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  • 2020: se ruega silencio

    2020: se ruega silencio

    Hay dos categorías claves en este blog. Una de ellas es Cosas que pasan cuando sales a la calle. La otra es Cosas que pasan cuando te quedas en casa. Por supuesto, este año ha sido abundante en la segunda. Echo de menos terriblemente cuando escribía día a día sobre la primera. He pasado las fotos de este año del móvil al ordenador, clasificándolas en carpetas y borrando las inútiles. Durante este proceso he revisitado 2020 como en un previously abundante y grosero. Quisiera compartir algunos momentos con ustedes.

    Secretamente siempre había deseado subirme a una carroza. Sobre todo, en el Orgullo. Pero la cabalgata de Reyes de Prosperidad también me pareció una opción bastante digna. Fui acompañada de Mídori y Eleonor y las tres nos vestimos con estos trajes de pez que yo misma confeccioné en los días previos. Ojalá hubiera llevado una peluca azul pero me daba vergüenza restarle protagonismo a Gaspar.

    Foto de Álvaro Minguito para El Salto

    Este año he tenido que renunciar en gran medida al periodismo, lo cual ha sido una decisión muy difícil y áspera para mí. Por ello, del poco tiempo que he podido dedicarle, los dos días que pasé acompañando a Mónica Pinedo durante su turno de oficio fueron un tesoro. Fuimos a comisarías y juzgados, no comimos más que un plátano rápido metidas en el coche (era enero) y tomamos cafés, como este delante de Plaza Castilla con Isidro Moreno de Miguel, de la asociación de letrados y letradas por un turno de oficio digno Altodo. Lo que aprendí ese par de días dudo que fuera capaz de reflejarlo en el reportaje para El Salto, pero al menos ahí hay una defensa de los abogados del turno, porque alguien tiene que defenderles a ellos.

    Centro de salud Angela Uriarte de Vallecas, Madrid. Foto: Olmo Calvo

    Empecé el año con un reportaje sobre los abogados y abogadas del turno de oficio y lo acabé con otro sobre los enfermeros y enfermeras de la sanidad pública. Me gusta este tipo de periodismo sencillo y apasionante. No es difícil de hacer pero requiere escucha y curiosidad, así que supongo que por eso se me da bien. El reportaje es el formato clásico del periodismo: vas a un sitio, hablas con las personas que están allí, entrevistas a varias fuentes, lees algún informe y básicamente ya lo tienes, solo hay que procurar no dejarse fuera nada demasiado importante (esto me ocurre a veces), trabajar bien el comienzo (soy muy obsesiva con eso, el primer párrafo me lleva un tiempo exagerado en relación a los siguientes) y encontrar un buen titular. En esto último no soy buena, pero creo que me quedó bien el que puse en este caso: «El turno de las enfermeras», dado que pospusieron durante el que debería haber sido su año de reivindicaciones, el Año Mundial dedicado a su profesión, por entregarse a cuidarnos durante la pandemia; ahora, ha llegado el momento de recuperar esa otra lucha. Escribiendo esto me he dado cuenta de que hay un uróboro entre aquel turno de oficio y este de la enfermería.

    Este de aquí es el ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes. A la derecha está Borja Cobeaga, con la cara cortada (presidente de Dama además de cineasta). Acudí a curiosear al ministerio en el acto de trapaso de cartera. Me gustó -como siempre- pegar la oreja en las conversaciones ajenas. Los cuchicheos en este acto de relevo eran divertidísimos. Nadie habló mal de Guirao, el ministro saliente, eso puedo atestiguarlo. Pensé que este año podría escribir mucho más sobre política cultural pero no ha sido posible. En cambio, me he marcado algunos cuantos artículos sobre la Sgae que no han estado del todo mal.

    Some Ember. Este es el último concierto al que acudí en 2020… y sucedió el 26 de enero. Fue una de esas situaciones típicas en las que puedes decir que jamás habrías imaginado que ese fuera tu último concierto. Del verano para acá lo he pasado anhelando con fuerza los viejos tiempos: los conciertos, salir por la noche, aquella normalidad. Como si se me hubiera agotado la vida de golpe, me arrepiento de todos aquellos conciertos a los que dije no. Tengo entradas para varias actuaciones que deberían haber sucedido en 2020 y han sido pospuestas. Siguen ahí, esperando, viendo como de vez en cuando la fecha se empuja unos meses más para adelante.

