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  • God in an alcove

    Un tarde nublada + God in al alcove

    detonante bestial de unos recuerdos que me persiguen desde siempre

    el día de mi pre adolescencia que definió cómo sería para siempre

    en el que se diseñaron cómo deberían ser las cosas, como serían propias si lo fueran

    en el camping, sola, caminando por las calles en contra del viento

    aún pequeña, pero intuyéndolo todo

    los lugares oscuros, los silencios, las acciones que no se pueden explicar

    los extremos de las cuerdas.

    Todo el resto no es lo que me gusta.

  • Hay pan en el horno

    El poder de evocación que ejerce durante dos segundos un olor puede trastocarme durante cuatro o cinco días. Esta semana Adriano me dio un trozo de pan, de bollo, con la corteza muy tostada y el interior harinoso. Ese trozo de pan no tenía sentido en la cocina de la redacción de un periódico en un barrio feo de Madrid, por lo que cerré los ojos mientras lo olí. Luego el sabor no importó tanto. Pero el olor durante dos segundos en primer plano sobre fondo negro me partió en dos y hubo dos Elenas viviendo la tarde y manteniendo las apariencias.

    Es difícil ser dos y ocupar el espacio de uno, saber qué contestar sin pensarlo antes o teclear a cuatro manos. Dos personas piensan dos cosas distintas, pese a que cierta telepatía emocional las conecte milagrosamente. Pensar lo mismo no es estar de acuerdo, quizá sí es desear algo al mismo tiempo pero no por los mismos motivos. Y así, las dos Elenas sobreviven el paso de la tarde, una pensando en las evocaciones del olor del pan y la otra disimulando las faltas de su hermana, poniendo parches en las tuberías rotas y aparentando, como todas las tardes, ser quien es.

    Había empezado a olvidar el duro trabajo que resulta defenderte como eres cuando pasas el día rodeado de personas. En el aislamiento del trabajo en casa te olvidas de pensar en quién eres, cómo eres y qué debes hacer; vas poniendo unas piezas encima de las otras y así construyes. En cambio, para compartir tu espacio con muchas personas, las mismas personas, todos los días, pasas la jornada poniendo piezas pero no para construir un jardín sino una fortaleza con su foso.

    Dos segundos oliendo el mendrugo de pan provocó que una de las Elenas se apoyara torpemente sobre su construcción de piezas, su Exin Castillos, y cayeran sobre la moqueta de la redacción en avalancha de piezas desparramadas con fuerza.

    Hoxe vou facer orellas do entroido. ¿Queredes?

  • Alergia

    Hoy he debido de escribir algo que me ha hecho reacción. Me han salido granitos por todas partes.

  • La mujer-alga

    Muy buenas. Hoy varios periódicos han hablado de Maruja Mallo. Yo también lo habría hecho pero he llegado tarde. El País habla de sus «espigas surrealistas» y Público la llama «la meiga de Dalí».

    Nació en Viveiro y cuando se vino a vivir a Madrid estudió pintura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y es ahí donde ahora recuperan su obra para hacerle una retrospectiva a la que, está claro, tengo que ir.

    Fue una artista de la vanguardia olvidada, con mucho carácter y talento.

    Se hizo esta foto, como una mujer-alga, en una playa de Chile en 1945. Enseguida me he identificado con ella:

    «Era una rebelde y una insumisa. Era un bruja» dijo en la inauguración de ayer Antonio Bonet Correa, director de la Academia. Guillaume Fourmont escribe en Público:  «Antro de fósiles, cuadro de 1930 que se expone por primera vez al público. La obra desaparecida desde 1932 y hallada en una subasta el pasado mes de diciembre es un óleo sobre lienzo que representa la muerte con esqueletos de seres humanos y de lagartos. Se nota la influencia del surrealismo. Es la llamada «etapa negra» de Mallo».

