Autor: elenac

  • Diario del coronavirus (20): Mi piso en ‘El hoyo’

    Diario del coronavirus (20): Mi piso en ‘El hoyo’

    El confinamiento es una oportunidad para dejar de ver series y volver a las películas. En el genial artículo que publicó Pedro Almodóvar en este periódico, el cineasta nos recomendó que viéramos alguna de Brian de Palma (que no sea La dalia negra). Ojalá le hubiera hecho caso. En lugar de eso, vi El hoyo. Antes de cenar, Alberto preguntó “¿vemos hoy El hoyo?”. Y yo contesté con un alegre “¡vale!”. Después de cenar, me repreguntó: “entonces, ¿vemos El hoyo?”. Y con la misma inconsciencia y alegría volví a contestar lo mismo. Ahora me doy cuenta de que ese “entonces” que incorporó a la segunda oportunidad que me dio para cambiar de opinión escondía algo más. En realidad, se expandía en una frase más larga que diría algo así como: “¿estás segura de que te apetece ver una película tan chunga en las condiciones pandémicas en las que vivimos ahora mismo?”. Y yo habría vuelto a decir “¡vale!”, porque la pura verdad es que no me acordaba de qué iba la película, tan solo de que tenía muchas ganas de verla.

    La vimos en Netflix. Como ocurrió con Pandemic, la película de Galder Gaztelu-Urrutia aparecía entre lo más popular de la plataforma. Precisamente hoy mis compañeros de Cultura han escrito un artículo al respecto. Es un peliculón, sin duda alguna, pero os aseguro que es el tipo de película que mi psicóloga me habría prohibido ver durante el confinamiento. Me pregunto si nos arrojamos a ese tipo de distopías y catastrofismos durante estos días simplemente para pensar, cuando llegan los títulos de crédito, que no estamos tan mal, que podría ser peor. En ese sentido, la película por la que me han entrado unas ganas potentes es The Omega Man, que me encanta. Es una de las adaptaciones de la novela postapocalíptica Soy leyenda y en ella vemos a Charlton Heston como el último hombre vivo, en Los Ángeles, después de que un virus haya acabado con la humanidad. ¿Veis? No estamos tan mal.

    Una cosa buena para quitarse de encima esta sensación findemundista es practicar un poco de yoga por la mañana. Seguro que muchos ya lo hacéis, pero a Alberto y a mí nos gusta la música oscura, las películas chungas, el spleen como alegría máxima, los escenarios industriales y las fantasías postapocalípticas. Vernos mutuamente en chándal haciendo “ohm” es quizá lo más radicalmente opuesto a los anhelos de nuestras almas románticas. Y, sin embargo, aquí estamos. Haciendo “ohm”. Superada la vergüenza inicial, la verdad es que está muy bien. Ya lo habíamos planeado la noche anterior: mañana madrugamos, desayunamos y hacemos yoga, nos dijimos, plenos de optimismo. En verdad, pasaban de las 12:30 del mediodía cuando sacamos las esterillas de debajo de la cama y nos plantamos los tres delante del televisor. Afortunadamente, no hay fotografía de esto. Eleonor se había puesto un vestidito con medias (sigue arreglándose cada día como si la hubieran invitado a cenar a palacio), por lo que hubo que mandarla de vuelta a su habitación para que regresara con un atuendo más cómodo. Comenzamos: al principio es fácil, solo hay que hacer respiraciones y el “ohm”. A los diez minutos, nuestra hija, que sentía más vergüenza (de sí misma y de sus padres) que pereza, ya había convertido lo suyo en una pista de circo. Cinco minutos más y comenzó a quejarse de que aquello era imposible de hacer. Se dedicó a boicotearnos lo que pudo y, un rato después desapareció hacia su habitación para volver, al poco, acicalada con el mismo vestidito de antes. Prefería hacer deberes de lengua que hacerse un nudo con el saludo al sol. Nosotros aguantamos, con dignidad y tesón, los 45 minutos de la clase virtual. Si tuviera que calibrar en términos de El hoyo la experiencia de hacer yoga con mi familia mirando el televisor, lo colocaría en el piso 35, más o menos. ¡No está nada mal!