    Cada año, los equipos de las escuelas del Estudiantes se hacen una foto en Magariños y los jugadores y las jugadores de los equipos titulares, también. Al acabar, los niños y niñas someten a un acoso sin límites a los jugadores, persiguiendo sus autógrafos. Me encanta que uno de ellos fuera recolectando firmas en su cuaderno de mates. Sería chulo decir que estuve allí para escribir un artículo, pero no, la historia es mucho mejor: Eleonor entrena al baloncesto en la escuela del Estudiantes, lo cual es superemocionante. En principio, más para mí que para ella, pues aún no se ha dado cuenta de lo especial que es. Hicieron el 24 de Kobe Bryant, que acababa de fallecer. El asunto despertó cierto debate sobre si era un referente lo suficientemente íntegro como para rendirle tributo así, debido a su denuncia de abuso sexual.

    Esa placa vacía simboliza de manera muy evidente todo lo que falta: el silencio, la escritura de la historia con la pluma de los vencedores, los nombres borrados de la memoria. Está en el memorial de La Almudena (todavía no inagurado) y la hice colándome por una verja el 12 de febrero. La cobertura del memorial ha sido mi gran tema periodístico del año, el cual coroné con una exclusiva: que además de arrancar del memorial los nombres de los asesinados por el franquismo, el gobierno municipal del PP también decidió que en esa placa no se grabaran los versos de Miguel Hernández que habían sido escogidos para acompañar el conjunto escultórico. El PP en la ciudad de Madrid ha hecho grandes canalladas, pero esta humillación a las víctimas de la dictadura ha sido la peor.

    Este camino lleva desde la estación de metro de Rivas Vaciamadrid a la nave en la que están las oficinas y almacenes de Gen X Games y Generación X. Lo recorrí a diario durante tres semanas hasta que comenzó el Estado de alarma.

    Aquí estoy yo en el escenario del Teatro Pavón Kamikaze, cuyo cierre se acaba de anunciar. Me invitaron unos estudiantes para que hiciera una exposición, un poco teatralizada, de mis paseos por Prosperidad. La verdad es que me pilló en un muy mal momento: varios reportajes que tenía que acabar a la vez que había empezado a trabajar en Gen X Games. No me lo preparé bien y no tenía un buen día. Me salió bastante regular tirando a mal. El mundo estaba a punto de estallar.

    En los meses posteriores, nos hicieron sentir mal por haber participado de este 8M. Miro ahora las fotos y esa sensación de culpa ha desaparecido. Qué emocionante fue: como cada año, un acto de belleza y de fuerza que me da aliento para los once meses restantes. En mayo me pidieron en eldiario un artículo sobre todos los grandes actos multitudinarios que hubo anteriores al 8M, donde el virus también campó a sus anchas. No vimos a la derecha atacar a los hinchas del fútbol, a los aficionados a la Fórmula 1 ni a los salones del manga.

    De entre todas las fuerzas del mal con las que he lidiado este año, la más poderosa ha sido el miedo a la enfermedad. No me refiero a la COVID-19, sino a todas las demás: dolencias inexplicables que me han atormentado y con cuyo miedo ha convivido, sin poder gestionarlas adecuadamente debido a la pandemia. A pesar del duro momento para la sanida pública, mi médico me ha visto en varias ocasiones, me ha llamado por teléfono otras cuantas y me han hecho una ecografía y una colonoscopia en el hospital de la Princesa. A menudo he pensado en contratar un seguro privado solo para dejar de dar la lata. Me aterraba un mal diagnóstico pero también me sentí fatal cuando el resultado de las pruebas fue positivo. Sigo sin saber qué me pasa. Quizá no me pasa nada y es solo mi cuerpo, que no sabe gestionar la vida.

