Reserva Espiritual de Occidente se ha convertido en algo grande. Siempre fue especial y hacía pequeñas cosas bonitas, como aquel disco con fundas cosidas a mano con tela negra de mortaja. Después de transitar aquellos lugares, ásperos, confusos, inaccesibles, R.E.O. ha llegado a este recodo en el camino en el que se deja ver como un gran dragón que palpita y sangra.
No conozco otra voz como la de Svali, que se asoma vibrando desde dentro de un manantial, que se eleva con ímpetu y, a veces, cuando desciende, no es al agua clara sino a una pantanosa en la que se sumerge.
Ayer algunos fuimos convocados a una escucha esotérica de su disco El Cristo de la Atlántida, que publica Humo este mes de febrero. Diseñaron un ritual con el objetivo de conducir a los oyentes a un lugar concreto y un estado preciso. Con los ojos cerrados, como antiguamente, y congregados en torno a un fuego simbólico, escuchamos las canciones y la voz de Wences Lamas, que nos iba dirigiendo.Vestimos máscaras, como siempre hacemos, pero esta vez más explícitas, y Pablo Rajenstein creó una ilusión donde crear el miedo y arrancarnos una máscara que no nos gustara; para quedarnos con una que sí. Como siembre hacemos, como antiguamente.
Mucho recordamos a Manuel Chaves Nogales y poco o nada a Ignacio Carral y Luis de Sirval. La memoria es así, olvidamos lo incómodo. Pero somos el Comité Luis de Sirval y tenemos una cita en el Ateneo de Madrid el 7 de marzo de 1935.
Han matado a uno de los nuestros. Nos han matado a todos. Subimos en grupo las escaleras del edificio de la calle Prado. Somos Agapito Marazuela, somos Emiliano Barral, somos Eugenio Torre Agero, somos Antonio Machado, somos Ignacio Carral. Pío Baroja no somos, no ha venido. Uno de los nuestros, el periodista Luis de Sirval, marchó a Asturias a cubrir la insurrección para El Mercantil Valenciano. Y no volvió. Vimos cómo el legionario búlgaro Dimitri Iván Ivanoff le sacó de su celda y lo ejecutó en un patio de luces, a sangre fría, el 27 de octubre del año pasado, 1934. Pero, ¿qué hacía el periodista en una celda, qué hacíamos allí?
Sirval había llegado tarde a Asturias, como Manuel Chaves, pero no tanto. Durante cuatro días recorrió las cuencas mineras y se puso a hacer preguntas. Llevaba ya dos crónicas enviadas desde allí a su periódico. Las había titulado «Quince días de guerra bajo la enseña roja». La siguiente estaba basada en entrevistas a tres legionarios testigos de lo sucedido cerca de la iglesia de San Pedro de los Arcos, de Oviedo, el 13 de octubre. Allí, las fuerzas legionarias, de artillería y de regulares comandadas por el general Yagüe se liaron a tiros con los civiles. La joven comunista Aída Lafuente defendía la posición con una ametralladora. Tenía 16 años. Las tropas avanzaron y Aída cayó. Su cuerpo fue encontrado en una fosa común.
Sirval tenía un tercer reportaje escrito que aún no había enviado pero cometió el error de comentar en el Café Regina, lo que sus fuentes le habían contado: que Dimitri Ivanoff estaba implicado en el asesinato de Aída Lafuente, a quien posteriormente llamaron la Rosa Roja. Dimitri se enfadó. Mucho.
Ay, Luis, pero cómo se te ocurre hablar de esto en el Café.
La noche del 26 de octubre los guardias de Asalto fueron a detener a Luis a la pensión La Flora, donde, casualidad o no, también se alojaba un capitán de los de Asalto. En los bolsillos, llevaba la crónica inédita, su carné de identidad, el de la Asociación de la Prensa, la credencial para el Congreso de los Diputados, el carné de la Asociación de la Prensa de Madrid y el del Ateneo. El parte policial decía que Sirval había sido detenido por ir indocumentado.
De ahí se lo llevaron al cuartel de Santa Clara y luego a la Comisaría. Sin mediar acusación ni juicio, ni rápido ni lento, un teniente del Tercio lo ejecutó en el patio. Nos ejecutó.
Cinco meses después de nuestro acto en el Ateneo se procesó a Dimitri Ivanoff, que basó su defensa en que el periodista le insultó e intentó darse a la fuga. El fiscal desestimó la declaración de una testigo que afirmaba haber visto la escena desde su ventana. Según el fallo del tribunal, el arma del legionario se le escurrió de las manos y se disparó sola. El Tribunal de Urgencia condenó al soldado por un delito de homicidio por imprudencia temeraria a seis meses de cárcel, los cuales ya casi había cumplido en preventiva, y una multa de 15.000 pesetas para nuestra viuda, pago que, para colmo, eludió al declararse insolvente.
A la familia del reportero le tocó pagar las costas.
Otro de los nuestros, el periodista Javier Bueno, asistió al juicio y escribió lo siguiente: “Lo ocurrido en aquel patio fue esto: Que Luis de Sirval, grande y fuerte como un oso (…), contestó con un bofetón hercúleo y homicida a las mesuradas palabras de un oficial; se abrió paso entre una docena de tiernos servidores del orden en un corredor de un metro de anchura, e intentó huir por donde él sabía de sobra que no había puerta. Entonces, un señor oficial del Tercio, que ha estado en 250 combates, se puso tan nervioso viendo enfadado a un periodista, que se le escaparon todos los tiros de la pistola. Todos los tiros hirieron, mataron y asesinaron por su cuenta y riesgo a Luis de Sirval”.
