D?a de Navidad en casa de Carmi?apost post: ?Bravo, David!
D?a de Navidad en casa de Carmi?apost post: ?Bravo, David!
Dos d?as en Canillejas, decorado de mi infancia, adolescencia y tardoadolescencia es suficiente para hacerme desear recobrar cuando antes la vida que imagino que tengo, la vida en la que s?lo reparo cuando estoy lejos de ella. Siendo aqu? hija, hermana, ahijada y oveja negra (o al menos, rarita, como si se tratara del microcosmos de La Boutique del Video), la sobreexposici?n familiar me fuerza a desear ser algo y no alguien. No digo yo que aqu? no aprenda. En la comida navide?a he refrescado conocimiento espa?ol: los ajos se plantan en enero, cuando tardas en usar las patatas comienzan a mover y «el norte cuece, Castilla asa y Andaluc?a fr?e». Conocimiento experto. Tampoco digo que no me divierta, al borde del esperpento: ayer mi madre rompi? dos copas mientras yo sufr?a un ataque de risa en un delirio de Festival del Humor porque mi cu?ado dijo que en alem?n pepino se dec?a Gurkel (o algo) y yo contest? «ah, s?, como Steve Gurkel». Ya s? que es Urkel, no Gurkel, pero ah? estaba la gracia. O las dos botellas de albari?o se la dieron.
Vuestros comentarios de ayer (14, muchas gracias) me obligan a seguir el tema, el cual pensaba haber desarrollado despu?s de la cita. Pero no pude, tuve un d?a (digamos, poni?ndome fina) denso. Ya me imaginaba yo, Sombra, que t? saltar?as al quite por aquello del trasfondo femenino (a lo tonto, ya hace a?os que nos conocemos, y algunas constantes se repiten) pero es que ese, a mi entender, no era exactamente el trasfondo. Caballero tambi?n parece estar de acuerdo en que es un tema universal el de no saber qu? hacer con la libertad. Pero lo que a m? me gusta de la cita es lo concreto del caso. Habla de las mujeres que quieren ser liberadas. Lo cual, m?s que un conceto, es ya un hecho hist?rico no superado, al menos en mi generaci?n. Me gusta cuando en el primer p?rrafo escribe que muchas mujeres buscan la apariencia de la liberaci?n para ser m?s deseadas «como hembras», m?s «revalorizadas». Y ahora decidme, ?realmente podemos intercambiar aqu? mujer por hombre, hembra por macho? El tema que me interesaba ayer no es tan general, tan com?n. Engancha con las dudas que me asaltan en estos d?as, en los que me planteo una y otra vez si hago lo mejor para m? en mi b?squeda de mi libertad o si hago lo que quiero que los dem?s vean que hago. Y a?n peor, la escabrosa pregunta de Mart?n Gaite, ?lo hago para ser m?s deseada, m?s preciada? ?A los ojos de quien? El otro punto que me atrae de la cita es ese empe?o suyo por convencerme de que no hay que perderse en el tr?mite. Hay que hacer las cosas de verdad. Aunque no sepas c?mo se hacen, ponerse a hacerlas es el principio de hacerlas. Este es mi mal principal, all? donde me pierdo. A veces durante a?os. Comprar cultura no es adquirir cultura. Pasear por una biblioteca no es leer. Tomar notas en libretas no es escribir. Rellenar este blog no es, o no lo s?, avanzar. Muchas barbaridades (o no lo son, no lo s?) he hecho en mi vida en nombre de «mi libertad». He dejado casas. He huido a medianoche. He roto relaciones. He enga?ado. He salido corriendo. Me he encerrado en casa. He apagado el tel?fono. He dejado trabajos. Y sigo sin haber llegado a ning?n sitio. Combinando con intermitencias la necesidad de huir con la de quedarme callada y pensar. Sin conseguir una ni otra. Viviendo en una arrebato. Yo no s? si esto es femenino. Pero conscientemente he huido de muchos patrones femeninos que conoc? en mi infancia, e incluso en mis contempor?neas: «Yo no quiero ser esa mujer».
