Este año voy a conocer el Ombra, un festival del que se habla muchísimo y en gran medida por el espacio en el que se realiza, hoy en elDiario hablo de la antigua fábrica de motores ENMASA Mercedes-Benz, en el barrio de El Bon Pastor, en Barcelona.
Autor: elenac
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Te cuento lo que me contó Cristina Durán
A Cristina Durán le desahoga hablar. Nueve días después de que la DANA se desatara en Valencia, habla por teléfono con elDiario.es. Desahogar es un verbo particular en estas circunstancias. Tiene parte de metáfora y parte de agua que sale de sitios en donde no debería de estar.
Intentamos ponernos en contacto con ella dos días después del desastre, pero era demasiado pronto. Las comunicaciones no eran buenas y había mucho trabajo esencial por hacer, antes de hablar. Ahora es más fácil, y a Cristina le sirve.
Cristina Durán, de 54 años, es dibujante y fue galardonada con el Premio Nacional del Cómic en 2019 por El día 3, una obra sobre el accidente del metro de València en 2006, en el que murieron 43 personas. Ahora, todo el mundo espera que Cristina coja el lápiz y dibuje lo que está viviendo estos días, desde su casa arrasada en Benetússer. Una catástrofe en la que ya se cuentan 223 muertos. Pero primero hay que terminar de limpiar, y algún día volver a comprar papel.
Las pérdidas de Cristina, su familia y sus compañeros de trabajo han despertado una ola de solidaridad en el mundo del cómic. Han recibido bizums espontáneos y muchas compras de láminas con un servicio deslocalizado, gracias a una tienda online que providencialmente montó este verano. De hecho, su historia está llena de providencias que ayudan a que sus pérdidas hayan sido únicamente materiales. Pero conviene empezar esta historia desde el principio.
Un día antes del desastre, el lunes, Cristina ya estaba mosqueada. Ese día, por la tarde, suspendieron las clases en la Universidad de Valencia, por lo que su hija pequeña se quedó en casa. No es raro. Pero la mayor, que tiene parálisis cerebral y acude cada día a un centro de día en Torrent, volvió más pronto por la tarde porque el Ayuntamiento decretó que acabaran las actividades. “Que cierren todo a las tres es un poco… como que viene fuerte. En octubre siempre tenemos la gota fría, varios días de lluvia muy a lo bestia. Por eso siempre se dice que aquí llueve mal, en lugar de caer normal. Estamos habituados pero si cierran todo, te pone en alerta”, dice.
Lo que hizo crecer su extrañeza fue mirar al cielo y no ver lluvia. Los valencianos miran caer y van controlando. Pero Benetússer, aunque oscuro y ventoso, estaba seco. De repente, se fue la luz en el barrio. La gente del súper cercano, salió a la calle. Y una hora después, alguien gritó: qué viene el agua.
Cristina Durán, Miguel Ángel Giner y sus dos hijas viven en un bajo. El local contiguo lo convirtieron hace quince años en su estudio de trabajo y coworking para otros creadores, La Grúa Studio: Fernando Ortuño, que hace diseño expositivo, y Musilla Studio, formado por Fran y Elena para realizar papelería de boda. El local tiene un altillo y la vivienda, un piso elevado. Y varias alturas más arriba, además, viven los padres de Miguel Ángel. Mucha familia y amigos viven alrededor. Es la vida tranquila, afectuosa, cálida, de un pueblo cercano a València. Y entonces Fran, que estaba en el supermercado esperando a que regresara la luz, escuchó cómo la gente advertía que estaba llegando el agua, pero no del cielo sino de los otros pueblos, y volvió corriendo al estudio para levantar los ordenadores del suelo.photo
Miraron la enorme fotocopiadora nueva que acababa de comprar, ¿qué hacer con ella? La envolvieron. Después subieron deprisa a casa de Cristina y cogieron las mantas y los edredones y los presionaron contra el umbral de la puerta. Ya no había internet, ni WhatsApp, ya no había teléfono. Se encerraron dentro de la casa Cristina, Miguel Ángel, Fran, las hijas y una amiga de la pequeña, que salía de clase de inglés y ya no pudo volver a Massanassa, a solo dos kilómetros más al sur.
Y entonces, el agua. “Pero una cosa, vamos, increíble. Imagínate cuatro edredones más todas las toallas de la casa, más todas las mantas, y el agua entraba a chorro. Era una cosa impresionante. Empezó a salir también por el sumidero de la ducha. Llegó un momento en el que vimos que era imparable”, recuerda.
