Categoría: twentytwentyfive

  • Escarbar

    Ha llegado el momento de buscar un tiempo y un espacio de serenidad. Un tiempo es un rato, una hora quizá. Un espacio es un lugar sin el móvil en la mano. Hay que mirar al techo y empezar a hurgar en la memoria. Hay tantas cosas que he olvidado ya.

    Primero tengo que visualizar todas las oficinas en las que he trabajado. Verme en ellas. (Algunas no eran oficinas, eran otras cosas). Y empezar a pensar en mis compañeros y compañeras. En qué cosas he dicho. Cuáles he hecho.

    ¿Te has liado alguna vez con alguien con quien trabajaras?, me han preguntado. ¿Con un jefe o jefa? ¿Con un subordinado/a?

    Empiezo a hacer el repaso. Tengo miedo de olvidarme de algo. Quizás hay unas cosas que he borrado de mi cabeza. Quizás otras las he reescrito.

    ¿He tenido siempre tan claro como ahora que una situación jerárquica superior trae consigo una situación de poder? ¿Y que ejercer ese poder es un abuso?

    ¿Hay alguien con quien tenga que disculparme?

    No, antes no lo tenía tan claro.

    Podría haber sucedido.

    No ha pasado, pero podría haber pasado.

    #SeAcabó

    La responsabilidad es de todos y de todas.

  • Hasta las narices de los embargos

    Así que lo he contado en mi primera columna de opinión de las cuatro que voy a escribir a lo largo del mes de agosto: Esta opinión no está embargada.

  • Juegos artificiales

    Juegos artificiales

    La experiencia de escribir el Diario del coronavirus fue agotadora mentalmente (tampoco como ponerse un EPI e ir a trabajar todos los días, no exageraremos) pero fue una experiencia apasionante que me devolvió mi confianza no tanto como periodista sino como persona que escribe, persona que escribe todos los días y a todas horas, quiero decir; una confianza que pierdo, tanto en la periodista como en la escritora, todas las noches.

    A la vez que entiendo que no hay nada en el mundo que me produzca mayor placer, que me ubique más en ese mundo, que reconozca que sea la única actividad en la que me entreno para hacerla lo mejor posible, a la vez, decía, admito que me resulta poco natural, difícil, poco fluido e incómodo hacerlo. Leí hace poco que a Julio Camba también le daba pereza escribir. Camba prefería hacer cualquier otra cosa antes, como sentarse en un café y petardear un rato. Pero luego, cuando no le quedaba más remedio porque con algo tenía que pagar los cafés o los licorcafés o directamente los licores, se ponía. A mí me pasa un poco igual. Pero luego te coges el artículo de Julio Camba y dices caray: se puede pasar cinco días vagueando si luego escribe esta maravilla. Ahí ya, claro, dejamos de parecernos, porque Julio Camba consiguió nivel dios en escribir y que pareciera natural.

    Al terminar el Diario, con 82 entradas escritas durante el estado de alarma, necesitaba parar de vivir para escribir. Alucino al decir esto, pues una niña criada con los diarios de Anaïs Nin es esa la única cosa que ha querido en su vida entera. Pero así fue. Los que me lean desde hace años saben que yo antes practicaba una escritura exhibicionista. Mi grado de exposición (además en un tiempo en el que había menos personas volcando su vida en internet) me hizo vulnerable. Aquellos tiempos me rompieron. Malfuncioné durante años. Volver a escribir sobre mí, como he estado haciendo en el Diario, me trajo aquellos aromas, por lo que a todos los miedos cotidianos (miedo a la muerte, miedo al virus, miedo a no llegar a fin de mes, miedo a desperdiciar mi vida, miedo a hacer el ridículo) tuve que sumarle el miedo a contar demasiado. Alguien que me estaba leyendo me mandó un email en el que me dijo que le asombraba que pudiera ser tan sincera sobre mí misma, que abriera una ventana tan grande a mi vida y a la de mi familia. No le respondí pero me hubiera gustado decirle (lo hago aquí) que si ese Diario lo hubiera escrito quince años atrás, sí que se hubiera asombrado de verdad. Todo lo que no cuento es más voluminoso que lo que cuento.

