Hace dos años, el periodista de la CNN Thomas Lake recibió una llamada de teléfono. Aunque estas llamadas quedan muy bien en los relatos periodísticos, por lo general, no llevan a ningún lado. En la mayor parte de los casos, estas llamadas están motivadas por intereses particulares, demasiado particulares.
“En el periodismo, como en la vida, puedes encontrarte con cierto tipo de persona”, escribe el periodista. “Esta persona te cuenta una historia que incorpora una queja o una necesidad insatisfecha. Esta historia ya la has oído antes. Piensas que puede ser una exageración. Pero eso es lo que realmente te da miedo: que también podría ser verdad. Y porque cabe la posibilidad de que sea verdad, tienes que hacer algo”.
Thomas Lake tiró del hilo y se quedó enredado en la madeja. Poco a poco, tejió algo con todo eso: un apasionante reportaje.
Una mañana de verano de 2016, Europa despertó de un sueño e Inglaterra se durmió en una pesadilla. El 52% de los votantes británicos habían decidido irse, si es que alguna vez habían estado del todo.
¡Atención! Eso que se escucha de fondo es el rasgado de la brillante tela color Pantone Reflex Blue de la bandera europea. Sus 12 estrellas amarillas, situadas en círculo como las horas de un reloj, no resuenan armónicamente sino que retumban, con estridencia, en la cuenta atrás del enfrentamiento entre los pueblos.
Con la presión del toque de queda a sus espaldas, diestros costureros, como Matthew Herbert, se afanan en remendar las rajas del raso, pero es difícil porque, por donde no se rompe, se deshilacha.
En esta prueba contrarreloj de su particular tour de Europa, Herbert recorre el continente trabajando con músicos de cada ciudad en la que se detiene, montando una orquesta siempre diferente a la que llama Brexit Big Band, expresando, con esa gran metáfora del trabajo en equipo que es la orquesta sinfónica, que no se está mejor solo.
Si hace un año me hubieras dicho que haría un programa de radio sobre el Carnaval desde la plaza de mi barrio, Prosperidad, te habría preguntado que con qué te drogas. Aunque es verdad que, hace casi un año, las cosas empezaron a torcerse en mi anterior trabajo y estaba a punto de ser despedida… temporalmente. No tuve paciencia y, en el verano, convertí esa temporalidad en indefinida.
Al volver de las vacaciones de verano, ya en el paro, me puse a terminar de escribir el libro que había dejado a medias años atrás. O eso pensaba yo, que se trata de terminarlo, cuando en realidad, me di cuenta al volver a él, prácticamente no estaba ni comenzado. Tuve la suerte de dedicarme unos meses a la escritura y a cuidar de mi familia, lo cual, si no hiciera falta dinero para vivir, sería todo lo que haría en la vida. Mientras transcurría el otoño de 2018, me cayeron dos trabajos que disfruté con agobio y con gozo, como siempre me pasa. Uno de ellos fue para el Área de Cultura del Ayuntamiento de Madrid. No es que sea un secreto, pero tampoco lo he querido contar mucho. Era la segunda vez que formaba parte de la comisión de festivales para las subvenciones. Repetí porque, como con los partos, después solo te acuerdas de lo bueno. En mi caso, la parte buena fue la de conocer, bastante al detalle, cómo son las propuestas de festivales de música en Madrid, qué se hace, cómo, qué se quiere conseguir… e intentar ayudar, de la mejor manera, a todos los que sean posible. Pero también lo pasé mal porque el dinero es finito, las bases son de concurrencia competitiva y yo empatizo demasiado con la gente. Durante semanas no paré de pensar en muchos aspectos relacionados con la gestión de lo público y los presupuestos. Y sigo dándole vueltas. Es una responsabilidad que quita el sueño. Admiro mucho a las personas que se dedican a ello, y a las que lo hacen bien, en fin, les haría un monumento, una cena, una flor de origami. Me parece que a veces tratamos injustamente a las personas que se dedican a la función pública, en especial cuando les juzgamos por un acto o un detalle.
Ya he dicho que empatizo muy fácilmente.
Anarquía científica
El otro trabajo al que me dediqué en aquellos meses ya es público también: un capítulo en el libro colectivo sobre Aviador Dro titulado «Anarquía científica. La fascinante revolución tecno del Aviador Dro», que editará La Felguera en mayo de este año. Me entregué muy a fondo y luego supe que me pasé, escribiendo más páginas de las que debía. He escrito sobre el origen del grupo y la adolescencia de su miembros fundadores, cuando hacían fanzines en el Instituto Santamarca y jugaban al baloncesto en la cancha del Parque de Berlín.
Por eso, casi me echo a llorar (o quizá lo hice) cuando Aviador Dro ejerció de pregonero del Carnaval de Madrid el pasado 1 de marzo, en un escenario colocado sobre esa misma cancha de baloncesto, circunstancia que el propio Servando Carballar recordó en su arenga/manifiesto/pregón de aquella noche. «La Prospe, donde todo empezó».