Y es en ese momento cuando Cristina reacciona y casi sin pensarlo va a un armario y coge los papeles de Hacienda, los de la casa. Papeles que salvar. Solo el fuego y el agua destruyen el papel. ¿Qué más cosas?, tiene que pensar rápido. Algo para comer. Agua. La medicación de su hija mayor. Pañales. Comida para la gata. La gata. A partir de ahí, solo pudieron mirar.
Desde el piso de arriba miraban el agua marrón ascendiendo, desde las ocho hasta pasada la medianoche. Subir, subir, subir. Asomados a la ventana veían el agua comiéndose el coche. “Era dantesco todo”, dice. Dantesco viene de Dante. En el infierno que describe en la Divina comedia, los condenados que pasan por el tercer círculo del inframundo se arrastran por un fango maloliente bajo una tormenta infinita de lluvia y granizo. Durante siete siglos, dantesco es la mejor palabra que encontramos para hacernos una idea de lo que es un infierno en la tierra.
De madrugada, el agua empezó a bajar. En la calle llegaba a los tobillos, pero dentro de casa, donde se había formado una piscina de fango, hasta la rodilla. Cuando se atrevieron a bajar, se encontraron con los cómics de su biblioteca flotando por el comedor. “La biblioteca de toda una vida. Los cómics que Miguel Ángel se compró con 14 años. Mi colección de los años 80 que tenía desde los 15. Habremos perdido como el 70% de todo”, valora Cristina. Precisamente, a Miguel Ángel le había dado este verano la fiebre, como a muchos aficionados a los tebeos últimamente, por el Whakoom, una app para llevar el control de la colección. Cristina estaba ya harta del sonido de la campanita cada vez que su marido añadía uno, con el móvil en la mano. El día que tenga fuerzas para mirarlo, Giner sabrá exactamente cuántos ha perdido.
Cristina se apena, pero lo justo. Al lado de las desgracias que ha habido, se puede sentir afortunada. “En perspectiva, hemos tenido mucha suerte”, afirma. Han perdido electrodomésticos, muebles, el sofá, los primeros originales de su carrera como ilustradora, pero no los últimos, no las páginas de sus premiados cómics, que estaban en un mueble archivador en el piso alto. El mundo del cómic se ha volcado con ellos y muchos editores se han ofrecido a reponerles las copias perdidas. “Esperad, que primero habrá que pintar y volver a poner estanterías”, les dijo. Y un suelo nuevo en el estudio, que ha quedado destrozado. De la fotocopiadora nueva, ni hablamos.
Volvamos a la noche sin luz, con las seis personas esperando en casa. ¿Con qué alumbrarse? Cristina buscó todas las velas que tenía de los cumpleaños y las encendió. No había otra cosa. A veces conseguían mandar un SMS, pero casi siempre les saltaba el mensaje de “no enviado”. Lo que les salvó de la incomunicación total fue tener una radio con pilas. Empezaron a achicar agua y esa sería su vida las tres primeras horas en las que el río de barro empezó a bajar lentamente de las paredes de Benetússer, y así seguiría siendo los tres días siguientes. Sin agua, sin luz, sin gas, sin electricidad.photo
“Todo, todo, todo, todo lleno de agua y de barro. Cuando íbamos al váter, lo limpiábamos con agua de la que sacábamos de la casa. Una cosa tremenda. Una barbaridad”. Pero al tercer día hubo una electricidad, un suministro, un recurso energético que de golpe se encendió y empezó a funcionar: la solidaridad. “A partir del tercer día empezó a venir la riada de gente. Llegaban por la Pasarela de Solidaridad”. Alguien llamó a la puerta. “Abro y me encuentro con mi sobrino, de 22 años, que ha venido andando desde Valencia, hora y media. Se vino con dos amigos que nos ayudaron un montón. Pero es que, a partir de ese momento, han sido días de ríos y ríos de gente, cargados con escobas, con comida, con mochilas, con zapatos, con botas. O sea, ha sido la gente. La gente. Porque aquí no ha llegado otra ayuda”, afirma Cristina.
