Autor: elenac

  • Diario del coronavirus (30): El regreso a la normalidad anormal

    Diario del coronavirus (30): El regreso a la normalidad anormal

    A veces se hace necesario mentir a los niños, pero no sé si por su bien o por el de sus padres y madres. Me pareció importante retomar, de una manera laica, el tema de la resurrección e imponer este Lunes de Pascua como día oficial de regreso a la normalidad anormal. “¿Habría habido colegio el lunes?”, preguntó mi hija, alzando una ceja en señal de sospecha. “Por supuesto que sí”, le contesté, sin que me temblara la voz.

    La videollamada familiar en grupo del domingo por la noche me puso de los nervios. Con cara de resignación, Eleonor les dijo: “¡y mañana, cole!”, lo cual recibió una avalancha de voces, por suerte convertidas en un ininteligible barullo, que contradecían esa información. Que si mañana es no lectivo, que si patatín y que si patatán. Tuve que usar todas mis dotes de gesticulación, e incluso imponer mi voz autoritaria sobre todas las demás, para que no me desmontaran la resurrección del lunes: mañana se vuelve a las tareas y no se hable más. Y, efectivamente, hoy hemos vuelto a la rutina mañanera, empezando por completar lo que se quedó a medias antes de las vacaciones. Se trataba de hacer una redacción en inglés sobre cómo era nuestra vida hace 30 años. Como parte de la investigación, Eleonor debía hacerme preguntas sobre aquel entonces. “Es que en 1990 era todo más o menos como ahora”, le dije, sintiendo que se me habían pasado tres décadas en un suspiro. Había muchos coches y contaminación, emitíamos gases que provocaban efecto invernadero, las teles ocupaban mucho espacio, no había internet y los que tenían teléfono móvil lo llevaban en el coche. Además, no existía Madrid Central. Sin necesidad de pensarlo mucho, Eleonor se declaró gran fan de su momento: “2020 mola más”. Y eso que estamos sufriendo una pandemia terrible y lleva un mes sin salir a la calle. “Te acordarás de estos días para siempre, se te quedarán grabados”, le dijo Alberto al mediodía. Ella nos miró como diciendo “no es para tanto”. “Lo recordarás mejor de lo que yo recuerdo los años 90”, pensé. Vivir el confinamiento con un niño en casa es duro, pero creo que en el fondo es más llevadero: lo desdramatizan todo.

    Repasando las tareas pendientes, encontré un correo de una de sus profesoras con el enlace a un juego educativo con retos para hacer durante el confinamiento. Se llama The COVID19’s Battle y cada semana se va ampliando con nuevas misiones. Lo han realizado profesores de seis colegios de la Comunidad de Madrid y me parece impresionante. El tiempo y esfuerzo que habrán invertido en ello ha debido de ser importante. Si pudiéramos reunir en un solo lugar todo este tipo de cosas que se está inventando  el profesorado sobre la marcha, en toda España, nos quedaríamos en shock. Así que iniciar la primera misión del juego, que sucede en Wuhan, ha sido una buena idea para este primer día de desentumecimiento intelectual.

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  • Diario del coronavirus (29): Poca harina para tanta España

    Diario del coronavirus (29): Poca harina para tanta España

    Sospechas que has dejado a tu hija ver durante demasiado tiempo videos de Los Polinesios cuando se pasa el día hablando con acento mexicano. “Hablas con acento mexicano”, le digo a Eleonor. “No, eso no es cieeerto, mamita”, me contesta. “¿Qué me has llamado?”, le pregunto. “Mamita, mamita linda”.

    Estoy deseando que acaben las vacaciones de Semana Santa para volver al colegio virtual (por llamarlo de alguna manera) y darnos (a todos) una segunda oportunidad para conseguir una rutina de estudio, la cual en estos días ha saltado por los aires. Ha venido bien para desestresarse, disfrutar del no hacer nada, entregarse a la flojera, acostarse a las tantas viendo una película y levantarse muy tarde, cuando en el cuerpo no quepa más sueño. Pero ahora temo que mis argumentos no convenzan a Eleonor y decida quedarse a vivir en los videos de Los Polinesios para siempre.

