El otro día escuché a una pareja llamarse amor. Me pareció tan cursi como siempre, pero esta vez sentí, con extrañeza, una punzada de envidia. No sé de dónde venía pero al día siguiente caí: nunca he llamado a nadie amor, nunca nadie me lo ha llamado. Ni amor ni miamor ni cari ni churri ni baby ni cuchi ni peque ni chiqui ni chati ni amore ni nena ni gordi.
Jamás he caído en el aceite moloso del lenguaje enamorado.
No me gustan los diminutivos. Si alguien tiene un nombre largo, yo le llamo por su nombre largo. Si le pusieron un nombre serio, no lo voy a vulgarizar llamándole con un apodo coloquial. Si eres Eustaquio, pues Eustaquio y no Taquio. Si eres Leonardo no eres Leo. Si eres Margarita no eres Marga. Si eres Manuel no eres Manolo. Si eres Josefa pues no eres Paqui.
Soy una seca. Cierto. Pero creo que hay una belleza escondida en la tosquedad de lo sobrio.
Pero… ¿y si hay un motivo que nunca nadie me dijo para el lenguaje del amor? (Pienso ahora, aterrada). ¿Y si es el diminutivo de los amantes lo que construye las relaciones? ¿Y si mi terco empecinamiento en llamar a las personas por su nombre me impide amarlas verdaderamente? ¿Me estaré perdiendo algo, amor mío?
