Patricia Godes (de la que ya he hablado por aquí) tiene un precioso programa en M21 llamado Conversaciones con la música. En él, repesca oralmente la memoria musical madrileña que no sale en los libros y que apenas se recuerda ya. He tenido el placer de ser invitada a este alegre vademecum de la singular periodista para invocar la escena de agitación fanzinera que vivía la ciudad en 1994, año en el que publiqué Indigestión de fanzines. Aquí está el programa para ser escuchado o descargado (mp3).
Curiosamente, hoy mismo, mi compañero en Pobres Chavales y en la vida en general, Alberto Monreal, creador del fanzine Maldoror y del festival Arcana Europa, visitará el programa para hablar de la escena gótica madrileña.
Como algunos sabréis, Lord Monreal y yo tenemos un podcast lento y largo titulado Pobres Chavales. No tenemos mucho tiempo, por lo que los episodios van cayendo de manera espaciada, mucho más de lo que nos gustaría. No lo hacemos del tirón, como si fuera radio, sino que primero grabamos la conversación y posteriormente editamos y publicamos. Esto es un método que nos lleva un tiempo excesivo pero, por otro lado, se adapta mejor a nuestros espacios.
También nos lleva su tiempo prepararlos. A pesar de que ambos hemos leído mucho sobre el grupo y su contexto, y yo incluso he publicado un libro, titulado Los últimos amantes, tenemos una edad en la que los datos ya no se quedan en la cabeza y hay que refrescar. Incluso más, diría: gracias al podcast he aprendido cosas sobre Depeche que no sabía cuando escribí el libro.
Actualmente, el podcast está dedicado a la carrera de Depeche Mode, indiscutiblemente nuestro grupo favorito. Alberto y yo compartimos una gran pasión por el grupo, lo que nos da pie a hablar incansablemente sobre ello. Y es así desde que nos conocemos. Podríamos decir que Depeche Mode es una conversación paralalela que tenemos en nuestra vida y que hemos decidido abrir ventanas a ella para que se asomen otros que lo sienten de igual manera. O curiosos. O cotillas. O no tan fans pero que podrían serlo.
En julio publicamos un capítulo dedicado al Devotional & Exotic Tour, que podría ser la segunda parte del anterior, en el que hablamos del disco que le corresponde, Songs of Faith and Devotion, publicado en febrero. Por tanto, me parece que el episodio que hemos publicado ayer, La despedida de Alan, sería una tercera parte de esta trilogía devocional formada por la publicación del disco, la gira y la pérdida de uno de sus componentes.
Sabemos de la sociedad española que, aunque es acogedora, adopta una opinión pública volátil según los picos informativos. Esta encuesta realizada para la Fundación porCausa por Metroscopia en el año 2016 nos ha indicado que los españoles están bien predispuestos a aceptar la inmigración y a facilitar vías legales para la movilidad de las personas, independientemente de su posición ideológica.
Vivimos en un contexto en el que se levantan muros y vallas con mucha más intensidad que en cualquier otro momento. Nos hemos dado cuenta de que todos los muros en realidad es uno solo: una política global de cierre de fronteras, de la construcción de la Europa Fortaleza, del discurso del odio contra el inmigrante. Son reaccioens políticas y sociales que vemos en los medios de comunicación con mucha más intensidad de la que percibimos en la calle. Las comunidades suelen ser más generosas con el otro que sus mandatarios.
Hemos detectado que las políticas de control de la migración generan en España no lugares. Un no lugar es un lugar rodeado por una frontera visible o invisible, a veces líquida o en movimiento, que ejerce un poderoso control sobre los que están dentro de ese no lugar y a los que se les niegan sus derechos. Un CIE es un no lugar. La sala de deportación del Aeropuerto de Barajas es un no lugar. Una redada policial en un barrio céntrico con mucha inmigración e identificaciones por color de piel convierte a esa calle en un no lugar. Un campo de refugiados es un no lugar. Hablar de los expaciones de exclusión generados por las políticas migratorias abusivas desde la perspectiva de los no lugares nos abre nuevas nerrativas, llama la atención sobre un asunto que si solo se sustenta en datos, se vuele invisible poco a poco.
Aunque el contexto que más me atañe es el de los medios de comunicación, no hay que olvidar que la información y la educación pueden suceder en cualquier momento y en cualquier lugar, por lo que reflexionar sobre otras narrativas y materiales pedagógicos es importante. Al respecto de la migración, los medios de comunicación están polarizados, tienden a la espectacularización y durante un tiempo trabajaron anestesiados bajo el llamado ‘efecto Aylan’ [según hemos sabido posteriormente, el nombre correcto del niño era Alan]. Parece que en 2018 la narrativa del refugiado sirio o afgano que sufre, muere o sobrevive con ayuda humanitaria se ha venido sustituyendo por el migrante de origen africano que con valentía se lanza al mar o traspasa las vallas de Ceuta y Melilla.
