El 21 de julio estuve en la piscina de Santa Ana (Tres Olivos, Fuencarral) invitada por mis amigos de Los Increíbles HUL a su programa de radio El Último Moyano, de M21, que durante el verano sale de la cuesta (de Moyano) y se va de tourné por las piscinas madrileñas.
Me llaman «una periodista de raza y de barrio como pocas», qué bonito eso.
Suena un poco épico, como si fuera una cosa muy rara, cuando hay miles de mujeres periodistas y madres, pero por muy habitual que sea, fácil no es. Tampoco muy difícil, que no se trata de ser agente de la CIA.
Las preocupaciones de Carrie
Gema Valencia ha escrito para Red de Periodistas (¿eso qué es?) un reportaje sobre cómo vivimos las mujeres madres nuestra profesión. Yo, con bastante ansiedad, la verdad. Algo cuento en el artículo.
Es interesante esto sobre la jornada reducida, ya era hora de que se dijera en público:
Un ejemplo es el de E. G. M., redactora jefa en un medio nacional: “no cogí horario reducido, soy redactora jefa y tendría que hacer el mismo trabajo en menos tiempo por menos dinero, no tendría sentido”, revela. Sin embargo, la existencia de un convenio laboral favorable a la conciliación le ayudó a armonizar la vida familiar y laboral con la llegada de un nuevo miembro a su familia. Pintos tampoco optó por reducir su jornada “no sé si hubiera promocionado en caso de hacerlo. Todavía eso parece difícil de conseguir, yo nunca he tenido un jefe de redacción con jornada reducida”, especifica. La media jornada parece que no es una solución que se ajuste a las dinámicas del periodismo.
Y esto sobre ser freelance, que es donde intervengo yo con mis movidas:
GEMA VALENCIA: Si hubieras trabajado en una redacción ¿crees que la conciliación hubiera resultado más fácil o más difícil? ELENA CABRERA: Más fácil, sin ninguna duda. Está claro que hay días en los que pasan cosas y te tienes que quedar, pero no es lo mismo estar en casa todo el día en régimen de flexibilidad y autoexplotación que tener un contrato laboral, hacer tu trabajo fuera y, cuando vuelves, tienes tiempo libre. Además, trabajando por cuenta propia, Cabrera recuerda que “al principio me sentía invencible porque ser madre me pareció algo muy potente y emocionante, lo cual se me presentó como una fuente de energía… que se agotó rápidamente”. Y al agotarse, durante el primer y segundo año de maternidad, vivió “la clásica dicotomía de las madres trabajadoras precarias: o trabajar para pagar la guardería o tener al bebé en casa y trabaja lo que se pueda”, relata.
Pero como no se sabe… yo que tú me apuntaba a este: 26 de julio a las 19h.
Te puedes inscribir rellenando este formulario. Y, para saber más sobre los paseos, aquí. El de hoy se trata del paseo comentado que hacemos montados en una máquina del tiempo que va adelante y atrás todo el rato, saltándonos la linealidad cronográfica, porque nada es tan sencillo. Pasamos por sitios que ya no existen, como el Rock-Ola y por otros muy vivos, como la tienda de discos la Negra. Nos detenemos en esquinas que parecen vulgares, comunes, pero que en realidad fueron el epicentro de la nueva ola madrileña… y pueden volver a serlo.
Este paseo, además, tiene una dedicatoria: al Wild Thing bar, que lleva abierto desde 1991 y el Ayuntamiento de Madrid les impide abrir desde junio por un incomprensible tema de licencia.
El verano de los escolares dura 79 días. Día arriba, día abajo, depende de dónde. Las vacaciones laborales, 30. Con suerte, tres de esas semanas se pueden coger en verano. Obviamente, tenemos un problema. No es un problema nuevo pero sí es el elefante de la habitación. ¿A costa de qué o de quién están los padres y madres trabajadoras sobrellevando la responsabilidad del cuidado de los hijos e hijas en verano? Del ahorro, cuando lo hay, y de los abuelos, cuando los hay. Cuando no hay ni una cosa ni otra, el verano deja de ser ese tiempo feliz y despreocupado que toda infancia merece.