Javier Bueno fue redactor y columnista en varios periódicos madrileños hasta que aceptó, en los albores de la revolución obrera, trasladarse a Asturias para dirigir el periódico ugetista Avance, abandonando el puesto de redactor jefe de La Voz, en la capital. La noticia estaba en las cuencas mineras. Pero Bueno no era un periodista equidistante: era un militante. Y su periódico, una herramienta revolucionaria que tiraba veinticinco mil ejemplares diarios. Pasó por el calabozo antes y después del estallido revolucionario. Durante aquellos días y con el Estado de excepción vigente, la redacción y las rotativas de Avance fueron incendiadas por la Guardia de Asalto. A Bueno le hicieron un Consejo de Guerra por inducción a la rebelión y acabó condenado a reclusión perpetua. En la cárcel sufrió torturas. Su siniestro sentido del humor asoma de nuevo cuando escribe un artículo, sobre sí mismo, titulado «La mentira de la verdad oficial». Ahí habla de las «llagas oportunamente aparecidas» en su cuerpo al salir del cuartel de Santa Clara. Cinco meses después, el periodista salió amnistiado de la cárcel.
Foto que evidencia la tortura que el periodista Javier Bueno sufrió en la cárcel.
Aquella tarde de 1935 en el Ateneo de Madrid presentamos el libro delcompañeros Ignacio Carral “¿Por qué mataron a Luis de Sirval?”. Cuando nuestro libro sale, Carral ha muerto, repentinamente, el 1 de octubre del 35, en la redacción del diario La Palabra. Pero nosotros no morimos, no lo hacemos nunca. Somos el Comité Luis de Sirval y acusamos el asesinato de Luis de Sirval.
Ignacio Carral, en la portada de La Estampa, por haber protagonizado un reportaje de periodismo gonzo.
Lectura del post (para los ciegos, para los que no tienen tiempo para pararse a leer o prefieren escuchar mientras hacen otra cosa):
En tiempos en los que no había cámaras de televisión, la retirada de unas palabras del Diario de Sesiones del Congreso generó un bulo que se perpetuó durante años. Tras el asesinato del diputado (y ministro en la Dictadura de Primo de Rivera) de ultraderecha (por entendernos, en realidad era un monárquico que no le hacía ascos al fascismo) José Calvo Sotelo el 12 de julio de 1936, mucho recordaron las palabras de Dolores Ibárruri en el hemiciclo el 1 de julio: «¡Este será su último discurso!». Una amenaza que la señalaba como posible inductora del atentado.
Pues ni esas fueron las palabras, ni las dijo La Pasionaria ni iban dirigidas a Calvo Sotelo ni, en cualquier caso, se pronunciaron palabras semejantes el 1 de julio. En cambio, periodistas de la época lo refirieron así, como el corresponsal de Associated Press en Madrid, Edward Knoblaugh (quien, a decir verdad, mantenía amistades demasiado íntimas con las buenas gentes de derechas, que diría Umbral); e historiadores como Salvador de Madariaga y tantos otros, perpetuando el bulo. Hoy mismo, la propia Wikipedia no acaba de aclarar bien lo sucedido, al menos no tan ajustadamente como lo hizo Ian Gibson en La noche en que mataron a Calvo Sotelo (1982).
Además de las malas intenciones, la tergiversación proviene de la eliminación de la amenaza en el Diario de Sesiones de Cortes, por orden del presidente Luis Jiménez de Asua, al igual que ayer Ana Pastor ordenó que se borraran las palabras «fascista» y «golpista». Rufián le recordaba al grupo parlamentario de Ciudadanos pero metiéndolo como cuña en una pregunta al ministro Borrell, lo que ya había dicho Joan Tardá a Albert Rivera: que cuando les llamaran «golpistas», ellos les responderían «fascistas». Borrell, despistado, creyó entender que le llamaban a él «racista» y rápidamente le pidió a la Presidenta que se borrara esa palabra del Diario de Sesiones. Esto lo hemos visto ayer en directo, y en los telediarios y en YouTube pero, en aquel entonces, lo que se borraba del Diario, dejaba de existir.
La presidenta del Congreso Ana Pastor durante la sesión del 21 de noviembre de 2018.
Volviendo al mismo escenario pero en el 1936, lo que sucedió realmente (salvo la frase en cuestión) puede leerse en la transcripción del 15 de abril (y no el 1 de julio, fecha más próxima al asesinato), que puede descargarse aquí. La situación comienza en la página 33 del archivo, en el turno de palabra de José Díaz Ramos, de la bancada del Frente Popular, el cual había ganado las elecciones en febrero, con resquemor de las derechas. Díaz Ramos le echaba en cara a la oposición, la cual había gobernado los dos años anteriores, la sangrienta represión de la insurrección del movimiento obrero en octubre de 1934, pedía responsabilidades a los partidos y en especial al diputado Gil Robles, líder de la ultraderechista CEDA cuya entrada en el Gobierno encendió la llama de la revuelta antifascista del 34. Al parecer Gil Robles se había ausentado de la Cámara, porque Díaz Ramos dijo «que no está presente, porque larga el muerto y se marcha, como ocurre con todos los cobardes«. Se escuchan grandes protestas en los sectores de la derecha y el Presidente llama al orden, pidiéndole al diputado que escoja expresiones más adecuados «o un modo más soslayado de decir su pensamiento».