Es necesario un buen código deontológico para mejorar el tratamiento de la migración en los medios, como la Carta Di Roma en Italia. En ese acuerdo de consenso se aconseja un uso adecuado y ajustado a derecho de los términos (por ejemplo, no llamar inmigrante clandestino a un solicitante de asilo); cuidar y salvaguardar la imagen y la identidad de aquellos migrantes objeto de la información, como personas vulnerables que son; no hacer uso innecesario de la nacionalidad de la persona objeto de la información o explicar correctamente y con profundidad el contexto en el que suceden las noticias sobre la migración son algunas de las recomendaciones.
Incorporar la perspectiva de derechos humanos al periodismo enlaza con estas guías éticas. Si se considera la migración como derecho a la movilidad, sería clave erradicar la semántica de la migración como un problema, una emergencia, una ola o una excepcionalidad.
Como sigo realizando arqueología en el estudio de mi casa, con el objetivo de perder peso, he encontrado más rastros de aquel año, que no aparecían en la agenda que utilicé los primeros meses.
En el verano de ese año, que sería, además, mi primer verano en la universidad, vine a realizar lo que podríamos llamar unas prácticas (un poco alternativas, como todo lo que hacía), en el departamento de comunicación de la Sala Revolver.
El plan consistía en ganar algo de experiencia en la relación con los medios ayudando a Patricia Godes en preparar la comunicación del que sería la primera edición del Festimad, el cual se celebraría en noviembre de aquel año. Me encantaba la Sala Revolver, por lo que ir a la oficina que tenían allí, en horas diurnas me parecía un privilegio. Recuerdo la oficina como oscura, vieja y sucia, lo cual me encantaba, me parecía el reverso tenebroso de lo que sería una oficina del mundo de los adultos. Recuerdo también el look rockero de cuero, correas y botas de punta que traía Patricia a trabajar.
No recuerdo lo que hice, supongo que lo que Patricia me mandara, pero sí que no me pareció demasiado. Ella hubiera preferido que me hubieran pagado con dinero (lo hicieron en especie: con un puesto para vender mi fanzine en el festival) así que se desvivía para ayudarme en cosas, como pasarme direcciones de contacto que me sirvieran para mover los fanzines y presentarme a mucha gente (como a Jesús Ordovás, y siempre con palabras exageradas). Todo me fue muy útil y emocionante.
Otra cosa que hice en noviembre de 1994 fue publicar Indigestión de fanzines, un directorio de fanzines españoles que servía como guía para poder conocerlos y pedirlos por correo. Puse las copias recién fotocopiadas en mi flamante puesto en la Revolver. Uno de los primeros en comprar un ejemplar fue Jesús Ordovás, que, ante mi insistencia por regalárselo, dijo que los fanzines se pagaban siempre. El mío costaba 300 pesetas.
De Indigestión escribió el Diario 16 (24/12/1994) que yo había hecho una recopilación «con bastante seriedad». Primera Línea dijo que «si todavía tienes dudas sobre la vitalidad de la escena alternativa española, conviene que le eches un ojo a este directorio» (enero 1995). Ramón Llubià escribió en Rock de Lux (por aquel entonces la cabecera era así, con las palabras separadas) que «su único inconveniente es la parquedad descriptiva, disculpable si se tiene en cuenta las dimensiones de la obra» (abril 1995).
Octavio Cabezas escribió un reportaje en El País Madrid titulado La libertad se llama papel, donde le dedicaba todo un destacado a Indigestión de Fanzines. Dice así: «Elena Carcoma -seudónimo de Elena Cabrera- es una madrileña de 19 años y muchas ideas. También tiene un montón de energía. Estudia Periodismo, conduce el programa La sombra en el espejo en la emisora independiente Radio Carcoma (98.4 FM) y aún le queda tiempo para querer montar una red alternativa de distribución de fanzines. La obra magna, por el momento, de esta firme creyente en la agitación cultural extramuros del sistema es Indigestión de fanzines. «Se trata de un fanzine de fanzines, de un directorio de todas las publicaciones alternativas que hay en España», puntualiza. En 50 páginas y por 300 pesetas, esta publicación ofrece «una descripción de cada fanzine hecha por sus propios autores, además de la dirección y el precio». Toda una labor enciclopédica -hay unas 400 referencias- que empezó a gestarse la primavera pasada. «Amigos míos de fanzines madrileños como Malsonando o Las lágrimas de macondo [ambos dedicados al rock independiente] estaban desmoralizados por las dificultades y porque no vendían», recuerda Elena, «por lo que se me ocurrió la idea para dar mejor a conocer la buenísima oferta alternativa». El número dos, previsto para mayo, incorporará las altas y bajas producidas desde que, en noviembre pasado, se puso a la venta el primero, También saldrá en disco, «para capricho de los fanáticos de los ordenadores». Aunque abomina de lo establecido, Elena no le hace ascos a pactar con las instituciones. «Un amigo de la radio y yo hemos creado la editorial A la Sombra del Este para sacar Indigestión y un directorio de radios libres», aclara Elena»» (5/3/1995).