    Cada tarde, en el balcón a las 20:00
    Ilustración de Isa Ibaibarriaga

    Además de los reportajes citados y la cobertura del memorial, he completado mi año periodístico hablando de mí misma y de mi familia, un egotrip solo comparable a los años duros de este blog y sobre el que aún no doy crédito. eldiario.es me invitó a trasladar mi diario personal a las págians de este diario informativo, y eso hice durante 82 artículos a lo largo del estado de alarma y 18 entregas de una serie de verano. Alucinante. No sé cómo me permitieron hacer algo así. Me dijeron mis amigos periodistas que es bueno para los periódicos desahogar de esa manera, crear un espacio donde lo personal se filtra y hace descansar al lector y la lectora de lo insólito y lo grandilocuente de los titulares diarios. Quise creerles. Fue fabuloso colaborar con Isa Ibaibarriaga durante la serie de verano. Ya dije por aquí que toda mi vida había soñado con un encargo así. Tuvo que suceder en 2020. No sé si estuve a la altura de mis expectativas, probablemente no.

    Esa soy yo en el día de mi cumpleaños. Cumplí 45 años. Me cuesta creerlo. Soy terrible para aceptar el paso del tiempo. Tengo una mediocrisis encima por eso. No me reconozco en las fotos, por eso dejé de publicar retratos míos por ahí y cambié los avatares de las redes sociales por dibujos. A finales de año estoy desandando ese camino, como tratamiento de choque para aceptarme como soy: una mujer de 45 años.

    Multipantalla. Ventanitas. Gente en casas. Además de los selfies con mascarilla, esta es la imagen más reconocible de 2020. Muchos se quejan pero a mí me agrada. Prefiero las reuniones por zoom que en persona, me gustan los streamings y disfruto con las videollamadas colectivas. ZEMOS98 me dio la oportunidad de trabajar en un evento online, tan característico de estos tiempos de transición de los planes que teníamos previstos en el mundo aquel en el que nos juntábamos los cuerpos a este de aislacionismo. Gaming for the commons no es el único proyecto que me traigo entre manos con ZEMOS, lo cual me hace muy muy feliz.

    Este es Alberto Monreal, mi marido. No uso jamás esa expresión, salvo cuando no queda más remedio. Odio la connotación que tiene y, sobre todo (again), ese tufo a señora mayor que tiene un marido. La verdad es que podríamos no habernos casado pero lo hicimos por motivos ruines y legales: nos convenía. Juntos hacemos un podcast, cuidamos y pagamos de una casa y criamos a una hija fantástica que nos hace reir y enfurecernos varias veces al día. Se nos va demasiado tiempo en tonterías: trabajar, hacer la compra, hacer la comida, reparar cosas que se rompen. Pero tenemos nuestros espacios en los que volvemos a ser quienes somos: cuando hablamos por Telegram (a veces, incluso, esto sucede cuando estamos los dos en casa), cuando nos pasamos canciones, cuando hacemos chistes que jamás podrían salir de estas cuatro paredes, cuando vamos a conciertos (o, al menos, cuando íbamos, cuando había) y otras cosas que él sabe y que la mujer decorosa de 45 años que pretendo ser ya no comenta por aquí.

    Este es nuestro palacete, que una y otra vez cubrimos con manos del mismo color de pintura. Lo que hicimos en verano fue toda una hazaña bélica. Me hacen sentir bien estas cosas materiales, aunque luego no queden perfectas, pero tienen tu huella, tu esfuerzo. Ahora lo pienso y quizás en aquel esfuerzo nace el lumbago de hoy. Soy una floja, no tengo fuerza. Voy al gimnasio, pero poco. Desde que hay un virus suelto por ahí, la verdad es que mucho menos. Me sueño a mí misma fuerte y valiente como Tura Satana.

    Pero soy frágil y quebradiza.

    Lo que llevo peor de la maternidad es el desgaste emocional. Siento que cuanto más fuerte se hace ella, más vacía y avejentada estoy yo. Repetir las mismas frases todos los días (lávate los dientes, cuidado, péinate, ¿te has lavado las manos?), perseguir a una niña para que haga las cosas que crees que debe hacer, es una tensión que a veces me supera. Ya sé que tiene sus recompensas, pero dejadme quejar.