    Sigue leyendo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (19): La paciencia infinita de la perra Kira

    Diario del coronavirus (19): La paciencia infinita de la perra Kira

    Cuando en el chat de madres y padres de la clase de tu hija empiezan a mandarse fotos de copas de vino y cerveza, un martes por la noche, es que hemos tocado fondo. Querría pensar que es una manera de anticipar el brindis por lo que podría ser la “fase de estabilización” de la curva… aunque me parece que el pie de foto se parece más bien a “mira, de verdad, ya no puedo más”.

    Después de escribir ayer sobre las reacciones de las niñas y los niños ante estos casi 20 días de confinamiento, recibí un mensaje de mi hermano en el que me sugería que escribiera también sobre los animales de compañía, encerrados junto a las personas en pisos y casas, sin poder razonar con ellos sobre por qué hacemos esto. Para los animales, un factor de calidad de vida son los metros cuadrados y, en la ciudad, estos no son suficientes. A veces, tampoco en el campo.

    Mi hermano vive, junto a su familia y una border collie llamada Kira, en un pueblo de la Comunidad de Madrid. “Hay que tener en cuenta que de un día para otro se le ha cambiado sus costumbres y no entiende los motivos”, me escribe mi hermano, acompañando una foto, que publico también aquí, de Kira mirando por la ventana, como hacemos todos nosotros estos días. El border collie es una raza de perro particularmente activa, lleno de energía y atlética. Les encanta correr y brincar. Mi hermano vive en una casa con una pequeña parcela alrededor, lo cual podría servir de desahogo a Kira si no fuera por dos cosas: la lluvia, que ha llegado a ser incluso nieve en estos días; y algo peor: la procesionaria, esas orugas peludas y tóxicas que crean sus nidos en los pinos y en los meses de abril bajan al suelo para darse garbeos, caminando enganchadas como si formaran vagones de tren. Adivinad qué le gusta comerse a Kira cuando la dejan suelta por el jardín.

    Sigue leyendo este artículo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (18): Elogio de la lentitud

    Diario del coronavirus (18): Elogio de la lentitud

    Le digo a mi hija que por favor le mande un video a su amiga A. que está agobiada de estar tantos días en casa. “Yo también”, me contesta con cara de pena. “¿Tú?, pero qué dices, si estás encantada de estar en casa”, le contesto. Y me devuelve una carcajada de las suyas mientras me contesta: “es verdad, ¡me gusta estar en casa!”. La verdad es que diría que está estupendamente, contenta de no madrugar, feliz con sus películas y sus videollamadas, si no fuera porque cada día noto que le cuesta más dormir y le acechan temores nocturnos. Le pregunto de qué tiene miedo y me contesta: “de los monstruos… de los monstruos de afuera”.

    Los niños y las niñas llevan 18 días sin salir de casa y las fisuras de su fortaleza empiezan a aparecer, en cada caso de manera diferente. Me consta que hay niños muy inquietos que lo están pasando mal, que les sale el temperamento de manera inesperada o que les invade una melancolía indefinida.

    G., una amiga de Eleonor de su misma edad, decidió convocar a su familia a una reunión “para hacer propuestas de cosas que deben mejorar en esta casa”. Se curró toda la logística: invitaciones, etiquetas identificativas para los participantes y un catering para después de la reunión. Para que todos los miembros de la familia pudieran asistir a la reunión sin riesgo de ser detenidos por las autoridades en el pasillo, G. preparó unos salvoconductos para acceder al salón. También pidió a los invitados que llevaran gráficas, lo que demuestra el poder de penetración de las curvas del coronavirus en nuestro imaginario, incluido el infantil. eldiario.es ha tenido acceso a estos asombrosos documentos. La infografía dibujada por G. refleja la evolución de la hora de acostarse cruzada con el “como lo que quiero” y el “hablo lo que quiero”. El análisis de estos datos arroja una tendencia al alza en la autodeterminación y la autarquía. De hecho, durante el cónclave posterior, G. defendió que “el valor de la casa” mejoraría mucho si sus padres la dejaran comer, hablar y dormir a su antojo. Por el contrario, las curvas de la madre arrojan un acusado descenso en “planes con amigos”, un moderado incremento de “platos para fregar” y un notorio ascenso en el número de “bailes”. Achaco a la extrema variación de temperaturas que estamos teniendo estos días, la acuciada vulnerabilidad de la curva “helado”. Fuentes conocedoras de los detalles de la reunión han dado a conocer a este diario que la asamblea consensuó la ingesta de “un helado gigante con varias bolas, nata montada y toppings” en cuanto sea posible salir de casa. Aunque nieve.