  • Adiós secciones, adiós portadillas

    Han pasado 15 días desde que empecé a trabajar en lainformacion.com. Había escrito «en la sección de cultura de lainformacion.com» pero lo he borrado después de pensarlo un poco. Ni en lainformacion.com hay secciones (salvo, quizá, deportes y economía) ni podemos considerar cultura una sección en cualquier caso, pues sólo estoy yo.

    Esta redacción tiene algunas ventajas respecto a otras. La principal es que los redactores especializados, como es mi caso, podemos dedicarnos a hacer lo que sabemos hacer, ya que de los teletipos y noticias de última hora se encargan los redactores de lo que suele llamarse mesa central (aunque, en este caso, no está en el centro) o mesa de actualización.

    Para leer lo que escribo hay que cazarme al vuelo en la home pues en este periódico tampoco existen las portadillas. El motivo, supongo, es el que dio Nacho Escolar el otro día, y es que nadie mira las portadillas, sólo los periodistas, para leer lo que da la competencia. También voy lanzando desde Twitter links a lo que publico.

    Por lo tanto, y para no perderme, voy reuniendo en la clásica página Léeme los links a los artículos que voy publicando. No todos, sólo los que tengan algún interés.

    Lo que más me gusta de lo que he escrito estas dos semanas es el artículo sobre el movimiento de fotografía obrera, del que ha habido un seminario en Madrid para caldear los ánimos de cara a una exposición que está preparando el Reina Sofía para el año que viene. Hablé con Jorge Ribalta, su comisario, y aprendí mucho. Fotogalería de regalo.

    Otro tema del que he aprendido es sobre los libertinos. Este artículo lo he publicado hoy. Me hubiera gustado contar con declaraciones de más expertos pero no conseguí que me respondieran los emails algunas de las personas con las que intenté contactar.

    Mañana encontraréis un artículo sobre el cómic del 11-M que fue guionizado por Toni Guiral y Pepe Gálvez.

  • ¡Vuelve a funcionar mi blog!

    Mañana jueves 21 pincho en el Garaje Sónico:

    Elena Cabrera construye la banda sonora para un cuarto oscuro. Al recorrer el estrecho pasillo que conduce a una habitación aislada, de la que no hay más salida que volver atrás, el visitante siente los golpes del bajo sintético alterando su ritmo cardiaco. Una voz canta sin ganas desde el año 1982, como si no le importara estar ahí. Pero en cambio está. En la habitación del fondo la gente bebe y baila. Un chico vestido de negro cierra los ojos. Hay una guerra fría.

    Más aquí.

  • La última gran canción de 2009

    Wonderful Life, de Hurts. En realidad sería la primera gran canción de 2010, ya que el single sale el 11 de enero, pero el vídeo ya puede verse desde hace un tiempo. Es una canción sobre un hombre, en un puente, decidido a suicidarse. Entonces aparece una mujer, Susie, que intenta convencerle para que no lo haga.

    Estas son las cosas que les gustan: el italo-disco, el synthpop, el futurismo, la música contemporánea, los trajes, la pose, el grano negro de Anton Corbijn, Pet Shop Boys, Tears For Fears, Ultrabox, Spandau Ballet. Y sí, también son de Manchester.

    El cantante, Theo Hutchcraft, fue precoz y afamado dj a los 16. A los 20 formaba parte del grupo electro Bureau.

    En una entrevista reciente le han preguntado qué es ser una perfecta estrella del pop, y él contesta: «You don’t just want a girl or boy next door. You want to see a star. You want people who say things you could only dream of saying, wear things your parents would never let you wear, and write music that you can’t understand how they make».

  • El castigo

    Ya hace tiempo que me había dado cuenta que entre Haneke y yo había algo. Un romance como este me había ocurrido, al menos, en otras dos ocasiones: Cronenberg y Egoyan.

    Un día llegó a manos de Elizabeth Smart un libro de poesía de George Baker y se enamoró brutalmente de él, sin conocerle.