La artista está enfadada con los políticos al mando. Se enerva cuando habla de ello. “La gestión de la Generalitat ha sido nefasta, o sea nefasta, nefasta y nefasta”, reitera, y señala una imagen que ha explicado tanta gente que es ya un símbolo: “Me llegó la alarma en el móvil cuando tenía ya el agua en los pies. Te llega y hasta te ofendes. ¿Me estás mandando una alarma de que viene una DANA y que me quede en casa cuando ya tengo el agua en casa?”. “Es que no lo acabo de entender. Se podrían haber salvado muchas vidas si se hubiera gestionado de otra manera”, afirma.photo
Los vecinos de Benetússer se pasaban agua los unos a los otros, se intercambiaban comida, aceptaban la ayuda que desconocidos les traían. Los camiones militares aparecieron por allí una semana después. Antes que los soldados, aparecieron los periodistas. Un reportero le contó a Cristina que, en la televisión, las catástrofes se ven magnificadas, “que luego igual vas al terreno y no es tanto” pero en València, ha sido al revés: al llegar era peor. “Hay gente que todavía está encerrada en casa porque se han apilado seis o siete coches bloqueando las entradas, los vecinos les llevan la comida”, dice. O la librería Somnis de Paper de Benetússer contra cuya luna se empotró un coche y una tromba de agua arrasó con todo.
El miércoles por la mañana, mientras sacaban barro, en casa de Cristina revivieron el susto. Alguien se paseaba por las calles voceando, en nombre del Ayuntamiento, que tuvieran cuidado porque se iban a abrir unas compuertas de embalses para evitar su rotura, y eso podría hacer crecer de nuevo el agua. “Ahí sí que pasé mucho miedo porque como ya habíamos pasado una noche de horror, dijimos: otra vez”. Esta vez, fueron a por los ordenadores y los llevaron a la casa de los suegros. Cogió un par de bolsas y pensó: “Lo que me quepa en ellas”. Se dirigió hacia el mueble de sus originales y agarró tres de El día 3, dos de María la jabalina y unas caricaturas de su abuelo que dibujaba muy bien. “Hice como una recogida simbólica”, dice. Los papeles de Hacienda, la licencia del estudio, los negativos de sus fotografías. Por suerte, es una mujer ordenada, sabía dónde estaban esas cosas. Y todo eso lo llevó lo más alto que pudo. Finalmente, no llegó la segunda ola.photo
La hija mayor de Cristina y Miguel Ángel se comunica con gestos y pictogramas en una tablet. A sus padres les preocupaba que se asustara. “Los primeros días nos teníamos que aguantar para que no nos viera llorar. Le quitábamos hierro al asunto. Mira, le decíamos, tenemos que fregar, que ha entrado agua. Le explicamos con un pictograma que el coche se había roto. Le decíamos cosas poco a poco y las iba entendiendo”. Pero la tablet se quedaba sin batería y ella, acostumbrada a salir a la calle a diario, no comprendía.
“El primer día lo aguantó bien, pero el segundo ya estaba renegando, llorando cada dos por tres, pegada a mí”. Decidieron llevarla a casa de la hermana de Cristina, que no había sido afectada por la riada. Sin suficientes ambulancias para ir a buscarl, sin medio de transporte para llevarla, sencillamente se echaron a la calle a caminar un trayecto que podría ser de una hora pero que a ellas les llevaría seguramente tres. En el camino, por suerte, una furgoneta de Protección Civil las recogió y las llevó hasta el cauce del río. Desde entonces, la joven sigue donde su tía, esperando que su casa vuelve a ser mínimamente habitable. Además, puede acudir cada día a un centro de día especial que la Cruz Roja ha improvisado en el antiguo colegio de ella. “La chiquilla está ahora feliz”, dice Cristina.
Muchos valencianos, supervivientes de esta catástrofe, han adquirido una nueva habilidad: prepararse para vivir en la posibilidad de la emergencia. Hay varias cosas que Cristina Durán sabe qué hará: instalar puertas herméticas, tener siempre una radio con pilas, linternas, un Campingaz, un kit de seguridad en el coche para cortar el cinturón y romper el cristal, más purés y pañales para su hija en la despensa, botas de agua para todos, baterías para recargar el móvil… y una cafetera italiana: “Nos hemos pasado tres putos días sin tomar café por culpa de tener una cafetera eléctrica”, dice Cristina, con una risa cansada, amarga pero consoladora. “No me da la vida, pero atiendo a los periodistas, me desahoga mucho, necesito soltarlo”, se despide.