«Es complicado». Esta conclusión se repite una y otra vez en las familias. Muchas de ellas arrancan el verano con cierta planificación, organizando actividades interesantes para las tardes y contratando campamentos para julio. Ponen la vista, y las esperanzas, en las ansiadas vacaciones de agosto. Pero el curso no empieza hasta mediados de septiembre y esas últimas semanas se abandonan a la improvisación.
Es el caso de Mar, una madre de dos niños de 8 y 11 años con los que vive, junto a su marido, en Parla, una localidad al sur de Madrid. Lleva cuatro años tirando de campamentos urbanos en el mes de julio. En agosto, se irá quince días a la playa. ¿Qué pasará al reincorporarse al trabajo? «Será complicado», dice. Su marido trabaja fuera de casa todo el día y ella lo hace en una residencia de ancianos en la que está ingresada su propia madre. «Unos días tendrán que venir a la residencia conmigo, no me queda otra, no tenemos más dinero», admite Mar. Los niños hacen allí compañía a su abuela, pero son muchos días, muchas horas. Por otro lado, es el lugar de trabajo de Mar y tiene muchas personas a las que cuidar, lógicamente no puede estar pendiente de los niños todo el rato.
Antes o después, bien en un grupo de WhatsApp o en una pregunta rápida a la puerta del colegio, una madre o un padre pregunta a otro: ¿a qué edad le dejaste tener móvil? No hace falta ser el Instituto Nacional de Estadística para conocer la respuesta a la encuestación popular: la decisión más habitual se toma cuando pasan al instituto, a los 12 años; aunque los datos del INE lo refrendan.
El 26 por ciento de los niños y niñas de 10 años tienen móvil propio, según datos del INE de 2018. Así como el 41 por ciento de los de 11 años. El salto definitivo llega, como decíamos, a los 12 años, donde tres de cada cuatro lo tienen. La progresión desemboca en que disponen de móvil un 95 por ciento de los que tienen 15 años, a pocos puntos de la totalidad. ¿Y qué ocurre antes de los 9 años? Otro estudio potente, EU Kids Online, cofinanciado por el Gobierno de España y la Unión Europea, advierte de que los menores de entre 9 y 10 años pasan una media de dos horas diarias conectados a internet, un 43 por ciento de ellos mediante el móvil.
Pero sería naíf pensar que los 9 años es la verdadera edad de iniciación al mundo conectado, a pesar de que sea la edad a partir de la cual preguntan las encuestas. “Un simple vistazo a nuestro alrededor nos indica que quizás desde edades muy tempranas se está teniendo acceso a contenidos en línea, tanto lúdicos como educativos”, apunta Cristina Gutiérrez, experta en ciberseguridad en el área de menores del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE). “El menor accede en primer lugar desde los móviles de los padres”, añade. Y eso sucede a partir de los dos años de edad».
En la foto estoy hablando con Laura Garaboa, policía nacional miembro del equipo de redes sociales de este cuerpo de seguridad, durante un acto del Club de Malasmadres en el que se presentan algunos de los datos que se recogen en este artículo. La foto ha sido proporcionada por Malasmadres.
“Con la edad la gente pierde nervios y adquiere kilos, maldita sea”. Lo escucho en la radio. He sintonizado (digo “sintonizar” por escribir en estilo clásico; en realidad, he hecho clic) Ràdio Ciutat Vella, de Barcelona, y Alberto Valle está haciendo su programa semanal El aperitivo del ritual. Alberto comparte hoy el micro con una joven invitada a la que advierte de que llegará un día en el que dejará de estar nerviosa en las entrevistas. Ella es Hary Vicious, una cantante que viene del rockabilly y que está recién lanzada a la promoción de eventos. “El northern soul en Barcelona estaba muerto”, dice ella. “Yo creo que la última vez que hubo una fiesta northern soul en Barcelona tú acababas de nacer”, le contesta Alberto. Hary está presentando un nuevo club: se llama Breakaway y arranca el 20 de julio en la sala New Underground de Barcelona. “El rollo northern ha desaparecido —insiste la cantante de Hary & The Compasses—, vas a una fiesta de soul y además de soul hay [los géneros de principios de los 70] modern y crossover y a mí lo que me gusta es bailar northern, a mí que me pongan inventos raros, me raya”. Alberto Valle pone perspectiva al asunto: “Barcelona es una ciudad que tiene una fuerte tradición en mezclar sonidos e ir más allá, y de ahí han resultado clubes bastante eclécticos y por eso es curioso que vuelva una fiesta a base de oldies y northern canónico”. La conversación radiofónica prosigue en esa línea de contraste entre pasado y presente, entre ortodoxia y heterodoxia. Es una gozada poder asistir a ella.
