Ha transcurrido la primera jornada de un Summercase que me devolvió a casa, a eso de las cuatro, cansada, con los zapatos negros cubiertos de polvo blanco y un combinado de sensaciones excéntricas echadas al saco de los recuerdos. Estaba empezando a pensar que ya no me gustaba la música cuando, durante el concierto de New Order y galopando sobre una minidepresión irreversible, me di cuenta de que no había visto nada que me hubiera gustado lo suficiente. Hasta aquel momento me había divertido con Happy Mondays pero como un espectador que ve un show através del cristal de un escaparate. Bez era genial, de hecho, si no fuera por su papel de cheerleader la visión de un Shaun Ryder con atuendo tipo -de la residencia me dejan salir los fines de semana para hacer bolos- -chandal y gorro de lana- sería decadente. Pero con el Bez allí la fiesta no pocía acabar nunca, ya sabéis, 24 hours party people. En todos los conciertos me sentí un poco incómoda, un poco distante, un poco aburrida, un poco decepcionada o un poco triste (y, para el caso de New Order, cambiad todos estos -poco- por un -muy-) EXCEPTO en Primal Scream. Tenía miedo de que el concierto sonara demasaido clásico, como su nuevo disco, pero no fue así, seguían siendo ellos. Qué pesadia soy ¿verdad? Qué exigente. Es cierto. Después de diez años diletando ya sé qué es lo que le pido a la música: que sea ofensiva. No soporto la corrección formal o estética, la contención (a no ser que sea tensa y, entonces, ahí sí que hay algo vivo, revolviéndose), un grupo que pierde el respeto a su público cuando se sube al escenario y olvida que está realizando un espectáculo (no quiero tener la sensación de que en el salón de su casa, en zapatillas, harían lo mismo que estoy viendo ahí) y han de disfrutarlo (es patético ver a músicos que se aburren tocando). Y todo eso, y más, lo vi en el concierto de New Order. Pero, si hubiera sido otro grupo, otro de cientos, quizá no me habría levantado de la cama para escribir esto, que me escuece. No, TENÍA QUE SER New Order. Ser más fan de Joy Division que de New Order te convierte en un fan desaventajado del grupo, malafortunado: sabes que cada día que pase, cada disco, te alejará más del grupo que adoras. Me encantan Movement, Power…, Low Life y Technique y los he escuchado decenas de veces, así que no soy una fan talibana que sólo venera a Ian Curtis, Pero tanto esas canciones como las del legado de Joy Division merecen un respeto, que es lo que Sumner, Hook y Morris no le dan. Pisotean las canciones al tratarlas como algo cotidiano, vulgar, laboral. Escuchar Ceremony en aquel contexto fue de mal gusto. Cuesta creer que hubo un día en el que Bernard Sumner fue Bernard Albrecht. La nostalgia no justifica el fin de la emoción. Caía la mía en barrena y me estaba convirtiendo ya en el monstruo del pantano (besos, risas y piruletas ayudan pero cuando me hunde la música soy muy tozuda) cuando, a mitad del Blue Monday sabía que no quería ver más y podía ver la cara de Bobby Gillespie en las pantallas del escenario contiguo, como podéis ver en el video que os he subido a YouTube. Nos paramos un momento en ese territorio de paso que es el tránsito de un escenario a otro -nada mejor para ejemplificar la locura de la programación de este festival, según os escribía ayer, mis tiernos lectores- y ya me estaba muriendo de ganas de dejar atrás la eterna pose de Peter Hook, las carnes blandas de Sumner y su pantalla de monitor a los pies (¿qué tendría ahí?, ¿las letras?, ¿el set list?, ¿¿los acordes??, ¿¿¿el messenger???) para ir corriendo a echarme a los brazos de Bobby Gillespie. Primal Scream estuvieron brutales. Se portaron tan bien que me devolvieron la fe que había perdido frente al otro escenario. Ellos son todo lo que dije antes que entiendo tiene que ser la música y su representación en carne y hueso. Él es sexy, las canciones están vivas, afiladas, te desgarran si te acercas y te desangras si las tocas. Estás en segunda, tercera fila y sientes que se te abre el pecho poco a poco y no importa mucho más en el mundo. Te excitas. Y sabes que ahí reside todo. Es sencillo, pero es un misterio.