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La crónica de Nick Cave, de lejos pero cerca
Nick Cave está atravesando Europa en octubre y noviembre, de Zagreb a París, de Barcelona a Dublín, escoltado por sus Bad Seeds, con los que no giraba desde 2017. El objetivo es presentar su último disco doliente, Wild God (2024), tercer capítulo de una narración a la que se ha aferrado para salir adelante con su vida, a partir de la tragedia.
Su hijo Arthur, uno de sus gemelos, hijos también de la diseñadora Susie Cave, murió en un accidente en los acantilados de Brighton, con tan solo 15 años. Hace nueve años de aquello y, para muchos, podrían no ser suficientes, una vida entera podría no serlo, para asomar la cabeza y ver amanecer con una mirada que no sea de rencor. Wild God es el testimonio de cómo el artista ha encontrado una manera de seguir viviendo: creyendo en un Dios salvaje.
La expectación de este concierto en Madrid era grande. Del disco se ha hablado mucho y siempre bien. Ha venido acompañado de entrevistas en las que Cave ha decidido no ser brusco con sus entrevistadores y mantener interesantes conversaciones, como esta con la escritora Mariana Enríquez. Ha habido, incluso, vallas gigantes anunciando el disco en el metro, una constatación de que el artista ha llegado a un público amplio y capaz de llenar estadios de más de 10.000 personas, impensable hace 30 años, cuando se publicó Let Love In. photo
De ese álbum, anoche interpretó la tabernosa Red Right Hand, recibida con entusiasmo no quizá porque miles de personas hubieran comprado aquel disco en su momento, sino por el rescate que de ella una serie de televisión. Aquel era el Cave de la sangre y el alcohol. Un Cave que ya solo existe en la memoria pero que a veces se dejaba ver en la noche en la que Madrid se juntó para adorar y tocar a este dios.
Aquel Cave, que asomó también en la grandiosa y extática canción From Her to Eternity, es el que se dejó a los Bad Seeds de Blixa Bargeld por el camino. Los egos de Blixa y Nick no pudieron soportarse y el primero recogió toda esa aspereza delirante que le proporcionaba a Nick Cave y la volcó en su grupo Einstürzende Neubauten. Alucinante paradoja del destino –pues no hay indicios de que sucediera a propósito–, Einstürzende Neubauten tocaba el día anterior en Barcelona a la vez que Nick Cave. Al salir al escenario, Blixa agradeció la asistencia: “Sé que es una decisión difícil”. Nick Cave no dijo nada, por supuesto.
Aunque el Palau Sant Jordi se había llenado a dos tercios de su capacidad, el WiZink Center estaba casi completo, pero no sold out, con entradas disponibles en algunos puntos de las gradas. El precio no era asequible: la entrada de pista rozaba los cien euros. El rock’n’roll se ha puesto por las nubes y una experiencia como esta, aunque de más de horas de duración, es ya un lujo.photo
Más de veinte canciones llevaron al público por un viaje donde se ha explorado, sobre todo, el citado Wild God, con apenas dos pinceladas de los dos álbumes anteriores, posteriores a la muerte de Arthur Cave: Ghosteen (del que interpretó la estremecedora Bright Horses, con unos magníficos coros agudos (casi en registro Sigur Rós), inasibles, del esencial y valleinclanesco Bad Seed Warren Ellis, quien toca el violín como si fuera una guitarra) y Skeleton Tree (al que recurrió para I Need You). Son canciones elegidas de manera coherente para traerlas junto a la narrativa del dios salvaje, temas como Frogs, Wild God y Song of the Lake, que son tres del último disco y las tres con las que abrió el concierto. Un coro formado por tres mujeres y un hombre, confiere la sonoridad gospel que tan bien le sienta a estas canciones.