Finalmente, ni salió un número dos, ni una «edición en disco» para «los fanáticos de los ordenadores» (LOL) ni hicimos el directorio de Radios Libres ni, que yo recuerde, pacté con ninguna institución. Lo que sí hice fue un informe de cinco páginas para Factory (Rockdelux) titulado Fanzinerama II (octubre/diciembre 1996), con un texto reportajeado y una selección da fanzines del momento comentada con menos parquedad que en Indigestión, un punto que supongo apreciaría Ramón Llubià (crítico al que, por cierto, me solía gustar leer porque era un macarra y también le gustaban los fanzines).
Aquel artículo mío desprende desencanto, ¡ya en 1996! En él, decía que «el esplendor de los fanzines musicales ha terminado». Mi texto malagorero habla de un momento de gloria, entre el 92 y y el 94, y una cuesta abajo que comienza con la presentación del fanzine Neqe Zeneke en Maravillas, en junio de 1994. El couché del papel, la «maquetación Macintosh», los «aburridos contenidos» y un editorial que daba mal rollo («ocurrió que vimos que todo el mundo tenía un fanzine y nosotros queríamos uno») me hicieron presagiar lo peor: estábamos saltando al mainstream. Que me entrevistaran en El País supongo que también era un indicio potente.
En el reportaje hablo de Psicodelia Pop, el fanzine que Patricia Montes editó entre enero del 92 y marzo del 95: «es el ejemplo de una manera de hacer fanzines que se está agotando en sí misma: los grupos de los que habla, habituales de los semanarios ingleses, son ya pasto de grandes medios españoles». Recogía además unas declaraciones de Patricia a la revista Spiral, en una entrevista que le hicieron con motivo de la desaparición del fanzine: «no creo que un fanzine tenga que ser radical por definición. Jamás me había planteado dejarlo porque otros medios hablasen de mis grupos favoritos. Lo que pasa es que ahora ser indie ya no es alternativo».
Ay, Patricia, eso decías en 1995… y aún hay gente que te lo cuenta 23 años después como si fuera una novedad. Hoy, el indie es un género de pop-rock español puramente mainstream, homogéneo y aburrido, que encaja fenomenal en anuncios de cerveza.
Hablo también de que «la profesionalización, por llamarla de alguna manera, de algunos de estos colaboradores [el párrafo anterior nombra a críticos musicales nacidos de fanzines] ha ido pareja a la desaparición de los fanzines» y que al igual que RCA fichaba a Los Planetas, Penelope Trip y Australian Blonde, «entonces no es de extrañar que Mario Riviere del fanzine N.O.T. escriba sobre punk en El País de las Tentaciones».
Yo, a esas alturas, ya escribía en Mondosonoro y dos años después empezaría a publicar en el desaparecido suplemento La Luna del Siglo XXI, la respuesta de El Mundo a El País de las Tentaciones.
María Núñez está haciendo un TFG muy interesante sobre periodismo, del cual creo que no debería, o no me corresponde, contar gran cosa; aunque me gustaría. Me pidió que le contestara unas preguntas sobre los estudios de periodismo, cosa que hice ayer con mucha ilusión. No solo es un tema sobre el que (¡ya iba siendo hora!) tengo opiniones bastante solidas (u opiniones, que ya es algo) sino porque, en verdad, me encanta que me entrevisten. Es, le dije María, como cuando un fisioterapeuta recibe al fin un masaje.
Las preguntas de María me llevaron a 1993 y 94, sobre todo cuando rebobiné en mi memoria para acordarme del primer día de facultad. Hoy he abierto una caja de cuadernos, buscando algo que no he encontrado, y he visto una pequeña agenda del año 1994. Es una máquina del tiempo. Leyendo las citas puedo reconstruir cómo era mi vida entonces.
Comienza el curso tras las vacaciones de Navidad sin clases de Pensamiento Político (madrugo menos). El domingo 12 se graba en Telemadrid el programa «¿Y tú de qué vas?» en el que participo (pero no hablo) y, la verdad, es que no recuerdo de qué iba yo, qué tribu urbana representaba. Sí recuerdo que fui con amigos. Y que hubo uno mítico con gente madrileña de la escena gótica. Al día siguiente tengo que asistir a una reunión de la Plataforma en Defensa de la Radiotelevisión Pública (de la cual ya he hablado por aquí o por Twitter). Soy representante de alumnos que estudian Periodismo. Voy junto al profesor José Luis Piñuel Raigada, que me da Teoría de la Comunicación (hay examen el 20 de enero). La reunión tiene lugar en la calle Monte Esquinza a las 18:30. Forman parte de la la plataforma Forges, Teresa Aranguren, José Manuel Martín Medem y algunas personas más que no recuerdo.
El martes voy al Ateneo a una conferencia sobre los planes de estudio en la Universidad. No sabía lo importante que sería este tema para mi futuro (el cambio de planes haría saltar por los aires mi carrera universitaria tres años después; es curioso que ya se anticipa aquí, en mi primer año de facultad). También asisto, o al menos lo tengo previsto, a una reunión de la comisión de mujeres en la asociación Información y Libertad, en mi facultad. El sábado de esa ajetreada semana tengo, como habitualmente, asamblea en Radio Carcoma a las siete de la tarde. El domingo aparece apuntado un programa de Carcoma al que debía ir (Sunday Blues) y el nombre de Martín Medem.
