Cada vez con mayor sinrazón adoro esta ciudad. Y algunos días, no tantos como quisiera, siento que la ciudad también me adora. Durante años he construido estrategias para abandonar Madrid y establecerme en Berlín, Londres, Buenos Aires o Atenas pero la geografía sentimental -una de mis constantes- me ha puesto freno. Hoy estoy emocionalmente injertada en las vidas de personas enraizadas en este caprichoso rompeolas de mesetas y por ello tendría que ponerme muy borrica si quisiera abandonarlo. Pero el motivo ya no es ese. Hoy me siento en deuda con la ciudad y necesito, más que nunca, devolverle en acciones algo del entusiasmo que he heredado. Hacer conciertos, fiestas, exposiciones, fotografías, reconstruir una casa bonita, escribir sobre la ciudad y en la ciudad. He vivido un 17 de abril de flirteo con las bocacalles y roce de las aceras, de usar las instituciones como interlocutores y los trabajadores como aliados. Hace unas semanas pedí este día de vacaciones en el trabajo y ha sido extremadamente beneficioso para librarme por unas horas de un ritmo insoportable y unas relaciones laborales reducidas al absurdo que me están ocasionando eventuales temblores de párpados y las habituales ronchas de la dermatitis atópica avanzando por el interior de los brazos. Hace un año pasé el 17 de abril en Coruña, culminando mi aventura portuguesa. Recuerdo un sol precioso, un aire fresco, las llamadas de los amigos, la risa por lo bonito -y yo insisto en que algo había de absurdo al aplicar el humor en el reconocimiento del otro, del uno en el otro- del reencuentro que lo cambió todo, las gaviotas sobre el tejado de casa y en el alfeizar de mi ventana. Este martes ha sido madrileño, mi cuna, mi hogar. He andado las calles de Prosperidad y he sido agradecida con ellas y amable con sus ciudadanos. Me he empadronado en la Junta Municipal del Distrito de Chamartín, he fotocopiado mi DNI en una copistería de Príncipe de Vergara inundada de sol y sonrisas regentada por varios señores ya al borde de la jubilación, he entrado en una silenciosa y ordenada tienda de complementos parisinos (no sé porqué se me antojaron parisinos) preguntando por una dirección, al dirigirme a un vigilante de seguridad para informarme torpemente si el edificio que tenía delante era o no era la Junta de Distrito él me contestó «¡buenos días, señorita!», César, el director de la sucursal del banco que ha gestionado mi hipoteca me ha dejado en manos de un compañero suyo que ha resultado ser tan simpático como él, tan poco banquero… Camino calle abajo Príncipe de Vergara desde Colombia-Concha Espina hasta el Auditorio. Era media mañana y lucía un sol vibrante que me invitó a llevar la chaqueta en la mano. Un viento en staccato tocaba mis hombros y brazos desnudos y así, a paso ágil, podía admirar de vez en cuando cómo el eccema comenzaba a confundirse con la piel. Delante del Auditorio he recordado el ciclo de Música Viva al que solía ir y hace años que le falto. Al pasar por delante del bar que hay enfrente he recordado que Pablo Padilla, asiduo del ciclo, me debe o le debo una llamada. Mi memoria ha vagado aún mucho más atrás, era la tarde en la que José Luis me llevó al Auditorio por primera vez en mi vida. Nos vestimos un poco. Él se puso una chaqueta. Su madre dijo, cuando le recogí en su casa, que estábamos muy elegantes. Teníamos 17 o 18 años. Yo no me sentía elegante en absoluto pero sí ansiosa, altamente emocionada, tensa, propensa a la exaltación. Llegábamos tarde y cogimos un taxi. Tuvimos que correr (aún menos elegancia) pero llegamos a tiempo. No puedo recordar lo que vimos pero sí que era la Sala de Cámara y aquella madera me acogió como si fuera mi hogar. Vibré. Me emocioné. Hubo una pieza, no sé de quién aunque algunos nombres flotan en el lodazal de mi memoria, que entendí perfectamente; me estremeció. Me adentro por las callejuelas de Prosperidad –La Prospe, fue siempre aquel barrio, con su centro social y sus vecinos en pie de guerra- prometiendo, ahora que me mudo tan cerca, volver a los conciertos, seguir los ciclos, dejarme regalar una entrada sobrante a las puertas del Auditorio… Pregunto el precio de un BMW de lujo en un concesionario de coches usados. Es una belleza y le hago creer al vendedor que podría estar interesada en comprarlo. Él me anima a hacerlo, me dice que si lo quiero debería comprarlo ya mismo, ya que con el buen tiempo hay demanda en descapotados y se venden rápidamente. Además, es una ganga: cuesta 50.000 y me lo ofrece por 25.000. Giro inesperadamente en la calle Luis Cabrera y le agradezco una vez más al ayuntamiento su homenaje a mi padre. Es una travesía en calma y estable, y por tanto aburrida, donde viven obreros y se dejan abrir pocos comercios, así que pienso que fue una calle adecuada para Luis Cabrera, que le pega mucho más que la plaza Juan Pujol, por poner cualquier ejemplo bullicioso. El retórico más afamado del mundo romano también tuvo su hueco en los pensamientos y preocupaciones de la alcaldía madrileña. Nacido en Calahorra cuando aproximadamente Jesucristo moría, fue el más importante pedagogo de la oratoria, admirador de Cicerón y firme convencido de la necesidad de adentrarse en la lectura para adiestrarse en la oratoria. Desde la cocina vemos los garajes, contenedores y ventanucos que dibujan la perspectiva de su calle. Hombres y mujeres aislados en sus cubiles que jamás harán caso de las indicaciones de este humanista del mundo clásico, sumergidos en su propia retórica y dedicados a sus familias ínfimas y reconcomidas, formadas por hijos que cantan las canciones de Fran Perea y esposas ausentes, silenciosas, invisibles cuyos juicios no traspasan, jamás de los jamases, los visillos.