Autor: elenac

  • La silla vacía de The Horrors

    La silla vacía de The Horrors

    Algunos asistentes al concierto de The Horrors el 6 de abril en Madrid —tras su paso también por Santiago de Compostela y Barcelona— se sorprendían al descubrir en una rápida consulta a sus teléfonos móviles que el grupo británico tiene una carrera de 20 años.

    Muchos no los descubrieron hasta su segundo trabajo, Primary Colors (2009), un disco sobresaliente producido por el artífice del sonido de Portishead, Geoff Barrow, que les ayudó a dejar atrás el lacerante garaje rock de su primer disco para incorporar teclados y colchones electrónicos con los que construir unos temas de gran belleza y eficiencia pop.

    Los que miraban de reojo la Wikipedia, verían el notorio listado de géneros musicales que aparece en la caja de información artística. Hasta nueve géneros, algunos tan dispares como el horror-punk (sea lo que sea eso) del shoegaze (ese pop dopadísimo de efectos que obligaba a los guitarristas a mirarse los zapatos para pisar los múltiples pedales).

    En cualquier caso, ese “horror-punk” (o garaje punk oscuro) que forjó su espectacular debut Strange House (2007), está olvidadísimo, tanto en los fans como en los set list, del que no tocan ni una sola canción, pese a que tenía auténticas bombas de nitroglicerina como Gloves, Count In Fives Sheena Is A Parasite, además de una inolvidable versión de Jack The Ripper.

    Se parecen tan poco los Horrors de hoy en día a los de su primer concierto en Madrid, el 7 mayo de 2007, como el Nick Cave actual al de Birthday Party. Aquel concierto todavía se recuerda como uno de los mejores que se han visto nunca en la capital. En él, el cantante, Faris Badwan, no paraba de trepar por las redes y aparejos que por entonces decoraban la sala Moby Dick, y en un momento de éxtasis se lanzó hacia la bola disco que colgaba del techo, la cual se desenganchó, para acabar estrellada en la nariz de uno de los asistentes, que salió de allí con la cara ensangrentada, pero feliz. Hay vídeos que afortunadamente lo atestiguan, porque si no, creeríamos que lo soñamos. Al terminar la actuación, unas jóvenes fans se lanzaron a los pies de Tom Furse, uno de los miembros que ya no forman parte del grupo, para agarrarle los tobillos y así impedir que abandonara el escenario. Furse dio dos pasos atrás, asustado, mientras agitaba las manos diciendo que no.

    Los inconformistas The Horrors se han caracterizado por dibujar una carrera de seis discos en el que no hay uno igual. Cada álbum le pega a un género diferente. Decían que se aburrían y que no querían ser ‘un grupo de garage’ o ‘un grupo de dreampop’, que no querían repetirse. La nefasta consecuencia de esta vía constantemente experimental es que han acabado siendo un grupo sin sonido propio.

    Y eso se demostró en el concierto de este domingo en la sala Mon de Madrid, promovido por Primavera Tours, donde se intercalaban canciones de su nuevo disco, Night Life (2025), con el que parece ser que ahora quieren ser un grupo de rock, con los temas dreampop de Primary Colors (entre ellos, los magníficos Mirror’s Image, Scarlet Fields o Sea Within a Sea), o la poppie Something to Remember Me By de su disco V (2017).

    Las nuevas canciones no han hecho sino intensificar lo que ya se venía viendo antes de su periodo de descanso y reformación —han pasado ocho años desde su último disco, tres desde que publicaran una última canción y otros ocho desde que no tocaban en Madrid, además de la sustitución de dos de sus componentes— que sus conciertos son un caos musical. Es difícil generar una actuación compacta, con sentido y que pretenda expresar algo cuando unas canciones son tan diferentes de otras. El clima sube y baja, el público responde indiferente —con las nuevas— o se activa de repente —con las canciones que conoce y puede corear— y todo suena, en general, festivalero.

    El concierto estaba sold out y la sala se quedó pequeña. Parecía evidente que tanto el grupo como el público actuaban como si estuvieran en el escenario de un festival, sin estarlo. The Horrors han convertido su sonido en ese tipo de producción que funciona tan bien en espacios al aire libre y ante muchos miles de personas. Además, el tono rock de las nuevas canciones, lo favorece. Pero, en una sala como esta, el resultado es paradójicamente contrario: frialdad.

    Quizá pasó desapercibido, pues tampoco tuvo una especial respuesta, el importante gesto de Faris Badwan, que es británico-palestino, a la hora de presentar uno de los temas más apreciados de su carrera: Sea Within A Sea, renombrada como From The River To The Sea, en alusión a “Desde el río hasta el mar”, una expresión de apoyo al pueblo palestino cuyo uso ha traido problemas en la última Berlinale o al Museo Reina Sofía. Bowdan mantiene en sus redes sociales la constante denuncia de la masacre en Gaza y su apoyo al pueblo palestino.El libro que intenta descubrir a Family, el gran misterio del pop español

    Lo que sí continúa invariable en los conciertos de The Horrors es su pasión por la brevedad. Una hora hasta el falso adiós, hora y cuarto incluyendo el bis. Los conciertos cortos tienen sus detractores —especialmente aquellos que calculan la rentabilidad en términos euro del precio de la entrada por minuto— pero hay que admitir que deja mejor sabor de boca ser parco que ser cansino. Resta una última fecha de la gira de presentación de Night Life en España, con el concierto de este lunes 7 de abril en Valencia, en la sala Moon.

    Publicado en elDiario.es

  • He leído ‘El odio’

    He leído ‘El odio’

    Se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo sobre El odio, de Luisgé Martín. Cuando parecía que los libros habían sido reducidos a su categoría de producto, con el regalo (por parte del lector) y la creación de estatus (por parte del escritor, y también un poco del lector) como sus funciones principales, aparece uno que nos revuelve y nos obliga a debatir (*).