    Sigue leyendo este artículo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (17): Todos los días olerán a fin de semana

    Diario del coronavirus (17): Todos los días olerán a fin de semana

    Mi hija hablando con su amiga O. por videollamada: “O., ¡en esta casa solo hemos comprado papel higiénico una vez!”. Pocas veces he visto a mi hija tan orgullosa de su familia. Después de dos días locos de videollamadas a cuatro por WhatsApp, sacrificando amigos y escogiendo a otros a razón de una llamada nueva cada tres minutos, mi hija de 8 años ha descubierto Zoom, lo cual ha girado el tema de conversación del “¿a quién llamamos ahora?” a “te he puesto algo por el chat privado”. Entre risa y risa, asoman esas otras expresiones de lo extraordinario filtrándose en lo cotidiano, como lo del papel higiénico, o las visitas guiadas por la casa: “mirad, en esta caja dejan mis padres los zapatos cuando vienen de la calle” o “mirad, esta es mi mascarilla” o “mirad, hemos comprado tres paquetes de harina y hoy hemos hecho galletas OTRA VEZ”.

    Ahora que Eleonor pasa más tiempo hablando con sus amigas que con nosotros, nos deja algo más de espacio para aprovechar los ratos libres del confinamiento, que no son muchos. Alberto se ha entregado en cuerpo y alma a catalogar todos sus discos en Discogs. Discogs es una web colaborativa en la que los usuarios incorporan todas las ediciones que se han hecho de todos los discos del mundo. Además, tiene un mercado en el que puedes vender y comprar con otros usuarios. Gracias a esta tienda de segunda mano, te haces una idea aproximada del valor de tus discos (en el caso cada vez menos improbable de que nos venga otra crisis por delante y haya que empezar a vender (otra vez) lo único que tenemos de valor en casa). De esa manera, cada cierto tiempo Alberto levanta el brazo, elevando un disco sobre nuestras cabezas y diciendo en voz alta “¡30!”, “¡90!” o “¡120!”. En una ocasión ha mostrado un disco de la misma manera, pero no ha dicho nada. He mirado la portada y nos hemos quedado en silencio. Eleonor, desesperada porque había algo que no entendía, ha preguntado “¿¡qué pasa!?”. Alberto estaba sujetando un disco en solitario de Gabi Delgado, cantante del legendario dúo alemán DAF, que tanto nos gusta, y que ha fallecido esta semana, sin que se conozca la causa de su muerte. El confinamiento comenzó con la muerte de otra persona de la música, importante para nosotros: Genesis P-Orridge, de los grupos Throbbing Gristle y Psychic TV, a causa de la leucemia que padecía. Aunque ambas muertes, en principio, no están relacionadas con el coronavirus, vivimos con el corazón encogido, sintiendo que nuestros seres queridos (los allegados y los lejanos) son más vulnerables que nunca.

    Tengo tres tíos que viven en una residencia de la tercera edad, a 600 kilómetros de mi ciudad. Hoy es el cumpleaños de un de ellos, mi tío L., que cumple 80. Allí vive junto a dos de sus hermanas, mi muy querida tía A., que desgraciadamente sufre mal de Alzheimer, y mi tía I., que cada día habla menos. Me cuenta mi tío que el aburrimiento es lo peor que lleva: ya no solo no puede salir a dar una vuelta por la calle, sino que, como medida de prevención, tampoco puede utilizar las zonas comunes, ni dar una vuelta por los salones o pasillos. Solo baja al comedor y después se ve confinado en su habitación, sin otra cosa que hacer que ver la televisión, cosa que tampoco le motiva.

    Sigue leyendo este artículo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (16): Arden los móviles

    Diario del coronavirus (16): Arden los móviles

    Aunque nos fascinan las videollamadas holográficas de Star Wars, pertenezco a una generación (o a un tipo de persona, no sé) que no deja de sentirse incómoda al ser observada. La de mi hija, no. (O que ella es de otra pasta, eso también habría que valorarlo). Estos días mi móvil echa fuego y no será porque yo lo use mucho. Cuando suena el sonido de videollamada en el WhatsApp, Eleonor se levanta corriendo porque sabe que es para ella.

