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  • «Lo que no tiene nombre, no existe»

    «Lo que no tiene nombre, no existe»

    El Cabezota. El Tuerto. El Bichejo. El Oveja. El Palabras. En el pueblo de Majadahonda (Madrid) existía la afición de ponerle mote a todo quisque. Tanto habían calado los sobrenombres, que algunos de ellos llegaron hasta el penúltimo papel de las vidas de estas personas: el sumario del Consejo de Guerra. En la causa contra Ángel Montero Álvarez, más conocido como El Cabezota, se le acusa de estar afiliado al Partido Socialista y a la UGT, así como de “armar a la población de izquierdas”, por lo que se le sentencia a pena de muerte el 16 de mayo de 1939.

    Al que apodaron El Palabras debía tener buena labia. Se llamaba Tomás Montero Labrandero y era un agricultor de 26 años que se casó con Faustina Montero (no eran familia, muchos en Majadahonda comparten este apellido) unas semanas después del golpe de Estado que dio lugar a la Guerra Civil. En un informe redactado por Falange, contenido dentro de las Diligencias Previas para un juicio por el que nunca llegó a pasar, por toda explicación para su fusilamiento se advierte la “conducta mala”. El Palabras fue detenido y encarcelado. Fue fusilado el 14 de junio de 1939, antes de que terminara la instrucción de su procedimiento.

    El nieto de El Cabezota y el nieto de El Palabras están ahora mismo, en esta mañana de noviembre de 2019, 80 años después, junto a la misma tapia del mismo cementerio en el que fusilaron a sus abuelos. En realidad hay dos tapias. Una es de ladrillo, la que siempre ha estado ahí, más o menos reconstruida, dividiendo, mal que bien, el mundo de los vivos del de los muertos. La otra lleva unos meses en pie y está formada con hierro y rafia de color verde. Sirve para separar, y en cierto modo esconder, las obras de construcción —y destrucción— de un memorial que el Ayuntamiento de Madrid está instalando dentro del Cementerio de La Almudena. Se trata de una intervención arquitectónica y artística que conecta un nuevo espacio de reflexión y recuerdo, pegado a la entrada de una de las puertas del recinto funerario, con la pared en la que se rinde homenaje a las Trece Rosas. El conflicto surge cuando, con el relevo político en el gobierno municipal, este decide cambiar quién es el colectivo objeto de memoria. Al hacerlo, deja de ser un recuerdo a las víctimas mortales de la más dura represión franquista en Madrid posterior a la Guerra Civil —2.933 fusilados entre abril de 1939 y enero de 1944 a los que se han sumado cuatro más desde la publicación del informe— para convertirse, según la nueva denominación, en un memorial “a las personas que perdieron la vida de forma violenta”, incluyendo también los tres años de contienda. Esta decisión de la alcaldía de José Luis Martínez-Almeida llega tan tarde que no han adjudicado el contrato al artista hasta el pasado 7 de noviembre y los albañiles (que trabajan para la empresa adjudicataria de la obra civil, adjudicada en abril) han arrancado con piquetas las lápidas ya instaladas con los nombres de estas 2.937 víctimas del franquismo. Para el nieto de El Palabras, esto es “un disgusto serio” y “un palo tremendo”.

    El paredón de rafia verde.

    “Se está borrando algo que ni siquiera nos han dejado escribir”, dice Tomás Montero, digno heredero de su abuelo en lo que a elección de palabras se refiere. Porque como dice Jesús Marjón Montero, el nieto de El Cabezota: “lo que no tiene nombre, no existe”. Sin duda, hay algo también del carácter de su antecesor en él.

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  • La ESO, a la segunda

    La ESO, a la segunda

    Al acabar la clase, hay quien sale del aula, quien se queda en su sitio y quien sale fuera del centro. M. no hace ninguna de estas cosas. Durante el rato del recreo, que aquí sería más oportuno llamarlo descanso, M. mira a través de la valla a los niños y niñas que juegan en el patio del cole contiguo. Está muy quieta y concentrada porque está buscando a su hijo con la mirada. El descanso en el CEPA de Ciudad Lineal y el recreo en el CEIP Miguel Blasco Vilatela suceden a la vez. La educación también; muchos de los contenidos serán, además, los mismos. Pero la manera de contarlos es diferente porque los alumnos están en momentos vitales radicalmente distintos. M. se está sacando la ESO en el Centro de Educación para Adultos (CEPA), a razón de dos cursos por año. Mientras tanto, su hijo cursa la Primaria en el tiempo infinito de los años escolares.