Alberto Valle tiene 41 años pero Hary alude a él como “vosotros, los mayores”. “Yo empecé en esto a principios de los 90 —nos cuenta él, unos días después del programa— y ahí ya había gente que para mí era mayor. Porque cuando tienes 14 o 15 años, un tío de 21 o 22 es mayor. Y un tío de 28 ya es matusalén”. “Esa gente mayor vestía muy bien, conocía mucha música y, en fin, estaba lógicamente muy por delante en todo. Algunos miraban por encima del hombro a los más jóvenes, otros no. Independientemente de todo ello, cada uno creció y siguió su camino e hizo o dejó de ‘hacer escena’. Así que, si no te gusta lo que ves, si aborreces una escena de gente mayor, haz algo tú e invéntate tu escena de la misma, exacta, manera en que nosotros, en nuestro día, nos inventamos la nuestra”, dice. Alberto piensa que, los que son mayores, han de estar ahí para apoyar lo que venga nuevo pero que “las subculturas deberían seguir siendo jóvenes”. Eso, si es que viene algo nuevo; luego hablaremos de ese tema.“Mod o, mejor, Modernista, es una buena manera para definirme”, dice Valle. “Claro que, viendo algunas luminarias del actual entorno mod, que si unos muy instalados en el tópico, que si otros defendiendo a partidos de extrema derecha, siempre hay la preocupación de que te confundan con según qué gente. Pero qué cojones. Es algo que para mí ha estado ahí siempre y nadie va a cambiarlo”. Por otro lado, aunque admite que es necesaria la disparidad de opiniones, le cuesta entender “cómo se puede hacer comulgar el Modernismo, una subcultura nacida en la Inglaterra de los años 50, por parte de jóvenes internacionalistas, mayormente judíos, enamorados de la música negra, el look continental y muy atentos a la creatividad estética de la comunidad gay de su tiempo, con idearios racistas, antisemitas, homófobos o ultranacionalistas. Cuando el asunto siempre fue de pillar lo mejor de cada sitio, y divertirte haciéndolo”.
Me encanta el programa (o radiochou, que dirían ellas) que hacen Araceli y Mary Joe en OMC Radio. Se llama Peligrosas Sociales y llevan 125 en esta emisora (más desde una etapa anterior).
Una noche después de un concierto (hace un año, me parece) le dije a MJ que me encantaría que me invitaran. (Sí, así, en plan fans). Como soy un poco desastre para la planificación, y los domingos (que cuando graban) son días complicados, no lo hemos conseguido cuadrar hasta ahora.
Los invitados suelen escoger 8 canciones y una película. Cuando Alberto (Monreal) estuvo en el programa, escogió El séptimo sello, podéis escucharlo aquí.
En la peligrosa compañía de Araceli y Mary Joe.
A mí me apetecía hacer algo temático, pero no musicalmente temático, sino con algún hilo conductor. Pensé que encajaría bien en su programa una selección de canciones sobre lascivia y depravación y una peli de terror un poco serie B, como les gusta a ellas, pero con el componente erótico.
Hay diez razones por las que Jaron Lanier convence a todo aquel que quiera escucharle para borrar sus redes sociales de inmediato. La primera es que estamos perdiendo el libre albedrío porque nos volvemos adictos, y por tanto zombies, seres que arrastran compulsivamente su dedo gordo por la pantalla del móvil sin preguntarse si eso les lleva a algún sitio.
La segunda, porque renunciar a las redes es la mejor forma de resistir a la locura de nuestro tiempo. Y sigo enumerando hasta la novena: porque nos están convirtiendo en idiotas, porque están socavando la verdad, porque vacían de contenido lo que decimos, porque destruyen nuestra capacidad de empatizar (aquí habría muchos ejemplos en lo micro que refutarían a Lanier, pero bueno, avanzamos), porque nos hacen infelices, porque las redes sociales no quieren que tengamos una economía digna y porque hacen imposible la política.