    Hay cosas que habremos hecho bien (aunque enseñarle a comer verduras y amar la lectura no parecen dos de ellas) porque Eleonor es una niña amorosa, generosa y atenta con los demás, ingeniosa, perspicaz, divertidísima y llena de pasión y curiosidad. Ama el cine y la música. Le chiflan los bebés, jugar a las familias con los playmobils y la ropa. Se viste con looks espectaculares, combinando prendas arriesgadas con intuición; aunque le digas que algo no pega, ella solo confía en su instinto. No está mal, ¿no?

    La Penela

    De lo mejor de este año ha sido pasar un mes y medio en A Coruña. No había motivo para volver a Madrid y podía trabajar desde allí. Qué fabuloso. Nuestro piso allí está en venta pero no se vende. Cada verano es un tiempo ganado a ese final que no sé cuándo llegará. Este verano no quería que se vendiese jamás, me habría quedado a vivir allí, incluso.

    De vez en cuando pienso si podríamos cambiar de vida. Mudarnos a otro lugar. Hacer que la vida vaya más lenta al hacerla nueva y diferente. Supongo que no es posible. Somos madrileños. Nuestra vida es esta. Tenemos un palacete rojo. Entradas para conciertos que algún día alguien nos cortará en una puerta. Tacones que volver a ponerme, maquillaje con el que cubrir mis arrugas. Reportajes que hacer. Partidos que ganar.

  • El turno de las enfermeras

    El turno de las enfermeras

    Están agotadas. Han llegado a diciembre al límite de sus fuerzas. Muchas se han cogido a final de año las vacaciones que no pudieron disfrutar en verano, y las compañeras que están hoy sosteniendo la presión de la segunda ola están cubriendo esas ausencias con tenacidad. Las enfermeras y los enfermeros han desempeñado un papel protagonista en la trama del año 2020. Como una funesta anticipación, la OMS había declarado que este sería el año dedicado a su profesión. Se podría decir que la predicción de esta organización fue terriblemente acertada, pero por motivos diferentes a los que esperaban.

    “La verdad es que este año ha sido triste”, cuenta la enfermera Concha Párraga, “y no solamente a nivel humano. A nivel profesional se ha quedado paralizado todo lo que pensábamos que íbamos a poder adelantar por ser el Año Internacional del Personal de Enfermería y de Partería” pero admite que “lo bueno entre comillas” de la pandemia de la COVID-19 ha sido haber sacado “lo mejor de todas las profesiones, y la enfermería ha dado el callo”. Concha, por sus propias patologías, ha estado exenta de tratar pacientes COVID pero eso no quiere decir que haya estado de lado. Desde su centro de salud Campo de la Paloma, en un barrio de Puente de Vallecas, al sureste de Madrid, esta enfermera lo mismo escribe una columna para el periódico gratuito del barrio, que publica videos en Twitter en los que recuerda a los niños cómo lavar las manos o visita colegios con su proyecto Teatro de la Salud, que comparte con una enfermera de otro centro, y para el que han creado un par de marionetas con las que enseñar a los más pequeños hábitos saludables. “Esto lo deberíamos hacer todas —explica— porque la enfermería de familia es también comunitaria. Yo no me pongo límites. ¡Cómo no voy a querer colaborar en un periódico si forma parte de mi profesión! Yo quiero trabajar en comunidad porque una frase de mi artículo puede ayudar a alguien, aunque no sepa quién es, cuál es su número de expediente ni pueda escribir en su historial clínico. Esto es la enfermería comunitaria”. 

    La enfermería se divide en siete especialidades oficiales que son, además del campo familiar y comunitario en el que trabaja Concha Párraga, el obstétrico-ginecológico, el de salud mental, trabajo, geriátrico, pediátrico y el de los cuidados quirúrgicos. Pero todavía son pocas las promociones de enfermeras que se especializan, pues en España se implantaron en 2005 y las comunidades autónomas las fueron reconociendo a diferentes velocidades. La generación de Párraga se ha formado, en cambio, a fuerza de experiencia. Una de las grandes preocupaciones para los colegios profesionales es precisamente la falta de implantación de las especialidades. “Hay distintas competencias donde las enfermeras ya tenemos esa capacitación y sin embargo no se nos deja ejercerla”, dice Mar Rocha, del Colegio de Enfermería de Madrid, “tenemos muchas enfermeras que han hecho el EIR [Enfermero Interno Residente, como el MIR de los médicos] y que están trabajando en otro ámbito diferente para el que se han formado porque no hay puestos creados para que esas especialistas puedan dar esos cuidados a la población”.