    El colegio está situado en una larga avenida de un barrio obrero de Madrid, donde hay un 9,4% de hombres en paro y un 8,7% de mujeres, incidiendo sobre todo en la población mayor de 45. Además, el 51,9% de las personas que viven en esta zona es de origen extranjero, y eso se nota, a simple vista, en la escuela para adultos. En ella estudia Imane, que nació en Marruecos. Tiene 31 años y dos hijas, una de 4 y otra de 8. Aunque había cursado el Bachillerato en su país, se veía incapaz de ayudar a su hija mayor con los deberes, por lo que se decidió a estudiar, de nuevo, la Secundaria. Pero no pudo ponerse a ello hasta que llevó a la pequeña, también, al colegio.

    Después de un tiempo asistiendo al CEPA, Imane se dio cuenta de que volver a estudiar no servía solo para aprender gramática o ciencias naturales. Termina su sándwich, sentada durante unos minutos en el pasillo de la planta baja del centro: “ahora tengo amigas”, dice, mirando de soslayo a su compañera de clase Isabela. “Me siento bien”, añade. Imane sonríe de manera suave y elegante, mira a los ojos y elige las palabras exactas, incluso cuando se adentra en un terreno más delicado, al explicar que ha notado que su presencia allí disipa “la idea de algunos compañeros” sobre que los musulmanes son “cerrados”. “Hay quien piensa así pero son minoría”, dice. Imane ajusta su hiyab y abrocha bien el abrigo cuando la puerta de entrada se abre y el viento frío otoñal se cuela por el pasillo del CEPA, que no se diferencia en nada de un pequeño instituto cualquiera, salvo quizá en que se percibe más tranquilo y menos abarrotado. Ahora que Imane ha empezado a estudiar, ya no quiere parar y se plantea qué cursar en el futuro, quizá Informática, quizá Enfermería, aunque le asaltan las dudas de si no se verá forzada a elegir una profesión en función de la tolerancia que pueda encontrar al uso del velo.

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  • Viaje lisérgico al lugar en el que todo sigue igual (aunque Franco ya no esté)

    Viaje lisérgico al lugar en el que todo sigue igual (aunque Franco ya no esté)

    Estoy contenta con mi crónica de ayer. (Igual mañana la releo y digo: vaya caca. Hoy no, hoy creo que la escribí bien). Pasé la mañana en otro mundo. Un mundo al que entré y por el que salí metiéndome en un coche de alquiler. Conduciendo ese coche ajeno por la nacional VI se me vinieron dos imágenes a la cabeza. En la primera, Doraemon y Nobita van montados en esa balsa psicodélica con la que viajan en el tiempo. En la segunda, Juan José Millás entra y sale a La Calle, a su mundo, por la ventana del sótano de su amigo el Vitaminas. En realidad a la ida no pensaba en eso, fue más bien a la vuelta.

    A la ida pensaba en otras cosas: en mis memorias asociadas a esa carretera, en la información que mi cabeza almacena relativa al Valle de los Caídos, procurando distinguir los recuerdos de las informaciones ajenas. En realidad no son tanto recuerdos como impregnaciones. Por ejemplo: el momento en el que, yendo hacia Coruña (con La Coruña como destino final), aparecía la cruz, de manera siniestra, a mano izquierda del camino.

    Mi otro gran referente para la interpretación que hace mi cabeza del Valle de los Caídos, y que ayer no podía dejar de tener presente, es la serie pintada por Costus. La descubrí en 1992, en su exposición «Clausura» en la Casa de América. Estuve allí el día de la inauguración y volví a ella en múltiples ocasiones antes de que la retiraran. Yo tenía 17 años. Me quedé atrapada en los cuadros, en especial con esta serie. Me prometí que algún día, como ellos, tomaría lsd y visitaría el Valle de los Caídos. Nunca lo he hecho, aunque ayer pensaba que todo es tan psicodélico que, igual, no hace ni falta.

    En especial, me fascinaban los arcángeles.

    Mi visión arquitectónica del Valle está pues totalmente contaminada por Juan Carrero y Enrique Naya. Así que cuando veo esto:

    Estoy viendo también esto:

    Y cuando camino por el túnel abovedado de la basílica…

    Y en el cristo de Juan de Ávalos veo siempre a Juan Carrero.