Gil Robles en el Congreso de los Diputados.
Díaz Ramos, un poco Rufián, la verdad, le replica al Presidente que no piensa que haya que hacer «muchas triquiñuelas» para medir las palabras precisas, que esa era la tradición y costumbre de «una Cámara de cuellos tiesos» [risas] pero que esta «es una cámara de cuellos flojos y de puños fuertes que tiene que decir al pueblo la verdad tal y como la siente». El diputado comunista prosigue su interpelación refiriéndose al octubre asturiano, soltando dardos a Gil Robles y Calvo Sotelo y apuntalando la firmeza del bloque popular, del cuál él forma parte. Prosigue advirtiendo de que le consta la existencia de elementos reaccionarios en los cuarteles, intoxicando a los soldados. Y dice:
Díaz Ramos: «El Sr. Gil Robles decía de una manera patética ante la situación que se puede crear en España era preferible morir en la calle que de no sé qué manera. Yo no sé cómo va a morir el señor Gil Robles».
Un diputado: «En la horca».
[Grandes protestas en el Cámara].
Díaz Ramos: «Sé cómo han muerto el sargento Vázquez, Argüelles y otros compañeros, en defensa de la República y por oden del Gobierno, del que formaba parte el Sr. Gil Robles. No puedo asegurar cómo va a morir el Sr. Gil Robles, pero sí puedo afirmar… [Las últimas palabras producen grandes protestas]».
Lo que se elimina del Diario del Diario de Sesiones estaría en esos puntos suspensivos. Prosigue el Presidente del Congreso:
Presidente: «Señor Díaz Ramos, ruego a S. S. que tenga en cuenta que todo se puede decir atendiendo al Parlamento y a la necesidad de no provocar conflictos en la Cámara. [Nuevas y enérgicas protestas y contraprotestas]. Pido a S. S. que sea prudente en las expresiones».
Calvo Sotelo: «Se acaba de hacer una incitación al asesinato».
Ceballos: «Eso es provocar al asesinato y no se puede tolerar».
Presidente (quien repetidamente llama al orden): «Esas palabras no constarán en el Diario de Sesiones«.
El diputado José Díaz en el uso de la palabra en el Congreso de los Diputados en 1936. Foto / Marina, Diario Ahora.
A partir de ahí el guirigay es considerable. Calvo Sotelo pide que la presidencia lea el párrafo cuarto del artículo 78. El Secretario da lectura: «nadie podrá ser interrumpido cuando hable sino para ser llamado al orden o a la cuestión por el Presidente», lo cual provoca grandes risas en el hemiciclo. El Presidente recuerda que se van a borrar las palabras del Diario, a lo que algunos diputados gritan que «eso no basta». Entonces, Dolores Ibárruri les contesta: «si os molesta eso, le quitaremos los zapatos y le pondremos las botas», a lo que Gil Robles dice: «os va a costar trabajo, con botas o sin ellas, porque me sé defender».
Los diputados comunistas José Díaz y Dolores Ibarruri a la salida del Congreso de los Diputados en 1936. Foto / Marina, Diario Ahora.
Estas dos últimas declaraciones no se entienden porque el borrado del insulto original nos ha dejado sin contexto. Según fuentes de la época (refiere Gibson), lo que le dijo Díaz Ramos a Gil Robles fue «su señoría morirá con los zapatos puestos», o algo muy similar.
Tras la puntilla de La Pasionaria el gallinero termina de revolotearse. De hecho, es Gil Robles quien dice «que conste que no soy asesino como vosotros». Varios periodistas se ponen en pie en la Tribuna de la Prensa y dicen palabras que no se perciben. Varios diputados se cruzan imprecaciones y frases que no es posible entender. El Presidente llama al orden a periodistas y diputados, pero uno de ellos abandona su escaño airadamente. Algunos otros aprovechan para gritar «¡Viva Asturias! ¡Sirval! ¡Sirval!».
(Me encantaría hablaros sobre Sirval, pero no es el momento; otro día). La bronca prosigue entre sus señorías, con las izquierdas alertando del creciente autoritarismo violento de la derechas. La siguiente alocución de Díaz Ramos es tan larga que cuando el Presidente cede la palabra al siguiente diputado, Alonso Ríos, le pide que sea breve, en atención al cansancio de la Cámara.
Pero aún hoy, en el Diario de Sesiones, las palabras no habían sido retiradas sino marcadas en cursiva. Algo no va a dejar de existir, ni se va a convertir en otra cosa, porque los taquígrafos del Congreso de los Diputados son plurales y numerosos, y si queremos saber qué ha pasado, lo vemos en YouTube.
Patricia Godes (de la que ya he hablado por aquí) tiene un precioso programa en M21 llamado Conversaciones con la música. En él, repesca oralmente la memoria musical madrileña que no sale en los libros y que apenas se recuerda ya. He tenido el placer de ser invitada a este alegre vademecum de la singular periodista para invocar la escena de agitación fanzinera que vivía la ciudad en 1994, año en el que publiqué Indigestión de fanzines. Aquí está el programa para ser escuchado o descargado (mp3).