    Hay debates interesantes, como este que se dio la semana pasada en Carne Cruda, donde la orfebrería radiofónica fue capaz de componer una hora de programa con voces que opinaban diferente y pudieron exponer sus matices. Pero en el ágora de discusión por excelencia (después del bar), las redes sociales, no vi debate sino una virulenta defensa de la no publicación del libro, con el objetivo de proteger a Ruth Ortiz, la mujer a quien José Bretón quiso infligir (y lo hizo) un dolor extremo e infinito, como no se me ocurre otro más atroz, matando a sus hijos.

    Que también fueran hijos de él, no pareció importarle. No había nada por encima de la venganza. En el libro de Martín, Bretón pretende ver su versión: no lo hizo por odio, sino para que los niños no se criaran con la familia de ella. El escritor, que admite que llega a sentir simpatía, y piedad, por el asesino, no le compra ese punto, se lo rebate.

    Una búsqueda de la palabra Anagrama (la editorial que publica El odio) en X basta para encontrar ese tipo de mensajes a los que me refería. En general, casi todo el mundo que nombra a la editorial, propone un boicot o bien le dedica algunas palabras de desprecio. Dicen de ella que «justifica la morbosidad», que respalda «un libro que nunca debería de haberse publicado» (aunque se ha impreso, en verdad no se ha publicado, no se ha hecho público, solo los periodistas tenemos copias) y otro decía que es «increíble» que Anagrama «se ofrezca a lucrarse con tremenda desgracia». Hay un mensaje que tiene más de cinco mil me gustas que dice: «Hay que ser muy hijos de puta, para que la editorial Anagrama publique el libro del criminal José Bretón que quemó a sus dos hijos». Una cuenta que se identifica como «grupo de trabajo estatal de Podemos Feminismos» califica la decisión de Anagrama de no suspender la publicación del libro sine die de «victoria feminista» porque la novela «revictimizaba a la madre y glorificaba al asesino». «No volveré a comprar nada de Anagrama», dice Barbijaputa (mil likes). «Anagrama dice que está en su derecho a torturar a una madre dando publicidad y pasta al asesino amparándose en la libertad de expresión. Literatura de muerte y dolor hacia las víctimas». dice Zaida Cantera (89 likes). Estos son algunos de los comentarios con más reacciones.

    Por otro lado, se han publicado unos cuantos artículos muy interesantes. En la línea de lo que yo pienso está Marina Perezagua con Mirar el abismo: cuando el dolor pide silencio y la libertad exige palabras (Jotdown). Los artículos son habitaciones de pensamiento algo más amplias que los tuits. No obstante, te pueden arrastrar al mismo barro social. Perezagua contó en el programa de radio que he mencionado antes, que ese artículo le ha valido insultos y pérdida de amistades.

    Ninguna de las personas que escribió esos comentarios en redes han leído el libro ni lo quieren leer. No necesitan leerlo para tener una opinión al respecto. A mí me pasó lo mismo: no necesité leerlo para tener una opinión al respecto. Un derecho individual no está por encima de un derecho colectivo, al menos no mientras un juez no mueva esa línea y diga que este libro vulnera el derecho a la intimidad o al honor. (Hay otros peros jurídicos que no explicaré aquí, son complicados y nos desvían del tema, pero que también puedan ocasionar que el libro no se pueda leer). No obstante: he leído el libro.

    Lo he leído con mucho interés porque quiero saber más sobre la maldad. Es parte del ser humano. ¿Qué se dicen a sí mismas las personas que cometen atrocidades? ¿Qué hacemos los demás con todo eso? ¿Miramos hacia otro lado, donde brille el sol y los cruasanes huelan a tierno? ¿O somos capaces (o soy capaz) de escuchar, reflexionar, pensar sobre el horror con cierta serenidad?

    El libro me ha decepcionado. Es un libro fallido porque no responde a las preguntas que plantea. Sales de él igual que entraste, o quizá peor. Dice Luisgé Martín que desde el primer día que supo del asesinato, quiso escribir sobre ello (dice que iba a ser un libro a medias con Marta Sanz, pero luego no explica porqué ella se descuelga) y la obsesión le ha perseguido todos estos años. Dice que entiende el asesinato de una persona pero no del hijo propio. Por eso escribe el libro, para entenderlo.

    Luisgé Martín es un novelista y lo que realiza aquí es una novela de no ficción. Toma sus decisiones (artísticas, que ineludiblemente son también morales) y se atiene a ellas. No crea un reportaje, un ensayo, una investigación ni mucho menos un acto de reparación. Crea su novela, en la que hay dos personajes principales: José Bretón y él mismo. Son sus decisiones artísticas.

    En el pódcast de Un tema al día (en el que mis compañeros Juanlu, Marcos y Carmen fueron capaces de extraer de mí algo inteligible entre mis imprecisiones y anacolutos) ya comenté que he comparado mucho El odio con La ciudad de los vivos, de Nicola Lagioia. Esta última me parece una obra maestra. Parte también de la obsesión de un escritor con un crimen, pero sus ambiciones están muy lejos de las de Luisgé Martín. Este último (lo digo tras la lectura) me da la sensación de que se conforma con escribir un relato asequible.

    Esta es quizá la máxima irresponsabilidad del autor y de Anagrama: haberse permitido ser asequible con una historia en la que hay tanto dolor vivo, que puso en shock a la sociedad entera, que es la historia de violencia vicaria más importante que hemos vivido este siglo. Una historia como esta merecía otras pretensiones para conseguir un libro mejor.

    Uno de los aspectos en los que creo que el libro se queda corto es cuando Luisgé Martín sospecha que Bretón le está manipulando. Ojalá hubiera entrado a abordar ese peligro mucho más a fondo. Pero Martín lo gestiona preguntando a sus amigos.