    De todas formas, necesitaba parar. Escribir para eldiario.es no es mi único trabajo. De hecho, mal que me pese, ni siquiera es ya mi empleo principal. Actualmente hago un trabajo editorial (que básicamente consiste en traducir y corregir juegos) para Gen X Games. No podía seguir echándome tantas horas encima con Eleonor en casa, enlazando el confinamiento con las vacaciones. Les dije que iba a parar un poco, aún así acepté una entrevista y, después de ella, eché el freno de mano.

    Estaba tumbada en el sofá cuando Gumersindo Lafuente me envió un mensaje por Telegram. no era más que un hola qué haces, o algo similar. Cuando un jefe te manda un hola qué tal no quiere saber qué hay de tu vida sino saber si estás disponible para recibir un encargo. Así que, antes de que lanzara la caña, le dije que mejor no, que estaba hasta arriba con el curro de la editorial. «Y yo que te iba a tentar», me contestó. No es que yo fuera Eva en el paraíso, pero sí que me imaginé a Sindo como una serpiente tendiéndome una deliciosa manzana. Una Elena vestida de diablesa sexy apareció sobre mi hombro izquierdo y me susurró al oído: «pero tú cómo le dices que no a nada a Gumersindo Lafuente, insensata». En realidad dijo una palabra antes de su nombre, porque mi diablesa habla como yo no lo hago, pero la omito aquí por decoro.

    Mientras miro la pantalla del móvil, que sostengo con las dos manos sobre mi barriga, me dice que él venía aquí a proponerme una serie de verano, un spin-off del Diario del coronavirus pero diferente. Tardé en llamarle los segundos que me llevó pasar de una aplicación al listado del contactos. En palabras de mi diablesa, estaba perdiendo las bragas.

    Si hacer un diario personal en un periódico ya era bastante top, escribir una serie de verano es la hostia, y no hay otra manera de decirlo. He soñado con ello toda mi vida de periodista. Cuando leía esos artículos con los que uno se relaja cuando estás de vacaciones, que hablan de nada y de todo, que oxigenan el periódico insertos entre cosas importantísimas, que se permiten jugar con lo que en invierno sería intolerable… yo siempre pensé que yo podía hacer eso. Y a la vez que sabía que podía y quería, estaba convencida de que nunca lo haría, porque esos son encargos que se hacen a las escritoras y no a las periodistas o, si acaso, a las periodistas que se venden a sí mismas como escritoras. Y lo más importante de lo que he dicho: son encargos, tienen que llegar de fuera, si yo lo hubiera ofrecido, no habría hecho más que el más grande de los ridículos.

    Aunque llegué a imaginar cómo sería mi verano (y el resto de mi vida) si hubiera dicho que no, obviamente dije sí a la proposición. Una cosa que no dije pero sí pensé es que no me lo merecía (síndrome de la impostora a cantidubi) y que yo no me lo hubiese ofrecido a mí misma. Como tan tonta no soy, me callé todo esto, lo metí en el cajón de pensamientos chungos con los que jugar en las noches de insomnio y me puse a pensar cómo sería esa serie. Solo tenía ideas difíciles de definir pero un par de días me invitaron a una piscina y el arranque de la serie se escribió solo, todo lo que sucedía a mi alrededor tenía forma de líneas de texto, la realidad se contaba a sí misma y solo tenía que pegar esas palabras sobre la hoja.