Tras la sacudida que supone From Her To Eternity, Cave se sentó al piano para regresar a Wild God con otras tres canciones: Long Dark Night, Cinnamon Horses y Conversion pero, entre la segunda y la tercera, creció la semilla de maldad con Tupelo, el tema tribal que abría su segundo disco en solitario (su carrera se inició con la salvajada que fue Birthday Party) titulado The Firstborn Is Dead. Un clásico de los directos en los que Nick Cave –y su público– entra en trance hipnótico y nos recuerda, entre truenos, que Elvis nació durante un temporal de proporciones bíblicas, bajo el que los pájaros no podían volar ni los peces, nadar. En un momento de la canción, Cave se tira al público, se funde entre los brazos de las primeras filas. Así lo hará repetidamente durante el concierto, gracias a una pasarela que ocupa el espacio del foso que tradicionalmente separa el escenario del público. Intencionadamente, Nick Cave busca en esta gira acercarse aún más a la gente: “¡Sois bellos!”, gritará a la audiencia en repetidas ocasiones.photo
Entre Tupelo y Conversion, Nick Cave hace alusión a los teléfonos móviles. No es la primera vez. Días atrás, en Cracovia, un vídeo muy visto en redes sociales le muestra haciendo un trato con el público: él posará durante 30 segundos en los que la gente podrá hacer todas las fotos y vídeos que deseen; después, bajarán los teléfonos. En Madrid, pasó algo similar. “Baja el teléfono –le dijo a alguien– yo voy a cantar esta canción para ti y será el momento más especial de toda tu vida, una experiencia que no vas a olvidar, pero tendrás que bajar el teléfono”. Y a Nick Cave, se le obedece.
La interpretación de la mencionada I Need You fue uno de los momentos más fascinantes del concierto. Con el cantante solo al piano y la cámara frente a él, retransmitiendo su rostro a la pantalla grande del fondo del escenario. Otro momento apoteósico llegó con otra canción del Cave de los 80, The Mercy Seat (de su disco Tender Prey), aquel Nick en rojo y negro que comanda un ejército no se sabe si hacia el infierno o hacia adonde, pero al que es imposible no seguirle. “Fucking Madrid!”, gritó en más de una ocasión.
El concierto va llegando al final y quedan los bises, en los que Nick Cave recordará de manera emotiva a la Bad Seed más añorada, la fallecida Anita Lane, a quien le ha dedicado una canción del disco titulada O Wow O Wow (How Wonderful She Is). Cave habló de ella y dijo que había muerto el año pasado, o quizá el anterior. En verdad, hace ya tres años y medio de su muerte. Pero la ausencia es así: no importa el tiempo, solo es vacío. La poca respuesta del público a la dedicatoria, sus imágenes proyectadas o su propia voz sonando en una grabación, indica que muy poca gente conoce a una de las fundadoras de los Bad Seeds.photo
En general, se percibe que su público es en mayor parte nuevo o llegado por vía televisiva. Y ya casi en el final, para complacer a la audiencia y bajar el tono antes de la despedida, uno de sus temas más hermosos: The Weeping Song. “Es una canción para llorar, pero no lloraremos solos”, dijo Nick, con acierto. El músico pidió colaboración al público para hacer “esa cosa española”, palmeando rápidamente. Al principio no quedó bien pero luego la cosa, como en un local de ensayo, fue progresando. Cave usaba algunos brazos del público para que le agarraran el micro mientras él aplaudía, con la naturalidad de la amistad.
El grupo se va pero él solo interpretará el mensaje final: el baladón Into My Arms, en el que se dan algunos apuntes sobre el Dios en el que un religioso Cave no cree: “No creo en un Dios intervencionista, pero yo sé, cariño, que tú sí. Pero si yo creyera, me arrodillaría y le pediría que no intervenga cuando se trate de ti, que no toque ni un pelo de tu cabeza, que te deje como estás”. Si hay un Dios, debería ser un Dios que entregue a Nick Cave a los brazos de los fans, al menos una vez más, no se puede pedir más.
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Chica, sabías que era verdad
Yo tenía 14 años y ya adoraba la música sobre todo lo demás. Tenía un álbum con un apartado para apuntar mis grupos favoritos. Una tarde en la que Noemí y yo tonteábamos en el trastero de mi casa, ahí escribí: Milli Vanilli, Duncan Dhu, Hombres G, New Kids On The Block, Madonna, Michael Jackson. Recuerdo que le pregunté a Noemí, ¿pero cómo se escribe? Me liaba con las elles de milli Vanilli. Al final, acabaron mal puestas, la hache de Duncan Dhu, también. Solo escuchaba los 40 Principales y no sabía qué había más allá. pero lo que me gustaba de verdad, me gustaba con ardor.
Adoraba a Fab y Rob de Milli Vanilli. Cuando les veía bailar, el corazón me palpitaba muy fuerte. Quería ser como ellos. Quería quemar el uniforme del colegio y ponerme mallas hasta la pantorrilla, chaquetas grandes con hombreras gigantes y cualquier cosa del armario que contrariara las leyes de lo que supuestamente combinaba.