    Este fin de semana no funcionó, ni siquiera, la repostería. “¿Hacemos galletas?”, le digo, invocando las palabras mágicas. “Hazlas tú que yo me las como”, me dice, con acento fresa del DF. La miré con cara de perro. “Mamita linda”, añadió.

    Os voy a decir una cosa que muchos ya sabréis: lo de los panes y los bollos se ha vuelto imposible. Dos veces ha regresado Alberto del supermercado sin harina de fuerza. “La sección repostería estaba arrasada, tendrías que haberla visto”, me dice. En mi barrio, los sobres de levadura es el nuevo patrón oro. Mi amiga A., que hace unos bizcochos impresionantes, se quedó sin ella y tuvo que bajar a la calle en una operación limpia y rápida. Como si fuéramos la CIA siguiendo su escaramuza desde la situation room, recibimos una visual muy clara de la cola de espera para entrar en el supermercado. A. dijo que no quería comprometer la misión exponiéndose al fuego enemigo durante tanto rato, por lo que abortó el plan inicial y se fue a buscar otra tienda abierta. Encontró una, extrañamente vacía, se dirigió a la estantería adecuada con la rapidez que solo un agente entrenado puede tener y se llevó los dos últimos sobres de levadura. Probablemente esos eran los dos últimos sobres de levadura del barrio, quizás incluso del distrito. Hemos sabido que en el piso vacío de una amiga común hay más levadura e incluso un paquete de harina de fuerza. Estamos evaluando las posibilidad de éxito si hacemos una incursión en helicóptero.

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  • Diario del coronavirus (28): Si rompemos los eslabones, todo se desmorona

    Cada día miro mi cuenta bancaria. ¿A qué se parece? ¿Os acordáis cuando íbamos a una fiesta en una casa y el anfitrión os pedía que, por el camino, comprásemos una bolsa de hielo? Llegábamos al sitio y los hielos se quedaban dentro de la bolsa, mientras los alegres invitados meten la mano con despreocupación para llenar sus copas. Al principio no lo sabíamos, porque los cubitos estaban congelados, pero poco a poco se va creando un charco sobre la mesa, ya que en realidad la bolsa tenía un pequeño agujero. La fiesta se prolonga hasta la madrugada y, de nuestra estupenda bolsa de hielos pesados y contundentes, apenas quedan unas babosas frescas y un reguero de agua fría.

    Incluso si nunca os han pedido subir una bolsa de hielo, estoy segura de que muchos sabéis de qué os hablo. El último dinero de la media nómina de marzo se agota y me pregunto cuándo llegará mi prestación por desempleo debido al ERTE por fuerza mayor. Busco en la página del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) y encuentro un PDF que advierte que el Registro de la Administración General del Estado y el propio SEPE están saturados. Mientra se acerca peligrosamente la fecha de cobro de la hipoteca me pregunto si le puedo enviar al señor banquero ese PDF como justificante de impago. Le imagino tirándome cubitos de hielo desde su montículo de oro: “¡quédese en casa, señora Cabrera y cumpla con sus obligaciones!”.

    Hoy se me ha ocurrido meterme en la sede electrónica del SEPE y he comprobado que no hay ninguna solicitud de prestación pendiente a mi nombre. Pinta mal la cosa. Por seguir con lo de la fiesta, es como si algún gracioso hubiera cogido la bolsa con el agua derretida y me la hubiera hecho caer por la espalda. Si el confinamiento va para largo, me temo que la llegada de la prestación, también.

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  • Diario del coronavirus (27): El matrimonio más cool del mundo

    Sabes que tu chico te quiere cuando sale a la calle y vuelve con un bote de gel hidroalcohólico por 15 euros. Una de las cosas bonitas de la pandemia es que hemos aprendido a resumir las palabras “desinfectante para no tener que lavarse las manos” en una sola. Y, además, sabemos dónde va la tilde.