    Me obsesionaba mucho que no se pareciera demasiado al Diario. Un buen truco sería darle un empaquetado (que a la vez es una puerta de entrada) totalmente diferente. Lo más lógico (aunque sea un tópico de las series de verano) es acompañar cada texto de una ilustración. Tenía un estilo en mente y fue Elisa McCausland quien me recomendó, para lo que yo buscaba, a la autora de Gummy Girl, Isa Ibaibarriaga. No podría Elisa haber atinado mejor. Con Isa, siento que me voy de vacaciones con la compañía ideal. Los personajes de sus dibujos tienen algo enfermo, tienen un punto de sufrimiento y a la vez de diversión con el que me identifico. Por no hablar de que dibuja chicas con flequillo que se visten genial, no puedo pedir más. Isa propuso hacer todas las ilustraciones en bitono, inundándolo de fucsia y negro, lo cual es genial. Ese es el color de mi verano de 2020.

    Ahora que eldiario.es ha sido rediseñado (también su nombre, le ha crecido la D por lo que hay que acostumbrarse a escribir elDiario.es) tiene la serie su propio blog, que es este: El verano del coronavirus. Publicamos los martes, jueves y domingos, pero puede leerse desde la noche del día anterior.

    Series de otros que también puedes leer este verano
    · Rompedoras, de Fernando Navarro en El País. Una reivindicación de mujeres aún vivas pioneras en la música.
    · Dietario, de Elena de Sus en Ctxt. Madrid en agosto.
    · Puertas de entrada, de Ignacio Echevarría en Ctxt. Un libro para adentrarse en un escritor.
    · El año en el que, de Paula Corroto en El Confidencial. Una creación cultural que le lleva a recordar aquel año.

  • Y ahora qué

    Y ahora qué

    Se ha terminado el acuerdo que hicimos entre la narración, eldiario.es y yo para mantener abierta todos los días una ventana con vistas a mi casa. El sábado por la noche corrí la cortina y recuperamos el secreto de nuestra intimidad cotidiana. Lo interesante de mi ventaba no era solo que pudierais vernos desde fuera sino que nosotros también os veíamos desde dentro.

    Nunca fue una venta del todo transparente, como os podéis imaginar. El lugar en el que se publicaban las 82 crónicas del Diario del coronavirus me hacía mantener una tensión constante con la autocensura, en cada párrafo me preguntaba si debía encender o no la luz. A veces escribí cosas que borré y, otras veces, no escribí cosas de las que me arrepiento.

    Me gustaba mucho escribir cada día de manera libre y sin las ataduras del periodismo. Pero algunas entradas las sufrí, bloqueada frente a la pantalla, avanzando sobre cada frase como si pretendiera cruzar el desierto. Lo echo de menos pero también me siento liberada, pues durante tres meses he dedicado al menos dos horas cada tarde. Si a ese tiempo le sumas el resto de obligaciones laborales: mi trabajo en Gen X Games y los otros artículos para eldiario.es, además de los cuidados, acabé agotada.

    Me gustaría convertirlo en un libro. ¿Sería publicable? ¿Alguna sugerencia de editorial? Si no lo quiere nadie, haría como mis vecinos: lo imprimiría yo misma y haría un ejemplar para Eleonor quien, a fin de cuentas, es la verdadera protagonista. Yo solo soy su Jonathan Harker.

  • La radio en espacios digitales: periodismo y divulgación musical

    La radio en espacios digitales: periodismo y divulgación musical

    El miércoles 30 de octubre voy a realizar un taller de podcast en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense. Es para alumnos y alumnas de musicología pero puede venir otra gente.

    Tiene una primera parte enfocada a la radio musical, que impartirá el histórico Miguel Ángel Sutil (Enlace Funk) de 11:30 a 13:00. Mi sección comienza a las 13:00 y durará hasta las 14:30h y lleva por título Cómo contar una historia sonora (taller de podcast en tres actos) y este es el contenido:

    Acto primero:
    En el que vemos a un alumno desesperado, aturdido por el exceso de información y bloqueado creativamente. El proyecto va a la deriva hasta que una voz le pregunta: ¿cuál es la historia que quieres contar?

