Es un hermoso verano en el jardín de mi casa, donde viven gatos salvajes y en las tardes tórridas en las que el viento se levanta, el gran árbol de hojas ya amarillas sisea con estruendo.
Más allá, hay incendio y guerra. Hay muertes. Aquí hay el tiempo suspendido del veraneo, del tour de Francia en la siesta y el despertador desactivado. Una ausencia inexplicable de obligaciones que activa mi ansiedad. Estoy enferma de eso.
Escalo el verano agarrándome a la música. Pongo un disco por la mañana en el nuevo plato del dormitorio, decido no levantarme y mirar por la ventana el árbol amarillo y el pino contiguo, que de vez cuando arroja piñas como bombas. Si te cae una encima igual no te mata, pero te hace daño. Susto al menos.
Son los conciertos lo que me impiden caer en la depresión del que no hace nada, de la que solo pone un disco por la mañana. El concierto me mantiene viva, me da un lugar, un tiempo y un propósito.
Nick Cave cree en Dios y yo soy atea. Defiende a Israel y yo odio a ese Estado genocida. Wild God ni siquiera es un disco que me guste mucho. Y a pesar de eso, ayudo a sostener su pantorrilla cuando arroja su cuerpo hacia los brazos de las primeras filas. Y en ese momento le amo. Y si él dice que grite, yo grito. Y si me pide que cante, yo canto.