    Me acuerdo mucho del día, apenas quince días antes de que estallaran las infecciones en España, en el que mi hija Eleonor intentó colarme un bote de gel hidroalcóholico olor frambuesa, por tres euros, en la cola del supermercado. “¡Dónde vas con eso, que es muy caro!”, dijo la madre tacaña. Ahora recuerdo ese momento, una y otra vez, como un flashback en una película mala. Moraleja: hay que hacer más caso a las niñas.

    Porque lo que es yo, salir a la calle, no salgo mucho, la verdad. Y eso que nos queda solo un huevo, la leche está a punto de terminarse y necesito pan para las prometidas torrijas, una repostería que cada día aplazo al siguiente, sabiendo que esta Semana Santa, como las de mi infancia, dura eternamente. La verdad es que no he hecho torrijas en mi vida pero necesidad obliga, y este año mi suegra no vendrá a casa cargando un doble táper: unas cuantas sin canela para mí, y el resto para su hijo. Hacer torrijas es algo muy de suegra, pero he sabido que en estos días hay vecinas que se prestan como madres postizas. Así le ha pasado a mi amiga M. (la del caracol Steven) cuya vecina ha llamado a su puerta con sendas bandejas de este opulento pan frito. Como suele suceder en estos casos, creo que el marido de M. musitó un “me gustan más las de mi madre”.

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  • Diario del coronavirus (26): Tren con destinación a ninguna parte

    No sé si os habéis dado cuenta, pero estamos de vacaciones de Semana Santa. Me pregunto si los niños y las niñas que tengáis alrededor son tan inflexibles con esa circunstancia como mi hija. Si le pido que se acueste pronto, que haga deberes o que se quite el pijama me contesta que la deje en paz, que está de vacaciones. “¿Pero me quieres decir qué diferencia hay entre esta semana y la anterior?”, le pregunto. “No me hagas tantas preguntas, que estoy de vacaciones”, es todo lo que me contesta, mientras gira de nuevo su cabeza hacia el televisor. Por no pelearme con ella, me peleo conmigo misma: ¿le contesto lo que creo que una madre responsable debe decirle a su hija o la dejo en paz, que es exactamente lo que yo querría que hicieran conmigo? En medio de este debate, me acordé de algo que dijo mi viejo compañero Antonio Martínez Ron en una entrevista antigua pero que leí ayer: “les digo a mis hijos que coman fruta de postre y me como un helado a escondidas”. Esa confesión resume muy bien esta sensación de no acabar de ser la madre a la que le dan el título homologado para ejercer. No sé los hijos de Antonio, pero la mía me pillaría comiendo el helado y exigiría dos para ella: el primero, por justicia y el segundo, por castigo por comer a escondidas.

    Mi máxima aspiración es que Eleonor dedique algo de tiempo a la lectura. ¿Recordáis eso que dicen de que los niños imitan lo que ven en casa? Pues no es cierto. Hoy me ha dicho: “mamá, te vas a poner enferma de tanto leer”. Ese es el momento en el que la madre diplomada aplasta la cabeza de la otra Elena con un puñetazo sangriento y manda a la niña, con voz severa y un amago de extorsión, a buscar un libro a su habitación. Vuelve con un cómic de Hora de aventuras y me digo: vale, admitamos el punto medio.Además de ver anime, películas, Jackass y videos en YouTube, estos días Eleonor hace stop motion con los playmobil, se graba a sí misma haciendo un fanfiction de Paquita Salas, peina a las Nancys, hace volteretas en el sofá y pinta un dibujo. Un único dibujo. Me lo ha regalado. Es un dibujo de un AVE de Renfe. Al principio no lo entendía. Después, entre las brumas de una vida pasada, me llegaron los recuerdos de aquellos días en los que a las ocho de la tarde intentábamos, sin éxito alguno, comprar billetes baratos para Barcelona, precisamente para irnos de viaje esta semana. Cada día, Eleonor vivía con emoción el momento en el que nos poníamos delante del ordenador y le dábamos a recargar la página. Tras el fracaso de los primeros días dejé de hacerlo, convencida de que era imposible, pero ella, cada noche, todavía me preguntaba si lo había conseguido. Pensé que, como a mí, aquella vieja ilusión de viajar en Semana Santa se había evaporado. Hasta que he visto este dibujo. Como en un juego de transparencia, por la parte de atrás de la hoja se veía el interior del tren. Una conductora llevaba a una alegre niña a algún destino emocionante. Mi hija se había ido de viaje esta Semana Santa.

