Hoy he hablado un poco sobre esto y se ha quedado impregnado en el aire. Necesitaba escribirlo. Sigue abierta la brecha del debate que intenta delimitar hasta qué punto nos sentimos cómodos en el mundo real destapando nuestra intimidad en el mundo sobre expuesto del weblog. Hoy ambas dimensiones han vuelto a rozarse, provocando un agujero negro. Llevo escribiendo The Last Dance cuatro años y medio y sé que en el pasado he sido descuidada y despreocupada con las confesiones. A raíz de ciertos incidentes me he blindado y esto que muestro responde a lo que quiero dejar ver, a lo que me puedo permitir transparentar; admito que entrelíneas se escurre mucha información incontrolable como granos de arena entre los dedos. La Elena Cabrera pública es un invento y una proyección. Convierto el exhibicionismo en una forma de expresión literaria, fingidora. (Porque el poeta es un fingidor, como me encanta citar mil veces, que no lo digo yo, lo dice Pavese). Y el conjunto, al foto, es un moderno show de teatrillo. Esta mañana he estado en una reunión con una conocida empresa que tiene una estupenda herramienta de gestión de blogs. El encuentro fue genial y avanzaba suave, apasionante y, por muchos motivos que no podría explicar aquí, liberador. He de decir que debería haber relacionado y atado cabos mucho antes -¡días!- pero mi mala memoria hizo bien su trabajo así que no fue hasta que no estuve allí mismo que reparé en quién era uno de mis dos interlocutores. Álvaro llevaba un rato explicándonos cosas cuando mi cabeza salió de la niebla y me di cuenta de que era Furilo. Y entonces me sentí aún mucho más cómoda que antes, prácticamente en familia. En una de estas curvas conversacionales mi atención disminuyó y pude verme desde fuera. Desde hace más de un año tengo que mantener dos identidades: la propia y la que que ha de sostener mi cargo en la empresa en la que trabajo. Ninguna de las dos puede imponerse a la otra en ninguna circunstancia (en la oficina no puedo dejar de ser yo misma: con mis tonterías, mis fobias, mis planes y mis pasiones. Viceversa: Obvio). En ese bajón de atención, digo, pensé que el reconocimiento pudiera ser recíproco: ¿Se daría cuenta de que su interlocutora es la msima que…? No deja de ser parte de la obra exagerar el asombro cuando los dos mundos, vuelvo al comienzo, se entrecruzan y, así, lo llevo al esperpento… Pienso en mis fotos en bragas, mis delirios románticos, mis torturas psicosomáticas, la interpretación de mis sueños, las fotos de mi casa… y son cascotes que caen desde el cielo a la sala de reuniones como fuselaje de un avión que se estrella ahí mismo.
Sobre la intimidad y la secreta identidad
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