado de tener sentido.

  • Soy vuestra crisis

    No lo conté. Porque con tanto ir y venir y el trabajo que estoy haciendo en MTV, que no se acaba nunca, no tuve tiempo. Pero quería comentar algo sobre los cines Luna y su flamante ocupación por el colectivo Rompamos el Silencio durante la Semana de la Lucha Social, del que algo comenté en un post anterior.

    Gracias a uno de sus miembros pude realizar, como él la llamó, una visita guiada por las entrañas de este edificio abandonado que, por una semana, fue un lugar social, colectivo y común. Me sentía orgullosa de que algo así sucediera, precisamente ahora, cuando es más evidente mi desengaño con Madrid y los madrileños.

    Gracias al Centro de Medios tanto la okupación como las acciones de los diferentes ejes sobre los que se construía la Semana están bien documentados.

    Que el lugar elegido como centro de operaciones de la Semana fueran los Luna me pareció un acierto, tan simbólico y preciso, que calaba en ese saco de nuestro inconsciente donde los madrileños guardamos los fracasos, las ilusiones imperfectas, los sueños efímeros. Por eso escribí este texto (lo tenéis también en Nodo50 🙂 ) sobre los cines Luna, conmovida tras la visita y deseosa de contar la parte de la historia que me sabía. Y me sé más, pero no la he podido contrastar. El lenguaje es contenido, que no es de blog sino de teletipo, pero de teletipo a mí manera…

    La chapa de los cines Luna bajó, precisamente, en el mes de julio de hace cuatro años. Ocurrió ante la perplejidad de los clientes y vecinos, así como del silencio de los propietarios que rehusaron hacer declaraciones a los medios de comunicación que quisieron conocer los motivos.

    Los Luna se convertían en el undécimo cine en cerrar en la ciudad de Madrid en el año 2005. Agravaba la situación el tratarse de unos cines en versión original de carácter independiente, no pertenecientes a ninguna cadena. Situados al pie de Malasaña, en una zona conflictiva, difícil y reivindicada incansablemente por los vecinos como es la plaza de Sta. María Soledad Torres-Acosta.

    La modificación del Plan General Urbano del Ayuntamiento de Madrid permitió que las salas se conviertan en viviendas o locales comerciales, como está sucediendo en la Gran Vía. Pero para eso había que echar el cierre rápidamente y colgar el cartel de se vende o se alquila, algo que no iba a resultar tan sencillo, como han demostrado los cuatro años de abandono del inmueble.

    El negocio de los cines Luna nunca fue bien a pesar de tratarse del último gran sueño de Emiliano Piedra, quien los construyó a mediados de los 80 después de haber estado a punto de arruinarse en otras ocasiones.

    Emiliano Piedra comenzó a trabajar a los 17 años en el negocio de la distribución de películas y se decía de él que amaba el cine hasta los tuétanos. Fue proyeccionista ambulante durante la posguerra, por los pueblos y en coche de línea. Después fabricó y vendió proyectores. Después, fundó una distribuidora (Brepi Films) y más tarde creó su propia productora (Internacional Films Española). Se hizo amigo de Orson Welles, a quien produjo en 1965 la película Campanadas a medianoche pero, acabado el presupuesto y el plan de rodaje, el director no había terminado la obra. Piedra se endeudó para conseguir una financiación extra donde no la había, para que Welles terminara su película tal y como la deseaba.

    El productor, fallecido en 1991, se había casado con la actriz Emma Penella. Ella fue la dueña de la parte superior del edificio, destinado a las oficinas de Internacional Films Española. Y allí quedaron, abandonados al polvo y al tiempo, al desorden y al olvido, documentos como el que concedía la Espiga de Oro del Festival de Cine de Valladolid, fotografías de rodaje, pósters y kilómetros de metraje, como pudieron comprobar los miembros de Rompamos el Silencio que okuparon el edificio durante la Semana de la Lucha Social.

    La parte baja y el sótano eran propiedad de la familia Soler, inversores valencianos que también poseían los cines Palacio de la Música y Avenida en la Gran Vía y actualmente son propietarios del Valencia CF. Esta parte del edificio fue vendida en septiembre de 2007.

    Eduardo Moreno, presidente de la Asociación de Comerciantes Triball, declaró al diario El Mundo en enero de 2008 que la inmobiliaria Triball, responsable del proceso de gentrificación de la zona, consideraba la transformación de los cines Luna como «origen del proyecto y la base del cambio» aunque habían tenido que abandonar esta idea en espera de que «sus propietarios se unan a la propuesta».