    Acto segundo:
    En el que el alumno, ya no tan desesperado, reúne todo el material necesario según las órdenes dictadas por su historia. El protagonista llega a una encrucijada ¿de qué prescindir y cómo organizarlo?

    Acto tercero:
    En el que el alumno, confiado y entregado al desarrollo de su historia, construye desde el silencio un armazón sonoro por el que puede transitar como si fuera un pasillo o un relato. ¿Cómo acaba este relato, adónde le lleva el pasillo? El locutor cierra los ojos y mueve los labios: la magia comienza.

    Tendrá lugar en el aula 3 de informática de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM (departamento de musicología). Hay que inscribirse previamente en este formulario.

  • Mujer, periodista, madre

    Mujer, periodista, madre

    Suena un poco épico, como si fuera una cosa muy rara, cuando hay miles de mujeres periodistas y madres, pero por muy habitual que sea, fácil no es. Tampoco muy difícil, que no se trata de ser agente de la CIA.

    Las preocupaciones de Carrie

    Gema Valencia ha escrito para Red de Periodistas (¿eso qué es?) un reportaje sobre cómo vivimos las mujeres madres nuestra profesión. Yo, con bastante ansiedad, la verdad. Algo cuento en el artículo.

    Es interesante esto sobre la jornada reducida, ya era hora de que se dijera en público:

    Un ejemplo es el de E. G. M., redactora jefa en un medio nacional: “no cogí horario reducido, soy redactora jefa y tendría que hacer el mismo trabajo en menos tiempo por menos dinero, no tendría sentido”, revela.
    Sin embargo, la existencia de un convenio laboral favorable a la conciliación le ayudó a armonizar la vida familiar y laboral con la llegada de un nuevo miembro a su familia.
    Pintos tampoco optó por reducir su jornada “no sé si hubiera promocionado en caso de hacerlo. Todavía eso parece difícil de conseguir, yo nunca he tenido un jefe de redacción con jornada reducida”, especifica.
    La media jornada parece que no es una solución que se ajuste a las dinámicas del periodismo.

    Y esto sobre ser freelance, que es donde intervengo yo con mis movidas:

    GEMA VALENCIA: Si hubieras trabajado en una redacción ¿crees que la conciliación hubiera resultado más fácil o más difícil?
    ELENA CABRERA: Más fácil, sin ninguna duda. Está claro que hay días en los que pasan cosas y te tienes que quedar, pero no es lo mismo estar en casa todo el día en régimen de flexibilidad y autoexplotación que tener un contrato laboral, hacer tu trabajo fuera y, cuando vuelves, tienes tiempo libre.
    Además, trabajando por cuenta propia, Cabrera recuerda que “al principio me sentía invencible porque ser madre me pareció algo muy potente y emocionante, lo cual se me presentó como una fuente de energía… que se agotó rápidamente”.
    Y al agotarse, durante el primer y segundo año de maternidad, vivió “la clásica dicotomía de las madres trabajadoras precarias: o trabajar para pagar la guardería o tener al bebé en casa y trabaja lo que se pueda”, relata.

    Podéis leerlo entero aquí.

  • No sabemos hablar sobre el suicidio

    No sabemos hablar sobre el suicidio

    Si el sensacionalismo es lo que vende noticias en la televisión, la periodista Christine Chubbuck quiso darle a su editor jefe dos tazas. Presionada para que hiciera sus reportajes más “jugosos”, apartada de los temas humanos y arrojada al espectáculo de la carnaza, se compró una radio para poder escuchar la emisora de la policía.

    Eso se cuenta en la película ‘Christine’, estrenada en Sundance —sin pasar por las pantallas españolas— y que nos recuerda al personaje de Jake Gyllenhaal en ‘Nightcrawler’, que hace lo mismo para vender imágenes sangrientas a las cadenas de televisión. La diferencia entre el personaje de Gyllenhall y el que interpreta Rebecca Hall como Christine Chubbuck, es que esta última tenía escrúpulos.