Curiosamente, hoy mismo, mi compañero en Pobres Chavales y en la vida en general, Alberto Monreal, creador del fanzine Maldoror y del festival Arcana Europa, visitará el programa para hablar de la escena gótica madrileña.
Como algunos sabréis, Lord Monreal y yo tenemos un podcast lento y largo titulado Pobres Chavales. No tenemos mucho tiempo, por lo que los episodios van cayendo de manera espaciada, mucho más de lo que nos gustaría. No lo hacemos del tirón, como si fuera radio, sino que primero grabamos la conversación y posteriormente editamos y publicamos. Esto es un método que nos lleva un tiempo excesivo pero, por otro lado, se adapta mejor a nuestros espacios.
También nos lleva su tiempo prepararlos. A pesar de que ambos hemos leído mucho sobre el grupo y su contexto, y yo incluso he publicado un libro, titulado Los últimos amantes, tenemos una edad en la que los datos ya no se quedan en la cabeza y hay que refrescar. Incluso más, diría: gracias al podcast he aprendido cosas sobre Depeche que no sabía cuando escribí el libro.
Actualmente, el podcast está dedicado a la carrera de Depeche Mode, indiscutiblemente nuestro grupo favorito. Alberto y yo compartimos una gran pasión por el grupo, lo que nos da pie a hablar incansablemente sobre ello. Y es así desde que nos conocemos. Podríamos decir que Depeche Mode es una conversación paralalela que tenemos en nuestra vida y que hemos decidido abrir ventanas a ella para que se asomen otros que lo sienten de igual manera. O curiosos. O cotillas. O no tan fans pero que podrían serlo.
En julio publicamos un capítulo dedicado al Devotional & Exotic Tour, que podría ser la segunda parte del anterior, en el que hablamos del disco que le corresponde, Songs of Faith and Devotion, publicado en febrero. Por tanto, me parece que el episodio que hemos publicado ayer, La despedida de Alan, sería una tercera parte de esta trilogía devocional formada por la publicación del disco, la gira y la pérdida de uno de sus componentes.
Sabemos de la sociedad española que, aunque es acogedora, adopta una opinión pública volátil según los picos informativos. Esta encuesta realizada para la Fundación porCausa por Metroscopia en el año 2016 nos ha indicado que los españoles están bien predispuestos a aceptar la inmigración y a facilitar vías legales para la movilidad de las personas, independientemente de su posición ideológica.
Vivimos en un contexto en el que se levantan muros y vallas con mucha más intensidad que en cualquier otro momento. Nos hemos dado cuenta de que todos los muros en realidad es uno solo: una política global de cierre de fronteras, de la construcción de la Europa Fortaleza, del discurso del odio contra el inmigrante. Son reaccioens políticas y sociales que vemos en los medios de comunicación con mucha más intensidad de la que percibimos en la calle. Las comunidades suelen ser más generosas con el otro que sus mandatarios.
Hemos detectado que las políticas de control de la migración generan en España no lugares. Un no lugar es un lugar rodeado por una frontera visible o invisible, a veces líquida o en movimiento, que ejerce un poderoso control sobre los que están dentro de ese no lugar y a los que se les niegan sus derechos. Un CIE es un no lugar. La sala de deportación del Aeropuerto de Barajas es un no lugar. Una redada policial en un barrio céntrico con mucha inmigración e identificaciones por color de piel convierte a esa calle en un no lugar. Un campo de refugiados es un no lugar. Hablar de los expaciones de exclusión generados por las políticas migratorias abusivas desde la perspectiva de los no lugares nos abre nuevas nerrativas, llama la atención sobre un asunto que si solo se sustenta en datos, se vuele invisible poco a poco.
Aunque el contexto que más me atañe es el de los medios de comunicación, no hay que olvidar que la información y la educación pueden suceder en cualquier momento y en cualquier lugar, por lo que reflexionar sobre otras narrativas y materiales pedagógicos es importante. Al respecto de la migración, los medios de comunicación están polarizados, tienden a la espectacularización y durante un tiempo trabajaron anestesiados bajo el llamado ‘efecto Aylan’ [según hemos sabido posteriormente, el nombre correcto del niño era Alan]. Parece que en 2018 la narrativa del refugiado sirio o afgano que sufre, muere o sobrevive con ayuda humanitaria se ha venido sustituyendo por el migrante de origen africano que con valentía se lanza al mar o traspasa las vallas de Ceuta y Melilla.
Es necesario un buen código deontológico para mejorar el tratamiento de la migración en los medios, como la Carta Di Roma en Italia. En ese acuerdo de consenso se aconseja un uso adecuado y ajustado a derecho de los términos (por ejemplo, no llamar inmigrante clandestino a un solicitante de asilo); cuidar y salvaguardar la imagen y la identidad de aquellos migrantes objeto de la información, como personas vulnerables que son; no hacer uso innecesario de la nacionalidad de la persona objeto de la información o explicar correctamente y con profundidad el contexto en el que suceden las noticias sobre la migración son algunas de las recomendaciones.
Incorporar la perspectiva de derechos humanos al periodismo enlaza con estas guías éticas. Si se considera la migración como derecho a la movilidad, sería clave erradicar la semántica de la migración como un problema, una emergencia, una ola o una excepcionalidad.
Como sigo realizando arqueología en el estudio de mi casa, con el objetivo de perder peso, he encontrado más rastros de aquel año, que no aparecían en la agenda que utilicé los primeros meses.
