Autor: elenac

  • Caminar la Gran Vía, cómo se hace

    Caminar la Gran Vía, cómo se hace

    Desde hace un año he vuelto a trabajar a la Gran Vía, como en 2002. Eso me gusta porque es un lugar al que vuelvo una y otra vez. Una calle que me fascina. Sé que algún día escribiré sobre ella.

    A fuerza de caminarla, hay cosas que aprendes de mirar a la gente y de tu propio andar. No se camina la Gran Vía como cualquier otra calle. Primero, es importante trazar una línea recta imaginaria y seguirla decididamente, mirando siempre al frente, sin titubear ni salirse del recorrido: da igual quien venga en sentido contrario hacia nosotros, lo importante es que se aparte el otro. Eso es señal de que este es tu territorio.

    Nunca hay que hacer contacto visual con las personas con las que te cruzas en sentido contrario. Puedes (y debes) mirarlas, admirarlas, ficharlas pero que no te pillen haciéndolo.

    Te puedes poner lo que quieras para caminar por la Gran Vía. Las combinaciones de ropa más explosivas las he visto ahí, en la puerta de Telefónica, esperando a cruzar en Callao, saliendo del metro en la Red de San Luis.

    Está bien que sepas qué había antes en los sitios que ahora ocupa el Bershka (Madrid Rock), el Primor (el Wendy), el H&M que han cerrado y donde pronto abrirán un Uniqlo (el Pasapoga, el cine Avenida) o el restaurante mexicano (los recre) pero es de mal gusto recordarlo. Los cambios en la Gran Vía han de serles indiferentes a la pantera que recorre con altivez esta avenida, porque todo cambia a un ritmo trepidante y hay que dejarlo ir, estar por encima de eso.

  • Madrid en agosto

    Madrid en agosto

    Se me ríen los compañeros que están de vacaciones porque les digo que me encanta trabajar en agosto en Madrid. «Me encanta», me repiten, imitándome con sarcasmo.

    Pues sí. Yo qué sé.

    Me encanta.

    Primero, porque puedes pensar. Esto no pasa todos los meses del año, en los que haces y haces y no piensas en lo que haces. También es verdad que con frecuencia hace tanto calor que quizá tienes el tiempo para hacerlo pero el cerebro frito.

    Hoy he tenido que coger tres bicis de Bicimad hasta encontrar una que más o menos me trajera a casa. Solo tenía freno en una rueda y el sillín se giraba al pedalear. La primera estaba pinchada y la segunda tenía roto el motor eléctrico. Después, ya no había donde elegir. Eran las ocho de la tarde y un termómetro que he visto en Luchana marcaba 38º. Yo hoy llevaba un vestido mínimo, un mono de pantalón corto y escote palabra de honor y aún así´, he llegado sudadísima.

    Por el carril bici de Serrano, que está sobre la acera derecha según miras hacia el norte, tienes que ir procurando no apretar los dientes, porque te los puedes romper en los baches de los tablones de madera. Cada día es peor, ya que se va deteriorando más. La sensación es como ir en un carromato por un pedregal. Aunque nunca hayas ido en un carromato por un pedregal te puedes hacer una idea. Por ese carril bici hay qur ir siempre con la mano izquierda sobre el timbre de la bici. A veces, cuando ya estás en Serrano, descubres que has cogiod una bici que no tiene timbre. En ese caso, hay que prepararse psicológicamente para ir gritando a la gente. En Serrano siempre hay panolis parados en el carril bici que, cuando les llamas la atención con el timbre o les pegas un grito, te miran como si fuera la primera vez en su vida en que reparan que ahí, en su acera, hay un carril para las bicis.

    En agosto, estos incidentes son menos frecuente, sencillamente porque hay notablemente menos gente en la ciudad. Por ese mismo motivo puedes ir en metro y sentarte en un asiento (y también esperar una media de 10-12 minutos a que llegue el tren, pero eso sí, puedes esperar también sentado un banco del andén) y también conducir por la ciudad de manera más tranquila y, por tanto, menos peligrosa.