    Lo que hizo Chubbuck en el último día de su vida nos recuerda algo que vimos en otra gran película sobre periodismo: ‘Network’. En ella, un periodista de ficción llamado Howard Beale, a punto de ser despedido por la baja audiencia de su informativo nocturno, anuncia que se suicidará en directo. Beale está inspirado en Chubbuck, con otra diferencia palpable: ella lo anunció y lo hizo de inmediato.

    Las últimas palabras de Christine, lo que podríamos considerar su nota suicida, fueron: “para continuar con la política del Canal 40 de traerles lo último en sangre y vísceras a todo color, van a ver a continuación el primer intento de suicidio”.

    …Sigue leyendo en Tribus Ocultas.


    En la foto, Christine Chubbuck en su programa de televisión.

  • 11-M

    11-M

    Este blog tiene 17 años y ha visto muchas cosas. Así conté el 11-M, desde aquí, a lo largo de 24 horas de desinformación y horror.

    Las imágenes y los comentarios se han perdido en alguna migración del blog. Casi todos los enlaces llevan a páginas que ya no existen, y ahí están sus URL como prueba de que internet es efímero.

  • Un comunicado del Comité Luis de Sirval

    Un comunicado del Comité Luis de Sirval

    Escucha este post:


    Mucho recordamos a Manuel Chaves Nogales y poco o nada a Ignacio Carral y Luis de Sirval. La memoria es así, olvidamos lo incómodo. Pero somos el Comité Luis de Sirval y tenemos una cita en el Ateneo de Madrid el 7 de marzo de 1935.

    Han matado a uno de los nuestros. Nos han matado a todos. Subimos en grupo las escaleras del edificio de la calle Prado. Somos Agapito Marazuela, somos Emiliano Barral, somos Eugenio Torre Agero, somos Antonio Machado, somos Ignacio Carral. Pío Baroja no somos, no ha venido. Uno de los nuestros, el periodista Luis de Sirval, marchó a Asturias a cubrir la insurrección para El Mercantil Valenciano. Y no volvió. Vimos cómo el legionario búlgaro Dimitri Iván Ivanoff le sacó de su celda y lo ejecutó en un patio de luces, a sangre fría, el 27 de octubre del año pasado, 1934. Pero, ¿qué hacía el periodista en una celda, qué hacíamos allí?

    Sirval había llegado tarde a Asturias, como Manuel Chaves, pero no tanto. Durante cuatro días recorrió las cuencas mineras y se puso a hacer preguntas. Llevaba ya dos crónicas enviadas desde allí a su periódico. Las había titulado «Quince días de guerra bajo la enseña roja». La siguiente estaba basada en entrevistas a tres legionarios testigos de lo sucedido cerca de la iglesia de San Pedro de los Arcos, de Oviedo, el 13 de octubre. Allí, las fuerzas legionarias, de artillería y de regulares comandadas por el general Yagüe se liaron a tiros con los civiles. La joven comunista Aída Lafuente defendía la posición con una ametralladora. Tenía 16 años. Las tropas avanzaron y Aída cayó. Su cuerpo fue encontrado en una fosa común.

    Sirval tenía un tercer reportaje escrito que aún no había enviado pero cometió el error de comentar en el Café Regina, lo que sus fuentes le habían contado: que Dimitri Ivanoff estaba implicado en el asesinato de Aída Lafuente, a quien posteriormente llamaron la Rosa Roja. Dimitri se enfadó. Mucho.

    Ay, Luis, pero cómo se te ocurre hablar de esto en el Café.

    La noche del 26 de octubre los guardias de Asalto fueron a detener a Luis a la pensión La Flora, donde, casualidad o no, también se alojaba un capitán de los de Asalto. En los bolsillos, llevaba la crónica inédita, su carné de identidad, el de la Asociación de la Prensa, la credencial para el Congreso de los Diputados, el carné de la Asociación de la Prensa de Madrid y el del Ateneo. El parte policial decía que Sirval había sido detenido por ir indocumentado.