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  • Diario del coronavirus (25): Distancia de rescate

    Diario del coronavirus (25): Distancia de rescate

    No me gusta hablar por teléfono. Esto es un problema si eres teleoperadora, periodista o  tienes familia que vive lejos. De las tres, yo cumplo las dos últimas, pero dado que parece que se avecina una nueva crisis en el sector, no descarto hacer un pleno al quince en el futuro. Como en la estupenda novela de Javier Mestre sobre la precariedad del periodismo en España: Fábrica de cuentos. En ella, las responsabilidades familiares empujan a una joven periodista a abandonar su profesión para al menos vivir con la seguridad de una nómina a fin de mes como teleoperadora. Me gustaría recomendaros su lectura para estos días pero, a no ser que tengáis el libro comprado con anterioridad, no sería responsable hacerlo. Os podríais apuntar el título y sumaros a la campaña que circula en el mundo del cómic llamada #YoEsperoAMiLibrero. En cuanto reabran las pequeñas librerías, en la medida de nuestras posibilidades, estaría bien visitarlas y compensar un poco estas semanas de pérdidas.

    Vi el hashtag anoche en Twitter e Instagram durante mis más de cuatro horas de terco insomnio. También me encontré con la fotografía de José Ignacio García que mostraba la sección de cultura de un supermercado acordonada y forrada de plástico. Decía este diputado de Adelante Andalucía que “un país que no considera la cultura como de primera necesidad es un país que está jodido”. Lo mismo es que sí que estamos un poco jodidos, José Ignacio. Esta foto terrible, que da hasta miedo si amas los libros como parte de tu vida, coincide en el tiempo con la decepcionante intervención pública del ministro de Cultura, tan ausente y profiláctico como la sección del supermercado. Me pareció que el ministro Uribes nos decía que no era el momento para la cultura, que ahora hay que estar a lo importante. Es verdad que los médicos salvan la vida de los enfermos, pero el arte cuida la vida de los sanos. No se puede poner la cultura en pausa, envuelta en plástico como los muebles cubiertos por telas de una casa deshabitada indefinidamente. Necesitamos mascarillas pero también relatos sobre enmascarados

    En mi insomnio de anoche solo podía leer vuestras cosas y mirar vuestras fotos. Salí al patio de Twitter y me encontré con otros sonámbulos. Fue como abrir la ventana en plena noche. Coincidí con un vecino despierto, Diego Fonseca, que os escribe por aquí unos relatos durante la pandemia. Como aquel tipo que sale al balcón con un megáfono cada día a decir “me aburro”, Diego estaba allí, en esa enorme habitación llena de gente pero, en verdad, solo, gritando que tenía “insomnio marca Stress del Virus de Mierda”. Le dije que yo también. Diego me confesó que tiene cuatro textos muertos “ahí”, “sin resucitar”, del “daily de eldiario.es”. Y añadió un emoticono de hombros encogidos donde yo no vi un emoji sino al propio Diego Fonseca hundiendo el cuello, con los ojos rojos, resoplando. Pero es que en la noche no se puede hacer nada, “solo hay parálisis”, le contesté. En la noche se puede bailar, beber vino, tener fantasías, vivir romances, follar o masturbarse, pero no puede uno levantarse y decir: voy a aprovechar este insomnio (marca Stress del Virus de Mierda) para terminar de escribir esos cuatro textos muertos que tengo por ahí.