    Sigue leyendo en eldiario.es

    Publicado el 27 de diciembre de 2020 en eldiario.es. En la foto Arancha, enfermera, dando una vacuna a Alexia, una joven paciente de 12 años. Foto de Olmo Calvo.

  • Roger Quigley

    Roger Quigley

    El 19 de agosto falleció Roger Quigley y es una mierda porque ahora que no está he vuelto a sentirle muy cerca. Siempre tarde.

    Nos vimos en varias ocasiones y las dos que más recuerdo sucedieron en Barcelona en 2001 y en Santander en 2004. Incluimos una canción de Montgolfier Brothers en el recopilatorio de mi sello Autoreverse «Songs for the blue times» y estoy bastante segura de que todo lo que hicimos ayudó a que el grupo de Roger y Mark Tranmer fuera bastante conocido en España. Me gustaba mucho el sello de Richard O’Brien, Vespertine. Roger, Mark y Richard lo sabían y nos tenían cariño. Las canciones de Roger encajaban muy bien con la melancolía perpetua que se me había instalado en aquellos tiempos en el cuerpo. Lo genial de Roger es que parecía serio o distante y luego tenía unas salidas divertidas, como en la foto de más arriba en la que lleva mis gafas.

    Tampoco puedo hablar mucho más de él porque no éramos amigos y en quince años no volvimos a escribirnos ni vernos. Pero, a pesar de eso, su partida me produce una tristeza enorme.

  • Puertas estrechas

    Puertas estrechas

    Se trata de mi teoría de las puertas estrechas. Cuando Alicia se come una galleta que dice «cómeme» —y lo hace solo porque dice «cómeme»— la niña se hace tan grande que no cabe por la puerta. Pues bien, siento que la glotonería irreflexiva de Alicia es el mismo tipo de alimento que nos mueve día a día. Todos hemos crecido pero las puertas siguen siendo igual de estrechas.

    Las puertas (o, también, ventanas de atención) son pasillos privados, propiedad de empresas de gran capital, con forma de canal reducido de salida a la opinión pública en el que no solo caben pocos sino que, los que pasan, tienen que contar con el favor del gorila de la puerta.

    Hoy son los mecanismos de popularidad de Twitter, el algoritmo de Facebook, los videos para TikTok, las stories de Instagram de una cuenta con muchos seguidores, los canales de YouTube fabricados a la medida de YouTube. En otro tiempo fueron los enlaces en Menéame o los SMS que se podían pasar.

    Es agotador.

    Por la puerta estrecha solo cabe lo que se ha masticado a la medida del dueño de la puerta. Todo lo demás se queda de este lado del basurero.

    Pero, ojo, que lo mismo al otro lado también hay un basurero.

  • Ni la mitad de bonito de lo que me gustaría

    Se necesita mucho trabajo para que las cosas que traigo entre manos lleguen a algún lado. Pero hay que ponerse a ello, como hace David.

  • 18. Así muere un verano

    18. Así muere un verano

    Debido al permanente estado de susto vigente en 2020, este año el verano dura menos. Para los que cogen vacaciones la segunda quincena de agosto es una faena porque ya no se disfruta, es como llegar a un club a las 5:55, pedir una copa y que al segundo sorbo enciendan las luces. La metáfora vale para cuando existían clubs, los más jóvenes no sabrán ni de lo que les hablo.

    Estos días Madrid engulle a cientos de veraneantes que osaron irse de vacaciones, los absorbe como una aspiradora hambrienta de trabajadores y consumidores. Dos días después, el retornado que hace no mucho caminaba en chanclas por la vida ahora viste su cara de septiembre. El moreno se le ha caído al suelo todo de golpe y, con innecesaria eficiencia, ha pasado una máquina de limpieza frotando el rodillo por la acera, pues la ha dejado echa un asco, cubierta de polvo de mar y de sal.