En el verano de ese año, que sería, además, mi primer verano en la universidad, vine a realizar lo que podríamos llamar unas prácticas (un poco alternativas, como todo lo que hacía), en el departamento de comunicación de la Sala Revolver.
El plan consistía en ganar algo de experiencia en la relación con los medios ayudando a Patricia Godes en preparar la comunicación del que sería la primera edición del Festimad, el cual se celebraría en noviembre de aquel año. Me encantaba la Sala Revolver, por lo que ir a la oficina que tenían allí, en horas diurnas me parecía un privilegio. Recuerdo la oficina como oscura, vieja y sucia, lo cual me encantaba, me parecía el reverso tenebroso de lo que sería una oficina del mundo de los adultos. Recuerdo también el look rockero de cuero, correas y botas de punta que traía Patricia a trabajar.
No recuerdo lo que hice, supongo que lo que Patricia me mandara, pero sí que no me pareció demasiado. Ella hubiera preferido que me hubieran pagado con dinero (lo hicieron en especie: con un puesto para vender mi fanzine en el festival) así que se desvivía para ayudarme en cosas, como pasarme direcciones de contacto que me sirvieran para mover los fanzines y presentarme a mucha gente (como a Jesús Ordovás, y siempre con palabras exageradas). Todo me fue muy útil y emocionante.
Otra cosa que hice en noviembre de 1994 fue publicar Indigestión de fanzines, un directorio de fanzines españoles que servía como guía para poder conocerlos y pedirlos por correo. Puse las copias recién fotocopiadas en mi flamante puesto en la Revolver. Uno de los primeros en comprar un ejemplar fue Jesús Ordovás, que, ante mi insistencia por regalárselo, dijo que los fanzines se pagaban siempre. El mío costaba 300 pesetas.
De Indigestión escribió el Diario 16 (24/12/1994) que yo había hecho una recopilación «con bastante seriedad». Primera Línea dijo que «si todavía tienes dudas sobre la vitalidad de la escena alternativa española, conviene que le eches un ojo a este directorio» (enero 1995). Ramón Llubià escribió en Rock de Lux (por aquel entonces la cabecera era así, con las palabras separadas) que «su único inconveniente es la parquedad descriptiva, disculpable si se tiene en cuenta las dimensiones de la obra» (abril 1995).
Octavio Cabezas escribió un reportaje en El País Madrid titulado La libertad se llama papel, donde le dedicaba todo un destacado a Indigestión de Fanzines. Dice así: «Elena Carcoma -seudónimo de Elena Cabrera- es una madrileña de 19 años y muchas ideas. También tiene un montón de energía. Estudia Periodismo, conduce el programa La sombra en el espejo en la emisora independiente Radio Carcoma (98.4 FM) y aún le queda tiempo para querer montar una red alternativa de distribución de fanzines. La obra magna, por el momento, de esta firme creyente en la agitación cultural extramuros del sistema es Indigestión de fanzines. «Se trata de un fanzine de fanzines, de un directorio de todas las publicaciones alternativas que hay en España», puntualiza. En 50 páginas y por 300 pesetas, esta publicación ofrece «una descripción de cada fanzine hecha por sus propios autores, además de la dirección y el precio». Toda una labor enciclopédica -hay unas 400 referencias- que empezó a gestarse la primavera pasada. «Amigos míos de fanzines madrileños como Malsonando o Las lágrimas de macondo [ambos dedicados al rock independiente] estaban desmoralizados por las dificultades y porque no vendían», recuerda Elena, «por lo que se me ocurrió la idea para dar mejor a conocer la buenísima oferta alternativa». El número dos, previsto para mayo, incorporará las altas y bajas producidas desde que, en noviembre pasado, se puso a la venta el primero, También saldrá en disco, «para capricho de los fanáticos de los ordenadores». Aunque abomina de lo establecido, Elena no le hace ascos a pactar con las instituciones. «Un amigo de la radio y yo hemos creado la editorial A la Sombra del Este para sacar Indigestión y un directorio de radios libres», aclara Elena»» (5/3/1995).
Finalmente, ni salió un número dos, ni una «edición en disco» para «los fanáticos de los ordenadores» (LOL) ni hicimos el directorio de Radios Libres ni, que yo recuerde, pacté con ninguna institución. Lo que sí hice fue un informe de cinco páginas para Factory (Rockdelux) titulado Fanzinerama II (octubre/diciembre 1996), con un texto reportajeado y una selección da fanzines del momento comentada con menos parquedad que en Indigestión, un punto que supongo apreciaría Ramón Llubià (crítico al que, por cierto, me solía gustar leer porque era un macarra y también le gustaban los fanzines).
Aquel artículo mío desprende desencanto, ¡ya en 1996! En él, decía que «el esplendor de los fanzines musicales ha terminado». Mi texto malagorero habla de un momento de gloria, entre el 92 y y el 94, y una cuesta abajo que comienza con la presentación del fanzine Neqe Zeneke en Maravillas, en junio de 1994. El couché del papel, la «maquetación Macintosh», los «aburridos contenidos» y un editorial que daba mal rollo («ocurrió que vimos que todo el mundo tenía un fanzine y nosotros queríamos uno») me hicieron presagiar lo peor: estábamos saltando al mainstream. Que me entrevistaran en El País supongo que también era un indicio potente.