S?, ese tema. Escribe Carmen Mart?n Gaite: ?Una mujer no conseguir? su libertad mientras no la busque en lo suyo, en lo que tiene entre las manos. Todo lo dem?s ser? desplazamiento, evasi?n. (?) Pero nada de esto ser? aut?ntido ?y es lo que suele pasar- si el quehacer es inventado como adorno de la propia persona (?) tan s?lo para sentirse revalorizadas como hembras, como presa a?n m?s deseable. (?) Una persona no tiene que darse a valer. Tiene que hacer bien las cosas que hace, tiene que hacerlas de verdad, entregarse a lo que haga. Tiene que hacer algo, no fingir que lo est? haciendo. Y ?sta suele ser la oscura ra?z de la insatisfacci?n femenina, incluso en las mujeres aparentemente m?s activas, m?s extrovertidas. Se han ido a otro lado de m?s ruido y luz a buscar la moneda perdida, no han sabido hacer frente al problema que ten?an en el sitio oscuro, y tienen continuamente conciencia de su labor vac?a, falsa, puesta al servicio de un puro anhelo personal tan insatisfecho ahora como antes. Por eso alimentan cada vez mayor resentimiento, saben que fingen estar haciendo algo que no logra interesarlas y se preguntan con angustia, redoblados su incomprensi?n interna y su caos: «?Qu? es lo que pinto yo aqu?, en esta oficina, en este sanatorio, en esta biblioteca?» Una mujer debe tomar concincia de que no sabe qu? hacer con su libertad, cuando esto le ocurra. Saberlo, para asombrarse y arreglarlo. No enga?arse. Preguntarse por qu?. No avergonzarse de ello. (…) Y el pensar sobre ello inteligentemente es ya mucho m?s de lo que se puede hacer. Desde dentro y en la mayor parte de los casos se ver? que la libertad se puede conseguir sin encender hogueras ni dar m?tines. Libertad es pensamiento, soledad. Y ?ste se puede poner en pr?ctica a lo largo de los quehaceres m?s grises y cotidianos. (…) Pero casi nadie sabe lo que dice al decir que desea libertad. Generalmente se desea imitar la figura que componen otros, cuyo comportamiento hemos tachado casi siempre gratuitamente con rencor de libre. En esto estriba todo, en el rencor de la libertad. Dice Ortega: «(…) Vivir es sentirse perdidos y las ?nicas ideas verdaderas son las de los n?ufragos. El que no se siente de verdad perdido, se pierde inexorablemente» («La rebeli?n de las masas»)». Carmen Mart?n Gaite en «Cuadernos de Todo», p?gs. 46-47. Bajo esto, ya no tengo mucho que a?adir. Ojal? lo hubiera escrito yo, pero como ya est? hecho, s?lo cito, pues expresa muchos de mis miedos y preocupaciones ?ltimos. Las negritas son m?as.
He seguido el consejo que me d?steis y he apuntado en una hoja de Excel los discos que tengo pero que me gustar?a regalar. Algunos son muy malos, otros no me gustan, otros son funcionales (quiz?s alguien a quien entrevist? por obligaci?n), hay discos copiados en CD (no s?, me da pena tirarlos sin m?s). Es decir, que la gran mayor?a de vosotros no va a encontrar nada que le guste o ande buscando, creo yo. Quien quiera la lista, que me mande un email y se la env?o rauda.
Ayer Checht y yo vimos «Seo pyon jae» («La cantante de pansori») una pel?cula coreana dirigida por Im Kwon-taek en 1994 que me hizo saltar las l?grimas. Creo que esta pel?cula deber?a incluirse obligatoriamente en cualquier ciclo de cine y m?sica (ese que nunca ha hecho el FIB) y muy posiblemente en la secci?n de post-rock.
