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  • Diario del coronavirus (11): En la casa se exacerban los sentimientos

    Diario del coronavirus (11): En la casa se exacerban los sentimientos

    La semana pasada, cuando se puso el foco en las compras desquiciadas y el desabastecimiento de los supermercados, escuché en la radio una entrevista a una persona que representaba algún tipo de coalición del comercio. La locutora le preguntó acerca de los artículos que se agotaban con mayor rapidez, además del papel higiénico, a lo que el entrevistado respondió “no tiene ningún sentido, pero otro producto que escasea es la harina, como si nos dedicáramos a hornear panes en casa, como antiguamente, cuando en realidad ya no sabemos hacer pan”. Lo escribo de memoria pero sus palabras fueron más o menos estas, a las que añadió una explicación de cómo la compra masiva de papel higiénico y de harina respondían en realidad a impulsos psicológicos y no a verdaderas necesidades. Me gustaría contestar a este señor que, respecto al papel higiénico, tiene razón, pero de la extrema importancia de la harina durante el estado de alarma lo sabe cualquiera que tiene hijos e hijas pequeñas: “¿hacemos galletas?” son las dos palabras más poderosas para despegar a los pequeños de la televisión. Tengo fotos de galletas, bizcochos y tartas recién horneadas en prácticamente todos mis chats.

    Hoy Eleonor tenía un humor de perros, se enfadó varias veces conmigo por tonterías, más por ganas de cabrearse y sacar la rabia por algún lado que por otra cosa. O eso me pareció. Solo quería ver series y películas, cosa que hizo durante algunas horas. Cuando dijo que no había ninguna otra cosa en la vida que quisiera hacer, dije las palabras mágicas, y quince minutos después estábamos en la cocina amasando la harina con el huevo. 

    En el confinamiento, los detalles se magnifican, como ya sabíamos por Gran Hermano. En casa de mi amiga M. pasó algo imprevisible, desconcertante, inquietante, bárbaro, prodigioso, sobrenatural: Steven se presentó en su casa. No estaba claro si lo hizo por propia voluntad —un plan previamente trazado por Steven— o fue algo azaroso. M. se disponía a hacer una ensalada, para la que sacó una lechuga de la nevera, que había comprado hacía varios días. Al ponerla sobre la encimera, Steven, contento, decidió dar un paso adelante y asomó los cuernos lentamente entre las hojas, estirando el cuello. El grito de M. podría haberlo oído yo desde mi casa si hubiera estado atenta. Su hija acudió a la cocina alarmada. “¡Es un caracol!”, dijo M. “Lo adoptaremos y le llamaremos Steven”, dijo la niña. A M. le daba asco Steven pero, a estas alturas, ¿quién le niega nada a una niña de 8 años metida en un piso durante diez días? Esa misma noche, el padre aprovechó cuando la pequeña se había quedado dormida para sacar a Steven del tupper en el que ahora vivía y hacerle una foto, con la idea de perpetrar un meme (el cual incorporo a este diario). Durante la sesión fotográfica, Steven se escapó. El padre, desesperado, fue a buscar a M. para explicarle que Steven había huído. Con un clásico “a que voy yo y lo encuentro” (esto no sé si lo dijo, pero no me imagino que sucediera de otra manera), M. se levantó de la cama y empezaron a llamarlo a gritos por toda la cocina, hasta que apareció, lejísimos. “Si no lo llegamos a encontrar, mañana habría habido lágrimas”, dice M. Por no hablar de que a su marido se le habría caído el pelo. M. y su familia fantasean con que sacan a Steven a pasear a la calle. Hoy le he preguntado como sigue. me cuenta que bien, que está en su tupper, que le limpian las cacas, que le ponen comida, que no le sacan al sol porque está nublado. “Sentimientos exacerbados”, que decían en aquel programa de televisión.

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  • Diario del coronavirus (10): La teniente Ripley no tendría miedo

    Diario del coronavirus (10): La teniente Ripley no tendría miedo

    Para saber cuándo fue el último (y único) día que había salido de casa durante el estado de alarma, he tenido que buscarlo en las entradas de este diario. Cuando quise contarle al charcutero que llevaba no sé cuántos días sin salir, me di cuenta de que era literal: no sabía cuántos eran. En el confinamiento, todos los días parecen iguales.

