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  • Para que las lágrimas no te nublen la vista

    Venía caminando hacia casa, leyendo, a oscuras, por la calle, y algunos recuerdos me apartaron de la página. Bajé el libro y seguí caminando. No sé cómo había llegado hasta allí, cruzando los páramos de la memoria, pero me descubrí recolectando momentos de este mes en los que había sido intensamente feliz. Los admiraba desde fuera, como un forense aprecia el cadáver antes de clavar el bisturí. En mi caso, un buril. No quería desgarrar nada. Hubo una mañana de domingo en el que la pequeña jugaba en los columpios y su padre la observaba en silencio. Yo leía el periódico sentada en el banco con una postura que me hacía parecer la dueña de esos tablones de madera, como si bo hubiera diferencia entre estar allí o en el salón de casa. La misma infinita y cálida tranquilidad. También creo que soy feliz cuando escribo. En el proceso de redacción existe un estado de concentración absoluta que alcanzas cuando llevas un rato amasando. Y entonces el texto te atrapa. Y tú te quedas atrás. Es probable que ese sea el único momento en mi vida en el que consigo no pensar en dos cosas a la vez. Cuando toda la atención reside en las palabras, el tiempo se ralentiza y las líneas ganan tres dimensiones. Pasan del dibujo a la arquitectura. Tu texto ya no es un edificio, sino una ciudad. Me acuerdo bien del salón de escritores del Hotel Sirena en Segovia. U hoy mismo, con lo ocurrido en la frontera entre Turquía e Irak con los kurdos. O ayer, con Maragall. Qué octubre tan intenso. También viví de manera enajenada el momento del corte del cartel de «VENDIDO» en el balcón de casa. En lugar de ver la escena desde mis ojos creía estar viéndola desde la mirada de un videoaficionado que graba uno de esos vídeos donde la gente parece feliz, y es feliz. Esa no puedo ser yo. Esta no puedo ser yo… en cambio me parezco mucho a mí, me oía pensar en medio del delirio.

  • Carver a mí

    Estoy en las últimas. Por la cabeza me rondan capítulos de Veronica Mars y estoy pensando que cuando llegue a casa me voy a ver un par de Prison Break. Mañana trabajo, así que hoy no es viernes. Mi segundo recuerdo sobre Raymond Carver: Estoy en la Biblioteca del barrio, en Canillejas y tomo de una estantería Catedral. Comienzo a leer distraidamente y, cuando vuelvo a la realidad, he leído cinco páginas y sigo de pie, junto a la estantería. Me lo llevo. Otra cosa sobre Carver: A veces busco sus libros en casa, hasta que me doy cuenta de que no los tengo, que nunca los he tenido, porque me los leí prestados de la biblioteca. Antes de ayer Juan me manda un enlace al New York Times. Yo contesto: «Qué bueno» pero le he soltado una mentira, por decir algo. En realidad me he puesto triste. Luego me acordé de mí, de pie, junto a la estantería de novela internacional de la Biblioteca del Centro Cultural Buero Vallejo, leyendo a un Carver que hoy resulta que no es tan Carver y sí un poco Gordon Lish y un poco Tess Gallagher. Para saber de qué ve la historia, leed este artículo que he escrito sobre el asunto y esta entrada en el Blog de Cultura de ADN.es.

  • Intertextualidad entre comensales

    El día de hoy ha transcurrido bajo la sombra, arropadora, de Raymond Carver. Arropadora porque basta leer una página de este escritor para influenciarse de él pero inquietante, alargada, porque la escritora, colaboradora y viuda -segunda viuda- del autor, Tess Gallagher, impone una revisitación de sus textos originales.

    De eso hemos hablado hoy -y de mil cosas más, claro- en Cultura pero hay interrogantes que se quedan en el aire. Durante el mediodía he estado leyendo Carver y yo, el libro de Tess Gallagher que acaba de llevar a las estanterías de las librerías Bartleby (una editorial que, por cierto, nos ha citado hoy en su web) y he empezado a comprender mejor qué era aquello de la intertextualidad, aludida en los últimos tiempos no como concepto de colaboración sino como coartada para el plagio.

    «La literatura no es un circuito cerrado, es un universo de diálogos que se entrecruzan», escribe Gallagher en un texto recogido en este volumen.

    La historia que hemos contado hoy tiene que ver con cómo un editor mejoró las brillantes ideas de un escritor al que supo pulir magistralmente; el propio autor admitió la mejoría pero se asustó de las consecuencias de esta simbiosis por miedo al qué dirán.

    Carver, desde nuestra perspectiva, parece un escritor que no puede, debe ni quiere quedarse solo. Que necesita de un acompañante para ser mejor, para ser Carver.

    La relación autor-editor no es una relación entre iguales. Y por eso Carver se avergonzó y la ocultó. No ocurrió así, en cambio, con el trabajo que desempeñó junto a Gallagher. Una relación amante-amante, escritor-escritor, esposos que conservaban sus casas respectivas para no perder independencia, que escribieron al alimón, que se corrigieron mutuamente, aunque, Tess no lo niega, el principal beneficiado de esta relación fue Carver, al igual que ocurriera en otros casos similares como el de Anaïs NinHenry Miller o Simone de BeavoirJean Paul Sartre.