    Contesta y aparece la cara de una compañera de clase. Casi todos los días habla de esta manera con su gran amiga L. Hoy ha sido Eleonor quien la ha llamado y, un rato después, han acabado haciendo lo mismo que habrían hecho si hubiesen estado juntas al lado de una pantalla: poner videos de YouTube. La rudimentaria (pero efectiva) tecnología utilizada por mi hija consistió en enfocar con el móvil la pantalla del ordenador. Y así, han pasado media hora poniéndose los videos que han visto mil veces: el Gangam Style de Pocoyó o el Pen-Pineapple-Apple-Pen de Piko-taro. Las mismas risas de la primera vez. Normalidad absoluta.

    Un rato antes, llamó la madre de dos hermanos mellizos. Nos saludamos y en seguida Eleonor estaba haciendo ese gesto con los dedos de “trae pacá”. La conversación entre ellos consistió, además de una rápida puesta al día sobre los deberes, por lo que pude oír de lejos, en boicotearse tapando la cámara con el pelo. O algo así. No se habían visto desde que empezó el confinamiento y estaban contentos, puede ser que esa fuera la manera de reinstalarse en la normalidad. A esta hora del día, las comunicaciones ardían y la cosa ya estaba imparable. Todavía no habíamos comido y, antes de que yo pudiera reclamar mi móvil de vuelta, ella ya estaba videollamando a sus abuelos, con los cuales estuvo hablando mientras ellos y yo preparábamos nuestras respectivas comidas.

    Sigue leyendo este artículo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (15): La amenaza fantasma

    Diario del coronavirus (15): La amenaza fantasma

    Faenas domésticas que no quieres que te pasen durante la cuarentena: caries en las muelas, que se rompan las gafas, una infestación de chinches en casa, una gotera, que tu hija tenga deberes de flauta, que se te caiga el móvil al váter, que se desconfigure el router, que se rompa la lavadora. ¿Qué llevarías peor? A mi amiga M. le ha pasado al menos una de estas cosas, si no dos.

    M. está en cuarenta preventiva junto a su marido y sus dos hijas pequeñas debido a que un compañero de trabajo dio positivo. Eso quiere decir que no pueden ni bajar a por el pan. De todas formas, están perfectamente, no tienen síntomas y no parecen enfermos. Por si su vida no fuera lo suficientemente complicada, M. trabaja en la televisión y es una de esas titanas que está montando programas con todo el equipo desde sus casas. Que luego lo vemos y decimos “mira, qué gracioso, cada uno en su casa” (de hecho, mi hija Eleonor dice “me encanta la cuarentena porque así puedo ver dónde vive la gente de la tele”) pero sacar un programa así, y que quede bonito, no debe ser fácil.A M. se le ha roto la lavadora… con la ropa dentro. ¿Verdad que habíais sentido un escalofrío cuando lo leísteis en el primer párrafo? En estos tiempos de desinfección brutal, millones de lavadoras en todo el mundo giran y giran enérgicamente varias horas al día. El día que su lavadora decidió cometer alta traición, M. se había acostado a las cuatro de la mañana preparando el programa que tenían que grabar. No sé si esto es una cosa solo mía, pero lo voy a confesar y así lo vemos: a mí los electrodomésticos siempre me han dado miedo. En algún curso de la EGB tuve un libro de lecturas en el que había un cuento que se titulaba La rebelión de los electrodomésticos. Un cuento de terror. La nevera se comía lo que tenía dentro. La lavadora desgarraba la ropa. La batidora arrancaba dedos. Bueno, quizás no era tan así pero se quedó enganchado a mis pesadillas de esa manera. Posteriormente, la canción homónima de Alaska y los Pegamoides siempre me ha dado mal rollo.

    Sigue leyendo este artículo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (14): Medicina contra el ‘terribilismo’

    Diario del coronavirus (14): Medicina contra el ‘terribilismo’

    Recordarán mis sufridos lectores que con el coronavirus ya encima pero antes de que se decretara el estado de alarma, no me quedó más remedio que acudir a mi médico de cabecera por una crisis de irritación intestinal. Tengo todo el repertorio de enfermedades somáticas que se me pueden ocurrir: dermatitis atópica, caída del pelo, ansiedad y síndrome del colon irritable. Aunque seguro que hay alguna más que todavía no he catado y que ahí está, agazapada, esperándome. Probablemente no soy la persona más relajada del mundo. Tampoco es que sea nerviosa. Digamos que me atormento más de la cuenta.