    Probé un número al azar: “siete u ocho”, dije. Y qué va, estaba exagerando. Eran seis, ahora que los cuento. Como Alberto sale todos los días para ir a trabajar, es él el que hace una parada rápida en el supermercado cuando lo necesitamos. Pero en su día de libranza, dije que yo me encargaría. “Es bueno que salgas, así ves por ti misma cómo están las cosas”, me dijo Alberto, aunque en esas palabras yo creí escuchar un “a ver si cuentas en tu diario algo que hayas visto por ti misma en lugar de rajar lo que te cuentan tus amigas por los chats”. Alberto me había mandado un pdf con los protocolos de salida y entrada de casa, que me estudié el día antes de acometer mi misión. Cosas importantes que dice el protocolo en cuestión de vestuario: chaqueta de manga larga (ok), no llevar aretes ni pulseras (jamás), ni anillos (vale) y recogerse el pelo (en el dibujo sale una señora con moño, así que yo hago lo mismo). Luego está el asunto de la mascarilla. No dejo de recibir informaciones contradictorias. Seguimos teniendo seis mascarillas quirúrgicas en casa pero ya me han dicho en varias ocasiones que no evitan el contagio. El protocolo añade también llevar “paños desechables para cubrir los dedos al tocar superficies”. Me cuesta hacerme a la idea de qué es exactamente un “paño desechable”…, quizá podría haber llevado un paquete de pañuelos de papel…, pero me olvidé. Lo ideal habría sido tener guantes, pero no es el caso. Era tan vergonzosa la cantidad de cientos de guantes de latex y nitrilo que he usado y he desechado en mi vida, debido a mil piel atópica, que desde hace dos años intento apañarme con otro tipo más duradero. Ahora que los guantes están agotados en las farmacias, cuánto he lamentado no tener una caja. Lo que me lleva a pensar en las toneladas de residuos que debe estar generando esta crisis.

    Cuando estoy preparada, con el moño y la chaqueta de manga larga, me doy cuenta de que me da miedo salir. De que no quiero salir.

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  • Diario del coronavirus (9): Esta noche, vemos ‘Pandemic’

    Diario del coronavirus (9): Esta noche, vemos ‘Pandemic’

    Una amiga me ha dejado una clave de Netflix (te queremos mucho, I.) y casi nos da algo al abrirlo por primera vez y ver que el contenido más popular en la plataforma es una docuserie titulada Pandemic. “¡Cómo es la gente!”, ha gritado entre risas mi hija de ocho años, “¡para qué quieren ver en Netflix lo que tienen en la calle!”. Ya, ya, cómo es la gente, le he contestado, mientras la risa se evaporaba y yo aprovechaba la distracción para añadirlo a favoritos y desear que esta noche no se acueste muy tarde, a ver si me la pongo.

    Eleonor está muy contenta con Netflix y ha empezado a ver con su padre un anime de voleibol. Yo he visto dos capítulos de El Vecino y da gracias, porque la verdad es que me sigue sin sobrar el tiempo: necesito traducir 20 páginas diarias de un libro y siempre intento terminar antes de los aplausos, pero no siempre lo consigo. La veo navegar alegremente por los menús de series y películas y yo la miro de lejos, como una diabética que apoya la frente en el cristal de una pastelería. Los aplausos de las ocho en el balcón siguen siendo emocionantes, no me canso. La vida empieza a organizarse alrededor de ellos: el baño, antes; la cena, después. Ayer salimos dos veces, puesto que participamos también en la cacerolada contra el Rey durante su discurso televisado a las nueve de la noche. Y luego un poco más, porque nuestras vecinas del bloque de al lado nos hicieron cantar a todos el cumpleaños feliz a su amiga Sandra, que estaba sola en casa.