Autor: elenac
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Blue Friday
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Las palabras como violencia
Una noche más, dándole al Peaches. (O más bien escurriendo el bulto para sobarme por aquí). Hoy ha sido un día raro, fracturado. A pesar de haber dormido sólo tres horas me he lanzado a la calle -sí, lanzada, suavemente apoyada sobre un fino hilo tensado que me expulsa de casa a las diez menos cuarto- de buen humor, manirrota de sonrisas y tan extremadamente tolerante con mis compañeros de trabajo que me permitía ser extremadamente ácida en mis bromas y comentarios. Que han sido muchos. Les he bañado en bromas y comentarios sin darles un respiro, como en los tiempos viejos más brillantes. (Ya) están acostumbrados (llevo (sólo) diez meses) a mi clausura, al silencio lacerante y el ensimismamiento que les hace sentir incómodos -me parece- cuando se ven obligados a romperlo para comentarme algo. Hoy esa Elena había desaparecido y otra brillaba parloteando a borbotones -sobria y limpia, lo juro- a lo largo de la mañana. Acontecimientos laborales que no podría contar aquí me calmaron durante la tarde y me impidieron salir a las seis y media en punto, como era mi intención, para llegar corriendo a casa donde me esperaban asuntos reales. Esta borrachera de buen humor quizás tenga que ver con ese dopaje de cansancio que vivimos -¡ah! cuantas veces hemos hablado de esto- el lunes a las nueve de la mañana en Benicàssim, cuando aún no nos hemos acostado y quedan los últimos detalles para cerrar la última página del último periódico. Hoy le he contado a mi compañero Antonio algo que los lectores de The Last Dance ya conocen: mis pesadillas recurrentes, año tas año, antes de Benicàssim. No sólo los lectores, a mis amigos les entraban ya las risas cuando empezaba: «¿Sabes qué he soñado esta noche? Pues que estaba en Benicàssim, era jueves por la noche y me acordaba que tenía que hacer el Fiber y no había preparado nada». A mí todos estos sueños me parecían diferentes (cambiaban los decorados, las circunstancias, los motivos del fracaso, la apariencia del festival) pero al imponer un orden consciente en la narración, la línea de la trama era siempre la misma. Mis miedos me convertían en un disco rallado. He llegado a despertarme de esas pesadillas creyéndome a duras penas que aún estábamos en junio y de verdad me podía dar tiempo a preparar el Fiber y sacarlo día a día. Este año no he tenido este sueño (ya sería bizarro el meterme donde no me llaman) pero ha sido sustituido por otro, le decía a Antonio, no tan agónico pero también recurrente: mi encuentro con Martin Gore en Benicàssim. Esta mañana estábamos repartiéndonos los escenarios del Summercase cuando pusieron en VH1 el vídeo de Enjoy The Silence. No sabría decir cuántas veces lo he visto en mi vida (pero seguro que menos de las que pensáis) y aún así me paraliza. Fue Antonio quien se dio cuenta, subió el volumen del televisor y todo lo que tenía entre manos pasó a un segundo plano. No es que a él le guste DM tanto como a mí pero creo que disfruta echándose unas risas con mis trances.
Miraba ensimismada -sin escuchar las conversaciones de Financial ni los teléfonos de nuestra mesa o los canales sintonizados en otros televisores- las secuencias de Gahan caminando por montañas desiertas, vergeles y nevadas, vistiendo un manto de armiño, admiraba la contraposición de estas escenas abiertas y naturales con el marco cerrado de los cuatro miembros del grupo, tan atractivos vestidos de cuero, posando ante la cámara y alternándose con flashes de la rosa de Violator. El encabalgamiento de estas imágenes que pasan de la ensoñación al artista como mito, apoyándose en símbolos estéticos me hace temblar. «Un video sobrevalorado de Anton Corbijn que no entiendo», dice Antonio. Y yo no puedo explicárselo (aunque quizás he intentado hacerlo aquí) pero, en las últimas escenas, hablo y me tiembla la voz: «Me parece increíble que algo tan simple me produzca emociones tan fuertes». ¿Simple? «Sí, tan sencillo, un videoclip, cuatro tíos haciendo música, una persona componiendo en su casa esta canción, unas palabras juntas…» No quiero decir con esto que Enjoy The Silence sea la mejor canción de DM, estoy hablando de la experiencia, de vivir y sentir absolutamente lo que estoy escuchando y viendo. Casi me echo a llorar. Vaya tontería ¿verdad? Con mi subidón de adrenalina, mis momentos brillantes y la facilidad de verbo escrito que tengo hoy (invertida en la crónica de El Canto del Loco y unos 30 emails de trabajo) por poco me tumba un videoclip de un tío disfrazado de rey mago que lleva bajo el brazo una silla plegable. -
Stroke my peaches (or forget my bush)
Un párrafo de la entrevista a Peaches, de próxima aparición en Go a cuento de su nuevo disco Impeach My Bush: A Peaches no le importó mi proposición y con un gesto que decía ‘adelante’, me levanté de la silla para sentarme en el suelo, relajando –es un decir- también mi codo sobre el sofá y observando su maquillaje muy de cerca, en un plano ligeramente contrapicado. Ahora te escucho mejor. «Creo que la gente debería escuchar lo que tengo que decir, les haría pensar. No siento el deber de estar en el underground. Estaría bien que me escucharan muchos porque mi música cuestiona la autoridad, los roles de poder y los roles sexuales que jugamos entre hombres y mujeres, hombres y hombres, mujeres y mujeres. La gente se unifica en grupos más grandes según cómo que se ven así mismos y así es como se forman los grupos de opinión. De esa forma no cuestionas las cosas, te dejas llevar por la multitud y no usas tu propio cerebro». Dadme fuerzas, que tengo que terminarla esta noche (Manu, que sí).