    Y, en fin, siempre hay algo o alguien que me falta.

    Al abandonar la A-6 por la M-600 hacia El Escorial, la carreterilla nos lleva hacia la calle de Los Camareros (extraño nombre; para Google se sigue llamando también calle Arriba España, igual que ha hecho con la calle y la plaza del mismo nombre en Chamartín) que es la entrada al recinto del Valle, rodeado de pinares. Es extraño que haya que pagar ya desde abajo. Aún más extraño es que no me hagan pagar. Venía preparada para intentar pasar evitarlo, con el carné de periodista en la mano. Y, por si no hubiera manera, traía los 9 euros preparados. Y al final resultó que, si vas a misa, la entrada es gratis. Eso no lo pone en la web de Patrimonio Nacional.

    Coches arrimados al arcén, haciendo cola para entrar.

    Pasé 20 minutos parada o avanzando lentamente a un costado de la carretera. Eso me inquietó, primero porque no quería llegar tarde a la misa de once (no me creo que esté diciendo esto) y segundo porque, durante 20 minutos, pensé que lo estaban petando. Una vez dentro, entendí que se trataba de una de esas colas absurdas que forman los porteros de las discotecas para aparentar que el sitio mola tanto que hay más gente que quiere entrar de la que cabe.

    No era el caso.

    Aparco sin ninguna dificultad y me dirijo a la basílica, donde hay otra cola para entrar a ella. Mientras espero, además de las imágenes de las Costus, me viene a la cabeza la última vez que estuve allí. Vine a una boda. Sí, una boda. Ya me pareció incomprensible en su momento, pero ahora, aún más. Los novios no eran franquistas, pero les gustaba el sitio, les parecía bonito. Quizás, el vaciado político es más aterrador que cuando se rellena con ideología.

    Delante de mí, en la fila, estaba el que en Madrid es conocido como «chino facha» (obviamente en mi artículo no uso ese apelativo) y le acompañan algunas personas del patronato de la Fundación Francisco Franco. Chen Xiangwei (esto sí lo cuento) goza de cierta popularidad tanto en este ambiente como en otros más bizarros. Desde luego, no deja de ser extraño que una persona que no ha nacido en España tenga unos vínculos franquistas tan potentes. Él lo justifica por su anticomunismo. En la crónica relato la conversación que tuvo lugar delante de mí, pero aquí la voy a reproducir en un estilo directo.

    Un señor: ¿Chen, en tu bar pones comida española?
    Chen: Sí.
    Otro señor acompañante de Chen: Por supuesto, y hace una oreja que está buenísima, de las mejores.
    El señor: Ah, bueno. ¿Y dónde está?
    Chen: En la plaza de Usera pero me voy a ir a otro sitio que he comprado.
    El señor: ¿Y eso por qué?
    Chen: El dueño no me renueva el alquiler, el muy cabrón.
    El señor: ¿Y cuándo te vas?
    Chen: El 1 de abril. [Chen sonríe ampliamente].
    El señor: ¡Hombre, el día de la victoria!
    Chen: Claro. Sí, por eso. Y pregúntame cómo se va a llamar el bar. ¡Una, grande y libre!

    Por supuesto, hay risas de satisfacción. He de decir que no tengo claro si dijo «Uno, grande y libre», lo cual tendría cierta gracia al tratarse de un bar, en masculino, o la «una» va por España. Decidí ponerlo en femenino porque me pareció que era mi oído, y el acento de Chen, lo que me hizo creer en un primer momento que sería «uno». Si me equivoco (lo veremos el 1 de abril), pido disculpas anticipadas.

    Viví la misa con incomodidad, recordando todas las misas de mi infancia y mi juventud, dándome cuenta, con tristeza, cuántas partes me sabía de memoria. Levantándome y sentándome por no llamar la atención en las partes que la liturgia lo pide. A pesar de mi formación católica (colegio de monjas, catequesis, comunión, confirmación), afortunadamente hoy soy atea sin fisuras. Tardé en darme cuenta de que la religión es una ilusión, una mentira colectiva. Ahora ya lo sé y me da pena el tiempo perdido, pero también reconozco que me sirve para saber cómo es y para armarme de argumentos.