En el reportaje hablo de Psicodelia Pop, el fanzine que Patricia Montes editó entre enero del 92 y marzo del 95: «es el ejemplo de una manera de hacer fanzines que se está agotando en sí misma: los grupos de los que habla, habituales de los semanarios ingleses, son ya pasto de grandes medios españoles». Recogía además unas declaraciones de Patricia a la revista Spiral, en una entrevista que le hicieron con motivo de la desaparición del fanzine: «no creo que un fanzine tenga que ser radical por definición. Jamás me había planteado dejarlo porque otros medios hablasen de mis grupos favoritos. Lo que pasa es que ahora ser indie ya no es alternativo».
Ay, Patricia, eso decías en 1995… y aún hay gente que te lo cuenta 23 años después como si fuera una novedad. Hoy, el indie es un género de pop-rock español puramente mainstream, homogéneo y aburrido, que encaja fenomenal en anuncios de cerveza.
Hablo también de que «la profesionalización, por llamarla de alguna manera, de algunos de estos colaboradores [el párrafo anterior nombra a críticos musicales nacidos de fanzines] ha ido pareja a la desaparición de los fanzines» y que al igual que RCA fichaba a Los Planetas, Penelope Trip y Australian Blonde, «entonces no es de extrañar que Mario Riviere del fanzine N.O.T. escriba sobre punk en El País de las Tentaciones».
Yo, a esas alturas, ya escribía en Mondosonoro y dos años después empezaría a publicar en el desaparecido suplemento La Luna del Siglo XXI, la respuesta de El Mundo a El País de las Tentaciones.
María Núñez está haciendo un TFG muy interesante sobre periodismo, del cual creo que no debería, o no me corresponde, contar gran cosa; aunque me gustaría. Me pidió que le contestara unas preguntas sobre los estudios de periodismo, cosa que hice ayer con mucha ilusión. No solo es un tema sobre el que (¡ya iba siendo hora!) tengo opiniones bastante solidas (u opiniones, que ya es algo) sino porque, en verdad, me encanta que me entrevisten. Es, le dije María, como cuando un fisioterapeuta recibe al fin un masaje.
Las preguntas de María me llevaron a 1993 y 94, sobre todo cuando rebobiné en mi memoria para acordarme del primer día de facultad. Hoy he abierto una caja de cuadernos, buscando algo que no he encontrado, y he visto una pequeña agenda del año 1994. Es una máquina del tiempo. Leyendo las citas puedo reconstruir cómo era mi vida entonces.
Comienza el curso tras las vacaciones de Navidad sin clases de Pensamiento Político (madrugo menos). El domingo 12 se graba en Telemadrid el programa «¿Y tú de qué vas?» en el que participo (pero no hablo) y, la verdad, es que no recuerdo de qué iba yo, qué tribu urbana representaba. Sí recuerdo que fui con amigos. Y que hubo uno mítico con gente madrileña de la escena gótica. Al día siguiente tengo que asistir a una reunión de la Plataforma en Defensa de la Radiotelevisión Pública (de la cual ya he hablado por aquí o por Twitter). Soy representante de alumnos que estudian Periodismo. Voy junto al profesor José Luis Piñuel Raigada, que me da Teoría de la Comunicación (hay examen el 20 de enero). La reunión tiene lugar en la calle Monte Esquinza a las 18:30. Forman parte de la la plataforma Forges, Teresa Aranguren, José Manuel Martín Medem y algunas personas más que no recuerdo.
El martes voy al Ateneo a una conferencia sobre los planes de estudio en la Universidad. No sabía lo importante que sería este tema para mi futuro (el cambio de planes haría saltar por los aires mi carrera universitaria tres años después; es curioso que ya se anticipa aquí, en mi primer año de facultad). También asisto, o al menos lo tengo previsto, a una reunión de la comisión de mujeres en la asociación Información y Libertad, en mi facultad. El sábado de esa ajetreada semana tengo, como habitualmente, asamblea en Radio Carcoma a las siete de la tarde. El domingo aparece apuntado un programa de Carcoma al que debía ir (Sunday Blues) y el nombre de Martín Medem.
A la semana siguiente se repiten anotaciones en relación a la Plataforma (en esta ocasión la reunión será en Prado del Rey) y a recordatorios que he de hacerle al profesor Piñuel. Hay muchos eventos en el Ateneo (me pasaba allí media vida), alguna película en la Filmoteca, el inicio de las clases de guitarra clásica los viernes a las cinco de la tarde y algo importante: una cita con Fernando Márquez El Zurdo para llevarle a mi programa de radio el martes 18 de enero por la tarde. A comienzo de curso encontré unos carteles rojos pegados en la facultad que anunciaban un fanzine llamado El corazón del bosque. Había un apartado de correos. Escribí. El resto está contado en otro sitio y no quiero volver a ello.
Encuentros en la cafetería de la facultad, casi siempre para temas de mi programa de radio, pelis en la filmo, una huelga general el 27 de enero contra la reforma laboral que supongo que cubriríamos en la radio, visitas al ginecólogo (tengo 18 años), guitarra (1.400 pesetas al mes), Plataforma, asambleas y comisiones, exámenes (parcial de Historia, 19 de febrero, aula 532), citas en la parroquia, conciertos los sábados en la Fundación March (de aquella me gustaba hacer cosas un poco pedantes y que resonaran a antiguas, donde hubiera señoras y nadie me conociera, como en la Fundación March, en la Residencia de Estudiantes o en el Ateneo de Madrid).