    Ayer vi Das weisse band, La cinta blanca, la última película de Haneke que esta triunfando allá por donde va. Un día antes escuché a una presentadora del canal 24 H decir que la mejor película en el Festival de Cine Europeo «tenía que haber sido Los abrazos rotos de Pedro Almodóvar» pero fue La cinta blanca y que «la mejor actriz tenía que haber sido Penélope Cruz» pero fue Kate Winslet; yo pensaba que la época de la propaganda españolista había terminado, también incluso en RTVE.

    De la tormentosa relación de Elizabeth Smart con George Baker nació la literatura de aquella, y como quinto hijo de su amor por él, En Grand Central Station me senté y lloré.

    Al ver la película, algo se me heló dentro. La educación protestante arruinando la vida de los niños, perpetuando la amputación emocional de los padres, generando odio hacia la diferencia, «un mundo de súbditos en el que todos están en guerra contra todos -los hombres entre si, los hombres con las mujeres, y los adultos contra los niños- y a la vez unidos en su sumisión a la autoridad y en el respeto a una agobiante sobrecarga de reglamentaciones basadas en la represión», como ha escrito brillantemente Rafael Poch en su excelente reseña en La Vanguardia.

    Los titulares insistían en que la película de Haneke trata sobre el nacimiento del nazismo. Lo olvidé mientas veía la película. Después, al leer sobre ella, no entendía porqué tanto titular sobre el nazismo, yo no lo había visto en la película. Había visto la educación, la religión, la severidad, la crueldad… ¿qué niño no lleva todo eso dentro de sí? Me parecieron sentimientos humanos exacerbados por la vida en una comunidad pequeña, controlada por sus líderes espirituales, económicos y políticos (el párroco, el marqués, el administrador). Más tarde ya pude entenderlo: esa generación en concreto de niños criados en la Alemania inmediatamente anterior al inicio de la Primera Guerra Mundial son los que luego abrazarán el régimen nazi. A pesar de la contextualización histórica de la película, sigo sin creer que la historia que cuenta La cinta blanca sea la del origen del nazismo, como dicen los titulares. Es más, he leído que Haneke tampoco está de acuerdo en que eso sea lo más importante.

    Aún así, esos niños nos recuerdan otros niños crueles de otras películas alemanas sobre el nazismo.

    La película se estrena el 15 de enero. Creo que todo el mundo debería ir al cine a verla, algo así no sucede todos los días. O quizá sí, pero no en una pantalla.

    Esta noche, en ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? hablaremos sobre Elizabeth Smart, para quien vida y literatura fueron siempre una misma cosa.

    Actualización: ya lo hemos hecho.

  • Contra el CD

    Debido a la turbulencia ocasionada por el intento del Ministerio de Cultura de colar en la Ley de Economía Sostenible una solución drástica e interesada a sus problemas con los defensores de los ingresos por derechos de autor (ya sabéis que me refiero al #manifiesto por los Derechos Fundamentales en Internet y su paródico anexo), el equipo de ZEMOS98 decidió, el jueves pasado, aparcar por un momento el calendario preestablecido para su podcast y programa de radio Radioactivos y sumar su reflexión a este asunto.

    Me pidieron que me sumara con algo que se relacionara con la música. Para ello escogí hacer un alegato contra el CD, apoyándome en unas declaraciones de Alejo Alberdi que se me quedaron fuera para el artículo sobre las cintas publicado en Público.

    Esta es mi pieza: Escuchar en blipDescargar ogg.

    Y este es el programa completo: mp3.

    Como no me fío de mi capacidad para la improvisación, primero escribí lo que quería decir. Si os queréis ahorraros mi monocorde tono discursivo, podéis leer las notas en lugar de escuchar el audio en este google doc.

  • Anestesia, amnesia

    El efecto de la anestesia no es como se pinta en las películas. Todos creemos que te inyectan un líquido transparente con una aguja y, unos segundos después, empiezas a ver borroso, mientras el anestesista te hace contar de diez a uno. Pero el paciente nunca llega al 1 y a eso dl 5 ya comienza a dormirse. Las sombras verdes de los médicos moviéndose se hacen indistinguibles y el paciente lucha por mantener los párpados abiertos. La mano de un enfermero se posa sobre el hombro del enfermo y le pide «relájese» con tanta naturalidad que el paciente se siente confiado y acepta cerrar los ojos.