    La sensación al acabar el libro es que sí, que Bretón está «entusiasmado» con el «proyecto» de este libro porque le permite seguir utilizando las vías que encuentra para seguir construyendo su «casa»: «En la calle soy un mierda pero en la casa mando yo».

    He oído decir que el limite a la libertad de expresión está en el dolor de las víctimas. Creo que eso está muy errado. Me preocupa que el dolor sea la frontera de las cosas. Que nuestro límite sea no sentir dolor. Que hagamos con el dolor como con la fiebre: paracetamol y dejar de sentirla.

    Pienso mucho en Ruth Ortiz estos días. Me pregunto cómo sigue una con su vida después de esta violencia extrema. El libro no da, ni por asomo, ninguna pista sobre eso. (Tampoco lo pretendía). Siento mucho que todo esto le haga revivir el trauma. Quiero creer que había otras maneras de gestionar esta publicación. En especial una que hubiera evitado que ella se enterara por la prensa de la existencia de este libro.

    (*) Aunque el debate no ha ido muy lejos. Como dice Íñigo Domínguez en El País: «Perdí pronto la esperanza de que el debate sobre el libro de Luisgé Martín siguiera siendo interesante».

  • Entre el horror y la fascinación

    Entre el horror y la fascinación

    Ese lugar estrecho entre el horror y la fascinación lo descubrí la primera vez que vi Terciopelo azul. Y ya no he vuelto a salir de ahí.

    Yo no sabía quién era David Lynch el 14 de noviembre de 1990 pero mi hermana (que era mayor que yo y estudiaba cine) advirtió de que, al día siguiente, pondrían en televisión algo que no debía perderse, que ese día se ponía Telecinco en casa. Luego me dijo: es una serie que ha revolucionado la televisión, quizá deberías verla. Yo tenía 15 años.

    Yo tenía 15 años y 35 años después recuerdo en qué lugar del sofá estaba sentada, cómo era la luz que entraba por la ventaba del salón y qué sentí en mi cuerpo durante los títulos de crédito de Twin Peaks.

    Después de ese día, intenté no perderme ningún capítulo, a pesar de que sufría una gran inquietud y, con frecuencia, miedo. Miedo real. Prefería no verlo a solas.

    Aquella impactante experiencia como espectadora me alejó del lugar seguro en el que había sido, hasta ese momento y salvo excepciones furtivas, la pantalla del televisor.

    No sé cuánto tiempo pasó entre ese día y el descubrimiento de Terciopelo azul. Supongo que uno o dos años. El día que di play al VHS de Terciopelo azul, dejé de ser una niña.

    Durante sus tres primeros minutos fui abducida a un lugar estrecho entre el horror y la fascinación del que no he vuelto a salir. Desde entonces, existe ese lugar estrecho, y luego está todo lo demás, que apenas me interesa.

    El horror y la fascinación. Me pregunto si son dos fuerzas que chocan o dos ingredientes que se mezclan. Si ellos ponen el horror y yo la fascinación. O si son dos emociones que coexisten y ninguna se impone a la otra.

    Esos tres minutos en los que vemos la vida apacible y feliz (pero bajo una mirada tensa), interrumpida por la molestia que pasa indiferente del hombre -el padre de Jeffrey (Kyle MacLachlan)- que sufre un ataque y cae al suelo mientras la manguera sigue regando y el perro lo toma como un juego con el chorro de agua. El encuentro sin palabras de Jeffrey con un padre que es casi un cadáver viviente. El regreso a casa y el hallazgo entre la hierba de una oreja cubierta hormigas.

    Como mi adultez recién estrenada, me pregunté qué tipo de mujer sería yo: si una Laura Dern o una Isabella Rossellini. Yo no quería ser como la limpia Laura Dern, con su ropa de color pastel, sus remilgos y sus irresponsables ganas de vivir aventuras. Yo sentía que quisiera o no, yo era la cantante turbia que interpreta Isabella Rossellini, con sus labios rojos, sus ojos oscuros y su miedo; violada, testigo y objeto de la maldad de los hombres.

    De todas formas, había algo fascinante en Laura Dern que me atraía. Bajo su ausencia de voluptuosidad hay una rendija morbosa, una disposición a la corrupción.

    Ayer murió David Lynch.

    «El mundo es muy extraño».

  • El festival Ombra: ahora se baila donde antes se construían motores

    El festival Ombra: ahora se baila donde antes se construían motores

    Este año voy a conocer el Ombra, un festival del que se habla muchísimo y en gran medida por el espacio en el que se realiza, hoy en elDiario hablo de la antigua fábrica de motores ENMASA Mercedes-Benz, en el barrio de El Bon Pastor, en Barcelona.

  • Te cuento lo que me contó Cristina Durán

    Te cuento lo que me contó Cristina Durán

    A Cristina Durán le desahoga hablar. Nueve días después de que la DANA se desatara en Valencia, habla por teléfono con elDiario.es. Desahogar es un verbo particular en estas circunstancias. Tiene parte de metáfora y parte de agua que sale de sitios en donde no debería de estar.

    Intentamos ponernos en contacto con ella dos días después del desastre, pero era demasiado pronto. Las comunicaciones no eran buenas y había mucho trabajo esencial por hacer, antes de hablar. Ahora es más fácil, y a Cristina le sirve.

    Cristina Durán, de 54 años, es dibujante y fue galardonada con el Premio Nacional del Cómic en 2019 por El día 3, una obra sobre el accidente del metro de València en 2006, en el que murieron 43 personas. Ahora, todo el mundo espera que Cristina coja el lápiz y dibuje lo que está viviendo estos días, desde su casa arrasada en Benetússer. Una catástrofe en la que ya se cuentan 223 muertos. Pero primero hay que terminar de limpiar, y algún día volver a comprar papel.