Los que me conocen saben que me apasionan las historias pequeñas, las que se olvidan en los libros de historia, las de la memoria, las familias y los lugares. Sobre todo las disfruto cuando aparecen en ellas círculos que las cierran. Por eso me encanta la psicogeografía y escuchar los recuerdos de las personas, rastrear sus trayectorias.
Cuando el Ayuntamiento (en concreto CiudaDistrito) me propuso, como una idea loca en mitad de una reunión, hacer un programa de radio en mi barrio y sobre el Carnaval, en que hablar con mis vecinas y con participantes de las fiestas, se me aceleró mogollón el corazón, porque me estaban dando la oportunidad de hacer algo que adoro en un formato que toda mi vida ha sido segunda piel: las voces, los sonidos, la música, la radio.
Estudiar periodismo, dedicarme a la redacción, me ha alejado siempre, profesionalmente, de la radio. En mi carrera apenas se tocaba, era territorio de los de audiovisuales. Mientras estudiaba, solicité unas prácticas que, tras unas pruebas de dos o tres días, me denegaron. Me dijeron que no era lo mío. Cuando sucedió eso, yo ya llevaba unos años de radio libre a mis espaldas. Desde la primera vez que puse el pie en Radio Carcoma, no quise salir jamás. Pasaba en aquel sótano de la calle Esfinge todo el tiempo que podía y hacía de todo: programas, guiones, entrevistas, permanencias, controles, asambleas, coberturas… Todo lo que no me enseñaron en la universidad (y cosas que, aunque me hubiera enseñado radio, tampoco me las habrían contado), lo aprendí en Radio Carcoma. (Donde todo empezó, para mí).
En aquella reunión con CiudaDistrito en la que me propusieron hacer un programa de radio durante el Carnaval, me vino a la cabeza un recuerdo enterrado de unos 26 años atrás. Yo tendría 17 años. Radio Carcoma era parte del proyecto de la Asociación de Vecinos de Canillejas y, como tal, se participaba en todo lo que se hiciera en el barrio para hacer ruido, para reivindicar cosas, para sumar participación. (Al igual que hace la Asociación de Vecinos Valle-Inclán en Prosperidad). Era Carnaval y la radio participó en el pasacalles. Organizamos una cobertura. Obviamente, no había móviles, así que hacíamos conexiones desde las cabinas. No me acuerdo de mucho, pero me recuerdo llamando a la emisora, contando que la comparsa de la radio acababa de pasarme por delante.
Así que, en realidad, vengo haciendo lo mismo toda mi vida, aunque espero haber aprendido algo en este camino y hacerlo mejor. Me tenso, me agobio y me estreso porque está en mi naturaleza, pero lo paso tan bien cuando hago radio, que me desbordo en agradecimiento a las personas de CiudaDistrito, Madrid Destino, el área de Cultura del Ayuntamiento y M21 que me han confiado el proyecto de La Radio del Carnaval, a mí, esta chica de las radios libres, los podcast y los fanzines que, según los de la emisora que me denegaron las prácticas, no valía para esto.
Supongo que, a veces, no estar formada a la manera formal, puede ser una ventaja.
Durante las seis horas de radio que hicimos en directo desde la plaza de Prosperidad, tuve a unos compañeros geniales: Pedro Toro, Alberto Haj-Saleh, Elisabeth Falomir y Manu Santaella, lo que viene a ser el equipo de Hostia Un Libro (Los Increíbles HUL, perpetradores del programa de M21 El Último Moyano). La tranquilidad, seguridad, desparpajo y capacidad de improvisación de esta gente es maravillosa.
Otra persona estupenda con la que hacer una producción radiofónica resulta como bailar un vals, es Alfonso Álvarez Cañero, el nuevo Jefe Técnico de M21 con quien he trabajado en el primer Directo Salvaje, en La Radio del Carnaval y espero que en muchas otras. Ya he dicho que con lo fatídica y pesimista que soy, me viene bien tener gente templada a mi alrededor.
Así que el Ayuntamiento nos colocó allí una hermosa caseta acristalada (hermosa, de verdad, porque yo me había imaginado una mesa y poco más)…
… y ejecutamos los dos programas con la alegría, el color, el trote y la complicidad que merece una buena celebración del Carnaval. Nuestra pretensión era hablar con el barrio, así, en colectivo. Que pasaran muchas voces por los micrófonos, que la conversación fuera amplia y diversa, que todas esas personas se sintieran cómodas y representadas, que vieran esa caseta lo más cercano posible a una mesa camilla, pero que también fuera en parte un escenario, un teatrillo, un lugar en el que se representa una función divertida y atrevida.