Una de mis escenas favoritas
Llegamos la Carolink y yo muy contentas al Caf? de la Palma despu?s de 20 minutos buscando un huequito para aparcar la cucaracha y habi?ndolo encontrado en la calle Reyes. Sobre tanto arriba y abajo comenta la mencionada en su blog: «Lo mejor vino despu?s. La comida se prolong? con copas y eran casi las siete cuando pude discernir que, ya que estaba, me quedaba en Madrid, que el pedo que llevaba mejor continuarlo, y que despu?s empalmar?a con la sesi?n de Carmona y Caballero Djs. Decid? que Elena no deb?a hacer tantos trayectos sola (deb?a llevar y recoger a Aldo, que pinchaba en Torrej?n, ay, ser la compa?era de un dj d?scolo) y me encaram? a su todoterreno-four-wheels-traction. El cual hube de conducir, a eso de las cuatro de la ma?ana, porque Elena y Aldo se eternizaban en el bar y hab?amos aparcado en segunda fila, impidiendo el paso a un voluntarioso ciudadano de Torrej?n que, con m?s alcohol corriendo por sus venas que por las m?as, quer?a pegarme por estar all? estacionada.» Entramos, digo, en el reducido espacio del Caf? donde se celebran conciertos, siendo este el ?ltimo acto de la fiesta de primer aniversario de la revista Era (la revista gratuita que menos le gusta a V?ctor Lenore, por si acaso alguien no cae) y lo hago tocada con mi gorra aNti (?viva el embrutecido Ti!) m?s que nada para declararme fans. Y en esto que estamos llegando a la primera fila cuando veo una mano que me arrebata la gorra y yo me vuelvo y ya no s? qui?n ha sido. A los pocos segundos me doy cuenta que no ha sido una broma de un conocido sino que me la han ROBADO DE MI PROPIA CABEZA. As?n que:
foto archivoVoy a tener que empezar a hacer listas de por qu?s. De por qu? en los momentos de euforia me parece un gran idea hacer determinada cosa, como llevar un sello, escribir un weblog, tener amigos o salir de casa. No ser?a la primera vez que las hago pero tampoco soy una experta: si una tarde depresiva sustituye a una ma?ana euf?rica y me pilla con la lista a medias, no hay autocompasi?n sino una sarna autodestructiva bien afilada. Ahora me vendr?a bien haber aprovechado una de esas ma?anas. O quiz?s es la resaca de un fin de semana intenso que me hizo desgastar un poco m?s los primeros 30 kil?metros de la Nacional II. En Torrej?n de Ardoz conocimos el Rhumba Bar. Aldo pinch? all?. Habl?, ya al final, con un chico que le?a mi weblog (?hola!), encontrar?is un comentario suyo en el post anterior. Hablamos un momento sobre D?cima V?ctima. Carolina y yo corrimos arriba y abajo para disfrutar, si quiera un rato, de la sesi?n de Carmona y Caballero. Si quiera Beyonc?. Si quiera Justin. Si quiera The Postal Service. No s?lo carg?bamos con nuestros cuerpos. Tambi?n con el d?a de celebraci?n navide?a del FIB, y con las copas en La Ida. Yo llevaba poco alcohol, casi dir?a que nada, pero me sent?a como si s?.