    Las pérdidas de Cristina, su familia y sus compañeros de trabajo han despertado una ola de solidaridad en el mundo del cómic. Han recibido bizums espontáneos y muchas compras de láminas con un servicio deslocalizado, gracias a una tienda online que providencialmente montó este verano. De hecho, su historia está llena de providencias que ayudan a que sus pérdidas hayan sido únicamente materiales. Pero conviene empezar esta historia desde el principio.

    Un día antes del desastre, el lunes, Cristina ya estaba mosqueada. Ese día, por la tarde, suspendieron las clases en la Universidad de Valencia, por lo que su hija pequeña se quedó en casa. No es raro. Pero la mayor, que tiene parálisis cerebral y acude cada día a un centro de día en Torrent, volvió más pronto por la tarde porque el Ayuntamiento decretó que acabaran las actividades. “Que cierren todo a las tres es un poco… como que viene fuerte. En octubre siempre tenemos la gota fría, varios días de lluvia muy a lo bestia. Por eso siempre se dice que aquí llueve mal, en lugar de caer normal. Estamos habituados pero si cierran todo, te pone en alerta”, dice.

    Lo que hizo crecer su extrañeza fue mirar al cielo y no ver lluvia. Los valencianos miran caer y van controlando. Pero Benetússer, aunque oscuro y ventoso, estaba seco. De repente, se fue la luz en el barrio. La gente del súper cercano, salió a la calle. Y una hora después, alguien gritó: qué viene el agua.

    Cristina Durán, Miguel Ángel Giner y sus dos hijas viven en un bajo. El local contiguo lo convirtieron hace quince años en su estudio de trabajo y coworking para otros creadores, La Grúa Studio: Fernando Ortuño, que hace diseño expositivo, y Musilla Studio, formado por Fran y Elena para realizar papelería de boda. El local tiene un altillo y la vivienda, un piso elevado. Y varias alturas más arriba, además, viven los padres de Miguel Ángel. Mucha familia y amigos viven alrededor. Es la vida tranquila, afectuosa, cálida, de un pueblo cercano a València. Y entonces Fran, que estaba en el supermercado esperando a que regresara la luz, escuchó cómo la gente advertía que estaba llegando el agua, pero no del cielo sino de los otros pueblos, y volvió corriendo al estudio para levantar los ordenadores del suelo.photo

    Miraron la enorme fotocopiadora nueva que acababa de comprar, ¿qué hacer con ella? La envolvieron. Después subieron deprisa a casa de Cristina y cogieron las mantas y los edredones y los presionaron contra el umbral de la puerta. Ya no había internet, ni WhatsApp, ya no había teléfono. Se encerraron dentro de la casa Cristina, Miguel Ángel, Fran, las hijas y una amiga de la pequeña, que salía de clase de inglés y ya no pudo volver a Massanassa, a solo dos kilómetros más al sur. 

    Y entonces, el agua. “Pero una cosa, vamos, increíble. Imagínate cuatro edredones más todas las toallas de la casa, más todas las mantas, y el agua entraba a chorro. Era una cosa impresionante. Empezó a salir también por el sumidero de la ducha. Llegó un momento en el que vimos que era imparable”, recuerda.

    Y es en ese momento cuando Cristina reacciona y casi sin pensarlo va a un armario y coge los papeles de Hacienda, los de la casa. Papeles que salvar. Solo el fuego y el agua destruyen el papel. ¿Qué más cosas?, tiene que pensar rápido. Algo para comer. Agua. La medicación de su hija mayor. Pañales. Comida para la gata. La gata. A partir de ahí, solo pudieron mirar.

    Desde el piso de arriba miraban el agua marrón ascendiendo, desde las ocho hasta pasada la medianoche. Subir, subir, subir. Asomados a la ventana veían el agua comiéndose el coche. “Era dantesco todo”, dice. Dantesco viene de Dante. En el infierno que describe en la Divina comedia, los condenados que pasan por el tercer círculo del inframundo se arrastran por un fango maloliente bajo una tormenta infinita de lluvia y granizo. Durante siete siglos, dantesco es la mejor palabra que encontramos para hacernos una idea de lo que es un infierno en la tierra.

    De madrugada, el agua empezó a bajar. En la calle llegaba a los tobillos, pero dentro de casa, donde se había formado una piscina de fango, hasta la rodilla. Cuando se atrevieron a bajar, se encontraron con los cómics de su biblioteca flotando por el comedor. “La biblioteca de toda una vida. Los cómics que Miguel Ángel se compró con 14 años. Mi colección de los años 80 que tenía desde los 15. Habremos perdido como el 70% de todo”, valora Cristina. Precisamente, a Miguel Ángel le había dado este verano la fiebre, como a muchos aficionados a los tebeos últimamente, por el Whakoom, una app para llevar el control de la colección. Cristina estaba ya harta del sonido de la campanita cada vez que su marido añadía uno, con el móvil en la mano. El día que tenga fuerzas para mirarlo, Giner sabrá exactamente cuántos ha perdido.

    Cristina se apena, pero lo justo. Al lado de las desgracias que ha habido, se puede sentir afortunada. “En perspectiva, hemos tenido mucha suerte”, afirma. Han perdido electrodomésticos, muebles, el sofá, los primeros originales de su carrera como ilustradora, pero no los últimos, no las páginas de sus premiados cómics, que estaban en un mueble archivador en el piso alto. El mundo del cómic se ha volcado con ellos y muchos editores se han ofrecido a reponerles las copias perdidas. “Esperad, que primero habrá que pintar y volver a poner estanterías”, les dijo. Y un suelo nuevo en el estudio, que ha quedado destrozado. De la fotocopiadora nueva, ni hablamos.