    A veces voy en moto. Al fin han terminado las obras de la calle Alcaláen su cruce con Gran Vía, así que ya no hay que sufrir el colapso envuelto en polvo, humo de los tubos de escape y calor de los autobuses que he venido aguantando hasta ahora. Un día tuve que para ahí mismo, para ir a entrevistar a Luis García Montero en el Instituto Cervantes, y tardé diez minutos en salir de un atolladero de maquinaria pesada, obreros y calles cortadas.

    Madrid siempre está en obras pero en agosto todavía con más ganas. Se sobreentiende que nadie viene de vacaciones o de visita a la capital en estas fechas, así que se abren zanjas, se colocan andamios, se corta el tráfico se cualquier arteria o, como es el caso, se cierra la mitad de una línea de metro. Todos los veranos hay un puñado de estaciones fantasmas, inaccesibles. A cualquier trayecto hay que añadirle 20 minutos más, para dar un rodeo. Cuando te encuentras con este inconveniente te enfadas un poco pero después te resignas. Al final te lo tomas como una tradición.

    Ahora, por ejemplo, tenemos vallada la Puerta del Sol una vez más. Una nueva remodelación va a hacer que siga siendo fea e inhóspita, una playa de cemento. De igual manera, la nueva plaza de España es una reforma fallida: fea, inhóspita, playa de cemento. Esos tres conceptos valen para cualquier plaza, para cualquier reforma de la que quieras hablar en Madrid.

  • La mujer enmascarada

    La mujer enmascarada

    La mujer enmascarada, de Elena Cabrera, es un libro de periodismo de interior sobre la vida en la pandemia.

    Está compuesto a partir de artículos escritos de manera diaria en elDiario.es, poniendo el foco en lo que sucedía en la casa, en el barrio, en la ciudad según se sucedían las fases que nos permitían juntarnos poco a poco con otros.

    Está editado en julio de 2022 por Libros.com y se puede pedir en la web de la editorial o en cualquier librería, por 16 euros.

    Lee un adelanto.

    Rocío Niebla me hizo una entrevista y escribió este artículo: Diario de confinamiento de una madre trabajadora con niña al lado.

    Lo presenté con José Luis López de Lizaga el 19 de noviembre en Zaragoza y con Alberto Monreal el 22 de noviembre en Madrid.

  • No me podía perder a Rosalía

    Lo cuento aquí: Rosalía cambia la M de Motomami por la de Madrid

    Es difícil saber quién ha llorado más esta noche, si Rosalía o sus fans. M de Madrid. “Madrid, siempre que vengo aquí me siento muy querida”, dice la patrona, la motomami, la gran artista de nuestro tiempo en la primera de sus dos noches en la capital haciendo rodar, todavía en las primeras vueltas, la potente cilindrada del Motomami Tour.

    “Motomami es distinto a El mal querer, y tengo los mejores fans del mundo porque haga lo que haga siento que me apoyáis en todas mis locuras”, le dice a los 17.000 espectadores que caben en el WiZink Center. El Palacio ruge y clama el nombre de la artista. La devoción es extrema. Con cada gesto de Rosalía tiembla la grada: cuando se pone las gafas, cuando se tumba en el suelo, cuando se agita la trenza, cuando mueve los glúteos con hipervelocidad, cuando se sienta a horcajadas sobre los bailarines que han formado una moto con sus cuerpos.

    D de Dinamita. Motomami Tour no es solo una exuberante y desbordante demostración del talento de una cantante y compositora, es también una bomba que hace estallar por los aires el viejo concepto del show en vivo. Primero, por la ausencia de músicos de acompañamiento, que nadie echa en falta (son, en cambio, los bailarines quienes la arropan). Segundo, por el diseño del escenario: sobrio, mínimo, un lienzo en blanco. Y tercero, por la audaz e innovadora mediación de la cámara y la pantalla como parte de la representación, y no como tecnología de amplificación.

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  • Las horas

    Paso tantas horas aquí sentada, en esta misma silla, frente a esta misma pantalla, con los codos sobre esta misma mesa, alumbrada por esta misma bombilla, presionando las teclas de este mismo teclado roto, que debería aprender a escribir.

    El teclado es nuevo pero ya le han roto las pequeñas patas que le sirven de soporte para que no sea plano, así que se tambalea y, al pulsar alguna letra, parece que no hay fondo, como cuando despierto en la cama creyendo que me hundo.