    Aquí, en la ciudad, solo se habla de dos cosas: la vuelta al cole y las predicciones para el futuro próximo. Incluso los clásicos brasas aficionados a relatar sus viajes con pleno detalle, este año se abstienen de hacerlo, no se sabe si porque no se han ido o por miedo al qué dirán. Mejor no preguntar. Mucha gente no se ha ido a ningún lado y les han condecorado con un diploma a la resistencia y una medalla por sobrevivir a la ola de calor. Algunas de estas personas consideran que los que nos hemos ido de vacaciones hemos actuado de manera irresponsable. Aunque intentes justificarte, esperan agazapados al pie de tu relato a que cometas un error: un taxi innecesario, una cola para comprar churros, una visita extremadamente cuidadosa a la Torre de Hércules donde, fíjate qué curiosidad, dos semanas después dio positivo un empleado de la limpieza y tuvieron que cerrarla. “Mierda”, piensas, “no debería hacer dicho eso”.

    Esto es solo el principio. Sigue leyendo haciendo clic en este enlace. Este artículo pertenece a la serie El verano del coronavirus, publicada en eldiario.es
    Todas las ilustraciones de la serie han sido realizadas por Isa Ibaibarriaga.
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  • 17. La puntualidad de un tren descabellado

    17. La puntualidad de un tren descabellado

    Empiezo a llegar tarde al tren desde el momento en el que saco el billete. Cuando piensas que no hay nada más angustioso e impredecible que comprar un viaje en la web de Renfe, te encuentras con algo peor: un contador en reverso cuyos segundos son engullidos por el vacío al doble de la velocidad del tiempo habitual. ¿A qué se debe esta peculiar anomalía de las reglas universales? A que te vas. Se acabó. Adiós.

    Tus vacaciones eran un lugar tranquilo y apacible donde no había que madrugar ni ir corriendo a ningún sitio, pero desde que has comprado un billete para volver a casa, ya no cabe en el día todo lo que te falta por hacer. No podrás comprar regalos para nadie ni aprovisionarte de dulces locales y bebidas de la tierra, no te dará tiempo a ducharte ni harás la maleta con cabeza y tranquilidad, como habías pensado. Tan solo corres de un sitio a otro, atolondradamente, intentando hacer algo a derechas pero abandonando cualquier intento a la mitad.

    Es imposible concluir dignamente unas vacaciones. El último día te das cuenta de que no has hecho algo que considerabas importantísimo, aquello que quizás era el motivo principal de este viaje, como arrojar una piedra al mar como acto simbólico por todas esas cosas de las que te quieres desprender, como visitar a un amigo que vive en el lugar al que has viajado y al que hace años que no ves, como la gran comida en un restaurante que dijiste que te ibas a pegar, como el lanzamiento en alta delta o como el chapuzón en el agua helada. No sé qué será, pero siempre hay algo: haced examen de conciencia en el último día y comprenderéis que habéis echado a perder vuestras vacaciones.

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    Todas las ilustraciones de la serie han sido realizadas por Isa Ibaibarriaga.
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  • 16. Verano 2020. Manual de uso

    16. Verano 2020. Manual de uso

    Acuda a esta página del libro de instrucciones para obtener una resolución rápida y eficaz de los problemas que podrían surgirle durante la manipulación del verano de 2020.

    1) Si dispone de tiempo libre, aprenda a hacer cosas en casa. En este mismo libro encontrará cómo fabricar gel hidroalcohólico paso a paso. A diferencia de otros manuales, no recomendamos el uso de orujo blanco como sustituto del alcohol en caso de desabastecimiento.

    2) Si le cuesta respirar con la mascarilla, se le empañan las gafas o detecta sudoración excesiva, deje de quejarse como si fuera la única persona en el mundo que la lleva. Millones de personas están en su misma situación y hágase a la idea de que esto va para largo. Conténtese pensando que en el invierno le servirá para abrigarse la cara a falta de bufanda.

    3) Si disfruta de una tumbona en la que relajarse, un balcón con vistas o unas horas de viaje, motívese para el invierno con las lecturas adecuadas. Aquí le recomendamos algunas: el imprescindible manual de referencia Zombi. Guía de supervivencia, de Max Brooks, o la desoladora novela postapocalíptica de Cormac McCarthy La carretera. Ambas son opciones reconfortantes.