A la semana siguiente se repiten anotaciones en relación a la Plataforma (en esta ocasión la reunión será en Prado del Rey) y a recordatorios que he de hacerle al profesor Piñuel. Hay muchos eventos en el Ateneo (me pasaba allí media vida), alguna película en la Filmoteca, el inicio de las clases de guitarra clásica los viernes a las cinco de la tarde y algo importante: una cita con Fernando Márquez El Zurdo para llevarle a mi programa de radio el martes 18 de enero por la tarde. A comienzo de curso encontré unos carteles rojos pegados en la facultad que anunciaban un fanzine llamado El corazón del bosque. Había un apartado de correos. Escribí. El resto está contado en otro sitio y no quiero volver a ello.
Encuentros en la cafetería de la facultad, casi siempre para temas de mi programa de radio, pelis en la filmo, una huelga general el 27 de enero contra la reforma laboral que supongo que cubriríamos en la radio, visitas al ginecólogo (tengo 18 años), guitarra (1.400 pesetas al mes), Plataforma, asambleas y comisiones, exámenes (parcial de Historia, 19 de febrero, aula 532), citas en la parroquia, conciertos los sábados en la Fundación March (de aquella me gustaba hacer cosas un poco pedantes y que resonaran a antiguas, donde hubiera señoras y nadie me conociera, como en la Fundación March, en la Residencia de Estudiantes o en el Ateneo de Madrid).
Visitas reseñables: el 23 de febrero, a las 11 de la mañana, vino Juan Luis Cebrián a la facultad. Supongo que lo recibimos con alfombra de terciopelo y aclamación en los pasillos. Lo que sí recuerdo bien (o mejor) fue que Lolo Rico vino a la clase de Teoría de la Comunicación el viernes 15 de abril. Una semana después volvería a verla en el Ateneo.
Como muchos otros cuadernos en mi vida, las anotaciones pierden fuelle según avanza el año, pero más o menos todo discurre parecido, creo recordar: exámenes que saco con notas mediocres, me voy recuperando del abandono que me ha hecho mi novio y lo hago volcándome en la radio, en las asambleas de todo tipo, en las lecturas, los periódicos y las tardes en el Ateneo. Descubro la escena musical emergente de pop independiente y me sumerjo en ella entusiasmada. No hago amigos en la facultad pero sí fuera de ella: en los fanzines, en los conciertos, en la noche. Voy al Maravillas. Me meto en una relación muy rara de la que salgo atropelladamente. Conozco a un chico fascinante que vive lejos. Todo el mundo me presta discos y escucho música a todas horas. No me extraña que no estudiara nada.
1991. El día de mi cumpleaños mis amigos me llevan a Paladium con una tarta. En la puerta, enseño con orgullo y vergüenza mi dni. «¡Cumple 16, ya puede pasar!». Mi novio, su hermano y su prima son un avispero de alegría a mi alrededor. El portero está más que acostumbrado. Felicidades, me dice, adelante. Mi entrada es más barata (soy una chica) y además tengo una tarjeta descuento que llevo guardando semanas. Es una tarde de primavera, así que subimos a la terraza y comemos la tarta junto a la piscina, sentados en asientos que se columpian, alrededor de una mesa baja. Los graves de la música me acarician la espalda como una garra que me llama por mi nombre. Cuando se abre la puerta la caricia se vuelve bofetada. Siento ansiedad y nervios; no estoy segura de saber bailar. Mi novio, en cambio, tiene un estilo personal, es ágil y nervioso, conoce coreografías y es capaz de bailarlo todo. Cuando entra a la pista, la gente se hace a un lado poco a poco hasta que se crea un corro a su alrededor.
Pero aún no hemos bajado. Me explican que para beber tengo que sacar un ticket de una máquina. Me acerco a ella y me emborracho al leer los nombres de los combinados escritos en los botones; como tampoco estoy segura de saber beber, elijo un peppermint con vainilla.
Cuando más me gusta bailar es cuando nadie me mira: cuando pierdo a mis amigos al otro lado de la pista, o cuando se quedan en la terraza, en el baño, en el cine o en otra planta. Me gusta que haya un bombo muy fuerte, que se apague la luz, echen el humo y enciendan el estrobo. Solo reconozco los hits, que intercalan con música de baile suave: eurobeat y lo que por ahí llamaban cantaditas; esto es la sesión de tarde (el tardeo, que se diría ahora) y si pinchaban EBM (que en realidad era lo que a mí me gustaba, pero ni sabía nombrarlo ni identificarlo) lo hacían de manera moderada.
Aunque Paladium estaba en Coslada y yo vivía en Canillejas, había que coger el coche. Nos metíamos dentro de las tartanas viejas y pequeñas de los mayores de mi grupo (básicamente, el novio de la prima de mi novio, y su colega) y diez minutos después ya habíamos llegado y aparcado. Para mí, esa era una de las tres cosas que yo consideraba que era «hacer la Ruta del Bakalao». Y es que encima lo llamaba así, para mis adentros.