Noemí y Pili también eran muy fans de Milli Vanilli. Eran las chicas más altas de la clase, las más salvajes, las más desafiantes. Si las monjas prohibían los tupés, ellas se los hacían más altos. Se remangaban el pantalón azul celeste del chándal escolar para imitar ese largo indeterminado a mitad del camino entre la rodilla y el tobillo. Ensayaban la coreografía de Girl You Know It’s True en el patio y les salía perfecta. Yo quería ser ellas. Adorar a Milli Vanilli también era adorarlas a ellas.
Yo también ensayaba las coreografías pero a escondidas en casa, donde nadie me veía.
La semana pasada entrevisté a Fab Morvan en Madrid, por el biopic que ha dirigido Simon Verhoeven (Milli Vanilli: Girl You Know I’ts True). Fueron apenas 25 minutos y no pude hacerle la gran parte de las preguntas que llevaba. Tampoco pude decirle algo que me guardé (de nuevo, para la intimidad de mi casa, no solo por falta de tiempo, también por vergüenza): cuando dos años después se supo que las voces no eran de ellos, no me importó en absoluto. Les seguí adorando igual y les he defendido durante estos más de 30 años. Lo que me ilusionaron entonces no lo habrían hecho otros.
Conocer a Fabrice ha confirmado que su hondura, su carisma y su brillo eran reales.
Aquí la entrevista en elDiario.es
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Con las bicilocas azules
Agosto en Madrid es el mejor momento del año para moverse en Bicimad. Al haber menos tráfico, hay menos peligro de que te atropellen. Como somos menos, hay más bicis. Ha empezado septiembre y el lunes 28 de agosto (que ya era septiembre), Madrid se había echado a perder, como se echa a perder todos los primeros de septiembre.
Esta semana ya no había bicis y, las que había, no funcionaban. Ahora son azules pero prefiero las blancas, las que yo llamaba bicilocas. Iban mucho más rápido y frenaban mejor. Estas nuevas tienen un velocímetro digital que te confirma que a duras penas paso de los 22 km/h, y eso que la velocidad máxima de los ciclocarriles es 30 km/h. Ojalá pudiera ir tan rápido.

Una bici de las blancas abandonada por Madrid, en marzo, cuando se hacía el cambio de un sistema a otro El portaequipaje delantero también parece más seguro que el de las blancas, aunque nunca lo he usado. Lo que sí que es fabuloso es que, hasta diciembre, es gratis. Me pregunto si no podría ser gratis todo el año, si realmente nos costaría tanto.
Hay cosas entre 2016 y hoy que no cambian: el carril bici sobre la acera de la calle Serrano y en sentido contrario al tráfico rodado, que me viene ideal para volver a casa desde la redacción del periódico (y desde cualquier sitio céntrico), sigue siendo el lugar escogido para muchos caminantes indolentes y clientes de boutiques para pararse mirando el móvil, charlando con alguien, buscando un taxi o esperan a que el semáforo cambie a verde.
En cuanto enfilo el carril hacia el norte, pongo el pulgar de la mano izquierda sobre el piticlín y no hay día que no tenga que pegarle varios timbrazos a dos o tres merluzos. Lo normal es que se ofendan. No les gusta ceder, mucho menos retroceder. Suelen hacer como que no me oyen, pese a que estoy parada a tres centímetros haciendo ese ruido metálico cinco o seis veces y gritando «¡¡perdonen!!». Pero no me oyen. Hasta que uno me mira como quien mira la lavadora girar con ropa dentro: ahí pasan cosas pero no son del todo de tu incumbencia, no todavía.
La semana pasada una chica, que hablaba con dos mujeres frente a las que tuve que parar de sopetón, lo cual es mucho pedirle a las bicis azules, me pidió tantas veces perdón que me pareció que lo hacía por ella y por todos sus compañeros de los siete últimos años.
Hace unas semanas hablaba con otro motorista que los que vamos en moto y en bici por Madrid desarrollamos una especie de radar psicológico ultrasensorial con el objetivo de adivinar lo que piensan los conductores de coches y los peatones. Eres como el Jason Bourne de la calle Juan Bravo (estoy segura de que esta comparación ya la he escrito antes, es muy buena y me suena familiar), antes de llegar al paso de cebra ya te has dado cuenta del taxista que va a aparar súbitamente dentro de diez metros porque has visto, antes que él, una mano levantada que le quiere detener, del chaval que se ríe solo y que seguramente va a cruzar desde el bulevar sin levantar la vista del móvil, de la conductora con gesto triste e intenciones de girar a la izquierda pero mirando a la derecha, de un perro sin correa que camina por la acera y de los tres patinetes, dos Glovos y cuatro motos que te rodean.