Y, lo que fue maravilloso, es que hubo música en directo. Casa Dragón (grupo hermano de Juana Chicharro y residentes en Prosperidad) puso la música al programa del sábado, tocando en directo en un escenario en la plaza. Y The Urban Voodoo Machine Marching Band nos dio un miniconcierto al final del programa del viernes, casi de manera improvisada, que salió fenomenal gracias a los recursos siempre sin fin de Manu Santaella (¡siempre con una sonrisa!). También José María Alfaya trajo su guitarra y hubo canciones, que cantó junto a Tarduchi, el cual por cierto se reveló como invitado y se atrevió a entrevistar a unos curiosos personajes que se sacó de la manga, ante un Alberto Haj-Saleh ofendidísimo.
Yo sé que quedó mucha gente fuera, muchas historias de lado. Otras seis horas de radio y hubiera podido montar otros dos programas totalmente diferentes. Ya me gustaría a mí hacer uno de estos cada semana. También podría hablarte de las cosas que se dijeron, pero creo que es más bonito escuchar los programas, que además de la urgencia de lo que acontece y del contexto en el que se cuenta, hay mucho que sirve para siempre: historias del carnaval, del barrio, de lo que nos atañe, nos toca y nos preocupa, de lo que nos divierte.
Este blog tiene 17 años y ha visto muchas cosas. Así conté el 11-M, desde aquí, a lo largo de 24 horas de desinformación y horror.
Las imágenes y los comentarios se han perdido en alguna migración del blog. Casi todos los enlaces llevan a páginas que ya no existen, y ahí están sus URL como prueba de que internet es efímero.
La desmentida neutralidad española en la Segunda Guerra Mundial es probablemente la causa principal de la vergonzosa invisibilidad de los españoles en los campos de exterminio nazi.
Incluso la celebrada exposición sobre Auschwitz en Madrid, visitada por más de 600.000 personas y que en mayo llegará a Nueva York, no contemplaba esta parte de la historia hasta que la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) se quejó sobre ello.
Es más, estaba plagada de errores, como que murieron 3.500 españoles en Mauthausen cuando se conoce que fueron 4.816 (de los 7.532 hombres, mujeres y niños españoles encerrados allí).
Tampoco había mención alguna a la responsabilidad del ministro franquista Serrano Suñer en la deportación a Mauthausen de los miles de españoles exiliados a Francia tras la Guerra Civil y que fueron capturados por los nazis en la invasión de ese país.
El papel del ministro de Gobernación es clave para el desmontaje de la supuesta neutralidad del régimen de Franco, pues a la pregunta del III Reich sobre qué debían hacer los prisioneros españoles, la respuesta fue que “no había españoles fuera de España”. Y así es como se dio vía libre a una nueva masacre.
Cuenta la leyenda que una joven segoviana, de profesión aguadora, tuvo un encuentro nocturno con el diablo. Harta, como no se puede estar de otra manera, de acarrear el cántaro por las calles empinadas de la ciudad, escuchó la oferta del maligno personaje: si consigo que el agua llegue sola hasta tu casa, me entregarás tu alma. Qué tentador aunque desalmado trato.
Ella aceptó, no sin remordimientos. El diablo trabajó a conciencia construyendo un inmenso acueducto pero, en el momento en el que el gallo cantó al alba, faltaba todavía la última piedra por colocar. El demonio había trabajado en vano, la moza conservó su alma atormentada y Segovia se ganó un acueducto prácticamente terminado.
Si esto hubiera sucedido hoy, el diablo se habría sacado un selfie antes de irse a corromper almas a otra ciudad. Y es eso lo que representa la escultura de José Antonio Abella en la calle San Juan: un ser bien encornado, rechoncho, desnudete y hasta contento, que se toma una foto con el móvil delante de una impresionante perspectiva del acueducto romano.
Antes de que esa obra de bronce fuera instalada el pasado 23 de enero, el tejido reaccionario segoviano se puso en pie. Una petición de firmas en una plataforma online alegó que la representación bonachona del diablo ofende a los católicos porque representa una “exaltación del mal”.
El primer Directo Salvaje fue en directo y fue salvaje, ¿qué más se puede pedir? El viernes 22 de febrero arrancamos un nuevo programa en M21, la radio pública de la ciudad de Madrid. La idea de retransmitir conciertos, en directo, desde salas de Madrid para apoyar la escena emergente (nueva palabra para evitar usar independiente, que ya no significa lo que significaba) o, si quieres, underground, o incluso infraunderground, ya la traía Ángeles Oliva y Toña Medina en su proyecto para la nueva dirección de la radio. (La radio que soñé: una radio poliedro, aspersor plaza, PDF).
Yo he recogido con mucha emoción este generoso encargo y le he acabado de dar forma en lo que ahora ya tiene nombre (Directo Salvaje) y sonoridad (mi voz, barullo ambiente, muchas voces que agarran micro, aplausos, silbidos, la música en directo).