    Lo mejor de este jueves (octavo día de confinamiento) ha sido que ha salido el sol y hemos recuperado el balcón. Eleonor se ha instalado en él para hacer los deberes, vestida con su capa de Harry Potter y, junto al estuche, la varita de Ginny, por si tiene que lanzar algún hechizo por si ve algún paseante sin compra ni perro. Lo más reseñable que ha ocurrido ha sido que se le ha caído el lápiz a la calle. Lloró porque quería bajar a por él. Le dije que bajar a por un lápiz caído no era causa de primera necesidad, mientras tuviera otros. Y que si se encontraba con un policía, ¿qué le diría? (Me paro un momento y me parece delirante que esté teniendo esta conversación). Una hora después, regresó del supermercado el vecino del primero y nos habló desde abajo. “¡Se os ha caído un lápiz!”. “Pues sí”, le asentimos desde el balcón. “Os lo dejo en la escalera”. Al final son otros vecinos los que nos acaban haciendo recados a nosotros. Y esa ha sido nuestra gran aventura del día.

  • Diario del coronavirus (8): Se fastidió el plan de la azotea

    Diario del coronavirus (8): Se fastidió el plan de la azotea

    Después de escuchar las empáticas declaraciones institucionales del presidente Sánchez, me he dado cuenta de que he fracasado como presidenta de mi comunidad de vecinos. Me temo que les he abandonado en estos duros momentos. Tomando nota de su tono firme pero esperanzador, propositivo pero agradecido, emocionado pero contenido, he decidido hacer una declaración institucional y pincharla en el tablero del portal.

    Me enfrenté al folio en blanco con la misma inquietud con que lo hago en este diario: ¿qué debería decirles, que sirva para algo? Alberto me ayudó en eso. Me dijo que sería bueno que nos ofreciéramos a hacer recados a los que no se atrevieran a bajar a la calle. Me he dado cuenta de que en eso llevamos una semana de retraso con otras comunidades y que, de haber alguien en esa situación, debía de llevar días comiéndose las cortinas a palo seco. Pero no estaba de más. Junto al piso y letra de mi casa, dejé un espacio en blanco para que otros vecinos solidarios apuntaran sus pisos. Por otro lado, quizá sería bueno saber, dije con tacto y educación, si hubiera algún positivo en la finca, para redoblar la limpieza y desinfección de las zonas comunes.

    Dudé si firmar el escrito con un “¡unidas podemos!” pero temí que me lo interpretaran de manera partidista y a fin de cuentas yo estaba ahí por turno y no por designación popular. Finalmente, me decidí por un escueto “¡mucho ánimo!”, muy lejos de las grandes consignas épicas con las que riega el presidente sus últimos discursos. Cuando bajé a tirar la basura, dicté mi bando publicándolo en el tablón con una chincheta verde. Un rato después, Alberto me preguntó: “pero una cosa, ¿queda alguien en el edificio?”. La verdad es que hemos sufrido muchas bajas desde que empezó el confinamiento. Bastantes vecinos han desaparecido con bomba de humo o permanecen muy silenciosos, arrinconados y quietos. De todas formas, he cumplido con mi deber y puntualmente seguiré informando a mi comunidad (me lean o no) de las novedades en materia de infraestructura, sanidad y cuidados que nos atañen.

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  • Diario del coronavirus (7): “¡Viva el coronavirus!”

    Diario del coronavirus (7): “¡Viva el coronavirus!”

    Hoy me he pintado los labios. Ha sido emocionante. “¿Adónde vas?”, me pregunta Eleonor. “¿Yo? A ningún lado”, le contesto encogiéndome de hombros. Habrá pensado que su madre está loca por pintarse los labios para no salir de casa o que está más loca aún por salir a la calle a saltarse el toque de queda. Mientras me mira silenciosa en el reflejo del espejo del baño, y yo decido añadirle a mi cara macilenta un toque de colorete, noto que su cabecita está valorando una opción o la otra. Sin añadir nada más, sale de allí para dirigirse a su habitación. Cinco minutos después, vuelve. Se ha puesto uno de sus mejores vestidos, una fina chaqueta granate y las medias de nylon de Totoro que tenía por estrenar y que le había regalado su padre. Apunto estoy por regañarle un poco, previendo una más que probable carrera en las medias nuevas, cuando decido contenerme y, en lugar de eso, abro el cajón de los peines y le digo: “quizá hoy sí es el día para cepillarte el pelo”.