    Por otro lado, ¿cómo no somatizar enfermedades con estos escenarios catastróficos en los que vivimos? Desde la autoexigencia como madre y periodista en equilibrio precario hasta la vida en el estado de alerta, pasando por el sufrimiento animal, las relaciones familiares, las apariencias sociales, la necesidad de estar permanente informada, los residuos que se nos van de las manos, el capitalismo que aprieta, el envejecimiento, el miedo a la muerte y todos los libros que no me da tiempo a leer. Por resumir un poco. Supongo que a muchos y a muchas os es familiar.

    El caso es que, en estos días, el dolor ha estado yendo y viniendo. La verdad es que aquella copa de vino que me tomé tras la involuntaria sugerencia del charcutero, no ha ayudado. Decía una amiga en Twitter, y otra la secundaba, que extrañamente a lo que habría imaginado, durante el confinamiento no le apetece beber. Que se imagina más tomando unas cañas en una terraza. A mí me pasa lo mismo, pero me imaginé saboreando ese oloroso Ribera del Duero junto a mi queso favorito y no pude evitar zambullirme en la fantasía. Y luego, como todas mis ensoñaciones, cuando se convierten en realidad pierden toda la magia. Si al vino le sumamos los cafés (descafeinados) con leche y azúcar que me estuve desayunando durante toda la semana, así como los yogures y el queso mencionado, me acabé convirtiendo en la peor enemiga de mi intestino. Resultado: vuelvo a estar fatal.

    Sigue leyendo este artículo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (13): La mujer enmascarada

    Diario del coronavirus (13): La mujer enmascarada

    Poco antes de que se declarara este escenario extremo en el que vivimos, la editorial La Felguera publicó un libro premonitorio: Algunas cosas oscuras y peligrosas. El libro de la máscara y los enmascarados. Me habría encantado leerlo en estos días, pero no me dio tiempo a comprarlo. A pesar de ello, pienso mucho en este ensayo del carismático Servando Rocha, quien dice sobre la máscara lo siguiente: “hemos sentido una y otra vez su presencia, en ocasiones amenazante pero siempre fascinante”. Tras la máscara se esconde la anarquía, el terror, la magia o la superheroicidad. Pues bien, yo, hoy, he salido a la calle más enmascarada que nunca.

    Con una de las seis mascarillas que nos quedan. Con mi único par de guantes de nitrilo. Con el abrigo cerrado. Con el moño apretado. Con mi carro medio roto. Con mis bolsas de basura acumulada desde hace tres días. Con mi miedo. Con mi protocolo. Con mi curiosidad. Con mi móvil.

    Mi móvil. Ese lugar que habitualmente ya alberga 30 veces más bacterias que la taza del váter, guarda también la lista de la compra. ¿Habéis probado a manejar un móvil con guantes de nitrilo? No es fácil. Al entrar en el supermercado, una vigilante me detuvo en la puerta para echarme gel hidroalcohólico en las manos. Le mostré mis guantes azul brillante para que viera que no hacía falta y me dijo “sí, sí, por encima”. Obedecí y me froté un guante contra otro, mientras el gel se escurría en goterones hacia el suelo. Fui en busca de unas verduras y en ese momento la megafonía recordó que era obligatorio el uso de guantes de plástico en la sección de frutería. Me miré mis extremidades y pensé que si me habían puesto alcohol sobre los guantes, debería también ponerme guantes de plástico sobre mis guantes de nitrilo. Y así lo hice. Y entonces… ¿habéis probado a manejar un móvil con guantes de plástico encima de guantes de nitrilo? La pantalla ni se desbloquea. Empecé a acariciar la idea de renunciar a mi lista y comprar a lo loco.

    Sigue leyendo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (12): En peligro de contagio de ERTE

    Diario del coronavirus (12): En peligro de contagio de ERTE

    Hay palabras que se vuelven tenebrosas, secas y oscuras. “Coronavirus” sería una de ellas, si no fuera porque se está combatiendo el miedo con unión y con humor. En mi memoria infantil, “colza” es una palabra que jamás fue contrarrestada, que sencillamente producía escalofrío y muerte. “ERTE” ha adquirido, de golpe y tan rápido como se esparce un virus, esa misma tonalidad, ese mismo aliento gélido de algo terrible que está por suceder. Al igual que hemos tenido personas contagiadas cada vez más cerca, la amenaza del ERTE también se ha ido aproximando, cabalgando con rapidez hacia nosotros. Cuando la hemos visto aparecer en nuestros grupos laborales, nos ha pillado sin mascarilla.