Y queda la
décima, la más metafísica de todas: porque aborrecen tu alma o, dicho de
otra manera, porque van en contra de lo que significa ser una persona.
En otro de sus libros, ‘Contra el rebaño digital’, lo primero que Lanier se pregunta es qué es ser una persona. “Los comentarios anónimos en blogs, los vídeos de bromas insustanciales y los popurrís intrascendentes pueden parecer triviales e inofensivos, pero, en conjunto, esa forma de comunicación fragmentaria e impersonal ha degradado la interacción interpersonal”, escribe.
Si en el siglo XX entendíamos la comunicación como una transmisión de señales entre un emisor y un receptor que comparten un código común, en la actualidad Jaron Lanier advierte de que “ahora la comunicación suele experimentarse como un fenómeno sobrehumano que se eleva por encima de los individuos”. Una nueva generación se ha hecho mayor de edad “con una expectativa limitada de lo que una persona puede ser y de aquello en lo que cada persona puede llegar a convertirse”. No parece muy libre, no.
Una de las manifestaciones de mi ansiedad interna toma forma en mi bulímica necesidad de estar informada. Permanentemente. Rápidamente.
Sufro si presiento que algo se me escapa. Me avergüenza reconocer que desconozco algo que ha sucedido a mis espaldas. Me enfado, me enfado de verdad, cuando alguien a mi alrededor tiene una información que no me comparte. (Yo estoy constantemente contando cosas. Parezco una máquina de expulsar teletipos. Por eso me molesta, en especial, cuando no soy correspondida).
Esta cosa mía podría justificarse en el hecho de que soy periodista, pero solo en parte. (En realidad, no dirijo un medio, no hago información de última hora, ¿qué necesidad tengo de estar enterada de todo, lo antes posible?). Un análisis más honesto me ha llevado a entender que tiene más que ver con lo que he dicho en la primera frase de este post, que esta es una de las múltiples manifestaciones de la ansiedad con la que convivo desde hace unos años.
(Podría ser peor: podría emborracharme cada día, podría comer y vomitar, podría inyectarme heroína).
Un artilugio como Twitter es, por tanto, muy peligroso para mí. Es más: me estaba haciendo mucho daño. Era la aplicación que más veces consultaba en el día. También era la primera que habría en la mañana y la última que cerraba por la noche.
Empeora mi adicción la parte del feedback: la obsesión por volver a superar los 10.000 followers (perdidos un par de miles entre las cribas de Twitter y mis unfollowers ganados a pulso a base de unpopular opinions o, sencillamente, tuits sobre temas que me interesan más a mí que al grupo) y la atención constante a las notificaciones. He sufrido al ver que por mucho que tuiteara y retuiteara un artículo en el que había trabajado dos semanas, no tenía la más mínima repercusión (se veía 300 veces, 2 me gusta, 1 clic en el enlace, ningún RT). En cambio, un chiste sobre una camiseta vista en internet tenía 11.000 mil impresiones.
No era una sorpresa. Yo ya sabía que Twitter funciona así: gusta más el chascarrillo que el contenido. De hecho, hago chascarrillos para darle algún tipo de oportunidad a los contenidos. En teoría (antes era así), cuando ganabas followers por tus tonterías y gracietas, conseguías una audiencia que luego podías llevar a otros sitios: contarles cosas, proponerles artículos. Eso también ha cambiado.
Mayo, un mes en el que mis 167 tuits consiguieron 166.000 impresiones, trajo a mi cuenta 4 nuevos seguidores.
Es obvio que parte de culpa de todo esto lo tiene el algoritmo que selecciona los tuits que se muestran en el feed de inicio, a no ser que se tenga configurada la opción de ver lo más reciente primero. Yo he probado ambas cosas y ninguna de las dos me han gustado. Cuando volvía a la manera antigua de mostrar los tuits, por orden cronológico, perdía muchísimo tiempo en arrastrarme por el feed de inicio hasta encontrar algo que justificara mi presencia ahí. (¿Quizá es que sigo a demasiada gente? 3.803 a día de hoy). Con el orden cronológico Twitter no me satisfacía porque seguía sin enterarme de las cosas que pasaban, no cumplía su función. Así que de nuevo volví a la configuración del mundo que hace la empresa en base a mis seguidores, la popularidad de los tuits y mil cosas más secretas. De esa manera sí me enteraba de cosas que pasaban en Twitter: un flame, un hilo potente, un meme genial, el artículo que había que leer.