    Volvamos a la noche sin luz, con las seis personas esperando en casa. ¿Con qué alumbrarse? Cristina buscó todas las velas que tenía de los cumpleaños y las encendió. No había otra cosa. A veces conseguían mandar un SMS, pero casi siempre les saltaba el mensaje de “no enviado”. Lo que les salvó de la incomunicación total fue tener una radio con pilas. Empezaron a achicar agua y esa sería su vida las tres primeras horas en las que el río de barro empezó a bajar lentamente de las paredes de Benetússer, y así seguiría siendo los tres días siguientes. Sin agua, sin luz, sin gas, sin electricidad.photo

    “Todo, todo, todo, todo lleno de agua y de barro. Cuando íbamos al váter, lo limpiábamos con agua de la que sacábamos de la casa. Una cosa tremenda. Una barbaridad”. Pero al tercer día hubo una electricidad, un suministro, un recurso energético que de golpe se encendió y empezó a funcionar: la solidaridad. “A partir del tercer día empezó a venir la riada de gente. Llegaban por la Pasarela de Solidaridad”. Alguien llamó a la puerta. “Abro y me encuentro con mi sobrino, de 22 años, que ha venido andando desde Valencia, hora y media. Se vino con dos amigos que nos ayudaron un montón. Pero es que, a partir de ese momento, han sido días de ríos y ríos de gente, cargados con escobas, con comida, con mochilas, con zapatos, con botas. O sea, ha sido la gente. La gente. Porque aquí no ha llegado otra ayuda”, afirma Cristina.

    La artista está enfadada con los políticos al mando. Se enerva cuando habla de ello. “La gestión de la Generalitat ha sido nefasta, o sea nefasta, nefasta y nefasta”, reitera, y señala una imagen que ha explicado tanta gente que es ya un símbolo: “Me llegó la alarma en el móvil cuando tenía ya el agua en los pies. Te llega y hasta te ofendes. ¿Me estás mandando una alarma de que viene una DANA y que me quede en casa cuando ya tengo el agua en casa?”. “Es que no lo acabo de entender. Se podrían haber salvado muchas vidas si se hubiera gestionado de otra manera”, afirma.photo

    Los vecinos de Benetússer se pasaban agua los unos a los otros, se intercambiaban comida, aceptaban la ayuda que desconocidos les traían. Los camiones militares aparecieron por allí una semana después. Antes que los soldados, aparecieron los periodistas. Un reportero le contó a Cristina que, en la televisión, las catástrofes se ven magnificadas, “que luego igual vas al terreno y no es tanto” pero en València, ha sido al revés: al llegar era peor. “Hay gente que todavía está encerrada en casa porque se han apilado seis o siete coches bloqueando las entradas, los vecinos les llevan la comida”, dice. O la librería Somnis de Paper de Benetússer contra cuya luna se empotró un coche y una tromba de agua arrasó con todo.

    El miércoles por la mañana, mientras sacaban barro, en casa de Cristina revivieron el susto. Alguien se paseaba por las calles voceando, en nombre del Ayuntamiento, que tuvieran cuidado porque se iban a abrir unas compuertas de embalses para evitar su rotura, y eso podría hacer crecer de nuevo el agua. “Ahí sí que pasé mucho miedo porque como ya habíamos pasado una noche de horror, dijimos: otra vez”. Esta vez, fueron a por los ordenadores y los llevaron a la casa de los suegros. Cogió un par de bolsas y pensó: “Lo que me quepa en ellas”. Se dirigió hacia el mueble de sus originales y agarró tres de El día 3, dos de María la jabalina y unas caricaturas de su abuelo que dibujaba muy bien. “Hice como una recogida simbólica”, dice. Los papeles de Hacienda, la licencia del estudio, los negativos de sus fotografías. Por suerte, es una mujer ordenada, sabía dónde estaban esas cosas. Y todo eso lo llevó lo más alto que pudo. Finalmente, no llegó la segunda ola.photo

    La hija mayor de Cristina y Miguel Ángel se comunica con gestos y pictogramas en una tablet. A sus padres les preocupaba que se asustara. “Los primeros días nos teníamos que aguantar para que no nos viera llorar. Le quitábamos hierro al asunto. Mira, le decíamos, tenemos que fregar, que ha entrado agua. Le explicamos con un pictograma que el coche se había roto. Le decíamos cosas poco a poco y las iba entendiendo”. Pero la tablet se quedaba sin batería y ella, acostumbrada a salir a la calle a diario, no comprendía.

    “El primer día lo aguantó bien, pero el segundo ya estaba renegando, llorando cada dos por tres, pegada a mí”. Decidieron llevarla a casa de la hermana de Cristina, que no había sido afectada por la riada. Sin suficientes ambulancias para ir a buscarl, sin medio de transporte para llevarla, sencillamente se echaron a la calle a caminar un trayecto que podría ser de una hora pero que a ellas les llevaría seguramente tres. En el camino, por suerte, una furgoneta de Protección Civil las recogió y las llevó hasta el cauce del río. Desde entonces, la joven sigue donde su tía, esperando que su casa vuelve a ser mínimamente habitable. Además, puede acudir cada día a un centro de día especial que la Cruz Roja ha improvisado en el antiguo colegio de ella. “La chiquilla está ahora feliz”, dice Cristina.

    Muchos valencianos, supervivientes de esta catástrofe, han adquirido una nueva habilidad: prepararse para vivir en la posibilidad de la emergencia. Hay varias cosas que Cristina Durán sabe qué hará: instalar puertas herméticas, tener siempre una radio con pilas, linternas, un Campingaz, un kit de seguridad en el coche para cortar el cinturón y romper el cristal, más purés y pañales para su hija en la despensa, botas de agua para todos, baterías para recargar el móvil… y una cafetera italiana: “Nos hemos pasado tres putos días sin tomar café por culpa de tener una cafetera eléctrica”, dice Cristina, con una risa cansada, amarga pero consoladora. “No me da la vida, pero atiendo a los periodistas, me desahoga mucho, necesito soltarlo”, se despide.