    Por ahora, todo son especulaciones, pero es así como se aproxima este bicho: alguien lo deja caer. Y te vas haciendo a la idea de que te puede tocar. Sé que ERTE lleva una T de temporal, pero ya os digo que, ahora mismo, veo borroso hacia el futuro. “Huele a ERTE”, decimos estos días, y es un olor a pantuflas, a caldo recalentado, a café recolado. Hacemos cuentas para saber cómo quedaría un 70% de los sueldos y no hace falta la calculadora para saber que me va a quedar más justo que el vestido que me compré hace 20 años y que aún me empeño en ponerme en las bodas. También nos decimos otra cosa: no podemos agobiarnos por lo que todavía no ha llegado. En la cuarentena del coronavirus vivimos día a día. Abro mi agenda y veo que había apuntado, en la página del próximo miércoles 25 de marzo: “vuelta al cole”. Lo veo y me da la llantorrisa. A Eleonor todavía no le he dicho que el Gobierno ha prolongado 15 días más el estado de alarma pero he preferido pasar por encima de ese tema porque, a fin de cuentas, ella ya se ha instalado en un tiempo indefinido, en un día a día en el que no hacemos planes para mañana ni apuntamos nada en la agenda. El blog del colegio ha dejado de mandar tareas diarias y las programa semanalmente, creo que eso sirve bien de ejemplo para redimensionar la escala de esta emergencia.

    Parece que el cambio en la frecuencia de la comunicación sucedió gracias a que un padre de la clase de mi hija escribió un email a las profesoras admitiendo que estaban “totalmente desbordados”. Supongo que no queríamos admitirlo, al menos, yo. Me quejé en los chats, me quejé en este diario, me quejé hasta a la vecina del balcón de al lado, profesora de Primaria, al finalizar unos aplausos. Pero no me quejé al colegio porque no quería admitir que estamos, de verdad, totalmente desbordados. Supongo que depende de las circunstancias, que las personas que no están trabajando ni teletrabajando, con ERTE o de baja, pero sanos, pueden dedicarse a disfrutar de sus hijos, a educarlos y a jugar mucho. No es nuestro caso. Además, algunos días el cansancio y el desánimo hacen mella y no hay galletas que lo levanten. Hoy tenía mucho que hacer delante del ordenador y ha sido mi hija la que ha venido a darme un ultimátum: “tienes hasta las siete y media para escribir tu entrada en eldiario, ni un minuto más”. 

    Sigue leyendo en eldiario.es

  • Élites ocultas urden un complot (en una novela) para resucitar a Franco

    Élites ocultas urden un complot (en una novela) para resucitar a Franco

    Aitor Marín es un periodista que ha pasado por medios tan importantes para el imaginario de varias generaciones como la revista Interviú y Noticias del Mundo. Las potentes investigaciones de la cabecera de Grupo Zeta reciben un homenaje en las páginas de su novela Conspiración vermú (Suma de Letras, 2020) pero el reportaje que intenta llevar a cabo Dolores Ambigú podría haberse publicado, más bien, en el chaladísimo Noticias del Mundo, del que Marín tiene a gala ser miembro fundador.

    La obra sigue el día a día de un alcohólico cincuentón en paro llamado Víctor Vaporús que, por los motivos equivocados, acaba metido en una causa que no es la suya: ni la del periodismo, ni la de los franquistas que pretenden exhumar la momia de Francisco Franco y hace que cobre vida mediante la magia negra del cabalista Corintio Hazá. Este es un nombre al que las publicaciones del mundo del misterio, con el mismo rigor periodístico que Noticias del Mundo pero con mucha menos gracia, llevan años sacándole partido, como presunto judío sefardita que predijo que Francisco se convertiría en Generalísimo.

    Marín lo tenía todo para armar una novela: poderes en la sombra, ocultismo, un dictador resurrectando, una periodista intrépida y un excomercial atornillado a la barra de su bar de confianza. Lo único que necesitaba era escribir rápido antes de que la realidad superara a la ficción.

    Sigue leyendo en eldiario.es