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  • Diario del coronavirus (24): Vuestra carencia de fe resulta molesta

    Diario del coronavirus (24): Vuestra carencia de fe resulta molesta

    Que me dice mi padre por teléfono que lo del Gobierno es un sindiós, que no se ponen de acuerdo, que cada uno solo tira para lo suyo, que si primero dicen una cosa y luego la otra, que hablan más de lo que hacen y hacen menos de lo que parece. Y yo me callo y pienso: pues si te parece que el Gobierno lo hace así, tendrías que ver cómo son las noches en mi casa para encontrar una película que nos guste a todos.

    El verdadero problema de la clase media en España es que tiene demasiado para elegir. La libertad consiste en poder escoger entre ver una película de Netflix o una de Amazon Video. La democracia es el poder que nos otorgamos a nosotros mismos, como ciudadanos de un mundo sin barreras, sobre el mando a distancia. Qué digo libertad, voy más allá: la felicidad. ¿Qué es la felicidad si no un televisor conectado a un cable? ¿Quién quiere derechos fundamentales teniendo plataformas y tarifa plana?

    Como dice un amigo mío, del que os hablaré más adelante: “ten cuidado de no ahogarte con tus propias convicciones”.

    Cuando cae la noche, en casa nos proponemos ver algo que nos guste a todos. A estas alturas del confinamiento ha quedado claro que eso es imposible. Alberto quiere ver películas chungas en las que una amenaza desconocida e invisible atenaza de miedo a los protagonistas. Yo quiero ver películas de intriga con detectives y mujeres malvadas, y Eleonor solo quiere ver películas de risa (a ser posible que incluyan movidas tontas y chistes escatológicos). Después de 45 minutos discutiendo, con la oposición en bloque votando no a todas las proposiciones no de ley, acabamos viendo un capítulo de la serie de burradas y estupideces Jackass. Solo espero que no les pase lo mismo en el Consejo de Ministro.

    Transcurre la Semana Santa por nuestra cuarentena como un tambaleante paso de la procesión del silencio en un pueblo de la España vacía. Hoy me he levantado antes que nadie, he abierto el balcón y he inspirado la tranquilidad del Madrid durmiente, introduciendo en mis pulmones una dosis baja de dióxido de nitrógeno. Y, en ese momento, me he acordado de Manuela Carmena. Yo, como el alcalde Almeida, he pensado que “de ver actuaciones anteriores se aprende la cercanía que hay que tener en estos momentos”. Y, por eso, he decidido hacer magdalenas.

    Magdalenas-elefante.

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  • Diario del coronavirus (23): Confieso haber hecho un ‘live’

    Diario del coronavirus (23): Confieso haber hecho un ‘live’

    Tiradme tartas de nata a la cara: hoy he hecho un live. No me he podido contener. ¡Lo han visto cuatro personas en directo! (Muchas me parecen, para tanta oferta audiovisual). Hoy hemos tenido un día muy ocupado. Antes de levantarme de la cama valoré la opción de reparar la escayola del techo del cuarto de baño, pintar una pared de la habitación de Eleonor y, viniéndome muy arriba, darle una capa de barniz a algún trozo del parqué. Envuelta en la burbuja protectora del edredón, me vi capaz de eso y más. ¿Y si me pusiera a terminar de digitalizar las cintas VHS? El video lleva años conectado al ordenador, sacándome la lengua con una cinta a medio introducir, desde hace aproximadamente tres años. ¿Y si ordenara a fondo los armarios de la cocina? ¿Y si me animara a revisar y tirar mis viejas agendas? ¿Y si escaneara el álbum de fotos de mis padres? Eran las nueve y media de la mañana y me sentía todopoderosa.