    Tantas horas aquí, haciendo nada.

  • Gana lo correcto

    Gana lo correcto

    No ganó la teta al estilo Delacroix ni la foliada de pandeiretas ni la lesbianización de Europa; ganó lo que tenía que ganar para que todo siga igual. Si hai fronteiras y estas son las de la industria, las que indican qué no debes hacer para salirte del tiesto, lo que funciona, lo que vende, lo correcto. En el BenidormFest, la selección española para Eurovisión, ha ganado la normatividad porque RTVE lo quiere así.

    En esta ocasión, tonta de mí, volví a ilusionarme. Y, una vez más, me volví a pegar una hostia.

    La música, para mí pesar, ha dejado de ser hilo conductor, vehículo de rebeldía, estandarte de identidad. Cuando en raras ocasiones como esta las canciones vuelven a asomar con la fuerza que tuvieron en el siglo XX, me emociono. Pienso que algo podría cambiar y que no estoy sola en eso.

    Pero quien maneja el dinero y los mensajes se cuida de poner en el centro al jurado, esa institución que representa el conocimiento experto, la sofocracia cultural: para que el orden establecido se tambalee pero no caiga. Que el sistema se tambalee es necesario para que el sistema se perpetúe (como nos enseñaron las Wachowski en Matrix).

    Escribo esto y pienso que parece que es que estaba defendiendo que Esplendor Geométrico fuera a Eurovisión. Y en realidad no era para tanto: solo unas tías que cantan en galego o una mujer que pregunta por qué dan tanto miedo nuestras tetas. Es muy difícil actuar en el mainstream por eso hoy, de nuevo, nos replegamos a nuestras trincheras. Como siempre.

    Lo ha dicho la persona delegada de RTVE para planificar la estrategia de España en Eurovisión: lo que cuenta es la IDEONEIDAD (y lo ha dicho en mayúsculas, por si había alguna duda).

    Eurovisión es un producto televisivo de las radiotelevisiones europeas. Uno podría esperar que la radiotelevisión pública de este país tuviera cierta sensibilidad pero recordemos lo que hay: la gran apuesta de RTVE por la música es un reality show que consiste en hacer competir a cantantes desconocidos para formarles como estrellas, exponiendo su vida íntima y metiéndola dentro de la ecuación del programa. Ese programa acomodado, aburrido y residual que son Los conciertos de Radio 3 en La 2 a la una y media de la madrugada. De vez en cuando, hay que admitirlo, compran algún producto de prestigio y bien elaborado, como Un país para escucharlo o Mapa sonoro (ambos, curiosamente, mezclando viajes y música). O Cachitos de hierro y cromo, probablemente el programa más barato de la tele que basa su éxito en hacerse el gracioso rescatando fragmentos cortos de un archivo que todos los martes nos recuerda lo mismo: hace años había música en la tele. Recordemos, también, que parece que RTVE no sabe cómo reflotar Radio 3.

    Por eso, el rescate del rótulo de Tocata en la actuación de Xeinn no tuvo ninguna gracia. Más bien al contrario: una parodia que nos recordaba que hay que retrotraerse a nuestra infancia, unos ridiculizados y estereotipados años 80 (según lo de Xeinn) para encontrar un tiempo en el que la música en Televisión Española importaba.

  • La «intemporalidad perdida» de Anaïs Nin

    La «intemporalidad perdida» de Anaïs Nin

    La obra de la escritora Anaïs Nin parece inagotable. De las profundidades de los centenares de cajas de su archivo, custodiado en la Universidad de California, brotan libros epistolares, diferentes ediciones de los diarios o literatura inédita, al menos en castellano. Es el caso de La intemporalidad perdida y otros relatos (Lumen), 16 narraciones breves que la autora escribió entre 1929 y 1930, es decir, cuando tenía entre 27 y 28 años, y que solo aceptó publicar ya al final de su vida.