    Paso la mañana dedicándole ratos al trabajo y ratos al seguimiento de sus deberes, como los días anteriores. En una peripecia circense, que a ella le encanta, hacemos las dos cosas a la vez. Como la pantalla del ordenador es grande, puedo ponerle los ejercicios que le han mandado en un tercio y, en los otros dos, un pdf que necesito ver y un doc en el que necesito escribir. Ponemos dos sillas juntitas en la mesa del estudio y, al final, acabo dedicándole más tiempo a la reproducción de las plantas (reproduction of the plants, os recuerdo que os hablamos desde Madrid y aquí hacemos a los niños extravagantemente bilingües en natural science) que a lo mío. Yo ya sabía que esto iba a ser así, pero hoy no tengo fuerzas para decirle que no a casi nada. Atención, que aquí viene el momento más dulzón que vais a encontrar en todo este diario. “¡Viva el coronavirus!”, grita, de golpe, mi hija. “¿¡Pero qué dices, niña!?”. El ratón se me cae al suelo del susto. “Viva el coronavirus porque así puedo pasar un montón de rato con mi mami. No quiero que la cuarentena se acabe jamás, jamás, jamás”. Ay. No me digáis que no os lo advertí.

    A las dos de la tarde le digo que ya es suficiente, que la diferencia entre tree, bush y grass ha quedado clara, y que será mejor levantarse para hacer la comida. Me refería a mí, que en realidad casi buscaba un poco de aislamiento en la cocina ante este continuado ataque de mamitis, pero ella lo ha tomado como una invitación. El pescado que saqué esta mañana del congelador estaba listo y podía proceder a enharinarlo. Eleonor me manifiesta su intención de ayudar habiendo metido, con la rapidez de Sonic, las manazas (perdón, manitas) de lleno en el plato del polvo blanco, dejando caer a plomo el lomo de merluza empapado en huevo, provocando en consecuencia un pequeño hongo nuclear cuya onda se expande por su fina chaqueta granate. 

    Argh. Dije que hoy no me enfadaría.

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  • Diario del coronavirus (6): Necesitamos al Ejército para que nos organice los deberes

    Diario del coronavirus (6): Necesitamos al Ejército para que nos organice los deberes

    En aquella inconsciencia de los primeros días hubo un momento en el que dijimos: esto nos va a venir fenomenal para volver al gimnasio. Hacía un par de semanas que no nos veían el pelo por allí. Eso sí, nos dijimos: con precauciones; de sauna, nada. ¿Seguro que sauna, no? Si nunca hay nadie. Tuvimos un momento de duda. Por si las moscas, dijimos en voz baja. Al rato, dijimos ¿y las clases? Hombre, las clases… Después de pensarlo unas horas, convinimos en que quizá el aula de las clases colectivas era demasiado pequeña y se sudaba mucho. Quedaban, pues, medio descartadas, pero no del todo. ¿Bicicleta sí que sí, verdad? ¡Claro! Las bicis sí… Bueno, igual intentando no tocarlas mucho.

    Sí, así éramos en aquellos tiempos en los que nos cuesta hoy reconocernos, y no han pasado ni seis días. De tanto imaginar los gimnasios como no lugares ballardianos, nos hemos acabado creyendo que son lugares de excepción, donde el tiempo ha quedado detenido en una realidad musculosa alternativa. El viernes 13 por la mañana el gimnasio se ponía en contacto con nosotros, “debido a la situación de Madrid” había decidido reducir el horario y suspender las clases. El caso es que, entre la pereza y la precaución, no habíamos llegado a ir. No fue hasta bien entrada la tarde de ese mismo día que recibimos un nuevo comunicado hablando de “la situación” y avisando de que se ven “obligados” a cerrar las instalaciones. En su universo de brillantes teles de plasma sin sonido, reguetón volumen discoteca y elípticas a pleno rendimiento, la situación esa que no se atreven a nombrar es inconcebible.