    Reviví que siempre me incomodó el momento en el que el cura decía «daos fraternalmente la paz». Vivía la llegada de ese punto con ansiedad y respiraba cuando ya había pasado. Nunca me ha gustado besa a desconocidos. De mayor, me explicaron que podía dar la mano. Eso era mejor. Ayer no tenía ninguna intención de dar la mano a nadie porque no quería participar de una simbología que no comparto, a la que no pertenezco. Decidí, con una ansiedad creciente (igualito que de niña), según transcurría la misa, que cuando llegara el momento, me quedaría quieta y que, por el bien de mi crónica, si me pedían la mano, la daría. Si no, permanecería quieta. «Daos fraternalmente la paz», dijo el sacerdote. La pareja que tenía delante se besó en las mejillas. Los dos señores que tenía a la derecha se dieron mutuamente la paz («que la paz esté contigo»). Fugazmente, pensé en La Fuerza. Sentí un golpe en mi brazo izquierdo. Pensé: «Elena, haz lo que tienes que hacer». Me giré, para darme cuenta de que un joven (entre 28 y 38) me estaba pidiendo que me apartara para darle paso y que pudiera tender y apretar efusivamente la mano al señor de mi derecha. Me dio las gracias y volvió a su sitio. Eso fue todo.

    Llegó la lectura del testamento. Alguna vez he tenido que leer. Pocas, la verdad, para lo que me gusta hablar en público. La verdad es que tampoco me presentaba nunca voluntaria. En este caso, la lectura la hizo uno de los cinco sacerdotes (¡cinco!) que oficiaban la misa. Me pareció llamativo que escogiera la parábola de las vírgenes sabias y las vírgenes necias. (Bueno, en realidad me pareció un poco insultante, no tanto la elección (que también) como la parábola en si misma). Esta historia, que cuenta el evangelista Mateo, va de una noche de bodas polígama (diez esposas, nada menos) para la que cinco de ellas fueron previsoras llevaron aceite de sobra para sus candiles. Se supone que estas son las sabias pero, como veremos, son también las egoístas, pues cuando las otras cinco, las llamadas necias, les piden que compartan su aceite, estas les dicen que tururú. Que se vayan a la tienda a por el combustible para sus lámparas. Ellas lo hacen y sucede que, cuando están comprando, llega el marido, cierra él portón y ellas se quedan sin noche de boda. No solo eso, sino que además, cuando gritan: «¡señor, señor, ábrenos!», él les contesta: «les aseguro que no las conozco». La conclusión, dice la escritura, es que hay que mantenerse siempre alerta, siempre en vela, porque «no se saben ni el día ni la hora» en que ocurrirá lo que se espera.

    Dicho esto, ¿qué mensaje querían transmitir, con esta lectura, los sacerdotes a los acólitos en la misa de homenaje a «José Antonio, Francisco y los caídos»? ¿Que el esposo (¿Franco?, ¿la dictadura?) puede regresar cuando menos te lo esperes y ojo que no te pille sin aceite en el candil? No veo otra interpretación.

    Cuando terminó la misa, me dirigí hacia al altar, donde está la tumba de José Antonio Primo de Rivera y, al otro lado, donde estaba la de Franco. Me puse junto a la del primero y procedí a contar las veces que alguien hacía el saludo fascista. Conté quince, pero me perdí alguna, antes y después, que vi de lejos. La lápida estaba cubierta por flores. Sobre las losas negras en las que antes se encontraba la Franco, había solo dos ramos. Daba igual: también allí se creaba un círculo de personas, se besaba el suelo y se alzaba el brazo. Las fotos no estaban permitidas, pero el vigilante del lado franquista era más permisivo que el del lado falangista, por eso yo pude hacer estas:

    Hubo un sonoro «¡viva Franco!», que fue coreado con cierta unanimidad entre los presentes. ¿Y cuántos eran? Durante la misa, estuve contando y de la parte que veía, serían 250. Le sumo 50 más por los que no veía y los que tenía detrás. Ayer me han preguntado ¿había mucha gente? Y claro, no. 200 o 300 personas no es mucha gente. También es cierto que ayer me dijeron que este 20N ha estado bastante más concurrido que otros de años atrás. ¿Estamos, los medios, prestando más atención de la que le corresponde? De esto también se habló ayer y se habla hoy. Dejo una línea en mi artículo que conduce a una reflexión en esa línea: «los franquistas están de enhorabuena» porque están recuperando «un espacio público», una atención, que habían perdido. Por otro lado, he constatado que, aunque los que van al Valle a levantar el brazo son la foto folclórica, minoritaria y trasnochada, el franquismo y la extrema derecha está mucho más extendida. Está infiltrada. La encuentras e los votos de Vox y en los del PP, en las instituciones, en las fuerzas armadas, en las cabezas de los españoles. Esto es así. Y no es así porque yo vaya a cubrir el 20N al Valle de los Caídos o mis compañeros a Mingorrubio. Es así porque nunca ha dejado de ser de otra manera.