    Ninguno de estos relatos vio la luz en aquel entonces y fueron rechazados unánimemente por diferentes agentes literarios, revistas y editoriales, incluida la librería e imprenta Shakespeare and Company. «Quizá las rechazaran porque formalmente eran poco convencionales y casi carentes de trama, y por la falta de detalles sociológicos y materiales», escribe en el prólogo Allison Pease, autora de estudios de género y Modernismo, o quizá porque tenía «muy pocos contactos literarios», sugiere. Son obras de juventud en la que ya se proyecta la Anaïs Nin que está por venir, por lo que leerlos a esta luz, desde la perspectiva de hoy, es apasionante. Nin no tendría algo de éxito hasta que, quince años después, publicó otra recopilación de historias, En una campana de cristal.

    Aparece ya en esta nueva publicación el uso de los símbolos y la recurrencia a lo onírico, precursores del pensamiento simbólico de la narrativa posterior de la autora y que tan importante sería a partir del momento en el que entra en contacto con el psicoanálisis. Encontramos su necesidad de escapar —»quiero encontrar un mundo que concuerde conmigo», escribe— y de buscarse a sí misma. De reconciliar dos partes de su propio ser que, como dos extrañas, la hacen estar dividida, perdida: el yo público y el yo privado. En algunos relatos, la tensión sexual no resuelta es el motor de las narraciones que empuja a los personajes para que revelen qué son o cómo piensan en su interior.

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  • 85 años desde que te mataron

    85 años desde que te mataron

    Querido abuelo: me llamo Elena, soy hija de tu hijo, no nos conociste a ninguno de los dos porque te mataron un día como hoy hace 85 años. Mi padre, Luis, era un bebé recién nacido. Yo tengo ya 46 años. Perdóname por haber llegado tan tarde a buscarte, no sé qué me entretuvo. Quizás, simplemente, que estábamos a otra cosa.

    Abuelo, soy periodista. Me gustaría saber qué periódico leías tú en los años 30 en Toledo, si eras más de El Castellano o de El Socialista. Quiero pensar que del segundo, aunque fue el primero, un periódico de derechas y católico, el que me trajo noticias tuyas. Lo sabrás perfectamente porque sucedió en 1934 y mis compañeros de aquel entonces dieron cuenta de tu participación como testigo en el juicio contra tus compañeros de aquel entonces: Hilario, Agustín y Julio, camareros, como tú; sindicalistas, como tú.

    De lo que no dijeron nada los periódicos fue de tu asesinato. En ese momento de terror en vuestra ciudad no había tinta, solo sangre. Al final, después de todo este tiempo buscándote, no sé nada de tu muerte pero sé muchas cosas de tu vida que no me contó nadie de pequeña: que te gustaba trabajar la madera, y se te daba bien, que trabajabas en el Café Español en la plaza de Zocodover, que tu padre murió solo dos años antes que tú, cayendo al Tajo, que defendias a tus compañeros, que te mantenías a flote entre dos aguas, que no tuvo que ser fácil para ti estar con tus compañeros, defenderlos, apoyar la huelga, luchar por lo que considerabas justo, y luego volver a casa donde te esperaban tus cuñados falangistas, carlistas, reaccionarios. Fachas, en definitiva, que los llamamos ahora.

    Cuando te mataron, nos arrebataron de ti y como consuelo puedo decir que al menos te ahorraste ver toda la muerte y la represión que vino después; se luchó fieramente contra los fascistas tres años más pero la derrota fue inmensa y eterna: le siguieron 40 años de dictadura y no te creas que ha acabado del todo. Te sorprenderá saber que hay mucha gente, de los vencidos, que fueron enterrados quién sabe dónde y perdidos para siempre. A otros todavía los estamos encontrando. La humillación sigue bajo la tierra.

    Me parece importante comunicarte que tú no eres uno de ellos. Durante años pensaba que estabas desaparecido y cuando al fin me animé a buscarte, averigüé que me esperabas mucho más cerca de lo que nunca me podría haber imaginado. En los últimos días de tu vida te encerraron tras unos barrotes pero la cárcel más grande, la condena que padeciste durante décadas, se te impuso con puertas blindadas de silencios. En casa no se hablaba de ti, como de muchas otras cosas, como en muchas otras casas.

    Abuelo Raimundo, te quiero sin haberte conocido, en eso consiste la lealtad y la familia. La familia de aquel entonces no te ayudó cuando lo necesitabas; cómo iban a hacerlo, si representas todo aquello que repudiaban. Yo, tú familia de este entonces, he hecho por ti todo lo que he podido, sabiendo que nunca será suficiente.

