La llamaban Charito. Viuda de militar franquista gallego, el puesto en Tráfico de éste le privilegió a la hora de conseguir una vivienda de la Obra Sindical del Hogar a principios de los años 50. El piso les costó 60.000 pesetas. José Ángel, Jesús y Andrés eran los tres hijos, que fueron ubicados, apiñados, en la habitación más grande mientras los padres dormían en la contigua y el tercer cuarto se usaba como living: ver la tele, coser o rezar el rosario. «Si Rosario nos viera tirando sus zapatos» dijo Alberto mientras metíamos en bolsas diez o veinte pares de buen calzado elegante y resistente, de ese que no pasa nunca de moda en el Barrio de Salamaca. Toda su vida -o los despojos de ella- ha desfilado ante mis ojos y he visto cómo era barrida del último reducto de memorabilia que era su vieja casa. Una cabeza de plástico fucsia para sujetar pelucas, un retrato a lápiz, un abrigo de piel, cajas de costura, frasquitos de agua bendita, cepillos de dientes, sombra de ojos, sábanas, mantas, un guante burdeos, copas de martini, una cinta con una misa (que ponía a un volumen altísimo, sorda como estaba al final de su vida, atormentando a los vecinos), rosarios, crucifijos, biblias, misales, estampas. La gran parte de todo eso, y más, ha acabado en un vertedero. Cuando pienso en los restos de una vida incinerados de esa manera, siendo despedidos por unos ojos extraños como los míos, me enferma y me angustia: quisiera no dejar nada de mí tras de mí. Que mi rastro terminara conmigo.
Autor: elenac
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Los hijos de Zenón
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¿Y tú qué pasta usas?
Me había desacostumbrado a coincidir con alguien en el lavabo durante el cepillado de dientes. Aunque intentes llevarlo de una manera natural no deja de ser una situación de comedia, absurda, un poco embarazosa, como los viajes en ascensor. Desde que como en la oficina (para ahorrar tiempo, estrés y viajes de Metro) la casualidad o la coincidencia me obligan a compartir -también allí- espejo con alguna otra chica. En realidad no hace falta mirarse así que me puedo dar ua vuelta por la reducida antesala a los váteres con el cepillo en la boca examinando con aire crítico los azulejos. A veces siento que existe una competición, cuando te lavas los dientes con otro o, mejor, contra otro. El que más aguante es el que gana la batalla contra la caries, el otro es un guarro. Bueno, me aburre cepillarme así que siempre pierdo. No obstante, creo que no he alcanzado la suficiente intimidad con las chicas de la oficina como para compartir la higiene dental y quedarme tan pancha, como si nada hubiera ocurrido. Oye, me has visto escupir en el lavabo… vamos a tener que replanteanos nuestra relación.
Prolongando el topic: Vuelvo a recomendar, para los nuevos, nuestro suculento grupo de cuartos de baño, ¡mucho más que sanitarios! Ya somos 71 «visitantes», abierto desde mayo de 2005. -
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Cisco demanda a Apple, claro.