Aunque Paladium era la discoteca monumental (literalmente: tenía forma de templo griego), en realidad teníamos más cerca un lugar mucho mejor: Kea. Por no sé qué motivo, Kea nos parecía peligrosa, y preferíamos ir a Paladium o Titanic, las cuales nos parecían salas más elegantes y modernas que la de nuestro barrio. O quizá es que, sencillamente, estaba demasiado cerca. Considerábamos que Kea era la primera discoteca de la Ruta a Valencia, Attica la segunda, y luego seguías metiéndote en clubes por toda la carretera hasta llegar a Valencia…, si es que no tenías un accidente de coche entremedias. Pues sí, queridas amigas, en mi supina ignorancia centralista, yo pensaba que lo de la Ruta del Bakalao consistía en ir de Madrid a Valencia. Y lo que me da aún más vergüenza de reconocer, pensaba que la Nacional II acababa en Valencia.
Yo había entrado en la adolescencia mirando de lejos el neón azul y rosa con las letras KEA, al otro lado del puente de la Avenida de América (o Carretera de Aragón, como la llamaban mis padres) y me preguntaba qué cosas fascinantes y tenebrosas pasarían allí. Me costó tanto que me llevaran como que me dejaran ir, pero cuando lo conseguí, aquello me pareció lo más.
La primera vez que entré me tuvo que acompañar mi hermano y su novia para ver un concierto, que nunca tuvo lugar, de Tam Tam Go! En cambio, mientras esperábamos. escuche allí a Depeche Mode por primera vez. O al menos fui consciente de lo que estaba escuchando. No puedo recordar bien si era Personal Jesus o Enjoy the silence (creo que la primera) pero sí que me acuerdo del estremecimiento total y absoluto, agarrada a mi peppermint con vainilla, apoyados junto a una columna, al lado de esa cosa tan bestial que se me metía en la sangre traspasando las capas de mi piel. En ese momento místico no solo descubrí al que sería el grupo más importante de mi vida, sino que también supe que no habría nada en el mundo que me emocionara tanto como escuchar la música a un volumen alto, en un lugar oscuro. «Te grabaré una cinta», me dijo mi cuñada.
Cuando al fin pude ir con mis amigos, me impactó la oscuridad alrededor de la piscina, decorada al estilo ibicenco, y unas telas blancas que ondeaban con el viento de la noche. También las chicas de pelo cardado y ropa mínima y estrecha (me viene un flash de una mujer rubia de pelo rizado, sonriendo, bailando o sirviendo en una barra, con una cazadora corta de látex o cuero; parecía tan feliz, y yo lo fui también mientras la observaba).
Que la Ruta empezaba en Kea (cosa que o bien me inventé yo o lo decíamos en el barrio, no sé), era pues la segunda cosa que yo creía saber en relación a esa marcha nocturna, demonizada y seductora, que todos queríamos emprender. Yo vivía de fantasía: a las once tenía que estar en casa, me daban poco dinero y no sabía mentir. Alguien nos dijo (o escuchamos en la tele, quién sabe) que había discotecas a las que podías ir cuando te levantabas por la mañana. Yo no sabía qué pensar de Valencia: si era el cielo o el infierno.
El caso es que antes de conocer el pop y los grupos más básicos del abecedario musical, me había bailado todo lo que me habían echado. Y eso me avergonzaba. Me arrepentía de haber malgastado la adolescencia bailando, en lugar de haberla pasado encerrada en casa escuchando a los Smiths. Me abochornaba tanto que la primera vez que me preguntaron por mi disco favorito del grupo de Morrissey tuve que mentir porque no los había escuchado jamás. Cuando empecé a hacer amigos a los que les gustaba la música (pijos de Villaviciosa de Odón que estudiaban en el Icade y hacían fanzines, basicamente) me atreví a confesarles, en una ocasión, que lo mejor que me había pasado en mi adolescencia fue pasar horas bailando en la pista de Titanic, en Atocha. «¡Ah, Gitanic, dices!», me contestaron con sorna, queriendo dar a entender que Titanic era una discoteca a la que iban personas gitanas. Me callé.
Ya, ya lo sé. A mí también me dan ganas de cogerme y abofetearme. Pero en fin, es imposible, no puede ser.
Y el tercer acontecimiento que relaciono con la música de baile de la escueta cultura de clubs de mi adolescencia tuvo lugar (o no) en Attica. Uno de nuestros temas de conversación recurrentes los viernes por la tarde, sentados en un banco del parque de Canillejas, era que un día iríamos a Attica, una discoteca que sí que de verdad, decíamos, era de la Ruta del Bakalao (y no como Kea, que solo pretendíamos que lo era para sentirnos mayores). Todo el mundo hablaba de Attica sobre todo los lunes por la mañana. Y luego estaba el tema de la televisión (que tan bien se cuenta en este capítulo del podcast Valencia Destroy) y es que parecía que la música tenía la culpa de todos los accidentes mortales de tráfico que sucedían en la carretera el fin de semana. Me preocupaba ver el Telediario junto a mi madre y que, en una de esas, me prohibiera salir por la noche. Attica estaba solo un poco más allá que Kea en la Nacional II, de hecho, a la altura de Coslada, donde Paladium, pero parecía inalcanzable.