    Que sepáis que vamos a engordar. Esto es así. (Y no hablo solo de nosotros, vosotros también). Tampoco estoy diciendo que hubiéramos ido mogollón al gimnasio sin “esta situación” pero, en fin, supongo que dentro de unos días acabaremos sacando las esterillas de yoga de debajo de la cama y haciendo caso de alguno de los mil videos e imágenes que nos envían para mantenerse en forma durante la cuarentena. Como nosotros, habréis recibido muchísimas sugerencias sobre qué hacer para no aburrirse estos días. Una cosa os digo: ojalá tuviera tiempo para aburrirme. El trabajo, los deberes, la limpieza de la casa, la comida, los grupos de WhatsApp… estoy agotada. Para colmo, Alberto se ha suscrito a una plataforma digital que antes no teníamos… vamos a explotar.

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    Esta entrada forma parte de un diario personal escrito durante la cuarentena del coronavirus para eldiario.es Puedes leer todas las entregas aquí:
    Diario del coronavirus.

  • Diario del coronavirus (5): Bailes palaciegos en el supermercado

    Diario del coronavirus (5): Bailes palaciegos en el supermercado

    “¿Hace cuánto tiempo que no sales de casa?”, me pregunta Alberto, mientras bajamos las escaleras hacia el mundo exterior. Sin contar el encuentro con el wallapopero y la rápida visita al centro de salud, “cuatro días —le digo—, ¡qué emoción!”. Salimos con el carro y las bolsas para hacer una incursión en el supermercado y la farmacia. Somos como Rick Grimes y Glenn Rhee dejando el campamento para buscar víveres en el pueblo más cercano. Al pisar la calle comprobamos que no hay nadie a un lado ni a otro, nos miramos en silencio y asentimos, con nuestras armas en alto: podemos proceder.

    Camino de la farmacia, el sol nos acaricia con fuerza, el cielo está terriblemente azul y el tráfico es tan leve que me recuerda los maravillosos agostos madrileños, en los que siempre pensamos “¡ojalá fuera así todo el año!”. Pues toma: agosto en marzo. Coronavirus, gracias. Está todo tan tranquilo que no puedo evitar pensar en todas esas amenazas invisibles: la radiación, la contaminación, el polen, el capitalismo salvaje. Por un segundo me monto una película en la que nos lo estamos inventando todo, pero al llegar a la farmacia sí que hay algo muy raro.

    “Ojito con el pomo de la puerta”, le digo a Alberto, innecesariamente porque le han puesto un tope para que se quede siempre abierta. Pegado al cristal, un cartel advierte que solo se puede entrar de dos en dos. Metemos la cabeza y, como no hay nadie, entramos. Pero tampoco podemos hacerlo mucho. Los farmacéuticos han levantado una barricada de un metro de alto entre ellos y nosotros con todos los displays publicitarios que han podido encontrar. “¡Bonita exposición de carteles que nos habéis puesto aquí!”, les dice Alberto, un poco a voz en grito por si no nos oímos bien. El farmacéutico se ríe y contesta: “no sabemos ni lo que ponen, pero oye”. “Pero oye” quiere decir que cumplen bien su función, que está claro que esa es su línea de defensa y que más allá no te puedes acercar. Mientras Alberto pide sus pastillas, miro los carteles, o más bien los carteles me miran a mí, pues son siete u ocho caras más grandes del tamaño real, sonriendo ampliamente porque se les revierte la alopecia, no se les despega la dentadura postiza y la piel se les va a poner suavecita.

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    Esta serie forma parte de un diario personal que escribo cada día durante el confinamiento en casa por el coronavirus. «Diario personal» significa que no es un artículo periodístico ni un reportaje ni una columna de opinión ni un relato de ficción, aunque tenga una pizca de todo eso.

  • Diario del coronavirus (4): El virus sigue y Wallapop también

    Diario del coronavirus (4): El virus sigue y Wallapop también

    Y vosotras, ¿cuántos mamá/hora aguantáis? ¿Y vosotros? Yo, cada día menos. Voy perdiendo energía, como un coche viejo. Los tres primeros días de confinamiento han sido muy poco productivos, plagados de distracciones, tanto para mi trabajo como para las Matemáticas de Eleonor, que siguen estancadas en los mismos polígonos que antes de ayer. Afortunadamente, llega el fin de semana y no cambiará el escenario pero podremos entregarnos al ocio sin remordimientos.