    Durante la elipsis no sabemos qué pasa pero imaginamos qué sueños o pesadillas acosan al enfermo anestesiado mientras los médicos hurgan en su cuerpo sin quejas ni movimientos extraños.

    El paciente parpadea y advierte que las luces ya no son las del quirófano sino las de su luminosa habitación. Un bulto blanco se mueve a su alrededor, es la enfermera sonriente que le dice «al fin despierta usted». Las figuras se van definiendo y el paciente despierta, al fin, y comprende que está de vuelta a su habitación y ya ha pasado todo.

    Eso es el cine. Vayamos ahora a la realidad.

    La enfermera me señala mi habitación. No tiene ventanas. Se parece a los boxes de urgencias pero grande y con puerta. Hay una cama, una mesilla y un asiento que parece confortable. «Desnúdate del todo menos las braguitas, te pones esa bata con la abertura hacia atrás, el gorro en la cabeza y las calzas en los pies». Me deja dos copias del consentimiento que he de firmar antes de que me anestesien. Me ha dicho que lo firme, no que lo lea. Yo sé que no debo leerlo y hago esfuerzos por firmalo sin hacerlo. Pero encima de la firma dice claramente que he leído y he entendido lo que se dice en la hoja. Me armo de valor y me pongo a canturrear una canción de Kasabian. Ahí dice que me pueden romper un diente. Leo en diagonal buscando algo sobre el peligro de muerte. Vengo fantaseando con que no me voy a despertar de la anestesia nunca jamás.

    Me quito la ropa con obediencia, tal y como me ha dicho. La bata no está mal, es azul oscuro. En el gorro de ducha prefiero no pensar, me lo puedo imaginar. Lo que es humillante son lo que ella llama calzas. Las calzas son estas medias que yo uso y que llegan hasta la mitad del muslo. Son las calzas largas que llevaba Pipi. Estos plásticos verdes en los pies son bolsas de plástico verdes para los pies. Me siento en la camilla y veo cómo me huelgan las piernas. Me miro los pies forrados con los plásticos verdes y digo «son un poco humillantes». No para mí, sino para mis pies. Me compadezco de mis pies colgando desde la camilla, flotando en el aire, juntos, con las bolsas de plástico verde, balanceándose. La enfermera no viene.

    Miro los consentimientos sin firmar sobre la mesilla de noche. Me aburro. Me dedico a escuchar las conversaciones de los médicos y enfermeros con otros enfermos. Oigo cómo una mujer de 65 años os sometida al mismo interrogatorio que me hicieron a mí hace un rato: ¿Cuánto pesa? ¿Cuándo fue la última vez que comió o bebió algo?

    Han pasado quince minutos. Entra la enfermera y me pregunta si estoy preparada y si he firmado el consentimiento. No lo he hecho, no tengo boli. Me deja el suyo. Ahora, me dice, métete dentro de la camita. Yo me asusto cuando las enfermeras empiezan a usar diminutivos porque sé que es cuando llega lo peor. Asustada, me metí dentro de la camita. Tapada con una sábana cálida que al menos me impedía ver mis humillados pies.