Para el primer movimiento, un concierto perfecto: la fiesta Madrid Radical que combinaba el synthpop de Auto Sacramental (en su puesta de largo) y el synthpunk de Grabba Grabba Tape (que acaban de regresar tras un parón de diez años).
Ya contaré más cosas, pero si os habéis perdido el directo, podéis escucharlo aquí. ¡180 minutos de radio en directo desde la Sala El Juglar!
La cuadrilla de amigos del escritor Iban Zaldua llamaba La Cosa al “conflicto vasco”, “la violencia vasca” o el “terrorismo vasco”. No solo es más rápido y corto sino que también evita tener que escoger entre “conflicto”, “violencia” o “terrorismo”, pues la elección trae consigo un posicionamiento, así ya de entrada, sin haber conseguido arrancar, ni tan siquiera, la conversación.
En su cuento corto ‘El escondite’, un etarra que acaba de cometer un atentado busca refugio en la casa de un amigo al que no ve desde que salieron del instituto. En el extraño reencuentro les une la música: uno pone discos de Echo & The Bunnymen y Japan, mientras el terrorista huido preferiría escuchar a Oasis, The Charlatans o Radiohead.
Hay un estereotipo sobre qué música nos imaginamos que escucha un joven abertzale, pero Zaldua lo estalla siempre por los aires. Como aquel protagonista de “A89, La Transeuropéenne” que escucha “Autobahn” de Kraftwerk, forzado por su compañero de viaje, en el coche que conducen hacia la cárcel en la que cumple condena su hermano.
O la cuadrilla de amigos de Zaldua ha crecido mucho, o el término se les ha ido de las manos, porque la escritora Edurne Portela lo utiliza también en su prólogo a ‘Como si todo hubiera pasado’, el reciente libro de relatos sobre La Cosa escrito por Iban Zaldua.
Lora Haddock quería un orgasmo total. La primera vez que consiguió uno, tenía 28 años. Lora había llegado a ese punto estimulando a la vez por fuera y por dentro, es decir, el clítoris y la vagina. No es fácil: al igual que hay millones de mujeres, hay millones de cuerpos.
Si no todos los vestidos le sientan bien a un cuerpo, tampoco todos los masturbadores encajan correctamente. Por ello, el último reto de la tecnología es satisfacer la diversidad. Lora soñó con repetir ese clímax maravilloso no de manera fortuita, como había sucedido la primera vez, sino con una herramienta eficaz que le ayudara a ella —y a más mujeres y personas con vagina— que necesitaran de una doble estimulación.
Por resumir: Lora, acompañada de un equipo de ingenieras de la Universidad de Oregón, estudió, investigó, diseñó y produjo un nuevo juguete de satisfacción sexual que colmaba sus expectativas. El aparato que su compañía, Lora DiCarlo, había creado no solo provocaba el doble orgasmo clitoriano e intravaginal sino que proponía algo más innovador: conseguirlo sin tener que sujetarlo con las manos.
Tres mil cuatrocientos likes en el video de la youtuber gótica Angela Benedict apoyan el consejo de una elder goth (gótica veterana) a los llamados “jóvenes góticos elitistas de internet” para que salgan a la calle con las pintas que parecen reservar únicamente para sus fotos de Instagram. Los jóvenes góticos elitistas de internet tomaron el desafío como un insulto, y contestaron, con un chorreo de videos y stories, que un gótico no es más auténtico que otro por el hecho de maquillarse para salir a la calle o para sacarse una foto.
El viejo debate de quién reparte los carnés para apuntarse a una tribu urbana vuelve a estar de actualidad es una escena que se niega a sí misma con mucha fuerza. Y se niega a sí misma por dos motivos: primero, ningún gótico auténtico admitirá en público ser gótico (se considera de muy mal gusto), y segundo, la escena gótica lleva 20 años diciendo que está agotada y que no existe relevo generacional.
La primera generación de amantes de la música oscura y la estética siniestra son contemporáneos en su juventud de los grupos fundadores de esta corriente: Bauhaus y Christian Death en 1979, The Sisters of Mercy en 1980, Alien Sex Fiend en 1982 o Fields Of The Nephilim en 1984. Las matemáticas ponen en evidencia que se trata de un público (y de unos grupos, porque algunos siguen en activo) de más de 50 años.
No obstante, en España pegó fuerte lo que podríamos llamar una segunda generación, prácticamente seguida de la primera, aunque la eclosión primigenia les pilló viendo Los Payasos de la Tele o, con suerte, La Bola de Cristal. El gótico se reinventaba y ramificaba como un bosque de eucalipto. Nosferatu surge en 1988, Rosetta Stone y Marilyn Manson en 1989, y The Cure nunca se ha ido.