    Antes de salir de la basílica hay una tienda de regalos (exit through de gift shop, que diría Banksy). Entre niñosjesuses y chocolates de los palacios regales, hay merchandising del Valle de los Caídos: imanes, camisetas, gorras, tazas, cajas de caramelos. Volví a acordarme de alguien. De Nicolás Sánchez-Albornoz, en cuya casa viví , de periodista ocupa, la mañana de la exhumación de Franco. Este lugar se construyó con mano de obra de presos políticos. Nicolás fue uno de ellos. Escapó de aquí y no va a volver nunca más. Con eso en la cabeza, ver como algunos se probaban la camisetas, para ver cuál les sentaba mejor, me pareció obsceno, desagradable, repulsivo.

    Lee Franco no está, pero el franquismo sigue vivo en el Valle de los Caídos.

  • Franco no está, pero el franquismo sigue en el Valle de los Caídos

    Franco no está, pero el franquismo sigue en el Valle de los Caídos

    A pesar de la considerable retención de automóviles que se formó en la calle de entrada al Valle de los Caídos, que parecía presagiar un colapso de proporciones tardofranquistas, luego no fue para tanto. 20 minutos después, la carretera hacia Cuelgamuros comenzaba a engullir los coches, uno a uno, permitiendo el acceso gratuito, quince minutos antes de que comenzara la misa de once.

    Que se pueda aparcar sin problemas, una vez dentro, evidencia que la fila de coches parados en el arcén era una falsa alarma. También hay cola para entrar en la basílica, pero no supera los diez minutos de espera y está provocada por el control de entrada. Comienza la misa y hay sitios libres en los bancos, pero no tantos como en otros días, ni como en otros 20 de noviembre. Hoy es un 20-N especial. Es el primero sin Franco allí desde su entierro. Pero no solo por eso: los franquistas se sienten de enhorabuena. Como diría una famosa canción, es un bien muy mal o un mal muy bien. Es decir, los franquistas se sienten observados y eso les devuelve al espacio público. Y a la postre, la basílica se llena con unas 200 o 250 personas. Aunque Franco ya no esté allí.

    En verdad, sus restos mortales son los que ya no están allí, pero eso no parece ser motivo suficiente para que los nostálgicos de la dictadura sigan acudiendo en el día de su muerte a su mausoleo; dejando rosas sobre las losas que han reemplazado su lápida; traspasando, incluso, un beso de los labios hasta el suelo; levantando un brazo con rigidez totalitaria y proclamando, al finalizar la misa, un enérgico ¡viva Franco!, respondido con un coro de voces que contestaba “¡viva!”. En definitiva: Franco sigue estando allí.

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  • «Esa me gusta»

    «Esa me gusta»

    Gregory fue una elegante joyería de la calle Serrano de Madrid, una de las más modernas e innovadoras en la España de los 70 que echó el cierre en 2014, tras unos últimos años de decadencia donde brillaban más los recuerdos que las joyas del escaparate.

    En ellas se fijaba Carmen Polo cuando salía de compras del brazo de su hermana Ramona, esposa del presidente de Falange Española Tradicionalista y ministro de Gobernación, Ramón Serrano Suñer. Como lo fueron los Albertos, las Koplowitz, los Botín o la Casa Real, la esposa del dictador Franco era clienta de la joyería. “Ella venía por Gregory a ver qué cosas teníamos”, dice el joyero madrileño Ángel Monreal, recordando algunas visitas sucedidas en torno a 1974. Los empleados de la joyería tenían órdenes inflexibles del dueño para mantenerse en silencio, dijera lo que dijera Carmen Polo. “Ella miraba las vitrinas y se enamoraba de las piezas que teníamos. Nos decía cuáles le gustaban”.