De tanto acariciar el sueño con la yema de los dedos, al fin un día fuimos, vestidos con nuestras mejores galas (mallot de licra negra hiperajustada, pantalón vaquero blanco, zapatones… un horror, la verdad). Y lo cierto es que no puedo recordar qué pasó: si no entramos, si entramos, si nunca fuimos, no lo sé. Tengo un recuerdo del parking, de la puerta, de las paredes del exterior, y de nada más. ¿Me creí que fue verdad de tanto imaginarlo? No lo sé. Durante muchos años, cuando alguien me preguntaba si alguna vez fui a Attica, yo decía que sí, que una vez. Y en cambio, ahora, no puedo recordarlo.
He estado pensando en todas estas cosas a raíz de este artículo sobre la reciente demolición de Attica, donde se entrevista a David El Niño. Y también por este tuit, por el podcast de Eugenio Viñas mencionada más arriba, por la traducción al castellano del libro de Joan Oleaque y por el magnífico libro de Luis Costa, ¡Bacalao! Leyendo esta historia oral pensaba: nací demasiado tarde y en la carretera equivocada.
«Durante un tiempo, es innegable, salimos de fiesta», escribe Kiko Amat en el prólogo [PDF] del libro de Oleaque (el de la movida de Valencia, no el del crimen de Alcàsser). «Pero nunca salimos ‘por salir’”, dice. «No: nuestro desfase era ilustrado, y era militante, y era absoluto. salimos de fiesta para escapar de la normalidad, para apostatar de nuestras obligaciones civiles, para —sin duda— perder la razón mediante insólitas combinaciones narcóticas; pero existía un fin. Celebrábamos algo que tenía que ver con lo efímero, lo audaz y no-normal», sigue Amat. «Salimos de fiesta para, entre otras cosas, cancelar la posibilidad de ser como nuestros padres. Para protestar: contra el televisor encendido, y los padres que nunca se besaban, y los gritos en la mesa, y el miserable dique seco».
Al buscar en internet a Francisco Tello Tortajada, salvo la ficha del siempre útil diccionario biográfico de la Fundación Pablo Iglesias, el resto de resultados es una abrumadora lista de enlaces que llevan a blogs y páginas falangistas y franquistas que repican la misma historia, los mismos datos, la misma toxicidad.
No obstante, la biografía que aporta la fundación socialista no soluciona mis dudas sobre la historia que cuentan las decenas de enlaces que hablan del asesino de Matías Montero, que es el verdadero héroe para la ultraderecha. Ilusionada, descubro que uno de los resultados lleva a un «forocomunista», donde alguien, quizá tan confundido como yo, pide que le hablen sobre quién fue Matías Montero. Para nuestra desilusión, la única respuesta la aporta un usuario con foto de Ramiro Ledesma en el perfil, que copia y pega el mismo perfil biográfico que fácilmente podemos encontrar en todas esas webs falangistas.
Ahora (Madrid). 10/2/1934, página 13.
Francisco Tello Torjada fue acusado y condenado de matar al estudiante de medicina Matías Montero en el año 34. Montero era falangista y había participado en la fundación del sindicato universitario de la Falange (SEU). El día que le asesinaron había salido a la calle a vender ejemplares de la revista FE, como hacían tantos cachorros joseantonianos en el Madrid anterior a la guerra. En el juicio, la defensa de la acusación particular la llevó José Antonio Primo de Rivera. El dato que más me preocupa es el que en todos estos textos se asegura que Tello pertenecía a un grupo terrorista llamado Vindicación, dirigido por Santiago Carrillo. Al parecer, este dato afloró en el juicio, según dicen.
La primera vez que he oído hablar de Vindicación, Tello y Montero ha sido esta mañana. Estaba viendo un programa de televisión que hacen unos falangistas, dedicado especialmente a la política de memoria histórica del Gobierno de Pedro Sánchez. Ya… es que los que piensan como yo ya sé lo que piensan, por lo que conviene también saber qué piensan ellos. El programa, como todo discurso falangista, está trufado de falsedades históricas e ideas políticas que pretenden hacer pasar por hechos históricos; un clásico facha al que ya deberíamos estar acostumbrados, pero que a mí me sigue fascinando y ulcerando al mismo tiempo.
Lo que no suelen contar esas hagiografías (porque a Montero lo convirtieron si no en santo al menos el mártir, haciendo del día de su muerte el homenajeado y no lectivo 9 de febrero Día del Estudiante Caído, como podemos ver en este video del NO-DO) es que un mes antes el estudiante había participado en el asalto al local de la asociación estudiantil rival, de carácter socialista, y en la que él mismo había militado anteriormente, el FUE. En ella habían agredido a varios de sus miembros, como recoge Julián Casanova. Recuerdo esto porque a los del discurso falangista les gusta fijar un marco de referencia en el que existen «dos bandos» y que «en ambos se convirtieron asesinatos», retorciendo la historia con una equidistancia irreal donde el conflicto estalla porque la derecha se tiene que defender de los ataques de la izquierda.
