Manchar por manchar (papel)

Picada por el Puik he escrito un relato para este concurso pero no lo he presentado. Por ello, me premio a mí misma con la publicación en The Last Dance (es requisito del concurso abrir el texto con las primeras líneas de El Quijote). Hay algunos homenajes al Javi y su pueblo mítico, El Romeral, que la semana pasada fue epicentro de un terremoto en la provincia de Toledo: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Aventurero de aquellos, que hoy sin arma ni armadura aún encuentran el coraje para abandonar la meseta toledana en busca de una lucha con más sentido, o al menos de mayor notoriedad. Sus pasos le llevaron a la capital, donde podría diluirse entre unos madrileños, para su sorpresa, no menos áridos que aquellos compadres abandonados en el pueblo, según dedujo de la escasa amabilidad de sus compañeros de viaje. Cazó al vuelo las miradas reprobatorias y los gestos de desconfianza. Se abrazó a si mismo en busca de calor y, arrebujado en el asiento, pegó las mejillas raídas al cristal frío de la ventanilla del autobús de línea. En la Estación sacó sus bultos del maletero sorbiendo la flema y mascullando “¡pachasco!”. Se rió para si. En el pueblo, si uno quiere ponerse al día en actualidad y vida social –quién se ha muerto y quién se ha liado con quién, es decir- uno tiene que ir al Bar. El Bar está en la carretera, lo cual facilita en gran medida el fluir de la información. Pues aquí lo mismo, se dijo, y agarró los cinco trastos enfilando hacia la cantina de la Estación, pensando que allí pronto le informarían de quién es quién en Madrid, quién va de farol y a quién no hay que mentar la madre. Cinco horas después y un poco mareado a pacharanes se propuso encontrar algún pariente que le acogiera en sus primeras noches. Sabía de al menos tres: un primo cartero al que había escrito una carta sin dirección pensando que si no le llegaba directamente cualquier compañero se ocuparía de entregársela; una prima enemistada con la rama materna y con quien su madre le había prohibido establecer contacto, y por último un hijo secreto de su tío el mayor, secreto por decir algo, que más orgulloso estaba la familia de éste, que decían era abogado, que de los cinco vagos chupasangres que había engendrado en el pueblo. Abrió la cartera y sacó el trozo de periódico en el que su tío había escrito un número de teléfono. Buscó una cabina y al tercer intento pudo usar una que no tragara las monedas sin dar línea a cambio. Empezó a marcar el número pero no fue hasta ese momento que se dio cuenta de que difícilmente podía distinguir un 3 de un 6; su tío presumía de una caligrafía historiada que encubría un analfabetismo bochornoso. Probó con lo que Dios a bien le quiso dar a entender pero en ese número de teléfono no conocían a nadie con ese nombre. Tres intentos más con los mismos resultados. A la cuarta llamada escuchó una voz que le resultó conocida, se apoderó de él una oleada de euforia que estalló en pedazos cuando la voz le contestó con paciencia: “Ya le he dicho antes que aquí no vive nadie con ese nombre, ¿pero a qué numero llama?”. Avergonzado, colgó el auricular dejando a la señorita con la interrogación en la boca. Anochecía. Vio a lo lejos una estafeta de Correos y se dirigió hacia ella. En cristal un cartel informaba que sólo habrían por las mañanas. Dio una patada a la puerta, quizá su primo estaba dentro. Buscó un timbre, una puerta posterior, nada. “Pues en el pueblo el cartero cuando no está repartiendo está en la barra del Bar”, lo cual le dio una pista sobre dónde seguir buscando. Palpó el bolsillo y se dijo que algún otro pacharán sí se tomaba a pesar de que el regusto de la bebida le trajo al paladar el ridículo aislamiento al que fue sometido en la cantina de la Estación; sin duda no debía ser costumbre educada contestar las preguntas de un forastero. Por ello decidió volver de nuevo al bar de los autobuses. Recorrió la acera lentamente, arrastrando su equipaje y observando su reflejo en los escaparates de las tiendas ya cerradas. El olor a pescado fresco sobre la acera mojada la resultó halagador y despertó su añoranza. Detenido frente a una pescadería observó, acariciándose la barbilla velludilla que en la gran ciudad no sabían sacar partido a lo que ya se tiene. Sacó un papel y escribió una nota rápida para el dueño de la peluquería contigua: “Estimado peluquero, usted no me conoce ya que soy recién llegado a la ciudad, aunque un día espero que me atienda como cliente y podamos conversar sobre la mejora para su negocio que le propongo a continuación. Los habitantes de mi pueblo disfrutamos desde hace muchos años de un establecimiento gobernado por una mujer muy lista para su cosas. La Pescadería-Peluquería, en un mismo local, así las mujeres pueden cortarse el pelo mientras esperan su turno o viceversa. No debería dejar pasar esta oportunidad”. Y deslizó el consejo por debajo de la chapa. El camarero observó al hidalgo entrar aparatosamente en el local y acodarse en la barra, en el mismo taburete en el que había pasado la tarde. Antes de abrir la boca ya el jefe le estaba abriendo la misma botella de antes. El recién llegado pidió un teléfono y sacó el papelito del número de su bastardo primo abogado. De nuevo una voz ya familiar le pidió cortésmente que dejara de llamar a ese número equivocado. “Una y a casa ¿eh, amigo?”, le advirtieron desde el fondo de la barra. Pues Madrid no es tan grande y ya conozco a mucha gente aquí, pensó. “¡Pachasco!”, rezongó en voz alta apurando el vaso.