    En una de esas visitas, Carmen Polo se encariñó con una sortija de oro, onix y brillantes. Miró a los joyeros y les dijo cuánto le gustaba esa sortija. Silencio. Les miró de nuevo y les recalcó que la pieza le encantaba. Persistía el silencio incómodo. Ahí quedó todo. Poco después, Carmen Polo regresó a la tienda y volvió a echarle el ojo al anillo. Finalmente, dijo: “va a venir un embajador a preguntar por esa sortija que me gusta, ustedes se la enseñan”. Monreal recuerda el nombre del país al que representaba el embajador, pero prefiere no revelarlo. Y efectivamente, sucedió así. A los pocos días, esta persona entró en Gregory y pidió que le mostraran “una sortija que ha visto su excelencia”. Se la mostraron y él pidió que se la envolvieran. Después preguntó cuánto costaba. Pagó en efectivo y se la llevó.

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  • Tertulia tecnológica sobre Celtiberia Digital

    Tertulia tecnológica sobre Celtiberia Digital

    En el Grupo de Informática de la Escuela de la Prospe hacemos una tertulia mensual para aprender sobre temas tecnológicos de una manera amena y colectiva.

    Me fascinó el proyecto Celtiberia Digital (la creación de una nación digital para hacer frente a la despoblación y el reparto justo de recursos en la llamada España Vaciada) del que hablé en este reportaje para eldiario.es.

    Dado que en el curso pasado hicimos una tertulia sobre blockchain, nos pareció interesante invitar a sus impulsores para ver un caso de aplicación práctica (aunque esté aún en fase de desarrollo) para entender qué oportunidades ofrece esta tecnología.

    Os esperamos el jueves 14 de noviembre a las 19:30 en la Escuela Popular de Prosperidad, calle Luis Cabrera, 19.

    Más info, aquí.

  • Últimas plazas

    Últimas plazas

    Solemos ser unas 20 personas y ahora mismo hay unas 15 apuntadas para el paseo por los barrios de Prosperidad y Ciudad Jardín, comentando el particular urbanismo social del siglo XX, el próximo sábado 16 de junio, por la mañana.

    Hará frío pero no va a llover y lucirá el sol. Es decir, será agradable.

    La inscripción estará abierta hasta el viernes a última hora, para los rezagados. Hay que inscribirse en este formulario. Hay más información sobre el paseo en esta página.

    Recuerda que no es una ruta turística, es un paseo en grupo, comentado, en el que se despiertan las memorias dormidas y la historia de la arquitectura se mezcla con la memoria del barrio. Siempre es emocionante.

    Son cinco euros por persona. Los menores de 18 no pagan.

  • Premio a la mejor historia depechera

    Premio a la mejor historia depechera

    En el podcast de Pobres Chavales hemos lanzado un concurso e el que pedimos historias que os hayan pasado y tengan algo que ver con vuestra pasión como fans de Depeche Mode.

    Tenemos para regalar tres entradas dobles para el pase en cines de Spirits in the forest el 21 de noviembre y cuatro posters de Anton Corbijn.

    Os voy a ir poniendo aquí las historias que vamos recibiendo y, cuando las tengamos, os decimos los ganadores.

    Joaquín Valderrama: Mi obsecion o devoción por los depeche empezó en una cocina donde yo trabajaba allí había una tele pequeña, en una noche de trabajo y grande veía unas imágenes de un concierto donde el cantante se movía y enloquecia a la gente y la verdad me gustaba lo que veía en un momento de tranquilidad pude darle volumen al tele pues lo teníamos sin sonido y hay en ese momento fui de ellos me convertí en un depechero lo que estaba viendo era el 101 que lo emitía la tve2, Al día siguiente me informe del grupo su nombre todo y fui a una tienda de discos en Sevilla la tienda era Sevilla Rock me lleve mis ahorros y compré todo lo que vi de Depeche discos, singles todo que grandes días pasé en mi casa escuchando los DM y de hasta ahora es mi grupo mi banda sonora de mi vida

    Javier Cantón: Tantas cosas que es difícil elegir. @depechemode me ayudaron a construir mi identidad en una edad crítica. Un nexo con gentes y tribus urbanas con las que compartía intereses musicales, pero tb vitales. Y nunca olvidaré la primera vez que los vi en BCN en el 98. #devoteeforever