    Pero el barrio quiere un cine donde había un cine, no una discoteca -como estuvo a punto de ocurrir tras el intento de compra del bajo por Smgroup- ni una tienda de ropa. El colectivo Left Hand Rotation ha venido haciendo intervenciones en las carteleras. Para denunciar la instalación de cámaras de vigilancia en la plaza, seleccionaron una serie de películas sobre control social, drogas y prostitución, imprimieron sus carteles y los pegaron en los huecos que antes ocupaban los carteles de las películas que se exhibían. Así, afirmaron que «Lef Hand Rotation reabre los Cines Luna».

    Un aficionado al cine, Álex, recuerda como «emblemático» este cine y no se olvida del ciclo de Monty Phyton que pudo ver allí. Vicente Molina Foix, lloraba a los cines en un artículo de despedida en el diario El País, recordando que allí fue, una tarde, a ver El intéprete, de Sydney Pollack, con la viuda y el cuñado de Kubrick.

    Los cines Luna fueron los elegidos por Rompamos el Silencio para su campaña de visibilización y no podría haber estado más inspirada la elección, ya que permanece en el inconsciente de los que patean la ciudad de Madrid como un abandono injusto, un arrebato en mala hora. A pesar de su mala suerte hay un legado que ese edificio deja, más allá del cine, pero igualmente ligado a la cultura popular: ¿quién recuerda el nombre real de la plaza? Muy poca gente, para los madrileños, haya o no cine, esa plaza se llama la de los cines Luna.

    Centro de Medios.

  • Las hermanas Martín Gaite

    Obras completas: Novelas II y mis notas de la presentaciónAyer tuve la suerte de escuchar a Ana Martín Gaite hablar sobre su hermana. Qué sonrisa y qué mirada contagiosa tiene. Cuánta generosidad y amabilidad. Éramos unos pocos periodistas alrededor de una mesa de banquete pero nos hizo sentir que nos habían sentado en la intimidad de una mesa camilla.

    Lo primero que nos dijo sobre Carmen Martín Gaite fue: «francamente, estoy muy emocionada. Los años van pasando y me parece inaudito que siga viva». Estaba emocionada, y no era la única. Se presentaba el segundo volumen de sus obras completas, la segunda parte de las novelas. «Estaría muy contenta ahora, porque era muy infantil, madura y reflexiva pero también infantil». Nos explicó que le emocionaban los actos, las presentaciones, las fiestas (y por supuesto la feria). «Se compraba ropa y me decía ¿estoy bien? La literatura para ella era una fiesta y una sorpresa, y hoy la sorpresa sería fenomenal, se quedaría con los ojos como platos». Y a mí que aquello me parecía que no le estaba haciendo honor, que había poca prensa, que eran migajas de la atención cultural; algunos se fueron incluso antes de acabar, mientras ella hablaba, y yo sentía que debía pedir disculpas en nombre de mis compañeros que se iban, y que no conozco. Siempre está feo irse ventilando la urgencia de volver a la redacción, o de marchar a otra presentación. Y ahí están siempre esos desfiles.

    «Cuando éramos pequeñas y dormíamos en dos camas en la misma habitación, ella me decía de una cama a otra ‘¿te cuento un cuento?’ y me lo contaba y al acabar me decía que ahora le contase yo un cuento a ella, pero yo no quería, porque tenía sueño y prefería dormirme envuelta en el cuento que me acababa de contar». Y también dice que siempre, desde niña, «iba con un lapicero y un bloc en la mano. ¡Y la gorra! El sombrerito desde niña. Ella siempre con el gorrito, le hacían unos gorritos de punto y se los ponía siempre, en Salamanca hacía mucho frío. Nació con ella puesta».

    A José Teruel le molesta que se hable tanto de Martín Gaite como un personaje y menos de su obra. Pero Ana insiste: «Rafael Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite nacieron así. Nacieron personajes. Y Rafael Sánchez Ferlosio morirá siendo personaje».

    También dijo que se habla poco de su talante universitario. «Era una estudiante nata. Una universitaria nata. La universidad era para ella muy importante. Antes de morir ella estaba preparando un curso de verano para dar en Santander. El mismo día de su muerte habló por teléfono, desde le hospital, con la Universidad Menéndez Pelayo y les dijo ‘si me mandáis un taxi voy’. Por eso me dolió cuando la Universidad de Salamanca no quiso su legado [no tenían espacio, le dijeron] y ahora está en el Archivo de Valladolid y ahí está bien, porque está con sus amigos». Al hilo de los lugares de estudio, fue divertido cuando contó que su hermana «escribía más en las bibliotecas, en casa poco. En la Biblioteca Nacional, en el Ateneo o en el Archivo Histórico. Tenías que hacer la ronda de esos tres sitios para encontrarla, hasta que aparecía la gorra. Mira, ahí está».

    Los entrecomillados están sacados de las notas que tomé durante la presentación.