No obstante, he notado un cambio en las últimas semanas. Ni siquiera leyendo mi twitterizado feed me enteraba de otras cosas que pasaban en Twitter, otras cosas que pasaban en el mundo. De los 3.803 seguidores, el feed se estrechó a una representación de prácticamente los mismos, con ideas y temas muy muy similares a los míos. Ya era así antes, pero ahora lo era más. Twitter no paraba de contarme cosas que yo ya sabía.
Cada vez más aburrida. Cada vez más enganchada.
Hasta que hace una semana, en el contexto de la escritura de este artículo, me harté. No me vi capaz de borrar mi cuenta pero hice algo así como tirar las botellas de vino por el desagüe: quité la aplicación del móvil.
Hay momentos en los que lo he pasado mal. Por ejemplo: las ganas de rellenar un rato cualquiera mirando los mensajes. La inercia me ha hecho coger el móvil, mirar las aplicaciones y darme cuenta, con una punzada de dolor, de que no había ahí nada que me fuera a dar una satisfacción rápida y ligera.
Pero, después de eso, ha pasado algo maravilloso. He apagado la pantalla, he vuelto dejar el móvil donde estuviera, y he rellenado ese rato cualquiera con:
nada
pensar
abrir un libro
Por supuesto, sigo enganchada a la información. Abro los periódicos varias veces al día y soy una obediente y eficiente abridora de enlaces de los pushde las apps de los medios. Veo entre dos y cuatro informativos televisivos (me encantan los telediarios) y debo escuchar unas dos o tres horas de radio al día.
Pero he decidido seguir con mis adicciones informativas fuera de Twitter, no solo por estos motivos sino también por otros objetivos más complejos que abordaré otro día.
Tengo también la frustración de no poder compartir convulsivamente cosas. Leo un artículo en el móvil y lo primero que me salta es la inercia de compartirlo. Hago una foto y lo mismo. Se me ocurre una chorrada y lo mismo. Eso ya no lo puedo hacer y me da rabia, pero forma parte de la desintoxicación.
Mi memoria es de muy mala calidad. Registra mal. Tiene los clusters muy rotos. Algunos de estos recuerdos están corruptos. Los que no están aquí, pero deberían, es porque han sido completamente eliminados; involuntariamente. Quizás he sido reprogramada.
Tengo más recuerdos sobre Aviador Dro, obviamente. Están los conciertos. Las sensaciones al escuchar las canciones. Algunas otras tonterías.
El ejecutivo de DRO
Empecé a dejarme caer, con cierta frecuencia, por las oficinas de DRO de la calle Francisco Remiro. (Quién me iría a decir que, muchos años después, viviría, dos veces, tan cerca). Sería alrededor del año 1993. Yo tenía alrededor de 18 años y un programa de radio en Radio Carcoma. Era habitual que hiciéramos rondas por las discográficas para que nos dieran promos para los programas. En DRO solían ser muy generosos con las radios libres como la nuestra y nos enviaban promos por correo. A veces, demasiados. A menudo, los grupos eran demasiado comerciales, muy lejos del tipo de música que poníamos allí.
Al principio, yo pensaba que DRO seguía siendo propiedad de Aviador Dro y cada vez que iba buscaba algún obrero especializado, al que espera reconocer por su mono de trabajo. Ahora sé que Servando Carballar (Biovac N) salió de DRO bastante antes, en 1988. Supongo que debí preguntar por el grupo y alguien me dijo que había alguien con quien podía hablar.
Vino a mi encuentro un señor (me pareció un señor, recalcó que yo no había cumplido los 20) vestido con un traje de verano de un color entre amarillo claro y veige. La camisa, me parece, era azul claro. No llevaba corbata. Me saludó y me invitó a pasar a una sala acristalada, donde conversamos a solas. Me dijo «yo he estado en Aviador Dro» y «puedes preguntarme lo que quieras». No recuerdo qué le pregunté, salvo una cosa: «¿también estuviste en Los Iniciados?». Y recuerdo que lo pregunté no porque lo quisiera saber, sino porque quise hacerme la lista, dar a entender que yo sabía cosas. «Entenderás que eso no se puede contar», me dijo.