    Al final, no he hecho ninguna de esas cosas, pero he hecho un live. Dadme la bienvenida al mundo de los grandes egos y la innecesaria saturación digital. Gracias, queridos followers. En realidad, estoy exagerando, porque el directo ha durado cinco minutos y el que ha dado la cara ha sido Alberto, al que he arrojado a los leones vilmente. El live ha sido solo el prólogo de unas cuantas horas de radio desde casa. Alberto y yo llevamos años haciendo un podcast muy loco titulado Pobres Chavales, que consiste en dedicarle un capítulo a cada disco de Depeche Mode y hablar de él hasta que no podamos más. Esto da por resultado episodios que duran entre tres y cinco horas. Eso solo lo aguantan los muy fans pero, afortunadamente, hay muchos más depecheros de los que os podéis imaginar. Siempre hay uno escondido en algún rincón inesperado. De hecho, hay una presidenta autonómica que lleva la portada de mi disco favorito de Depeche Mode tatuado en el brazo, pero no hablemos ahora de la pésima gestión de la crisis del coronavirus en Madrid, que no es el momento.

    Programas de radio tan largos no son fáciles de hacer, pues necesitan su tiempo de preparación, grabación y edición. El coronavirus nos ha dado la oportunidad de dedicar el día a lijar y barnizar la mesa de la entrada o a hablar varias horas de nuestro grupo favorito. Adivinad qué hemos elegido. El caso es que tampoco nos sobraba el tiempo: teníamos que hacerlo encajar entre la videollamada de celebración del “cumpleaños en remoto” de O., una amiga de nuestra hija Eleonor, y los aplausos de las ocho, hora límite para toda actividad productiva en esta esta casa (a excepción de escribiros estas líneas, un ritual que cada día sucede a una hora más tardía; perdonadme, compañeros). Así pues, preparamos nuestro pequeño estudio de grabación en una habitación y esperamos a que Eleonor cantara el cumpleaños feliz para empezar a grabar pero, en lugar de eso, salté con la idea del live, no pude reprimirme. En él, saludamos, hablamos un poco de la importancia de la música en el confinamiento, mostramos cómo nos las apañamos para grabar y enseñamos nuestros libros de Depeche Mode. Pese a la reducida audiencia que convocó, me provocó una loquísima ilusión de salida al mundo; ahora comprendo de dónde viene el desenfreno por los directos estos días.

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  • Diario del coronavirus (22): Está todo todavía tan oscuro en Europa

    Diario del coronavirus (22): Está todo todavía tan oscuro en Europa

    Dice mi amigo F. que amenaza con lanzar una tarta de nata montada a todos los que hacen lives de Instagram. Lo dice el mismo día que en el chat de la clase de mi hija, L. ha echado a rodar un challange en el que retó a A. a que hundiera su nariz dentro de un bol de nata montada. Una hora después, apareció un video de A., efectivamente, hundiendo su nariz en un bol de nata montada y retando a su amigo J. a que hiciera lo siguiente: A. coge el bol con las dos manos y se lo coloca en la cabeza, bocabajo, mientras su madre, que graba el video, dice “¡no, no, no, no, no!”. A. levanta el bol y deja sobre su pelo un chorreante sombrero de nata. Pensé que a la hora de escribir estas líneas no tendría nada más que contar pero J. aceptó el reto, anunciando que a sus padres les parecía regular porque luego tendría que bañarse (J. no lo dice, pero en estos días hay mucho lavado de manos pero duchas, las justas). Sin pensarlo, J. se colocó un cuenco con nata a modo de bombín y pasó la bola, retando a que el padre de su compañero T. le hiciera lo mismo que su propio padre estaba a punto de hacer: entrando en plano, un brazo introduce la boquilla de un bote de nata en la boca de J. y rellena al niño como si fuera un buñuelo. Si a lo largo de este artículo hay alguna novedad, os lo haré saber. Espero que el reto no llegue a Eleonor, pues acabo de ir a mirar a la nevera y nuestro bote de nata está lleno de moho. (Un clásico). Le cuento todo esto a Alberto y me dice: “ah, pues eso puede hacer el reto más interesante”. Y así pasamos el domingo. El vuestro, ¿qué tal?