    Testigos Del Crepúsculo: Ahí va la mía… Una vez fui al concierto con mi exnovia y con su actual novio. En principio ella me había dejado por e?. Yo iba vestido como Dave Gahan y él como Martin gore, dado que a ella le gustaba más Martín ahora pienso que era una cuestión natural… Pero por aquel entonces era todo un poco doloroso… Cómo nos compramos las entradas del concierto juntos, pensamos en ir juntos, lo cual fue una idea loca pero así fue. Y una vez comenzó el concierto entramos en trance, nos abrazamos y no había problemas ni malos rollos, todo fue magia y pasión, y me olvidé no solamente de todos mis problemas, sino de mi ser y de mi fisicidad. Sólo veía un sublime espectáculo de lentejuelas y pasión desbocada sobre el escenario del violation Tour… Cuando se encendieron las luces, toda nuestra ropa estaba rota, el delo enmarañado y el maquillaje corrido, fue un despertar a la realidad autenticamente cruel. Me abracé con ella durante 3 minutos, muy fuerte, y se fuel con el clon de Martin Gore. Y yo me fui a casa a escuchar Violator mientras intentaba digerir qué habías pasado…

    Javi Pulido: En la época de promoción del Ultra, llamé a no menos de diez hoteles de 5 estrellas preguntando si se iban a hospedar los señores Fletcher o Gore. Cuando me confirmaron en el Villamagna me pasé 6 horas en la puerta esperando. Solo fui capaz de soltarles «qué tal» por los nervios.

    Y al día siguiente igual, muerto de frío esperando que salieran de una entrevista en Cadena Cope para que me firmaran el Music for the masses y la entrada del Devotional Tour. «Just one, Martin, please». «Just one, just one, everybody wants just one», contestó

    https://twitter.com/javipulido/status/1192419737084538880

    Juan: 16 años y regalan a mi hermana Music For The Masses en disco .3 décadas escuchando canciones muy buenas y menos buenas de DM , me quedo con el sonido en vinilo de Never Let me Down Again ….o escuchar a mi peque de 7 tarareando Enjoy The Silence.

    Carlos García Serena: En 1992, en el Palau Sant Jordi, en pista y a punto de empezar el concierto de U2 ZooTV, vi que en gradas estaban Martin y Dave sentados. En esa época vivían en Madrid grabando SOFAD. Subí, me firmaron las entradas y estuvieron muy conversadores y simpáticos!

    Pradi Ort:Carnavales de Bilbao disfrazada del video de Enjoy de Silence , silla de playa incluida en febrero, capa enganchada en las escaleras mecánicas, no llegué de muy buen humor y la cosa acabó peor cuando no dejaban de confundirme con Viva la vida de Coldplay.

    Somiadora: Hace casi 3 años @golstalgia me regaló las entradas del concierto del Spirit Tour en Bolonia para el 29 de junio, estuve durante 6 meses guardando esas entradas como un tesoro hasta el día anterior al concierto, que las perdí en el avión para ir a la ciudad italiana (abro hilo)

    A la hora de embarcar llevaba todos los documentos en la mano, entradas incluídas, y debido al follón del avión no sé dónde las perdí, el viaje lo pasé llorando y @golstalgia en lugar de enfadarse me estuvo tranquilizando ya que eso le pudo pasar a cualquiera.

    La mala suerte es que la empresa que vende en Italia no nos dió ninguna alternativa para recuperar las entradas y nos quedábamos sin concierto, hasta que se me ocurrió otra locura, y es que como era verano y en un estadio de fútbol (el Relato Dall’Ara) podíamos escucharlo fuera.

    Y allí que estuvimos tomando pizza (había foodtrucks y ambientazo) escuchando a nuestro grupo favorito después de pasar la tarde esperando a la salida del hotel donde se hospedaban para acabar viendo salir sólo a nuestro integrante favorito: ni más ni menos que a Fletcher!!

  • Apoderándose de la elecciones

    Apoderándose de la elecciones

    He ido a votar esta mañana y me he asustado por la cantidad de interventores de Vox que había en mi colegio electoral (en la calle López de Hoyos de Madrid). Era tan desproporcionado que no era la única persona a la que le había llamado la atención: mientras salía, una pareja mayor comentaba exactamente lo mismo que yo estaba pensado.

    He hecho una búsqueda en internet (tampoco muy intensa, que escribo esto mientras termino de hacer la comida) y no he visto en ningún lado que tenga que existir ningún tipo de proporcionalidad, lo que me lleva a reafirmarme algo que he pensado siempre: los apoderados son, en verdad, propaganda electoral gratuita.