Las únicas palabras concretas que recuerdo fueron esas. Lo demás es vago. Recuerdo que me habló de lo importante que era dirigir una empresa como DRO, que había crecido tanto y movía tanto dinero. Recuerdo que en líneas generales lo que me quería contar es que cuando eres joven puedes hacer locuras pero que luego hay que crecer y tomar responsabilidades. Recuerdo ligeramente que me trató con condescendencia, que vio en mí una chiquilla fan, impresionable. Recuerdo su lenguaje corporal: apoyaba una palma de la mano contra otra mientras hablaba, estaba relajado, se recostaba sobre el respaldo. Yo, en cambio, me sentaba en el borde de la silla y preguntaba nerviosa.
No lo puedo recordar, pero estoy bastante segura de que él era Miguel Ángel Gómez, obrero especializado conocido como Ciberjet, codirector de DRO hasta 1988 y después director de la división de Warner DRO-East West hasta 1995. Después, vicepresidente y presidente de EMI Iberia hasta 2002 y fundador y consejero delegado de Globomedia Música de 2002 a 2005.
Simposium Tecno
Estamos en Maravillas. No sé qué año, pero probablemente 1997. Aldo, Jorge y yo hemos formado un grupo llamado Sukiyaki. (Más tarde, entraría Mario). Hablamos con Fernando, del sello Spicnic y el grupo Alpino. Fernando nos habla del Simposium Tecno que tuvo lugar en 1981 en la sala Marquee. Fernando nos cuenta que tocó Oviforma SCI y Los Iniciados, que acabó fatal porque entró la policía a hacer una redada (creo que nos cuenta que él estuvo allí; puede ser, porque Fernando estuvo en TODO) y nos propone que montemos el Segundo Simposium Tecno y que toquen los grupos de tecnopop de ahora (de entonces), como nosotros y ellos. Nos parece una idea fabulosa pero, no sé porqué, no nos ponemos a ello. Está el escollo de que nos da palo apropiarnos del nombre sin preguntar. El día que conozco a Lucho Prósper (Oviformia, Heroica, Breton Armada) le contamos la idea y, de alguna manera, nos da su bendición. No sé si alguien le llegó a preguntar a Biovac N. Aún así, no recuerdo porqué no lo hicimos.
En algún momento de la segunda mitad de los 90 conozco a Ismael Contreras (será ATAT en Aviador Dro a partir de 1999) y a su novia, Belén Reyes, que tienen, junto a Biovac N, un grupo que me encanta llamado Krypton. No lo recuerdo, pero creo que escribo algo sobre ellos y voy a un concierto. Sí me acuerdo de un encuentro fortuito con Ismael y Belén en la plaza de los Luna. Sí recuerdo qué tristeza saber que Belén ha muerto en un accidente de tráfico. Recuerdo encontrarme con Ismael y no saber qué decirle, cómo confortarle.
El concierto
En diciembre de 1999 dimos nuestro último concierto como Sukiyaki. Sucedió en Barcelona. Unos meses antes, en febrero, Xavi del fanzine Miracles For Sale nos había invitado el Mini-Festival Pop que hace anualmente y dimos una actuación estupenda el 27 de febrero en la Sala Màgic. El técnico parecía querer boicotearnos, así que Aldo empezó a improvisar nuevas estrofas sobre nuestro pequeño hit Mi chica odia el technopop, a capella, metiéndonos con el técnico de sonido. La gente nos arropó. Lo pasamos en grande. Después de este éxito, Xavi nos volvió a contratar para volver a Barcelona en diciembre a telonear a Aviador Dro en el Apolo.
Por aquel entonces yo ya vivía en Barcelona así que el grupo estaba separado (de muchas maneras posibles) entre Madrid y Barcelona. No ensayamos lo suficiente y el concierto fue un desastre. Desastre nivel no grabar en el minidisc la base de una de las canciones que íbamos a tocar. Desastre nivel escucharme a mí misma desafinar desde el mismísimo escenario de la sala Apolo. Desastre nivel entrar tarde a las canciones.
Flyer del concierto en el Apolo. Dibujos de Gonzalo Cutrina. La letra es mía.