    «¿Te han hecho esta prueba alguna vez?». Sí, le digo, y no lo pasé nada bien porque me la hicieron despierta. «Vaya, no te preocupes, que ahora no te vas a enterar de nada». Entran dos buenos mozos a darme una vuelta montada en la camilla. Intento disfrutar del viaje, que en ese momento me recuerda a cuando me dejaban pasear dentro del carro por los pasillos del hipermercado. Nos paramos un momento, hay un paciente que dice que se va. Los enfermeros le preguntan cuándo van a venir a buscarle, que no se puede ir solo. El paciente dice que va a llamar por teléfono. Allí nadie le cree. Me meten a una sala verde llena de aparatos, encajan mi camita entre ellos. Me presentan a mi anestesista, es una chica unos diez años más joven que yo. Antes de que se cierren las puertas le grita al chico que se quiere ir que ni se le ocurra conducir, que no está en condiciones. La anestesista es guapísima, tiene unos ojos verdes maravillosos. «Éste se va a ir», dice mi enfermera. «¡Pues como coja el coche y se de un golpe la culpa es mía por haberle anestesiado» dice, mientras me busca la vena en la mano de la mano derecha. Mi enfermera aprieta fuerte una goma alrededor de mi brazo y le contesta «la culpa será suya, no tuya, aquí hay muchos testigos que nos han visto decirle que no se puede ir solo. ¿Tú has venido sola?», me pregunta a mí. Sí, he venido sola, pero vendrán a buscarme. «Ah, muy bien, porque no te puedes ir sola. Parece que hoy es el día en el que todos los pacientes han decidido que no necesitan venir acompañados». Yo le digo que Alberto salía ahora de trabajar. «Bueno, entonces es el día en el que los acompañantes salen tarde de trabajar», esa es la enfermera, intentando conjugar argumentos. «Seguro que ya está ahí», me dice la anestesista de ojos verdes y añade «hoy lo único que te va a doler es el pinchazo que yo te voy a dar y ya». Pero no encuentra la vena. «Bueno -me sonríe- te dije un pinchazo pero serán dos» . Yo le sonrío y pienso que a veces ser tan guapa tiene sus ventajas porque me cae bien y no me enfado con ella por no atinar con la vía a la primera. Entra el médico y se me presenta. Me preguntan por segunda o tercera vez ya, he perdido la cuenta, cuánto peso. Vuelvo a decir que 50, o algo menos. La enfermera aprovecha el momento para hacer un chiste «estás muy delgadita, yo creo que son menos de 50, y, con el miedito que tienes, seguro que has perdido algún kilo más». Le sonrío torpemente el chiste. Le explica al doctor que estoy cagada de miedo porque sé lo que me van a hacer, que ya me lo hicieron hace tres años estando despierta. Es el momento en el que cuelo mi frase preferida sobre este tema: «es la peor perrería que me hayan hecho nunca». No se me ocurre otra mejor, así que la uso siempre. Me miro la mano con la vía y cierro los ojos para no ver cómo meten la aguja. El doctor sonríe por mi comentario, claro, no me lo había escuchado antes. Abro de nuevo los ojos y un enfermero me pregunta qué tal voy. Le digo que bien, esperando. «Te puedes ir vistiendo». Yo le digo que no, que no me han hecho la prueba aún. «¿Cómo que no?». Insisto tanto que el chico sale a preguntar. Oigo que mi enfermera y el doctor se ríen a lo lejos y le dicen claro que sí, hace 20 minutos que me lo hicieron. No es posible, no lo recuerdo.

    Aparece Alberto por la puerta, sonriendo con un gesto extraño. Creo que intenté convencerle de que no me lo habían hecho. Él insiste en que sí. Me dejo que me vista. Apenas recuerdo cómo me vestí, cómo entre los dos me vestí. A partir de ahí los recuerdos son intermitentes, como los lapsus de una borrachera.

    La anestesia hace efecto en un segundo, no viene poco a poco. Tampoco se va poco a poco. Viene y se va rápidamente y, con ella, atrapa el tiempo como un agujero negro. No deja nada para sustituir ese tiempo. Cuando dormimos, sabemos que el tiempo transcurre. Es más, antes de mirar el reloj por la mañana tengo consciencia de aproximadamente cuánto tiempo he pasado dormida. La anestesia no es así, no imprime segundos en blanco sino que destruye el tiempo y empalma el segundo anterior con el segundo siguiente. El desconcierto es brutal. ¿Dónde va a parar ese tiempo? ¿He envejecido durante esos 30 minutos o el tiempo ha sido detenido en mí?

    Y, ahora, me pregunto si estar en coma se parecerá más al sueño o a la anestesia.