«Garabatos en La libreta de las ideas: “Matar a mis ídolos: Cobain – Onetti”, “Por qué el cine es mejor”, etc. “Geografía secreta o palabras privadas de las bitácoras”. Ésta podría ser interesante. Habla de cómo los escritores de bitácoras nos escribimos entre nosotros, de esa red opaca pero real que se prolonga en las entrañas de nuestros respectivos discos duros, a veces tan distantes. Ésa sería una bitácora interesante de leer; una donde no se habla en voz alta para que te oigan todos. Hay palabras de pasión o de compromiso en las bambalinas de este ajetreado circo de Internet. Pero, sobre todo, palabras de complicidad. Yo te entiendo. Las rarezas nos buscamos entre nosotros, nos comunicamos en nuestros lenguajes codificados. Esta world wide web es quizás más fascinante que la oficial, por secreta. Se apoya en la confianza personal y en la privacidad. Es una telaraña de palabras susurradas.» Es de hace unos días, del 2 de diciembre, pero no he podido evitarlo, porque desde ayer me ha dado por hacer estas cosas. Este mismo escritor posteaba aquí el otro día que echa «de menos el sexo en las bitácoras». Yo ayer hice una búsqueda (hasta que me harté de que ¿el adsl? ¿la memoria? me hiciera imposible manejar el weblog) de palabras claves en el robot del blog. Y me sorprendí: sólo 6 post acudieron a la llamada de «sexo», 5 a la de «porno» y ninguna a «follar». O escribo mucho menos del tema de lo que me creo o ese robot anda cojo. A menudo tengo que evitarlo porque me da la impresión de que todo son rodeos para hablar de lo mismo.
La frase del título la dijo ayer Tomás Fernándo Flores en Siglo 21 (joder -con perdón- que paranoia me ha entrado cada vez que menciono un nombre aquí) en Siglo 21. Repito, que es muy buena y es textual: «más de culto que realidad comercial». Esto define ese concepto de realidad (la mía) que siempre quiero abordar y nunca sé cómo. Claro, el culto no es en verdad real, es más bien la consecuencia de un acto de fe. En cambio, lo que es real es el mundo comercial. O sea, que Belle » Sebastian sea el grupo más grande del pop actual es una cosa de culto (no sé si religión o cultismo) mientras que lo real, la realidad de todo el mundo, lo que es DE VERDAD, es Maná. Y ASÍ PERVIVEN LAS COSAS en el subconsciente de Tomás Fernando Flores y en el de otros cientos como él. Vengo del Café Moliere, un lugar que poco a poco se va ganando la placa de local COVECABE. No se crean que es algo tan fácil de obtener. Y mis amigos. Tener a alguien tan cerca. No pensé que podría ser algo tan importante. Ayer nadé, en la piscina del Moscardó. Ticando por vez primera ese bono que ya criaba telarañas en la estantería. Los que lean el weblog de Nico ya sabrán alguna cosa sobre esa piscina. Pero para mí era mi primera vez. No sabía dónde estaba la piscina y un señor fue el encargado (le obligó la guardesa, demasiado perezosa para darme indicaciones: «puedes seguir a este señor, que también va a la piscina») de guiarme hasta allí. Señor: ¿Es tu primera vez? Elena: Pues sí. Señor: Muy bien, pues ya verás que hacer ejercicio es muy saludable. Elena: Eso dice mi médico. A ver qué tal. Señor: Claro que sí. Está muy bien. ¿Sabes nadar o también tienes que aprender? Elena: Psssccché. Malamente. Señor: Bueno, pues a ver. Ahí está tu vestuario. «Mi» vestuario lo es también de ocho mujeres más que se pasean a pubis descubierto entre las duchas, perchas, bancos y taquillas. Se quejan de que hace frío, se quejan de que las taquillas no funcionan y se tragan las monedas, de los robos y los secadores de manos que tiran mal. Creo que lo he traido todo pero al observar a las otras me doy cuenta de que me falta algo esencial: las chancletas. A punto estoy de volverme a casa, ante