    En las horas previas de tensión informativa, en los círculos privados, se suele hablar mucho de la percepción electoral, a modo de sondeo a ojo, que se obtiene de la experiencia de la visita al colegio electoral. Por ejemplo:

    • «Mucha monja he visto»
    • «Mucho yayo en silla de ruedas (empujada por una monja)»
    • «Qué poca gente»
    • «Pues no está mal de gente»
    • «Estaban los del quinto ondeando sus papeletas del PP»
    • «Pues no me he encontrado a nadie conocido»
    • «Esto pinta mal»
    • «Esto pinta bien»
    • «El taco de papeletas de Vox estaba bajísimo»
    • «Las papeletas de Podemos estaban escondidas»

    Mi experiencia de hoy ha sido la del sondeo de apoderados. He visto: seis o siete de Vox, tres de Más País, dos del PP y uno del Psoe. Quizás los de Unidas Podemos se habían ido a tomar café, yo no los vi.

    También me ha llamado la atención ver a rostros del activismo del barrio como apoderados de Más País.

    A las dos de la tarde, la participación en la Comunidad de Madrid ha sido del 41,01%, 2,60 puntos por debajo que en las anteriores.

    Esto pinta chungo.

  • Un bombero rescata la historia durmiente de sus compañeros en la Guerra Civil

    Un bombero rescata la historia durmiente de sus compañeros en la Guerra Civil

    En los sótanos del parque de bomberos número 5 de Madrid, hay unas paredes sobre las que se apoyan varias estanterías de metal y, en ellas, cientos de legajos amarillean. Por algunos de sus papeles avanzan los hongos. Estos libros, cuadernos en los que los bomberos hacían anotaciones, han dormido, callados, durante décadas. Juan Redondo los despertó, y estos empezaron a hablar.

    A Redondo le quedaban todavía cuatro años de servicio antes de jubilarse. Después de quince en el Operativo, le venían asignando cargos de “tronío” pero alejados de los coches rojos, que es lo que a él le gusta. Trabajaba como Inspector Jefe de Coordinación de los Bomberos de Madrid, por lo que pudo trajinar durante un año en la remodelación del Museo de este cuerpo —aún sin fecha de reapertura— y consultar su archivo histórico, que es inaccesible. También estaba próximo el fin del parque de bomberos donde estaba ubicada la Dirección, situado en la calle Imperial, tras la Plaza Mayor de la ciudad, cuyo edificio acabaría convertido en un hotel de lujo. Pero todavía, en esta vieja sede de trabajadores municipales, había una placa con nueve nombres. No es que fuera nueva, llevaba allí desde 1940, colocada por orden del alcalde franquista Alberto Alcocer, pero el día que Juan la leyó de otra manera, con verdadera curiosidad, se abrió la espita que liberaría la gasolina que haría arder un fuego intenso de investigación y sorpresa que le llevaría, en volandas, hasta el día de hoy.

    Retrato de Emilio Monge Botella, bombero fusilado por consejo sumarísimo por el Gobierno de Franco debido a sus “ideas izquierdistas y marxistas”. Foto proporcionada por Juan Redondo.

    En los cuatro meses que lleva jubilado ha terminado de redactar un libro con toda la información que vino reuniendo en los años anteriores. No era el primero que escribía. En Memorias de un bombero (2017), Redondo recordó su participación en el socorro a las víctimas del 11-M y en la extinción del fuego de la torre Windsor. La placa en la que reparó, como muchas que aún siguen expuestas en España, anticipaba los nueve nombres con la frase “caídos por Dios y por la patria” y, tras cada uno de ellos, la palabra “presente”, entre admiraciones. Es sabido que el régimen de Franco realizó este tipo de homenajes para honrar únicamente aquellos muertos que los vencedores de la Guerra Civil consideraron víctimas. Recordando solo a unos, el franquismo imponía una segunda violencia a los asesinados, fusilados, desaparecidos y represaliados del bando vencido, enterrando no solo sus cuerpos sino también sus nombres, condenándoles al olvido. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica viene solicitando desde hace años, con escaso éxito, la retirada de esta simbología de exaltación del franquismo, situada mayormente en edificios propiedad de la Iglesia.

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    Juan Redondo muestra uno de los libros de los cuales ha extraído información para su investigación, en el archivo histórico del cuerpo de Bomberos. Foto: Twitter Bomberos de Madrid.
    Juan Redondo muestra uno de los libros de los cuales ha extraído información para su investigación, en el archivo histórico del cuerpo de Bomberos. Foto: Twitter Bomberos de Madrid.