Muere la periodista Elena Cabrera a los 101 años

Elena en República Dominicana

Esta noche ha fallecido, mientras cerraba los ojos para escuchar con mayor atención un disco de Depeche Mode, la periodista madrileña Elena Cabrera a los 101 años.

Siempre quiso ser periodista. Como ella mismo contó cuando veía la oportunidad: de pequeña jugaba a las redacciones. En el camping de Valdemorillo, donde pasaba los fines de semana entre caravanas, avances y mobilhomes, organizaba a un grupo de niños y niñas de nueve o diez años para que se dispersaran en busca de noticias y le trajeran sus crónicas para el cierre. La mesa de redacción era una roca inmensa a la sombra de unas encinas. «¡He encontrado un hormiguero gigante!». «¡Esto irá en primera plana!», contestaba la joven directora.

La única cosa que le gustaba más que el periodismo era la música. Por eso, de manera natural, sin haberlo planificado, antes incluso de acabar la carrera de Periodismo (que, en realidad, no acabó), se convirtió en periodista musical.

Entrevistó a muchos grupos, cubrió muchos conciertos y festivales, escribió sobre muchos discos. Sus juegos de infancia se volvieron más reales cuando le dieron la oportunidad de dirigir un periódico diario en el Festival de Benicàssim, un proyecto loco que ella vio nacer en la Sala Maravillas, donde trabajaba algunos fines de semana en el ropero.

En una fiesta de Nochevieja, alguien se llevó el abrigo de otra persona. Al final de la noche, cuando solo quedaba un abrigo por recoger y no era de la última persona que quedaba en la sala, se llevó una bronca gigantesca. Esa madrugada le grabó a fuego una mentira: puedes esforzarte mucho en cuidar los abrigos de 300 personas durante una noche, pero si te equivocas solo en uno, todo tu trabajo valdrá una mierda y habrás pasado la peor noche de tu vida.

Ella era así. Un solo error pesaba más que cien aciertos. Se hundía en sus equivocaciones con demasiada facilidad.

Ya de mayor, empezó a entender el papel que su padre había jugado en esa autoexigencia desmesurada. Elena perdió a su padre a los 14 años, a causa de una hepatitis C cuando no existían los fármacos que la curaban.

Elena nunca fue una niña de notas extraordinarias. Si traía un 6, un 7 o un 8, su padre le decía que se había esforzado poco y podía hacerlo mejor. No recordaba que él se pusiera contento por sus aprobados. En una ocasión, su padre vino a buscarla al colegio y Elena salió con el boletín de notas en la mano. Se lo entregó y él miraba hacia el frente, de manera seria y distante. La profesora había añadido un comentario al pie: «Elena demuestra apatía en las clases».

«¿Qué es apatía, papá?», preguntó la niña. El padre le explicó que es cuando las personas no demuestran ilusión o entusiasmo por las cosas, no tienen ganas de vivir.

Su padre tenía una enfermedad crónica que le deterioraba. Le dijo a su hija que moriría con esa enfermedad. Lo que no le dijo es que moriría por esa enfermedad. Por ello, el día que murió, Elena no entendió nada. Nadie le dijo que iba a morirse.

Es posible que nada cincelara más el futuro de Elena Cabrera que la ocultación de la gravedad de la enfermedad de su padre. De adulta, le resultaba inmanejable la irritación que le provocaba no enterarse de las cosas. «No sabía eso», «eso no me lo has contado», «¿por qué no me has dicho eso?» fueron algunas de sus frases más repetitivas.

Cabrera hablaba bajito y poco claro. Su dicción era confusa, y esto es algo que ella odiaba. La frustraba y la desesperaba. Hubiera querido hablar como una actriz de teatro. Si algo le apenaba era ser tan mala cantante. Desafinaba malamente. Y aún así, fue cantante en un entrañable conjunto de tecnopop de nombre Sukiyaki.

Con Sukiyaki grabó canciones y realizó conciertos cuando ella tenía unos 25 años. Pasados los 45, volvió a la música. Se compró una guitarra eléctrica y fue feliz sacando ruido de ella. Después, el teclista de un grupo de cierta fama con el que había compartido escenarios tiempo atrás le regaló un teclado Venom, con el que pudo seguir haciendo canciones.

Elena se sintió una niña huérfana toda vida. Esta ausencia le inyectaba una gran melancolía y desvalimiento. Vivía bajo la amenaza de la pérdida. Sentía miedo. Sentía pena. Sentía culpa.

Pero, sobre todos sus defectos, el que más detestaba era el miedo al ridículo.

Fue así hasta el día que cumplió 51 años. Aquel 17 de abril de 2026, decidió que su vida sería diferente. Decidió cantar aunque desafinara. Decidió hacer canciones aunque fueran malas. Decidió escribir sin pensar en el qué dirán. Decidió dejar de ponerse minas en su camino para pisarlas después.

Los otros 50 años de vida, Elena fue feliz. Disfrutó de la vida junto a su compañero Alberto Monreal, que vivió también hasta los 101 años. Y junto a su hija, la mejor persona del mundo, Eleonor Monreal, la cual sobrevivió a sus padres en todos los sentidos: en edad, en jovialidad, en humor y en sabiduría.