    Publicado en elDiario.es

  • La crónica de Nick Cave, de lejos pero cerca

    La crónica de Nick Cave, de lejos pero cerca

    Nick Cave está atravesando Europa en octubre y noviembre, de Zagreb a París, de Barcelona a Dublín, escoltado por sus Bad Seeds, con los que no giraba desde 2017. El objetivo es presentar su último disco doliente, Wild God (2024), tercer capítulo de una narración a la que se ha aferrado para salir adelante con su vida, a partir de la tragedia.

    Su hijo Arthur, uno de sus gemelos, hijos también de la diseñadora Susie Cave, murió en un accidente en los acantilados de Brighton, con tan solo 15 años. Hace nueve años de aquello y, para muchos, podrían no ser suficientes, una vida entera podría no serlo, para asomar la cabeza y ver amanecer con una mirada que no sea de rencor. Wild God es el testimonio de cómo el artista ha encontrado una manera de seguir viviendo: creyendo en un Dios salvaje.

    La expectación de este concierto en Madrid era grande. Del disco se ha hablado mucho y siempre bien. Ha venido acompañado de entrevistas en las que Cave ha decidido no ser brusco con sus entrevistadores y mantener interesantes conversaciones, como esta con la escritora Mariana Enríquez. Ha habido, incluso, vallas gigantes anunciando el disco en el metro, una constatación de que el artista ha llegado a un público amplio y capaz de llenar estadios de más de 10.000 personas, impensable hace 30 años, cuando se publicó Let Love In. photo

    De ese álbum, anoche interpretó la tabernosa Red Right Hand, recibida con entusiasmo no quizá porque miles de personas hubieran comprado aquel disco en su momento, sino por el rescate que de ella una serie de televisión. Aquel era el Cave de la sangre y el alcohol. Un Cave que ya solo existe en la memoria pero que a veces se dejaba ver en la noche en la que Madrid se juntó para adorar y tocar a este dios.

    Aquel Cave, que asomó también en la grandiosa y extática canción From Her to Eternity, es el que se dejó a los Bad Seeds de Blixa Bargeld por el camino. Los egos de Blixa y Nick no pudieron soportarse y el primero recogió toda esa aspereza delirante que le proporcionaba a Nick Cave y la volcó en su grupo Einstürzende Neubauten. Alucinante paradoja del destino –pues no hay indicios de que sucediera a propósito–, Einstürzende Neubauten tocaba el día anterior en Barcelona a la vez que Nick Cave. Al salir al escenario, Blixa agradeció la asistencia: “Sé que es una decisión difícil”. Nick Cave no dijo nada, por supuesto.

    Aunque el Palau Sant Jordi se había llenado a dos tercios de su capacidad, el WiZink Center estaba casi completo, pero no sold out, con entradas disponibles en algunos puntos de las gradas. El precio no era asequible: la entrada de pista rozaba los cien euros. El rock’n’roll se ha puesto por las nubes y una experiencia como esta, aunque de más de horas de duración, es ya un lujo.photo

    Más de veinte canciones llevaron al público por un viaje donde se ha explorado, sobre todo, el citado Wild God, con apenas dos pinceladas de los dos álbumes anteriores, posteriores a la muerte de Arthur Cave: Ghosteen (del que interpretó la estremecedora Bright Horses, con unos magníficos coros agudos (casi en registro Sigur Rós), inasibles, del esencial y valleinclanesco Bad Seed Warren Ellis, quien toca el violín como si fuera una guitarra) y Skeleton Tree (al que recurrió para I Need You). Son canciones elegidas de manera coherente para traerlas junto a la narrativa del dios salvaje, temas como Frogs, Wild God y Song of the Lake, que son tres del último disco y las tres con las que abrió el concierto. Un coro formado por tres mujeres y un hombre, confiere la sonoridad gospel que tan bien le sienta a estas canciones.

    Tras la sacudida que supone From Her To Eternity, Cave se sentó al piano para regresar a Wild God con otras tres canciones: Long Dark Night, Cinnamon Horses y Conversion pero, entre la segunda y la tercera, creció la semilla de maldad con Tupelo, el tema tribal que abría su segundo disco en solitario (su carrera se inició con la salvajada que fue Birthday Party) titulado The Firstborn Is Dead. Un clásico de los directos en los que Nick Cave –y su público– entra en trance hipnótico y nos recuerda, entre truenos, que Elvis nació durante un temporal de proporciones bíblicas, bajo el que los pájaros no podían volar ni los peces, nadar. En un momento de la canción, Cave se tira al público, se funde entre los brazos de las primeras filas. Así lo hará repetidamente durante el concierto, gracias a una pasarela que ocupa el espacio del foso que tradicionalmente separa el escenario del público. Intencionadamente, Nick Cave busca en esta gira acercarse aún más a la gente: “¡Sois bellos!”, gritará a la audiencia en repetidas ocasiones.photo

    Entre Tupelo y Conversion, Nick Cave hace alusión a los teléfonos móviles. No es la primera vez. Días atrás, en Cracovia, un vídeo muy visto en redes sociales le muestra haciendo un trato con el público: él posará durante 30 segundos en los que la gente podrá hacer todas las fotos y vídeos que deseen; después, bajarán los teléfonos. En Madrid, pasó algo similar. “Baja el teléfono –le dijo a alguien– yo voy a cantar esta canción para ti y será el momento más especial de toda tu vida, una experiencia que no vas a olvidar, pero tendrás que bajar el teléfono”. Y a Nick Cave, se le obedece.  