    De ahí se lo llevaron al cuartel de Santa Clara y luego a la Comisaría. Sin mediar acusación ni juicio, ni rápido ni lento, un teniente del Tercio lo ejecutó en el patio. Nos ejecutó.

    Cinco meses después de nuestro acto en el Ateneo se procesó a Dimitri Ivanoff, que basó su defensa en que el periodista le insultó e intentó darse a la fuga. El fiscal desestimó la declaración de una testigo que afirmaba haber visto la escena desde su ventana. Según el fallo del tribunal, el arma del legionario se le escurrió de las manos y se disparó sola. El Tribunal de Urgencia condenó al soldado por un delito de homicidio por imprudencia temeraria a seis meses de cárcel, los cuales ya casi había cumplido en preventiva, y una multa de 15.000 pesetas para nuestra viuda, pago que, para colmo, eludió al declararse insolvente.

    A la familia del reportero le tocó pagar las costas.

    Otro de los nuestros, el periodista Javier Bueno, asistió al juicio y escribió lo siguiente: “Lo ocurrido en aquel patio fue esto: Que Luis de Sirval, grande y fuerte como un oso (…), contestó con un bofetón hercúleo y homicida a las mesuradas palabras de un oficial; se abrió paso entre una docena de tiernos servidores del orden en un corredor de un metro de anchura, e intentó huir por donde él sabía de sobra que no había puerta. Entonces, un señor oficial del Tercio, que ha estado en 250 combates, se puso tan nervioso viendo enfadado a un periodista, que se le escaparon todos los tiros de la pistola. Todos los tiros hirieron, mataron y asesinaron por su cuenta y riesgo a Luis de Sirval”.

    Javier Bueno fue redactor y columnista en varios periódicos madrileños hasta que aceptó, en los albores de la revolución obrera, trasladarse a Asturias para dirigir el periódico ugetista Avance, abandonando el puesto de redactor jefe de La Voz, en la capital. La noticia estaba en las cuencas mineras. Pero Bueno no era un periodista equidistante: era un militante. Y su periódico, una herramienta revolucionaria que tiraba veinticinco mil ejemplares diarios. Pasó por el calabozo antes y después del estallido revolucionario. Durante aquellos días y con el Estado de excepción vigente, la redacción y las rotativas de Avance fueron incendiadas por la Guardia de Asalto. A Bueno le hicieron un Consejo de Guerra por inducción a la rebelión y acabó condenado a reclusión perpetua. En la cárcel sufrió torturas. Su siniestro sentido del humor asoma de nuevo cuando escribe un artículo, sobre sí mismo, titulado «La mentira de la verdad oficial». Ahí habla de las «llagas oportunamente aparecidas» en su cuerpo al salir del cuartel de Santa Clara. Cinco meses después, el periodista salió amnistiado de la cárcel.

    Foto que evidencia la tortura que el periodista Javier Bueno sufrió en la cárcel.
    Foto que evidencia la tortura que el periodista Javier Bueno sufrió en la cárcel.

    Aquella tarde de 1935 en el Ateneo de Madrid presentamos el libro delcompañeros Ignacio Carral “¿Por qué mataron a Luis de Sirval?”. Cuando nuestro libro sale, Carral ha muerto, repentinamente, el 1 de octubre del 35, en la redacción del diario La Palabra. Pero nosotros no morimos, no lo hacemos nunca. Somos el Comité Luis de Sirval y acusamos el asesinato de Luis de Sirval.

    Ignacio Carral, en la portada de La Estampa, por haber protagonizado un reportaje de periodismo gonzo.
    Ignacio Carral, en la portada de La Estampa, por haber protagonizado un reportaje de periodismo gonzo.