Hoy es día de romería, lejos de aquí. Pienso en ello con la nostalgia no del exilio sino del tiempo quebrado, abandonado. Aunque quisiera, no podría recuperar Santas Margaritas pasadas, y aún peor, yo jamás podré recuperarlas en el futuro. Hace no mucho aún resonaba su eco. Y hace poco volvía, llevando a gente. Forman parte de días como hoy, David, los recuerdos del recuerdo del día que dibujaste. Y sin tú quererlo hay algo en nuestros recuerdos, un cuarto de tag que pertenece a otra historia pero que te toca un poco, y también formas parte ya de aquello. Lo curioso es que cuando yo vivía el día grande de Santa Margarita era un pálido reflejo de lo que fue para nuestros padres, que se esforzaban en perpetuar la tradición, sabiendo que era una opaca imitación. Pero a nosotros, los niños, nos funcionaba. No nos dábamos cuenta de la decadencia. Por la mañana dábamos una vuelta por el monte, viendo cómo las familias buscaban sitio entre los pinos, desplegando un campamento de manteles y neveras portátiles. Hacíamos hambre con el olor de las pulpeiras. Papá y yo mirábamos jugar a la calva, hoy más disputada que nunca. Yo miraba las larguísimas mesas de panes y bollos llegados de los pueblos, en especial de Carral, esperando que me compraran algo. Me daba vergüenza pedirlo para no aparentar glotonería y, como siempre solía haber cosas en casa, no me compraban nada. Excepto, de vez en cuando, y ya mayor, un trozo de mi adorada brona. De vuelta a la casa de los abuelos, a quienes nunca conocí, los hombres salían al patio para asar las sardinas. Las mujeres en la cocina hacían tortillas y ensaladas. La tía Irene, que murió hace un par de meses, era la más sargento. Al ser la hermana mayor se veía en la obligación de dirigirlas a todas. Criticaba lo que hacía una, mandaba lo que tenía que hacer la otra, procuraba que la comida jamás fuera escasa, cantaba, se reía de sus hermanos, se metía con ellos sosteniendo un cuchillo en una mano y moviéndolo en el aire. Ella llegaba de la aldea para las fiestas y había mucho cotilleo que airear. En un gesto tan propio de mis tías, paralizan lo que estén haciendo como señal de que hay algo en la narración que va a ser extremadamente revelador. El paso se detiene, el cuchillo deja de pasar el filo por la patata, las manos que se estaban secando con el paño se quedan quietas. A veces se ponían cintas en un cassette con música gallega, las mismas cuatro cintas de siempre. Pero no era necesario y probablemente nadie se ocupara de ello: el barullo familiar tiene su propia musicalidad y lo colma todo. Unas risas se encabalgan con otras, coros femeninos dan paso a los masculinos y se arrebatan la palabra unos a otros. «¡A ver, nena!», la bomba te puede caer en cualquier momento. Los niños asistimos al espectáculo a nuestra bola, queriendo ver los dibujos en la tele, que han retirado para poder aunar tres o cuatro mesas. Algunos se aburren, yo me emociono. Soy pequeña pero ya sé lo que es la melancolía de un pasado no vivido y un futuro frágil. Así que tengo que huir al baño, al patio o al cuartito bajo la escalera para poder escuchar la fiesta desde fuera, con más atención, para disfrutarla más o que no me queme tanto. Me reconozco ahora en un gesto que se ha vuelto mío: la huida. Huir incluso en el fragor del festejo, aterrada de diluirme en él, que es, en realidad, lo que deseo. Alguna biblioteca de mi cerebro todavía conserva los aromas, que me desgarran cuando la vida cruza en mi camino olores semejantes. La humedad bajo la escalera, las sardinas en las brasas, la tierra mojada del patio, los orujos. Y las canciones. La combinación de voces familiares cantando las mismas canciones de siempre en la sobremesa. Unas corrigiendo a las que se olvidaron de la letra. Otras recriminando a mi madre sus faltas con el gallego y la eterna explicación de que estaba prohibido cuando ella estudió y otra que le dice ay, pues ya podrías haber aprendido bien después. Y mi madre, probablemente en venganza, arrancándose por rancheras. Y mi tío Toñolo, que también muriera hace ya años, siguiéndola y ahí todos pero sigo siendo el rey y yo fastidiada, por no me gustaban ni entonces ni ahora y prefería el repertorio doméstico de Fuxan Os Ventos. Que me sabía y me sé pero me avergüenza mi mal gallego, mi poco acento, mi falta de oído. Peor que fregar era ver marchar. Los coches abandonaban las aceras de la calle Río Avia y yo sentía que ahí comenzaba el otoño. Me iba a la cama pensando en los libros, en Madrid, en la lluvia. Hoy siento lo mismo, pero no tengo la fiesta. Qué injusto. Lo sabía, lo sabía.
Tirando al monte
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