    La interpretación de la mencionada I Need You fue uno de los momentos más fascinantes del concierto. Con el cantante solo al piano y la cámara frente a él, retransmitiendo su rostro a la pantalla grande del fondo del escenario. Otro momento apoteósico llegó con otra canción del Cave de los 80, The Mercy Seat (de su disco Tender Prey), aquel Nick en rojo y negro que comanda un ejército no se sabe si hacia el infierno o hacia adonde, pero al que es imposible no seguirle. “Fucking Madrid!”, gritó en más de una ocasión.

    El concierto va llegando al final y quedan los bises, en los que Nick Cave recordará de manera emotiva a la Bad Seed más añorada, la fallecida Anita Lane, a quien le ha dedicado una canción del disco titulada O Wow O Wow (How Wonderful She Is). Cave habló de ella y dijo que había muerto el año pasado, o quizá el anterior. En verdad, hace ya tres años y medio de su muerte. Pero la ausencia es así: no importa el tiempo, solo es vacío. La poca respuesta del público a la dedicatoria, sus imágenes proyectadas o su propia voz sonando en una grabación, indica que muy poca gente conoce a una de las fundadoras de los Bad Seeds.photo

    En general, se percibe que su público es en mayor parte nuevo o llegado por vía televisiva. Y ya casi en el final, para complacer a la audiencia y bajar el tono antes de la despedida, uno de sus temas más hermosos: The Weeping Song. “Es una canción para llorar, pero no lloraremos solos”, dijo Nick, con acierto. El músico pidió colaboración al público para hacer “esa cosa española”, palmeando rápidamente. Al principio no quedó bien pero luego la cosa, como en un local de ensayo, fue progresando. Cave usaba algunos brazos del público para que le agarraran el micro mientras él aplaudía, con la naturalidad de la amistad.

    El grupo se va pero él solo interpretará el mensaje final: el baladón Into My Arms, en el que se dan algunos apuntes sobre el Dios en el que un religioso Cave no cree: “No creo en un Dios intervencionista, pero yo sé, cariño, que tú sí. Pero si yo creyera, me arrodillaría y le pediría que no intervenga cuando se trate de ti, que no toque ni un pelo de tu cabeza, que te deje como estás”. Si hay un Dios, debería ser un Dios que entregue a Nick Cave a los brazos de los fans, al menos una vez más, no se puede pedir más.

    Publicada en elDiario.es

  • Chica, sabías que era verdad

    Chica, sabías que era verdad

    Yo tenía 14 años y ya adoraba la música sobre todo lo demás. Tenía un álbum con un apartado para apuntar mis grupos favoritos. Una tarde en la que Noemí y yo tonteábamos en el trastero de mi casa, ahí escribí: Milli Vanilli, Duncan Dhu, Hombres G, New Kids On The Block, Madonna, Michael Jackson. Recuerdo que le pregunté a Noemí, ¿pero cómo se escribe? Me liaba con las elles de milli Vanilli. Al final, acabaron mal puestas, la hache de Duncan Dhu, también. Solo escuchaba los 40 Principales y no sabía qué había más allá. pero lo que me gustaba de verdad, me gustaba con ardor.

    Adoraba a Fab y Rob de Milli Vanilli. Cuando les veía bailar, el corazón me palpitaba muy fuerte. Quería ser como ellos. Quería quemar el uniforme del colegio y ponerme mallas hasta la pantorrilla, chaquetas grandes con hombreras gigantes y cualquier cosa del armario que contrariara las leyes de lo que supuestamente combinaba.

    Noemí y Pili también eran muy fans de Milli Vanilli. Eran las chicas más altas de la clase, las más salvajes, las más desafiantes. Si las monjas prohibían los tupés, ellas se los hacían más altos. Se remangaban el pantalón azul celeste del chándal escolar para imitar ese largo indeterminado a mitad del camino entre la rodilla y el tobillo. Ensayaban la coreografía de Girl You Know It’s True en el patio y les salía perfecta. Yo quería ser ellas. Adorar a Milli Vanilli también era adorarlas a ellas.

    Yo también ensayaba las coreografías pero a escondidas en casa, donde nadie me veía.

    La semana pasada entrevisté a Fab Morvan en Madrid, por el biopic que ha dirigido Simon Verhoeven (Milli Vanilli: Girl You Know I’ts True). Fueron apenas 25 minutos y no pude hacerle la gran parte de las preguntas que llevaba. Tampoco pude decirle algo que me guardé (de nuevo, para la intimidad de mi casa, no solo por falta de tiempo, también por vergüenza): cuando dos años después se supo que las voces no eran de ellos, no me importó en absoluto. Les seguí adorando igual y les he defendido durante estos más de 30 años. Lo que me ilusionaron entonces no lo habrían hecho otros.

    Conocer a Fabrice ha confirmado que su hondura, su carisma y su brillo eran reales.

    Aquí la entrevista en elDiario.es


  • Con las bicilocas azules

    Agosto en Madrid es el mejor momento del año para moverse en Bicimad. Al haber menos tráfico, hay menos peligro de que te atropellen. Como somos menos, hay más bicis. Ha empezado septiembre y el lunes 28 de agosto (que ya era septiembre), Madrid se había echado a perder, como se echa a perder todos los primeros de septiembre.

    Esta semana ya no había bicis y, las que había, no funcionaban. Ahora son azules pero prefiero las blancas, las que yo llamaba bicilocas. Iban mucho más rápido y frenaban mejor. Estas nuevas tienen un velocímetro digital que te confirma que a duras penas paso de los 22 km/h, y eso que la velocidad máxima de los ciclocarriles es 30 km/h. Ojalá pudiera ir tan rápido.