    Yo entiendo a F. No se puede estar todo el día live arriba, live abajo, que si videochallange, que si videollamada de los amigos, de la familia, de los abuelos, de los primos, de los compañeros de la EGB…

    En casa hemos recibido el anuncio de la extensión del estado de alarma sin sorpresa alguna, como quien pierde un tren que tampoco tuviera mucha intención de coger. Ya no apunto en el calendario del frigorífico cuando va a acabar esto, no vaya a tener que volver a hacer una tachadura. Pero con esta prórroga ya ha quedado claro lo que había desestimado en un principio: mi cumpleaños, a mediados de abril, me va a pillar enclaustrada. Tampoco pasa nada, no soy de montar fiestas en mi cumple, lo que me fastidia es lo terriblemente inútil que soy haciendo predicciones. Cuando se cancelaron los primeros cumpleaños familiares, les dije: “no pasa nada, ya los celebraremos todos a la vez, junto al mío”. Ahora me da la risa. Le leí a alguien, no sé a quién, que miramos nuestros yoes del inicio de la pandemia con condescendencia. Ay, Elena, que no te enteras.

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  • Diario del coronavirus (21): El mundo de las segundas primeras veces

    Diario del coronavirus (21): El mundo de las segundas primeras veces

    En el universo alternativo en el que nunca existió el COVID-19, hoy hubieran comenzado las vacaciones de Semana Santa. Los niños y las niñas habrían traído ayer las notas y habrían arrastrado unas mochilas con sobrepeso, cargadas con todos los cuadernos, libros y fichas acumuladas en el colegio durante el segundo trimestre. Alberto habría empezado sus vacaciones y se habría ido de acampada con sus hijas, tal y como tenía previsto desde hacía semanas. Yo me habría quedado en Madrid trabajando, sacándole partido a una casa silenciosa y vacía, aunque fuera solo por unas breves horas al día. Al llegar el jueves, habría disfrutado yo también de unos días festivos con Eleonor, mientras Alberto volvía a su trabajo. Pero no sé qué habría hecho con ellos, jamás he sido buena planificando a medio plazo.

    En cambio, en la variante del multiverso en la que escribo este diario de nuestro confinamiento, debido a la cuarentena por un virus letal que se expande rápida y feroz por toda la humanidad, todos los días son iguales, estamos todos en casa y no hay más acampada que la que tenemos montada en el sofá. Hay un nexo de unión entre ambas realidades: las notas del trimestre han llegado. ¿Y cómo? Ah, eso sí que ha sido una aventura y no la de Rick y Morty saltando de la dimensión C-137 a la 35-C: a través del sistema Roble. La Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid tiene un sistema informático llamado Raíces. Según los profesores, se rumorea que se llama así porque en ella no hay manera de encontrar lo que buscas. La plataforma de Raíces desarrollada para poner a las familias en conexión con el colegio recibe el nombre de Roble y se está implementando este año. Si pensáis que le pusieron Roble pensando en que no hay un árbol más duro que se caiga menos, os equivocáis. Al tercer o cuarto clic, Roble empieza a dar errores de fallos en el código. Además, a algunos usuarios les ha sido imposible loguear; a mí me llevó 20 minutos. Otros 20 minutos necesité para conseguir salvar los callejones sin salida con aviso de error y, finalmente, encontrar el boletín de notas. Esta ha sido una evaluación corta y extraña, como será seguramente la tercera. Al menos, tengo la impresión de que los profesores han sido benevolentes.

    Dije que todos los días son iguales, pero Eleonor no está dispuesta a perdonar las vacaciones. “¡Hoy ya no tenía clase!”, se queja cuando le recordamos la tarea pendiente. Extrañamente, también protestó cuando le dije que comería lo mismo en casa que le tocaba en el comedor del cole. Le he dicho a Eleonor que decida en qué universo quiere vivir, que no puede estar abriendo portales interdimensionales sin ton ni son.

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