Update. Son las cuatro. Me contradigo: tendré que acabarlo mañana. ¡Awgh! Me voy a dormir, reviviendo los nervios de las noches de reyes. Esperando con ganas que amanezca.
De zombie_eater en Flickr -
Aquí huele a chancho
Primera misión del día: cumplida. Los pintores tenían razón: el cantante era depechero hasta que, me dijo, descubrió a Nirvana. Y yo que pensaba que estas cosas sucedían en sentido contrario.
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Tinto de verano
Es sábado, rozamos el mediodía español (es decir, las dos de la tarde) y hace un bochorno agradable dentro de mi casa. Escucho un disco muy poco apropiado para estas horas (Absinthe de Marc Almond) mientras tonteo mirando fotos en Flickr y cogiendo ganas para escribir la entrevista que le hice a Peaches hace un par de meses. Su disco (que me encanta) Impeach My Bush sale este lunes 10 de julio y en Go quieren ya la entrevista. La próxima semana me espera un cócktail musical que, si ahora se me antoja divertido, apuesto a que el lunes lo veré más que indigesto. El martes por la tarde entrevisto a Pignoise y por la noche me tiro al foso de Las Ventas para tocarles las zapatillas a El Canto del Loco. Prmer grupo español en llenar ese recinto tres noches seguidas. Como mola. El fin de semana llega Summercase, precedido de protestas vecinales y de un chiste que se ha convertido en un clásico «¿seguro que este cartel no es de 1996?». New Order, Happy Mondays, Primal Scream, Massive Attack…
Tengo ganas, pero también tengo susto. De New Order me espero lo peor (aunque será mi primera vez y en esas turbadoras experiencias puede dar igual cómo salga ya que, en mi caso, que soy bastante impresionable, supera la emoción del sentirles tan cerca. Constatar que existen de verdad. Ya llegará la hora de preguntarse, agravando la voz como Ian Curtis, qué harás cuando la novedad se haya ido. Riot City Blues, el disco de Primal Scream no me gusta, pero eso no quiere decir que el concierto tampoco. Si no intentan ir de americanos y recuperan algo de su violencia anterior, lo disfrutaré. Además, coño, es Bobby Gillespie. El cantante drogado más cool que he visto sobre un escenario. Por cierto, ya está el segundo video, Dolls (Sweet Rock n Roll), lo podéis ver en el enlace que he puesto antes. Alimenticio, nada que ver con Country Girl. Los horarios del Summercase son de locos. El viernes, si quieres ver a New Order, te vas a perder la mitad del concierto de Happy Mondays y la mitad de Primal Scream. No tiene sentido, los fans de Manchester -como concepto- se van a tirar de los pelos. Por suerte, entre ver a Primal Scream y Razorlight tengo excusa para perderme a Keane, is it any wonder? Pero si ves Razorlight, olvídate de Brakes. Ah, y porque a mí no me interesan pero si te gusta todo lo anterior y además Two Gallants y Rufus Wainwright, más vale que tengas amigos con 3G en sus móviles.
New Order o tres tipos aburridos esperando el autobús El sábado coinciden Belle » Sebastian con Sparks (!) y Massive Attack con Maxïmo Park. Y se solpan The Spinto Band, Daft Pank y Sigur Rós. Y habrá quien le cueste elegir entre Fatboy Slim y James Murphy (a mí no) aunque a esas horas tirarán más las tetas que las carretas y el público se entregará a la mejor canción, moviéndose de un lado a otro para ver quién da más. Espero llegar con el cuerpo no muy dañado a las 4:45 porque hay un -featuring- de Princess Superstar, y le tengo simpatía. Cuatro escenarios a la vez y tan poco diferenciados estilísticamente es un verdadero problema. Me agobia tener tanto donde elegir que casi preferiría quedarme en casa.
Sparks Pero quiera o no, tendré que sacar las fuerzas de mis recursos personales, cajas secretas con razones peregrinas para motivarme a hacer cosas que me gustan pero que me dan pereza. Por ejemplo… Me gustan mucho Massive Attack. Adoro lo oscuros y perversos que son. 3D (Robert del Naja) está en mi Top 5 de iconos sexuales a pesar de la camisa que llevaba en Benicàssim. Su rostro serio, su gesto ofensivo, su delgadez, la mirada de hielo, su pose al borde del escenario, de brazos cruzados, mirando al frente con la mueca más parecida a una sonrisa que le he visto nunca, disfrutando de la lluvia torrencial que cae sobre nosotros en Festimad.

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