Visitas reseñables: el 23 de febrero, a las 11 de la mañana, vino Juan Luis Cebrián a la facultad. Supongo que lo recibimos con alfombra de terciopelo y aclamación en los pasillos. Lo que sí recuerdo bien (o mejor) fue que Lolo Rico vino a la clase de Teoría de la Comunicación el viernes 15 de abril. Una semana después volvería a verla en el Ateneo.
Como muchos otros cuadernos en mi vida, las anotaciones pierden fuelle según avanza el año, pero más o menos todo discurre parecido, creo recordar: exámenes que saco con notas mediocres, me voy recuperando del abandono que me ha hecho mi novio y lo hago volcándome en la radio, en las asambleas de todo tipo, en las lecturas, los periódicos y las tardes en el Ateneo. Descubro la escena musical emergente de pop independiente y me sumerjo en ella entusiasmada. No hago amigos en la facultad pero sí fuera de ella: en los fanzines, en los conciertos, en la noche. Voy al Maravillas. Me meto en una relación muy rara de la que salgo atropelladamente. Conozco a un chico fascinante que vive lejos. Todo el mundo me presta discos y escucho música a todas horas. No me extraña que no estudiara nada.
1991. El día de mi cumpleaños mis amigos me llevan a Paladium con una tarta. En la puerta, enseño con orgullo y vergüenza mi dni. «¡Cumple 16, ya puede pasar!». Mi novio, su hermano y su prima son un avispero de alegría a mi alrededor. El portero está más que acostumbrado. Felicidades, me dice, adelante. Mi entrada es más barata (soy una chica) y además tengo una tarjeta descuento que llevo guardando semanas. Es una tarde de primavera, así que subimos a la terraza y comemos la tarta junto a la piscina, sentados en asientos que se columpian, alrededor de una mesa baja. Los graves de la música me acarician la espalda como una garra que me llama por mi nombre. Cuando se abre la puerta la caricia se vuelve bofetada. Siento ansiedad y nervios; no estoy segura de saber bailar. Mi novio, en cambio, tiene un estilo personal, es ágil y nervioso, conoce coreografías y es capaz de bailarlo todo. Cuando entra a la pista, la gente se hace a un lado poco a poco hasta que se crea un corro a su alrededor.
Pero aún no hemos bajado. Me explican que para beber tengo que sacar un ticket de una máquina. Me acerco a ella y me emborracho al leer los nombres de los combinados escritos en los botones; como tampoco estoy segura de saber beber, elijo un peppermint con vainilla.
Cuando más me gusta bailar es cuando nadie me mira: cuando pierdo a mis amigos al otro lado de la pista, o cuando se quedan en la terraza, en el baño, en el cine o en otra planta. Me gusta que haya un bombo muy fuerte, que se apague la luz, echen el humo y enciendan el estrobo. Solo reconozco los hits, que intercalan con música de baile suave: eurobeat y lo que por ahí llamaban cantaditas; esto es la sesión de tarde (el tardeo, que se diría ahora) y si pinchaban EBM (que en realidad era lo que a mí me gustaba, pero ni sabía nombrarlo ni identificarlo) lo hacían de manera moderada.
Aunque Paladium estaba en Coslada y yo vivía en Canillejas, había que coger el coche. Nos metíamos dentro de las tartanas viejas y pequeñas de los mayores de mi grupo (básicamente, el novio de la prima de mi novio, y su colega) y diez minutos después ya habíamos llegado y aparcado. Para mí, esa era una de las tres cosas que yo consideraba que era «hacer la Ruta del Bakalao». Y es que encima lo llamaba así, para mis adentros.
Aunque Paladium era la discoteca monumental (literalmente: tenía forma de templo griego), en realidad teníamos más cerca un lugar mucho mejor: Kea. Por no sé qué motivo, Kea nos parecía peligrosa, y preferíamos ir a Paladium o Titanic, las cuales nos parecían salas más elegantes y modernas que la de nuestro barrio. O quizá es que, sencillamente, estaba demasiado cerca. Considerábamos que Kea era la primera discoteca de la Ruta a Valencia, Attica la segunda, y luego seguías metiéndote en clubes por toda la carretera hasta llegar a Valencia…, si es que no tenías un accidente de coche entremedias. Pues sí, queridas amigas, en mi supina ignorancia centralista, yo pensaba que lo de la Ruta del Bakalao consistía en ir de Madrid a Valencia. Y lo que me da aún más vergüenza de reconocer, pensaba que la Nacional II acababa en Valencia.
Yo había entrado en la adolescencia mirando de lejos el neón azul y rosa con las letras KEA, al otro lado del puente de la Avenida de América (o Carretera de Aragón, como la llamaban mis padres) y me preguntaba qué cosas fascinantes y tenebrosas pasarían allí. Me costó tanto que me llevaran como que me dejaran ir, pero cuando lo conseguí, aquello me pareció lo más.
La primera vez que entré me tuvo que acompañar mi hermano y su novia para ver un concierto, que nunca tuvo lugar, de Tam Tam Go! En cambio, mientras esperábamos. escuche allí a Depeche Mode por primera vez. O al menos fui consciente de lo que estaba escuchando. No puedo recordar bien si era Personal Jesus o Enjoy the silence (creo que la primera) pero sí que me acuerdo del estremecimiento total y absoluto, agarrada a mi peppermint con vainilla, apoyados junto a una columna, al lado de esa cosa tan bestial que se me metía en la sangre traspasando las capas de mi piel. En ese momento místico no solo descubrí al que sería el grupo más importante de mi vida, sino que también supe que no habría nada en el mundo que me emocionara tanto como escuchar la música a un volumen alto, en un lugar oscuro. «Te grabaré una cinta», me dijo mi cuñada.