    Ayer lo dejamos en que tenía que ir al médico. Alguien me había dicho que estaban llamando de los centros de salud para cancelar las citas, así que pasé la tarde nerviosa, ensayando en mi cabeza cómo explicar a la persona que me llamara que necesitaba ver a mi médico sí o sí. No me llamó nadie. Llegué al centro de salud y, por un momento, me asusté al ver la chapa bajada. Al acercarme, me di cuenta de que habían cerrado las puertas de doble hoja que se empujan con las manos, para habilitar como única salida y entrada las automáticas. Se abrieron a mi paso y, antes de llegar a la zona de consultas, me detuvo un simpático auxiliar protegido con mascarilla y guantes. Destaco que era simpático porque mi centro de salud es conocido por el carácter agrio de sus auxiliares, lo que me hizo pensar que lo acababan de contratar o de traer de otro lado. Le habían puesto un despachito en el pasillo y detenía a todo el que pasaba por allí. Me preguntó mi nombre y el de mi doctor y comprobó que aparecía en la lista. Pensé, fugazmente, en una discoteca en la que en una ocasión no me dejaron entrar. Tachó mi nombre con un marcador y me preguntó qué me pasaba. Como lo tenía ensayado, le solté del tirón lo del colon irritable, lo del abdomen, lo del costado y lo de otras cosas que no comentaré aquí por ahorraros la molestia. “Vale, vale, ¿pero tose o tiene fiebre?”, me interrumpió. “¡No, hombre no! Si lo mío es intestinal”. “Pues pa’ dentro”, me dice, con un salero jamás visto en ese ambulatorio.

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  • Diario del coronavirus (3): Hemos dado positivo en piojos

    Diario del coronavirus (3): Hemos dado positivo en piojos

    ¿Cuántas semanas llevamos sin colegio? Ah, no, que son solo dos días. Pues ya estoy agotada. Mi hija Eleonor y yo nos hemos vuelto a levantar a las 7 de la mañana. Mi plan era el de ayer: desayunar rapidito y empezar el día con alegría pero, a la que me he descuidado, mientras me desembarazaba de mi propia pereza, me he encontrado a Eleonor con la Play encendida y enganchadísima al Horizon Chase Turbo. No eran ni las 8. Mientras le lanzaba los primeros reproches del día, me ha enseñado un menú en el que podía escoger diferentes circuitos de coches ubicados en su lugar correspondiente en el globo terráqueo. “Guau —me dice—, no sabía que Hawai era una isla en medio del océano”. Entonces me he callado y he pensado que con esto convalidábamos la lección de geografía del día.

    Un colacao, cinco galletas, una punzada de culpabilidad porque hoy en el desayuno del cole habría tomado tostada con tomate, y una partida de Horizon Chase Turno más tarde, le metí prisa para pasar por el baño antes de las 9 (hora a la que comienza mi jornada laboral) y abordar la importante epidemia de la que hablábamos ayer: los piojos. En el grupo de WhatsApp de la clase se han mandado amenazas serias si no se aprovecha la cuarentena para acabar con la plaga de una vez. Estaba segura de que no tendría, que se estaba rascando por un champú mal lavado. Mentira. Nueve. Nueve piojos me sonrieron desde la lendrera hoy por la mañana.

    En cuanto encendí el ordenador y me senté en mi silla, me llegó el primer “¡¡mamá!!” desde el otro lado de la casa. Me levanto. Es que no había arrancado ni el sistema operativo. Resulta que (ella) no entendía nada de los deberes que le habían puesto (yo, tampoco) y a las 9:37 ya nos estábamos gritando la una a la otra. Mucho.

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  • He contagiado a eldiario.es

    He contagiado a eldiario.es

    Como sabéis, empecé el diario del aislamiento por el coronavirus en Madrid aquí hace unos días. Pero el virus se mueve rápido y mi diario ha contagiado a eldiario.es. Así que sigo contando el día a día cotidiano de cómo vivimos en casa este estado, que no es de excepción, aunque es excepcional. Pero oficialmente, a partir de mañana, será Estado de alarma. (¡¡Como si no estuviéramos ya lo suficientemente alarmadas!!).

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