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  • 15. Aquí no hay postales

    15. Aquí no hay postales

    Las vacaciones pueden tener una parte de usurpación, admitámoslo. Ensayamos durante un tiempo cómo sería ser otro, o como seríamos nosotros mismos si pudiéramos alterar algunos de nuestros condicionantes. Aparentamos que, en realidad, todo el año somos también ese tipo desenvuelto que come y cena fuera de casa, que encarga paellas y ordena percebes. Nos camuflamos entre la multitud, escondiendo la cámara de fotos y cerrando Google Maps, y actuamos como suponemos que actúan los locales, nos desentendemos de curiosear a un lado y a otro y nos concentramos en mirar solo de frente, como si hubiéramos pasado mil veces por ese sitio de camino a otro. De repente, por una bocacalle, asoma un pedazo de iglesia románica y se nos van los ojos, pero nos obligamos a no mirarla, o si acaso hacerlo con desdén, porque hoy queremos ser de aquí, pretendemos que somos de aquí, somos de aquí.

    Ponemos a prueba nuestro yo, con su esencia y sus relaciones, trabajosamente moldeado (o vapuleado, todo depende del privilegio, del barrio y de la resistencia), y nos interrogamos seriamente: ¿seríamos felices aquí? He constatado que la respuesta depende de si la pregunta se hace al principio de las vacaciones o ya tirando hacia el final. Del podría ser, cómo no, claro que sí, vamos diciéndonos, cuando se aproxima el regreso, que en realidad pertenecemos a otro sitio, que allí no se está tan mal, que los inviernos aquí son un tostón, que nadie quiere estar toda la vida de vacaciones. Es decir, nos mentimos siempre.

    Me gustan mucho las casas museo. Son un terreno a medio camino entre la realidad y la ficción muy parecido al de las vacaciones. En A Coruña hay varios. Hace poco he ido a visitar la casa en la que vivió Pablo Picasso durante cuatro años cuando era niño. Nunca deja de sorprenderme que periodos que aparentan ser tan insignificantes den para sacar un piso del mercado, extraerlo, digamos, de su contexto, y colocarlo en un momento de tiempo pasado, preservándolo del avance del progreso, de la civilización, de la vida en general. Me gustaría una casa museo donde pudiera ver las cosas tal y como las dejó, en el último día de vida, la persona relevante que vivió allí. Vendría una comisión de preservadores, rociaría con espray goma laca y comenzarían a cobrar entrada desde el día siguiente a la muerte. Una magdalena a medio morder, abandonada sobre una mesa, se iría poniendo verde, luego azul, y los visitantes sentirían que el tiempo no está del todo detenido, que es un tópico que utilizan los guías de las casas museo.

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  • 14. Carreteras secundarias de la memoria

    14. Carreteras secundarias de la memoria

    Habíamos tomado por error la carretera que pasa por delante del Pazo de Meirás. A mi primo no le gusta conducir con gps, así que se guía de su intuición, de los puntos cardinales y de sus recuerdos. Al final llega a los sitios, porque en Galicia todas las carreteras llevan a todas partes, con mayor o menor rodeo, con más o menos barro. El desvío sirvió para que la conversación también se apartara del camino, y surgiera un desvío en nuestras palabras, que nos llevó a un lugar que no esperaba descubrir.

    De camino a Sada, aparecen tras una curva las piedras grandes y oscuras del muro que protege el pazo que mando construir la gran escritora decimonónica Emilia Pardo Bazán. Rodeada de sus miles de libros, escribía desde lo alto de la Torre de la Quimera. Cuando necesitaba aire fresco y una mirada hacia el horizonte, se asomaba al precioso balcón de doble arco que llamaba De las Musas, suspendido sobre la fachada lisa de la más alta de las tres torres almenadas, y lo que fuera que encontrara allí le hacía retornar al papel. No se puede ser más romántica.

    Dice mi primo: «tú tío —que es también el suyo— pasó su convalecencia en el pazo, ¿no lo sabías?». Mi tío tuvo de niño una enfermedad que casi lo mata y que le dejó muy pequeño y muy delgado. Un hombre frágil pero risueño. No, no lo sabía. Y no me cabía en la cabeza cómo eso era posible. Tiré del hilo.

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