Cuando al fin pude ir con mis amigos, me impactó la oscuridad alrededor de la piscina, decorada al estilo ibicenco, y unas telas blancas que ondeaban con el viento de la noche. También las chicas de pelo cardado y ropa mínima y estrecha (me viene un flash de una mujer rubia de pelo rizado, sonriendo, bailando o sirviendo en una barra, con una cazadora corta de látex o cuero; parecía tan feliz, y yo lo fui también mientras la observaba).
Que la Ruta empezaba en Kea (cosa que o bien me inventé yo o lo decíamos en el barrio, no sé), era pues la segunda cosa que yo creía saber en relación a esa marcha nocturna, demonizada y seductora, que todos queríamos emprender. Yo vivía de fantasía: a las once tenía que estar en casa, me daban poco dinero y no sabía mentir. Alguien nos dijo (o escuchamos en la tele, quién sabe) que había discotecas a las que podías ir cuando te levantabas por la mañana. Yo no sabía qué pensar de Valencia: si era el cielo o el infierno.
El caso es que antes de conocer el pop y los grupos más básicos del abecedario musical, me había bailado todo lo que me habían echado. Y eso me avergonzaba. Me arrepentía de haber malgastado la adolescencia bailando, en lugar de haberla pasado encerrada en casa escuchando a los Smiths. Me abochornaba tanto que la primera vez que me preguntaron por mi disco favorito del grupo de Morrissey tuve que mentir porque no los había escuchado jamás. Cuando empecé a hacer amigos a los que les gustaba la música (pijos de Villaviciosa de Odón que estudiaban en el Icade y hacían fanzines, basicamente) me atreví a confesarles, en una ocasión, que lo mejor que me había pasado en mi adolescencia fue pasar horas bailando en la pista de Titanic, en Atocha. «¡Ah, Gitanic, dices!», me contestaron con sorna, queriendo dar a entender que Titanic era una discoteca a la que iban personas gitanas. Me callé.
Ya, ya lo sé. A mí también me dan ganas de cogerme y abofetearme. Pero en fin, es imposible, no puede ser.
Y el tercer acontecimiento que relaciono con la música de baile de la escueta cultura de clubs de mi adolescencia tuvo lugar (o no) en Attica. Uno de nuestros temas de conversación recurrentes los viernes por la tarde, sentados en un banco del parque de Canillejas, era que un día iríamos a Attica, una discoteca que sí que de verdad, decíamos, era de la Ruta del Bakalao (y no como Kea, que solo pretendíamos que lo era para sentirnos mayores). Todo el mundo hablaba de Attica sobre todo los lunes por la mañana. Y luego estaba el tema de la televisión (que tan bien se cuenta en este capítulo del podcast Valencia Destroy) y es que parecía que la música tenía la culpa de todos los accidentes mortales de tráfico que sucedían en la carretera el fin de semana. Me preocupaba ver el Telediario junto a mi madre y que, en una de esas, me prohibiera salir por la noche. Attica estaba solo un poco más allá que Kea en la Nacional II, de hecho, a la altura de Coslada, donde Paladium, pero parecía inalcanzable.
De tanto acariciar el sueño con la yema de los dedos, al fin un día fuimos, vestidos con nuestras mejores galas (mallot de licra negra hiperajustada, pantalón vaquero blanco, zapatones… un horror, la verdad). Y lo cierto es que no puedo recordar qué pasó: si no entramos, si entramos, si nunca fuimos, no lo sé. Tengo un recuerdo del parking, de la puerta, de las paredes del exterior, y de nada más. ¿Me creí que fue verdad de tanto imaginarlo? No lo sé. Durante muchos años, cuando alguien me preguntaba si alguna vez fui a Attica, yo decía que sí, que una vez. Y en cambio, ahora, no puedo recordarlo.
He estado pensando en todas estas cosas a raíz de este artículo sobre la reciente demolición de Attica, donde se entrevista a David El Niño. Y también por este tuit, por el podcast de Eugenio Viñas mencionada más arriba, por la traducción al castellano del libro de Joan Oleaque y por el magnífico libro de Luis Costa, ¡Bacalao! Leyendo esta historia oral pensaba: nací demasiado tarde y en la carretera equivocada.
«Durante un tiempo, es innegable, salimos de fiesta», escribe Kiko Amat en el prólogo [PDF] del libro de Oleaque (el de la movida de Valencia, no el del crimen de Alcàsser). «Pero nunca salimos ‘por salir’”, dice. «No: nuestro desfase era ilustrado, y era militante, y era absoluto. salimos de fiesta para escapar de la normalidad, para apostatar de nuestras obligaciones civiles, para —sin duda— perder la razón mediante insólitas combinaciones narcóticas; pero existía un fin. Celebrábamos algo que tenía que ver con lo efímero, lo audaz y no-normal», sigue Amat. «Salimos de fiesta para, entre otras cosas, cancelar la posibilidad de ser como nuestros padres. Para protestar: contra el televisor encendido, y los padres que nunca se besaban, y los gritos en la mesa, y el miserable dique seco».