(Actualización del 23/9/2018). Leyendo una noticia sobre esta causa en el Heraldo de Madrid del 19 de febrero de 1934, me impresiona mucho algo que recoge el periodista y que sucedió en la sala del juicio. El presidente del tribunal le pregunta a Tello, justo antes de la deliberación, si tiene algo más que añadir. Este dice que sí, que niega que, como se ha dicho, se guarden armas en la Casa del Pueblo. Alguien en la sala alza la voz en su apoyo. Y, entonces, Tello quiere añadir algo: «Además —dice— lo que pasa es que fuera de aquí todo está hundido…». El presidente interviene enérgicamente, dice la crónica, retirando la palabra al procesado y declarando la causa vista para sentencia. Le cayeron 21 años, seis meses y 21 días por asesinato.
Que existiera un grupo organizado de pistoleros de la UGT llamado Vindicación (nombraco, por otro lado) a cuyo «comando Madrid» pertenecieran Tello, Francisco Mellado, Ángel Tejera, Vicente Pérez, Felipe Gómez ¡y hasta Santiago Carrillo como líder del grupúsculo! solo lo cuentan las fuentes falangistas, para quienes Vindicación es un antecedente de los GAL.
El cierre del CIE de Fuerteventura, anunciado por el ministro del Interior Grande-Marlaska durante la sesión de control al Gobierno, no es solo una pequeña victoria de los defensores de los derechos humanos contra los defensores de un sistema migratorio inhumano e ineficaz, sino también de la racionalidad contra el por si acaso, del periodismo y la transparencia contra la opacidad que todavía envuelve la contratación pública.
Que el Gobierno seguía gastando dinero en el agua, la luz, la limpieza, la comida y el mantenimiento de un CIE cerrado en 2012 no nos enteramos hasta cinco años después, a pesar de que la información era pública: solo había que leer los pliegos de licitación…
Nunca me había interesado, como materia periodística, la migración. Si, en cambio, me venía fijando en las historias de las personas que viajan. Los viajeros me parecen maletas que, cuando aterrizan en un país nuevo, salen por la puerta de algo que declarar. Exportan e importan relatos, unas mercancías extremadamente valiosas, en especial en el país de destino.
Colaboraba como freelance para eldiario.es en la recién creada sección de Sociedad. Un día Juanlu Sánchez me ofrece un viaje pagado por el Parlamento Europeo para asistir, en Bruselas, a un seminario para periodistas sobre las negociaciones para la reforma del Reglamento de Dublín. Dicho así, y sin tener ni idea, esto podría ser cualquier cosa.
Tampoco era ese mi caso. No sabía mucho pero sí lo suficiente para entender que la cosa iba del derecho al asilo. Me daba un poco igual, me habría apuntado a cualquier cosa que implicara un garbeo por las instituciones europeas, era mi primera vez.
También fue la primera vez que me enfrenté a las entrañas políticas del sistema migratorio europeo. No todo era legaleo: también había historias personales. Una portavoz de ECRE leyó una carta desgarradora que les había enviado una mujer desesperada envuelta en mil problemas burocráticos para poder recibir asilo en Europa. Volví a Madrid sabiendo que detrás de los sentimientos de esas maletas no hay azar ni casualidad sino unas ganas muy grandes de hacer las cosas muy difíciles.
Un tiempo después Gumersindo Lafuente me hizo otra invitación: ser la editora de historias (más maletas) de pobreza y desigualdad en América. Aquí no me iban a pillar tan fácilmente, he visto mucho los Electroduendes y yo ya sabía que cuando alguien las pasa muy putas es porque alguien se da la vida padre.
Esas historias las publicaba Univision Noticias con la coordinación y la edición de la Fundación porCausa, en la que empecé pues a trabajar en octubre de 2015. Tres meses después seguí combinando ese trabajo con más tareas en el área de periodismo de la fundación, bajo la dirección de Sindo.
Hace poco tuve la oportunidad de pensar un rato sobre quién y dónde había aprendido yo periodismo. No fue sin duda en la facultad, donde, al sexto año, abandoné enfadada con la universidad y sin título. Fui víctima de los cambios de planes (de estudios, no personales) y de mi incapacidad para aprobar Introducción a la Economía. De aquellos años recuerdo mis poco motivadores (cuando no patéticos) profesores de redacción periodística (José Luis Martínez Albertos, José Julio Perlado…), un fascinante maestro de lengua (Joaquín Garrido Medina), el mejor profesor de Estructura de la Información que se puede tener (Fernando Quirós) y unas apasionantes clases de historia a cargo de profesoras cuyos nombres no recuerdo.
Me viene a la cabeza alguna anécdota, quizás la más potente del rollo epatante, que fue cuando Manuel Campo Vidal nos dijo cuál era el mejor libro para hacer periodismo. Y ahí todos sacando el papel para apuntar. Y Manuel Campo Vidal soltando encima de la mesa el tochazo de la guía teléfonica.