la horrible imagen de setas y hongos creciéndome entre los dedos de los pies. Intento pisar el suelo lo menos posible, camino por ahí dentro de mis Puma. Identifico tos tipos de mujeres: A) Señoras viejas entre 50 y 60, de pubis poco poblado y músculos dificilmente recuperables. Pequeñas, encorvadas. Expertas conocedoras de la rutina de gimnasio. Lentas, muy lentas. B) Mujeres cuarentonas, fibrosas y espigadas, trabajadoras liberales o liberadas amas de casa de maridos en posición media-alta. Se visten y desvisten rápidamente. Tratan al Tipo A con superioridad. A las doce de la mañana yo no encajo en ningún tipo, así que paso entre 5 y 10 minutos sentada en un banco del vestuario, sin atreverme a dar el primer paso. Me siento más o menos segura, en mi papel de observadora, hasta que me quito las gafas. A partir de ahí, todo es confuso. Una miope-astigmática, ¿qué ve en una piscina? Bultos. No valen las gafas, mucho menos las lentillas. ¿Qué vemos? Una inmensidad azul y bultos que vienen y van. E incluso bultos de los que no sabrías decir si vienen o van. Cuando me mezclo entre la población mixta me doy cuenta de que entre los hombres la tipología varía. Ellos son jóvenes. Como mucho llegan a los cuarenta. No usan esos ridículos gorros (con el mío (azul, me lo dejó Juanjo es un color bonito pero) no puedo evitar sentirme una payasa) y sus cuerpos, a mis ojos incorrectos, aparentan torneados, esbeltos. La mayoría parecen universitarios, quizá deportistas profesionales. O si no ¿qué? ¿Qué hacen esos hombres tan en forma, esas musculaturas sensibles, ociosos a las doce de la mañana? ¿Habrán dejado también su trabajo en la oficina de un Festival? ¿Serán todos traductores freelancers trabajadores caseros necesitados de un desahogo físico? Hago ocho largos mantrechos, En el octavo el corazón me bombea más de la cuenta. Pienso demasiado mientras nado. No respiro. Intento concentrarme en los azulejos: «qué azules que son», pienso. Luego mira al cuidador, lee una revista pero me lo imagino mofándose de mi estilo. Mofándose de las viejas. Mofándose de las piscinas y de los ratos de ocio. Pensando en tirarse a su novia, en acabar su carrera de Económicas, en conseguir cualquier trabajo mejor. Pienso si le gustaría estar en la playa y ser un vigilante. Pienso en New Order. Pienso demasiado. Octavo largo: señora, ¿me deja salir por la escalera? ¿Sigue ahí mi toalla? Este bañador se me pega a la tripa y me veo enorme, yo pensé que me disimulaba mejor. De un momento a otro me encuentro con mi casera, y encima le debo tres meses. Si me ve aquí pensará que estoy en paro. Y en realidad lo estoy ¿o no? Ese chico me suena. Ese también. Bueh, sin gafas no hay manera. Me seco. Me pican los ojos. Tengo sed. El cloro se ceba en mi dermatitis. ¡Ja! Hice ocho largos. Vine a la piscina. No pasó nada ridículo. Salvo yo. Que soy una ridícula. Y esto lo pienso de vuelta a Béjar, vía Pilar de Zaragoza. Compro agua. Vuelvo a casa. Me ducho. Hago una crema de calabaza. Me la como. Voy a la Tintorería Galaica (me gusta tratar con gallegos). Me encuentro con el fotógrafo Javier de Agustín. Departimos en la calle. Voy a la Óptica Garlens. Voy a la Filmoteca. Compro una entrada. Me tomó un café. Llega Héctor. El Embajador no llega. Ni los directores. ni la comisión, ni Hon-Cho. Ni nadie. Vemos la película. Pippermint Candy. A Héctor le gusta más que a mí. Cenamos en Artemisa. Riquísimo. Y una cerveza en el Café Moliere. Y llego a casa. Hablo con Aldo. Cuelgo. Miro el correo. Desconecto. Hablo con Aldo. Y llamo a Nicholas por teléfono. En Atenas son dos horas más pero él aún está despierto. Hablamos de muchas cosas pero sobre todo del futuro. Me desvelo. Me conecto. Os escribo. Me voy a la cama.