  • Lugares sin memoria

    Lugares sin memoria

    Una de mis obsesiones es conocer cómo marca el tiempo a través de su paso por un sitio. Me impresiona mucho la perdurabilidad de lo sólido, en especial la piedra, ante el ciclo momentáneo de los que nacemos y morimos y, en un momento dado de esa insignificante existencia, pasamos por allí, rozamos con los dedos de la mano esa pared, derramamos nuestra sangre sobre ese suelo, dormimos encerrados bajo ese techo.

    Confieso que me tienta la idea de la psicogeografía y a veces me gusta pensar que los lugares conservan una memoria de sí mismos, como si almenasen datos cual organismo vivo.

    De ser así, es una memoria muda. Aunque no es tan difícil encontrar los cabos sueltos que nos sirven para contar el cuento. En el solar de Peironcely hay restos del suelo de las casas que fueron derruidas por los bombardeos en los años 30. En el patio interior del restaurante Casa Anido están los píos que usaban para hacer las conservas de sardinas en lata de los Romaní y que, en la Guerra Civil, usaron los presos del campo de concentración para dormir calientes dentro de ellos. En un contenedor de la basura aparece un archivador que es recogido de allí por un activista de la memoria. Hubo un tiempo, quizá solo fue un día en la historia, en el que las autoridades franquistas, diplomáticas y religiosas se colocaron en una escalinata construida en un cerro, e hicieron como que aquello era importante, aunque lo olvidarían pronto (pero los trabajadores esclavos que picaron piedra y la arrastraron para colocarla allí no olvidaron).

    Estos días se ha publicado en elDiario.es una pequeña serie de artículos que he escrito, titulada Lugares sin memoria. Ojalá pudiera ser más larga, estaría escribiendo sobre sitios así todo el rato, no haría otra cosa y sería feliz.

    1. Una historia terrible entre las latas de conservas de Muros
    2. Dónde están los niños muertos en Perpiñán
    3. Nadie recordaría esa fábrica si se hubiera adelantado el camión de la basura
    4. El descampado de Peironcely: todavía caen bombas sobre Vallecas
    5. Pensaron que construyendo pisos nuevos, nadie se acordaría de las viejas historias de la guerra
    6. Un monumento franquista en medio de la nada: no por no mirarlo, deja de existir

    He rivalizado conmigo misma en el titular más largo. Bueno, creo que en esta ocasión lo merecía, como puerta de entrada a una historia.

    Larga vida al periodismo de verano, que permite hacer estas cosas y a la gente tener tiempo para leerlas.

  • 21.750 millones de euros

    21.750 millones de euros

    La represión sobre los perdedores de la Guerra Civil se prolongó a lo largo de los 40 años que duró la dictadura. En 1979 comienza un proceso de reparación económica que el movimiento memorialista y algunos partidos políticos no consideran zanjado en absoluto. El Gobierno, según un estudio interno al que ha tenido acceso elDiario.es, reconoce que 21.749 millones de euros (hasta diciembre de 2020) es el total de lo que la Administración General del Estado ha dedicado a reparaciones económicas a las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo. Es la cantidad más alta que se ha gastado nunca el Estado en indemnizar a víctimas, seguida muy de lejos por las afectadas por el aceite de colza.

    Esta cantidad incluye las reparaciones en forma de pensiones a militares, combatientes, mutilados, así como sus familiares en caso de fallecimiento y los asesinados y desaparecidos; estos son 547.670 beneficiarios y un importe de 21.349 millones de euros, estando el grueso de la reparación en los militares no profesionales. Por otro lado, se recogen también las reparaciones a las personas que sufrieron prisión, tanto en la compensación de aportaciones a la Seguridad Social como en indemnizaciones; esto ha afectado a 60.683 personas, con un importe de 397 millones de euros. Por último, se recogen también las 49 indemnizaciones a los herederos de personas que dieron la vida en defensa de la democracia entre 1968 y 1977 cuyos expedientes fueron aceptados de entre los 190 que se presentaron; esto supuso 2,8 millones de euros.

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