Pero eso sucedió en el escenario. Antes, en el camerino, ocurrió lo mejor de la noche: lo compartimos con Aviador Dro. Cuando llegamos a dejar nuestras cosas, había trajes de goma verde y negra (creo recordar) y unos cascos, colgados de unas perchas en el camerino. Aldo y yo los miramos con tanta admiración y reverencia como años después lo haríamos con los robots de Kraftwerk, colándonos encima del escenario de Benicàssim después de la prueba de sonido.
Mientras tocábamos los trajes con fetichismo y disimulo entró Marta Cervera, alias ArcoIrís (quién sí había formado parte de Los Iniciados, pero eso yo tampoco lo sabía), con una jarra y un paquete de Tang de naranja. Lo disolvió y empezó a rellenar unos botecitos de plástico, a los que les pegaba unas etiquetas verde. Pensé ¡cómo puedo tener tanta suerte de estar aquí en este momento viendo esto! Me sentí muy feliz y muy afortunada. Qué pena que esos sentimientos me duraran apenas una hora más.
Lo último que dije al micrófono, a punto de echarme a llorar, fue «gracias por esta noche maravillosa que empieza ahora». Bajamos del escenario derrotados y con la sensación de haber hecho el ridículo. Por el pasillo que conduce al camerino, nos cruzamos con El Aviador Dro y Sus Obreros Especializados que, exultantes, se dirigían hacia el escenario, con los trajes ya puestos. Nos sonrieron. Nos dijeron qué tal. En ese momento, solo me calmó un poco la intuición de que ellos NO NOS HABÍAN VISTO. Llegué al camerino llorando. Alguien me ofreció MDMA y me lo tomé, rogando para que hiciera efecto rápidamente.
La reunión
Diez años después de aquel concierto, mi vida va mejor, o eso creo. No tengo grupo de música y lo hecho mucho de menos. Mi madre acaba de morir. Alberto y yo nos hemos comprado un piso. He perdido mi trabajo.
Pero el 18 de diciembre, Aviador Dro celebra 30 años en la sala Joy Eslava y lo pasamos en grande. Alberto graba un video maravilloso que tiene más de 7.500 visualizaciones en YouTube de Arturo Lanz cantando Electroshock con el Aviador. De fondo se oyen nuestros gritos.
Revolución tecno
Han pasado otros diez años. Sigo pagando la hipoteca. Alberto y yo tenemos una hija. He vuelto a perder otro trabajo. Recibo una llamada de Patricia Godes cuando estoy a punto de coger un tren a Sevilla. Me ofrece escribir un capítulo para un libro colectivo que celebre los 40 años del Aviador Dro. Me hace muy feliz la propuesta y disfruto muchísimo escribiendo.
Mientras el libro se va gestando, sucede el Carnaval de Madrid del año 2019 en mi barrio, en nuestro barrio, Prosperidad. Trabajo en él: hago un programa de radio. Del Ayuntamiento me piden que sugiera nombres para los pregoneros. En seguida se me pasa por la cabeza pero pienso «es muy loco», así que preparo una lista de alternativas por si no ven que Aviador Dro son los mejores pregoneros que un Carnaval en Prosperidad puede desear. Pero este Ayuntamiento ha hecho cosas geniales, locas también, y sí que lo ven. Aviador Dro da el pregón del Carnaval el 1 de marzo, que no es solo pregón, es pregón-manifiesto-y-concierto. En La Prospe. Donde todo empezó.
Poco después, el 23 de marzo, harán el concierto de 40 aniversario. Alberto y yo no nos creemos que hayan pasado 10 años desde el de Joy Eslava, que nos parece que fue el otro día. Tenemos que buscar la fecha varias veces.
En el año 2029 se celebrará el concierto de los 50 años de Aviador Dro. Si yo no puedo ir, mandaré a mi holograma.
La foto es de @ondasderuido (CC BY-SA) y está tomada en el concierto de presentación de La Voz de la Ciencia en el Jardín Botánico de Madrid, concierto en el que estuve, con mi hija de poco más de un año. Tocó, también, Breton Armada. A la izquierda, Mario Gil (Genocider F15), Biovac N en el micro, al fondo ATAT, agitando la bandera, Alejandro Sacristán (CTA 102) y, a la derecha, ArcoIris,