A mí me suspendían dentro de la facultad en las cosas que yo ya hacía fuera de ella, como escribir artículos y hacer radio. (No es que me suspendieran en radio, que a fin de cuentas era solo la mitad de una asignatura durante toda la carrera, sino que no me dieron unas prácticas que pedí después de pasar una noche de prueba en una emisora cuyo nombre tampoco recuerdo, pero que estaba (también) en la Gran Vía). De aquella me aprecía muy injusto y no entendía porqué. Ahora ya lo comprendo: en la carrera no se enseña a hacer periodismo sino que se enseña periodismo. Y el periodismo que al profesor le daba la gana. Y el problema es que yo ya estaba haciendo el periodismo que a mí me daba la gana y pretendía que eso me sirviera para aprobar.
Qué equivocada estaba.
En lugar de haberle dado un portazo a la universidad con frustración y rabia debería haberlo hecho contenta y liberada.
Aprendí a editar textos en aB aunque no recuerdo que fuera una editora muy feroz. Más que nada a encajar en página y, sobre todo, cazar faltas de ortografía. Lo que sí que me sirvió fue leer mucho texto malo y mucho bueno, porque en la revista se combinaban ambas cosas con naturalidad (estaban Eugenia de la Torriente, Xavi Sancho, Lucas Arraut, Silvia Terrón, Aldo Linares -por nombrar solo los cinco primeros nombres que se me han venido a la cabeza- compartiendo página con algunos otros y otras con talento, pero no en la escritura). De la directora aprendí mucho (o al menos todo lo que pude absorber): no tener miedo a experimentar, el ojo para la edición gráfica, acomodar a la gente en su sitio, detectar los talentos de cada uno, mirar a la calle.
Siempre me sentí muy sola con mis textos. Casi nunca me han editado. A veces me han editado mal. Yo he aprendido a editar a otros de manera autodidacta, pensando en lo que hubiera querido para mí. He compartido redacción (oficina) con muy buenos escritores y escritoras pero también he visto que escribir bien no es garantía de editar bien. Es más, he visto algún buen editor con poco talento para la escritura original. O peor: editores incapaces de autoeditarse, aunque esto es bastante común.
Algo que no aprendí nunca es a escribir o editar rápido. Cuando veo a la gente de los periódicos, lo flipo. A pesar de eso, mi mejor auto-escuela fue el periódico diario que hacíamos en el Festival de Benicàssim. Trabajaba con jornadas que se acercaban a las 20 horas y cada año había una noche en la que no dormía: me había comido las horas de sueño editando las últimas páginas y preparando las primeras del día siguiente. (O montándome en la furgoneta del repartido para asegurarme de que se hacía bien el reparto).
Cuando empezaron a llegarme los reportajes para Desigualdad de Univision Noticias yo ya me había hecho mi automaster de autoedición y tenía claro qué quería de un texto y cómo conseguirlo. A pesar de eso, no era sencillo tener que explicarlo a gente que te manda los textos desde Latinoamérica, con españoles diferentes, realidades diferentes y husos horarios diferentes. Cada día yo enseñaba a la par que aprendía, lo cual es la situación perfecta en cualquier trabajo.
También he tenido la oportunidad de editar algunos textos en porCausa, en este caso seguí dando vueltas en esa rueda del aprendizaje: yo recibía conocimientos nuevos y devolvía mi destreza en las viejas herramientas periodísticas. Al respecto de esos conocimientos, de quien más he intentado aprender es de mi compañera Virginia Rodríguez, cuya exactitud, memoria e inteligencia he admirado mucho en este tiempo. Tengo un cerebro muy poco dotado para la retentiva, así que cuando tengo la oportunidad de trabajar junto a una licenciada en derecho y políticas que recuerda todo lo que ha estudiado, así como todos los informes que lee, no puedo más que arrimar mi ascua a ver si se me pega algo, o al menos algo se me queda.
Se lo decía esta semana a un amigo y se reía (¿quizá pensó que no lo decía en serio?), siento que cerebro se ha gastado y ya no retiene más. Como una batería de móvil que ya no pilla carga, como un rollo limpiador de pelos sobre la ropa que ha perdido el pegamento.
También se lo decía, el mismo día, a una chica 20 años menor que yo: también tengo la sensación de que todo se ha vuelto más rígido y seco, como si la vida fuera menos real y se pareciera más a una película que es proyectada delante de mí. Esto es hacerse vieja.
«Escritura es identidad. Identidad es sociedad», escribía mi profesor Garrido(1). «Con la escritura nos constituimos como miembros con identidad en la sociedad a la que pertenecemos. La complejidad de la sociedad es posible porque podemos resumir esas señas de identidad en un documento, porque podemos recordar a los demás qué somos, qué hacemos, qué hemos hecho, en varios géneros textuales, dese el diploma hasta el currículo».
(1) Garrido, J: «Idioma e información. La lengua española de la comunicación». Editorial Síntesis, 1994.