Este agosto se me ha escurrido demasiado rápido del regazo. Me da pena. Eleonor va a comenzar el instituto en cuatro días. Su primer día de instituto, quiero decir. Todo va rápido, rápido, rápido, salvo las nuevas bicilocas azules.
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Elegir a dedo
El Ayuntamiento de Madrid, en un segundo round consecutivo en manos de Almeida, vuelve a las viejas costumbres de elegir a dedo la dirección artística de un centro de arte y creación cultural. El primero de la temporada ha sido Matadero, cuya anterior directora Rosa Ferré, llegó allí gracias a un concurso público.
Ni siquiera nos lo contaron: nos enteramos porque el contrato estaba en el portal de contratación del Estado. Y así vimos que el periodista José Luis Ramos Romo (estuvo 10 años en El Mundo, luego fue asesor para el Área de Cultura del Ayuntamiento y durante un año director general de Programa y Actividades Culturales) es el nuevo director creativo del centro. Según el pliego del contrato, José Luis Ramos Romo es «la única persona que tiene las facultades y derechos necesarios para la realización de la misma”.
Yo apenas le conozco, tengo que admitir. Pero aún así me cuesta creer que sea «la única persona» capaz de dirigir Matadero Madrid.
Cuando era asesor, sabía quién era porque venía del periodismo. Este año, en primavera, coincidimos ambos siendo jurado en el concurso Villa de Madrid. Espero conocerle mejor, a partir de ahora. No obstante, en esta columna de opinión hago mis objeciones a esta tipo de método para elegir una dirección artística. Como decía César Antonio Molina, puede que con el dedo elijas bien, pero es poco democrático.
Por cierto, que veníamos de esto en Matadero (un centro sin dirección artística desde enero): Madrid Destino Cultura Turismo y Negocio SA, el incómodo documental sobre el trabajo cultural que la Cineteca de Matadero prefiere no programar.
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Escarbar
Ha llegado el momento de buscar un tiempo y un espacio de serenidad. Un tiempo es un rato, una hora quizá. Un espacio es un lugar sin el móvil en la mano. Hay que mirar al techo y empezar a hurgar en la memoria. Hay tantas cosas que he olvidado ya.
Primero tengo que visualizar todas las oficinas en las que he trabajado. Verme en ellas. (Algunas no eran oficinas, eran otras cosas). Y empezar a pensar en mis compañeros y compañeras. En qué cosas he dicho. Cuáles he hecho.
¿Te has liado alguna vez con alguien con quien trabajaras?, me han preguntado. ¿Con un jefe o jefa? ¿Con un subordinado/a?
Empiezo a hacer el repaso. Tengo miedo de olvidarme de algo. Quizás hay unas cosas que he borrado de mi cabeza. Quizás otras las he reescrito.
¿He tenido siempre tan claro como ahora que una situación jerárquica superior trae consigo una situación de poder? ¿Y que ejercer ese poder es un abuso?
¿Hay alguien con quien tenga que disculparme?
No, antes no lo tenía tan claro.
Podría haber sucedido.
No ha pasado, pero podría haber pasado.
#SeAcabó
La responsabilidad es de todos y de todas.
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Ha muerto Javi Homeboy
Era importante para mí que no quedara sin obituario. Son reparadores, acompañan en la muerte.
Muere Javi Homeboy, el dj madrileño que fundió el indie con la electrónica
(En la foto, Homeboy, Rafa Mary Chain y Aldo).
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¿Quién va a escribir mi obituario?
No me gustaría morirme y no tener un mísero obituario. Espero que lo escriba Alberto Monreal.
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Han detenido a Melibea
España se pone un poco de perfil con Guinea Ecuatorial, igual que con el Sáhara. El poscolonialismo pide que los estados excoloniales se hagan cargo de sus responsabilidades.
En Guinea no hay libertades. La comunidad LGTBI está perseguida. A la escritora Trifonia Melibea Obono, que ha colaborado en una ocasión con elDiario.es y en abril la entrevistó Laura García Higueras, estuvo detenida un fin de semana en una comisaría tan chunga que allí todos la llaman Guantánamo.