    Una bici de las blancas abandonada por Madrid, en marzo, cuando se hacía el cambio de un sistema a otro

    El portaequipaje delantero también parece más seguro que el de las blancas, aunque nunca lo he usado. Lo que sí que es fabuloso es que, hasta diciembre, es gratis. Me pregunto si no podría ser gratis todo el año, si realmente nos costaría tanto.

    Hay cosas entre 2016 y hoy que no cambian: el carril bici sobre la acera de la calle Serrano y en sentido contrario al tráfico rodado, que me viene ideal para volver a casa desde la redacción del periódico (y desde cualquier sitio céntrico), sigue siendo el lugar escogido para muchos caminantes indolentes y clientes de boutiques para pararse mirando el móvil, charlando con alguien, buscando un taxi o esperan a que el semáforo cambie a verde.

    En cuanto enfilo el carril hacia el norte, pongo el pulgar de la mano izquierda sobre el piticlín y no hay día que no tenga que pegarle varios timbrazos a dos o tres merluzos. Lo normal es que se ofendan. No les gusta ceder, mucho menos retroceder. Suelen hacer como que no me oyen, pese a que estoy parada a tres centímetros haciendo ese ruido metálico cinco o seis veces y gritando «¡¡perdonen!!». Pero no me oyen. Hasta que uno me mira como quien mira la lavadora girar con ropa dentro: ahí pasan cosas pero no son del todo de tu incumbencia, no todavía.

    La semana pasada una chica, que hablaba con dos mujeres frente a las que tuve que parar de sopetón, lo cual es mucho pedirle a las bicis azules, me pidió tantas veces perdón que me pareció que lo hacía por ella y por todos sus compañeros de los siete últimos años.

    Hace unas semanas hablaba con otro motorista que los que vamos en moto y en bici por Madrid desarrollamos una especie de radar psicológico ultrasensorial con el objetivo de adivinar lo que piensan los conductores de coches y los peatones. Eres como el Jason Bourne de la calle Juan Bravo (estoy segura de que esta comparación ya la he escrito antes, es muy buena y me suena familiar), antes de llegar al paso de cebra ya te has dado cuenta del taxista que va a aparar súbitamente dentro de diez metros porque has visto, antes que él, una mano levantada que le quiere detener, del chaval que se ríe solo y que seguramente va a cruzar desde el bulevar sin levantar la vista del móvil, de la conductora con gesto triste e intenciones de girar a la izquierda pero mirando a la derecha, de un perro sin correa que camina por la acera y de los tres patinetes, dos Glovos y cuatro motos que te rodean.

    Este agosto se me ha escurrido demasiado rápido del regazo. Me da pena. Eleonor va a comenzar el instituto en cuatro días. Su primer día de instituto, quiero decir. Todo va rápido, rápido, rápido, salvo las nuevas bicilocas azules.

  • Elegir a dedo

    Elegir a dedo

    El Ayuntamiento de Madrid, en un segundo round consecutivo en manos de Almeida, vuelve a las viejas costumbres de elegir a dedo la dirección artística de un centro de arte y creación cultural. El primero de la temporada ha sido Matadero, cuya anterior directora Rosa Ferré, llegó allí gracias a un concurso público.

    Ni siquiera nos lo contaron: nos enteramos porque el contrato estaba en el portal de contratación del Estado. Y así vimos que el periodista José Luis Ramos Romo (estuvo 10 años en El Mundo, luego fue asesor para el Área de Cultura del Ayuntamiento y durante un año director general de Programa y Actividades Culturales) es el nuevo director creativo del centro. Según el pliego del contrato, José Luis Ramos Romo es «la única persona que tiene las facultades y derechos necesarios para la realización de la misma”.

    Yo apenas le conozco, tengo que admitir. Pero aún así me cuesta creer que sea «la única persona» capaz de dirigir Matadero Madrid.

    Cuando era asesor, sabía quién era porque venía del periodismo. Este año, en primavera, coincidimos ambos siendo jurado en el concurso Villa de Madrid. Espero conocerle mejor, a partir de ahora. No obstante, en esta columna de opinión hago mis objeciones a esta tipo de método para elegir una dirección artística. Como decía César Antonio Molina, puede que con el dedo elijas bien, pero es poco democrático.

    Por cierto, que veníamos de esto en Matadero (un centro sin dirección artística desde enero): Madrid Destino Cultura Turismo y Negocio SA, el incómodo documental sobre el trabajo cultural que la Cineteca de Matadero prefiere no programar.

  • Escarbar

    Ha llegado el momento de buscar un tiempo y un espacio de serenidad. Un tiempo es un rato, una hora quizá. Un espacio es un lugar sin el móvil en la mano. Hay que mirar al techo y empezar a hurgar en la memoria. Hay tantas cosas que he olvidado ya.

    Primero tengo que visualizar todas las oficinas en las que he trabajado. Verme en ellas. (Algunas no eran oficinas, eran otras cosas). Y empezar a pensar en mis compañeros y compañeras. En qué cosas he dicho. Cuáles he hecho.

    ¿Te has liado alguna vez con alguien con quien trabajaras?, me han preguntado. ¿Con un jefe o jefa? ¿Con un subordinado/a?

    Empiezo a hacer el repaso. Tengo miedo de olvidarme de algo. Quizás hay unas cosas que he borrado de mi cabeza. Quizás otras las he reescrito.

    ¿He tenido siempre tan claro como ahora que una situación jerárquica superior trae consigo una situación de poder? ¿Y que ejercer ese poder es un abuso?

    ¿Hay alguien con quien tenga que disculparme?

    No, antes no lo tenía tan claro.

    Podría haber sucedido.

    No ha pasado, pero podría haber pasado.

    #SeAcabó

    La responsabilidad es de todos y de todas.